Claudio “Chiqui” Tapia eligió un momento particularmente incómodo para jugar una de sus cartas más fuertes dentro de la política internacional del fútbol. Apenas días después de que la AFA respaldara públicamente a Gianni Infantino y defendiera la continuidad de su liderazgo al frente de FIFA, tres de las seis confederaciones continentales decidieron endurecer la rebelión contra el dirigente suizo y llevaron la crisis a un terreno que hasta hace poco parecía impensado.
¿CHIQUI TAPIA SE EQUIVOCA?
UEFA, AFC y CONCACAF amenazan con romper con FIFA: Infantino, contra las cuerdas
Tres confederaciones exigen investigar a Gianni Infantino y ya analizan torneos propios. La AFA había respaldado al presidente de FIFA días atrás.
UEFA, AFC y CONCACAF publicaron este lunes una carta conjunta en la que acusan a Infantino de haber quebrado la confianza mediante el engaño durante el fallido intento de vender una participación de los derechos comerciales del Mundial a inversores privados. No se limitaron a cuestionar la operación: reclamaron una investigación completamente independiente de FIFA para determinar cómo se tomó la decisión y quiénes fueron responsables de impulsar un proyecto que finalmente terminó retirándose ante la resistencia interna.
Pero detrás del comunicado aparece una amenaza todavía mayor. Según Reuters, las tres organizaciones comenzaron conversaciones preliminares sobre la posibilidad de organizar competiciones entre ellas por fuera del calendario tradicional de FIFA si la crisis no encuentra una salida rápida, mientras UEFA llegó a poner sobre la mesa un eventual boicot a torneos del organismo si no recibe garantías de que una maniobra semejante no volverá a repetirse. Infantino no enfrenta todavía un pedido conjunto formal de renuncia, pero el frente opositor acaba de reunir a Europa, Asia y buena parte de América en un bloque común.
“No es dinero, es integridad”: el comunicado que apunta directo contra Infantino
La carta está firmada por Aleksander Ceferin, presidente de la entidad europea; Sheikh Salman bin Ibrahim Al Khalifa, titular de la AFC; y Victor Montagliani, máximo dirigente de CONCACAF, junto con los secretarios generales de las tres confederaciones. Y desde el comienzo buscan separar la pelea de una discusión puramente económica: recuerdan que ellos mismos respaldaron aumentar la inversión en desarrollo mediante los mecanismos ya existentes de FIFA y sostienen que el conflicto pasa ahora por quién puede tomar decisiones sobre el principal activo del fútbol mundial y bajo qué controles.
El punto más duro aparece cuando responden a las explicaciones que FIFA dio después de retirar el proyecto. El organismo había reconocido errores durante el proceso, pero las tres confederaciones rechazan que lo ocurrido pueda reducirse a una mala comunicación. Según plantean, el verdadero problema fue de criterio: la propuesta avanzó con plazos extremadamente cortos, sin una consulta significativa y camino a una fecha límite que impedía a las federaciones estudiar con profundidad las condiciones antes de pronunciarse. Para los firmantes, esa velocidad no fue simplemente una desprolijidad, sino una estructura que terminó reduciendo deliberadamente el espacio para el escrutinio interno.
Ahí el texto deja de discutir exclusivamente la venta del Mundial y pasa directamente al liderazgo del italiano. UEFA, AFC y CONCACAF sostienen que conducir la FIFA no significa apropiarse de su poder, sino administrarlo en nombre de las federaciones que lo concedieron, y consideran que esa relación se quebró cuando el presidente actuó por encima del colectivo. La carta habla de engaño, pérdida de confianza y falta de rendición de cuentas, una acusación política particularmente pesada a pocos meses de que vuelva a discutirse quién comandará el organismo desde 2027.
Tampoco aceptan que sea la propia FIFA la encargada de revisar lo sucedido. Las tres organizaciones reclaman que el proceso quede en manos de un tercero completamente independiente, capaz de reconstruir quién impulsó la operación, cómo se decidió avanzar y por qué las federaciones quedaron al margen de una iniciativa que pretendía comprometer una parte de los derechos comerciales de los Mundiales. La retirada del proyecto, remarcan en esencia, solucionó la operación pero no respondió las preguntas sobre cómo se llegó hasta allí.
Incluso la reunión de emergencia celebrada la semana pasada en Marruecos terminó incorporada como prueba de ese malestar. La carta cuestiona que no participaran miembros del Consejo de FIFA ni asociaciones nacionales y señala que Infantino fue el único dirigente electo presente, acompañado por una selección de integrantes de la estructura ejecutiva. Para los tres bloques continentales, lejos de corregir el problema, aquella cumbre volvió a reproducir la misma concentración de decisiones que había provocado la crisis.
El comunicado no contiene una exigencia textual y conjunta de renuncia, pero tampoco deja demasiado margen para interpretar que se trate de una diferencia menor. UEFA, AFC y CONCACAF ya no están discutiendo solamente una operación financiera: están cuestionando la forma en la que Infantino ejerce el poder dentro de FIFA. Y ese es el salto que convierte la crisis del Mundial en una pelea abierta por el control del fútbol mundial.
El negocio de US$4.200 millones que encendió la guerra con FIFA
El origen de la crisis está en un proyecto que Gianni Infantino presentó a finales de julio y que pretendía cambiar de raíz la explotación comercial de los grandes torneos. FIFA propuso crear FIFA Forward Enterprise (FFE), una nueva filial valorada en unos US$20.000 millones que asumiría las operaciones comerciales y de eventos vinculadas al Mundial y otras competiciones del organismo. La idea era mantener el control de la compañía, pero vender hasta un 20% a inversores privados para recaudar alrededor de US$4.200 millones.
