EXCLUSIVO 24

DEL HOSPITAL MILITAR AL SAME

Coronavirus, un relato de desorganización, indolencia y falta de protocolo

"Al momento de escribir esta columna, el reloj marca las 11:43 horas del viernes 26 de junio. Pasaron 5 días de la internación de quien trabaja normalmente a mis órdenes y aún el Hospital Militar Central no cuenta con el resultado del hisopado (ese que a los políticos y mediáticos les resulta tan sencillo y rápido de hacer) “Esta todo colapsado no damos abasto y el Malbrán tarda cada vez más” me informaron en mi última comunicación": terrible testimonio de Fernando Morales. Aquí la nota completa:

Desde el ya lejano mes de marzo, los argentinos nos despertamos, desayunamos y vivimos el resto de cada jornada bombardeados desde los medios de comunicación públicos y privados con información abundante sobre un único tema: el Coronavirus..

Un grupo de médicos pediatras, gerontólogos y clínicos junto a algún que otro infectólogo con ganas de poner la cara, cobraron inesperada notoriedad al copar estudios televisivos dando cátedra de cómo manejar correctamente a un virus sobre el que hasta hace menos de cuatro meses no tenían el gusto de conocer. 

Veteranos comunicadores sociales entre tanto, nos ilustran acerca de nuestros deberes ciudadanos. Cómo cuidarnos y cuidar al otro. Cómo salir a la calle – a la que es mejor no asomar la nariz y mucho menos si se tiene el menor síntoma de tan solo un simple resfrío.

Para completar este pequeño panorama introductorio, solo agregaré que abundan datos e imágenes sobre aplicación de todo tipo de protocolos. Comprar el pan, ir a la farmacia, entrar a un edificio y obviamente trasladar a un presunto infectado, son cosas que parecen estar calculadas al milímetro y ser realizadas con la aprobación previa de autoridades sanitarias tan expertas como los médicos mediáticos.

Hoy creo que todo es mentira o, cuando menos, no tan cierto.

A primera hora del pasado lunes 22 de junio, un llamado telefónico me alerta sobre la internación en la unidad de terapia intensiva del Hospital Militar Central de un subordinado directo mío en la institución en la que ambos prestamos servicios. El ingreso se produjo por derivación del paciente desde una clínica privada del barrio de Belgrano a la que había ingresado en grave estado con síntomas compatibles con COVID-19.

Ante la falta de información oficial y considerando que el oficial en cuestión no tiene familiares cercanos o convivientes, comencé a indagar acerca de sus últimos movimientos a efectos de –tal como se nos exige a los ciudadanos- intentar alertar a quienes pudieran haber entrado en contacto con el paciente.

Sin tener directivas claras, comencé a elaborar un listado de posibles contactos. En primer lugar, el edificio en el que realizamos nuestra labor ubicado en la calle Reconquista al 300 y al que diariamente concurre personal de la Armada, Prefectura Naval, civiles y público en general. Cumpliendo las directivas de aislamiento laboral, el presunto infectado hacía al menos 10 días que no concurría a su lugar de trabajo. 

El largo y frustrante camino hacia la nada

A menos de una hora de recibida la noticia, realizo el primer llamado a la “super línea" 147 a la que el Jefe de Gobierno de la CABA suele nombrar como “la panacea de soluciones para quienes necesitan asistencia”. Con evidente desgano, un poco amable operador, luego de escuchar mis dudas acerca de procedimientos de desinfección del lugar, notificación a vecinos y ubicación de contactos, respondió: “Siga las instrucciones del jefe de seguridad industrial del consorcio” Ante mi molesta insistencia me derivó al 107 (SAME) lugar en el que, amablemente, me respondieron que no eran un centro de atención de dudas. 

Usufructuando mi condición periodística, me comunique con las más altas autoridades de Salud de la Ciudad que, si bien me trataron muy amablemente, en definitiva tampoco tenían mucha idea de cómo responder a la simple pregunta: ¿Qué es lo que debo hacer? 

Gracias a la colaboración de empleados civiles de la institución, horas después logré comunicarme con la empleada doméstica de mi subordinado, quien me reconoció que ella misma lo alentó a ir al médico porque “el señor hace varios días que está con fiebre, pero yo lo cuidaba”. Ante la pregunta obvia acerca de su propio estado de salud, la respuesta fue lapidaria: “Hoy no me siento bien, estoy con fiebre en cama”.

A partir de allí -y luego de decenas de llamados al propio Hospital Militar; a contactos médicos, civiles y militares, y hasta a un sacerdote- que realizamos quienes formamos parte del entorno laboral y profesional del aún paciente internado en situación estable en la terapia intensiva del mencionado nosocomio-, nadie absolutamente nadie, me preguntó algo tan básico como si yo mismo había estado en contacto con el paciente y si conocía a alguien que si lo hubiera estado. 

A nadie absolutamente a nadie, le importó tomar nota de los dos contactos cercanos con contacto estrecho con el internado a los que pude llegar. Nadie,  absolutamente nadie,   me dio una sola directiva, instrucción o consejo. La respuesta recurrente fue “la familia se tiene que ocupar de avisar al entorno”. 

Nada, absolutamente nada,   parece estar previsto para el caso en el que un señor o señora que ingresa con síntomas de portar el tan pero tan temido virus y que no tenga un familiar que le haga de vocero, no se transforme en una bomba de tiempo para el sistema sanitario nacional.

Al momento de escribir esta columna, el reloj marca las 11:43 del viernes 26 de junio. Pasaron 5 días de la internación de quien trabaja normalmente a mis órdenes y aún el Hospital Militar Central no cuenta con el resultado del hisopado (ese que a los políticos y mediáticos les resulta tan sencillo y rápido de hacer). “Esta todo colapsado no damos abasto y el Malbrán tarda cada vez más”, me informaron en mi última comunicación.

Y es en este punto, en el que comienzo a bajar los brazos. "¿Usted. es familiar?" Aquí figura que el único autorizado para recibir novedades es un capitán de navío, limpie su escritorio con amonio cuaternario y los pisos con lavandina.  

Ya no soporto respuestas típicas de call center de las empresa de TV por cable. Las ganas de ser un buen ciudadano originales fueron mutando en angustia, desesperación, desilusión y hasta apatía. 

Mientras redondeo la columna, el omnipresente televisor sigue mostrando imágenes de uniformados con barbijo pidiendo documentos a civiles que también los portan y me pregunto si habrá alguien que realmente nos esté cuidando más allá de lo que muestran cuando se enciende el seductor encanto de una cámara.

P.D.: 6 días después de iniciado el calvario de consultas, fui informado de que el internado había dado positivo de covid-19. Casi 1 semana después. Lo que se entiende por emergencia, ni idea.

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