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A 7 años del asesinato de José Luis Cabezas, aún quedan enigmas

¿Fueron resueltos o no todos los enigmas del asesinato de José Luis Cabezas, el 25 de enero de 1997? ¿Qué pasó en la relación entre el entonces gobernador Eduardo Duhalde y la jefatura de la Policía Bonaerense? ¿Por qué decenas de oficiales dejaron, en repudio, sus gorras en las escalinatas del Ministerio de Gobierno y Seguridad? ¿Cómo fue el acuerdo posterior que llevó a una supuesta confesión de los asesinos arrepentidos? Para muchos, aún hay muchas cuestiones sin resolver sobre lo que fue (o es) la Maldita Policía.

Hoy se cumplen 7 años del asesinato del fotógrafo José Luis Cabezas. Sus familiares y amigos realizarán distintos actos en Pinamar, la ciudad bonaerense donde ocurrió el crimen y reclamarán por el beneficio del 2 x 1 concedido a los policías implicados en la causa. Publicamos un fragmento de una nota sobre ese tema que se publicó en Ciudad de México DF, titulada Fantasmas del pasado POR OLGA WORNAT (*) El 25 de enero de 1997, el país amaneció frente al espanto. A pocos metros de la casa de veraneo de Duhalde, en Pinamar, una playa de moda de la costa atlántica, y en el camino que el gobernador hacía todas las mañanas para ir a pescar, se encontró el cadáver calcinado de un fotógrafo de la revista Noticias, José Luis Cabezas. Comenzaba aquí una historia tan tenebrosa, como tantas que poblaron la década. El brutal asesinato de Cabezas desnudaría una trama de conexiones turbias entre la policía de la provincia de Buenos Aires y el duhaldismo. Drogas y enriquecimiento ilícito de algunos de los jefes de ese ejército de 50.000 hombres, adictos al "gatillo fácil", con los que Duhalde se vio obligado a negociar para mantenerse en el poder, salieron a la luz y lo golpearon duro. La historia de las supuestas relaciones de Duhalde con el narcotráfico era antigua. Estaba incorporada en el imaginario popular al punto de que la famosa actriz argentina y conductora de un programa de televisión, Mirtha Legrand, le preguntó en 1992, en plena campaña electoral, si él era narcotraficante. Cada vez que le hacían una pregunta de ese tipo, Duhalde aseguraba que eran campañas de los carteles de la droga para desprestigiarlo, porque él luchaba contra los narcotraficantes. Y entonces desempolvaba de su biblioteca un libro de su autoría en el que da consejos sobre cómo luchar contra el flagelo. Otra versión fuerte aseguraba, sin embargo, que alguna vez, hacía muchos años, Duhalde había tenido algún traspié y que, al verse descubierto, pactó con la DEA, y que a partir de su colaboración -más que evidente- la organización borró las huellas de ese pasado. Duhalde sospechó siempre que el asesinato del fotógrafo era un aviso del menemismo, un obstáculo para impedirle llegar a la presidencia. "Estos hijos de puta me tiraron un muerto", repitió aterrado frente a su mujer, el día del asesinato. Alfredo Nallib Yabrán, oscuro empresario telepostal ligado a Carlos Menem y a su entorno -un personaje que parece extraído de un seriado policial-, que se hizo rico con los militares y con los radicales, y alcanzó la cúspide con el menemismo, ingresó en el ojo del huracán, del que nunca regresó. A Yabrán nadie le conocía la cara. Odiaba a los periodistas al punto de hacerlos perseguir a balazos con la custodia, y ese feliz anonimato le permitió moverse como un gran "padrino" de los negocios y la política durante décadas. Hasta que José Luis Cabezas lo retrató en la playa de Pinamar, junto a su mujer y en el auge de la pelea entre Menem y Duhalde. "Yabrán mandó matar a Cabezas, ¿por qué lo defendés a este tipo?", se animó Duhalde a plantearle a Menem, cuando todavía se dirigían la palabra. "¿Y dónde están las pruebas, eh? Por favor... yo estuve preso acusado de algo que no hice... y me comí cinco años", le contestó Menem y le dio la espalda. El 20 de mayo de 1998, Alfredo Nallib Yabrán, "Don Alfredo", se pegó un escopetazo en la boca en su campo de la provincia de Entre Ríos, después de que Duhalde ordenara su captura, acusado de ser el autor intelectual del asesinato de José Luis Cabezas. Su muerte sembró infinidad de hipótesis y sospechas. Según todas las encuestas el 95 por ciento de los argentinos nunca creyó que Yabrán estuviera muerto. Lo imaginan en Siria o en una playa del Caribe disfrutando de su fortuna de US$ 5.000 millones. El supuesto suicidio de Yabrán no calmó los ánimos en el poder. Eran tiempos violentos. El país parecía ocupado por hombres que se manejaban con códigos y claves más propias de la mafia que de la política democrática. Años de desmesura, que ya acumulaban la furia interna de un volcán: desempleo en aumento, recesión, aumento de la pobreza. Una tarde de finales de invierno de 1998, en la suite 234 del segundo piso del hotel Alvear de Buenos Aires, Duhalde recordó aquel diálogo ácido y la abrupta oscuridad en los ojos de Menem. Confesó que aquel gesto y los informes de inteligencia que sus hombres le pasaban, confirmó el tono de la relación que unía a Yabrán con el entonces Presidente. Y que fue a partir de ahí que abandonó para siempre cualquier entendimiento. "Se terminó. No creo nada de lo que dice Menem. Este tipo es un psicótico del poder, no tiene sentimientos. Creo que no sería capaz de mandarme matar, pero desconfío de su entorno..." Eduardo Duhalde tuvo durante mucho tiempo una pesadilla: temía ser asesinado como el candidato presidencial del PRI mexicano, Luis Donaldo Colosio. Su miedo lo había llevado al extremo de realizar en la escuela policial Juan Vucetich, un simulacro de atentado contra dos autos blindados por la empresa American Blindage S.A. Los peritos presentes aprobaron el resultado del experimento y aconsejaron al hombre que gastara 200.000 dólares en el blindaje de las dos Traffic que usaba para moverse y de dos de los Peugeot que componían su custodia. La paranoia del caudillo bonaerense tenía su fundamento. Después del asesinato de Cabezas había vivido con su familia situaciones confusas que alimentaban sus fantasmas. El 7 de mayo de 1998, dos policías asignados a la seguridad de su hija resultaron heridos al tirotearse con dos delincuentes que habían intentado robarle el auto frente a la casa paterna de Lomas de Zamora. Este ataque no fue el primero: el 8 de febrero de 1998, el equipo de seguridad de Duhalde en la playa de Pinamar fue víctima de un robo de tres pistolas, cuatro cargadores y varias cajas de municiones. Y para la misma fecha, ya en plena campaña electoral, los hombres de su custodia encontraron varias granadas de guerra tiradas en el camino a la quinta de San Vicente. ------------ (*) El material completo en: http://www.revistapoder.com/NR/exeres/AAFF4644-09D8-40C9-BC04-18248C2B1FF0.htm