El dinero, según defendió el ente, permitiría aumentar los recursos destinados al desarrollo del fútbol alrededor del planeta. Infantino llegó a escribir a las 211 asociaciones miembro prometiendo US$40 millones para cada una si el proyecto recibía luz verde antes del 19 de septiembre, una propuesta que terminó aumentando las sospechas de quienes entendían que se estaba intentando conseguir apoyos con muy poco tiempo para analizar una operación de semejante magnitud.
También generó ruido la identidad de quienes aparecían alrededor del negocio. Thrive Eternal, vehículo de inversión impulsado por Thrive Capital y fundado por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, estaba previsto como líder del grupo inversor. JPMorgan trabajaba junto a FIFA en la búsqueda de capital externo y Greg Maffei, exCEO de Liberty Media, participaba como asesor comercial. FIFA insistió en que los privados sólo tendrían una participación minoritaria, sin poder operativo ni capacidad para intervenir en cuestiones deportivas.
La reacción, sin embargo, fue inmediata. UEFA sostuvo que el Mundial no podía convertirse en un producto de inversión y sus 55 federaciones llegaron a votar de forma unánime un boicot a las competiciones FIFA mientras el proyecto siguiera en pie. CONCACAF, con 41 miembros, rechazó después la iniciativa y la AFC, que reúne a otras 47 asociaciones, terminó alineándose con ambas. Entre las tres concentran 143 de las 211 federaciones que integran FIFA, una mayoría suficiente para convertir el plan de Infantino en políticamente inviable.
La presión terminó funcionando. El 31 de julio, apenas unos días después de haber presentado la propuesta, Infantino anunció que FIFA abandonaba el proyecto porque había generado divisiones que ya no consideraba compatibles con el objetivo inicial. Pero retirar la operación no apagó la pelea: dentro del propio organismo, su asesor Carlos Cordeiro renunció calificándola como un mal negocio para el fútbol, mientras el director de operaciones Kevin Lamour llegó a describirla como el “proyecto de una sola persona”. Esa herida interna es la que UEFA, AFC y CONCACAF vuelven ahora a abrir cuando reclaman saber quién tomó realmente las decisiones y con qué controles.
Domínguez y Tapia, en soledad
La crisis también empieza a mirar directamente hacia marzo de 2027, cuando FIFA deberá elegir nuevamente a su presidente. Y ahí Alejandro Domínguez aparece en una posición especialmente incómoda. El paraguayo no sólo conduce CONMEBOL: es vicepresidente de FIFA, integra desde hace años el núcleo político más cercano a Gianni Infantino y su confederación ya había respaldado por unanimidad una eventual cuarta candidatura del suizo. Hasta hace poco, semejante cercanía podía convertirlo incluso en una figura natural para ganar peso dentro de una futura sucesión; hoy amenaza con dejarlo atado al dirigente más cuestionado del organismo.
Porque mientras Sudamérica sostiene al presidente, la carrera para reemplazarlo ya empezó a moverse por otros carriles. Reuters ubicó a Victor Montagliani entre los nombres con mayores posibilidades: el canadiense preside la confederación norteamericana, es también vicepresidente de FIFA y evalúa presentarse a elecciones después de haberse colocado entre los principales opositores al proyecto que desató la crisis. Su perfil gana todavía más fuerza si los sectores enfrentados con Infantino consiguen unificar una candidatura.
Otro apellido que comenzó a sonar con fuerza es Nasser Al-Khelaifi. El presidente del PSG, con una enorme red de relaciones dentro del fútbol europeo y del negocio audiovisual, estaría sumando apoyos para explorar una eventual candidatura. No ocupa hoy una presidencia continental como Montagliani, pero justamente su aparición demuestra hasta qué punto la discusión dejó de limitarse a cómo sobrevive Infantino y empezó a girar alrededor de quién podría ocupar su lugar.
Domínguez queda así atrapado en una paradoja. Su alianza con el actual jefe de FIFA le permitió construir influencia durante años y lo llevó hasta una de las vicepresidencias del organismo, pero ahora puede transformarse en un lastre justo cuando otros dirigentes comienzan a posicionarse para el día después. Si Infantino consigue recomponer su poder, el paraguayo habrá sostenido a su principal aliado en el momento más difícil; si la rebelión prospera, habrá quedado del lado derrotado justo cuando se reparten las cartas para 2027.
Para Tapia, la apuesta tampoco llega en el mejor momento. El presidente de la AFA decidió respaldar públicamente a Infantino mientras su propia conducción atraviesa meses de presión judicial y económica en Argentina y Estados Unidos. Reuters informó en julio que autoridades estadounidenses investigan más de US$300 millones en contratos comerciales vinculados a la AFA, aunque la entidad negó que Tapia hubiera sido detenido o citado por tribunales norteamericanos. En Argentina, además, lo imputaron junto a otros dirigentes por la presunta retención indebida de impuestos y aportes sociales por unos US$13 millones; las causas continúan abiertas y no implican una condena.
Ese contexto vuelve todavía más arriesgado el movimiento político. Tapia necesita conservar peso internacional en un momento en el que su gestión está bajo escrutinio fuera de la cancha, pero eligió alinearse con un presidente cuyo futuro dejó de parecer indiscutible. Él y Domínguez todavía tienen respaldo dentro de Sudamérica y no están solos en términos de votos, pero políticamente empiezan a quedar aislados de quienes ya preparan el próximo orden de FIFA. Y si el poder cambia de manos en 2027, esa foto junto a Infantino puede terminar pesando bastante más de lo que parecía hace apenas unas semanas.
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