Hasta hace solo semanas era común escuchar que Ciudad de Buenos Aires estaba bien gestionada y se reconocía al jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, como un buen administrador. Estos elogios eran prodigados incluso por sus opositores. Muchos de ellos repetían incansablemente que Buenos Aires es una Ciudad rica con presupuesto abundante. La actual vicepresidenta de la Nación fue un paso más allá y señaló que en Buenos Aires “hasta los helechos tienen luz y agua”. Se creía, entonces, que vivíamos en la ciudad ideal.
EL LADO B DE LA CIUDAD 'RICA'
CABA: El coronavirus expuso su fragilidad
Una mezcla de marketing y complicidad de sectores opositores es lo que denuncia el autor como fundamento de la imagen diáfana de la Ciudad de Buenos Aires, que explota ahora exhibiendo muchas limitaciones y precariedades consecuencia de la emergencia provocada por el nuevo coronavirus que provoca covid-19.
Bastó, sin embargo, que den sus primeros pasos los contagios del coronavirus en Ciudad de Buenos Aires para que quede expuesta una realidad que hasta no hace tanto muy pocos denunciábamos. El punto más dramático, sin duda, es la situación de las villas, donde viven en la actualidad unas 300.000 personas –se trata de un número aproximado ya que el último censo es de hace 10 años atrás-.
Ahora, el país entero sabe que en la supuesta 'rica' Ciudad de Buenos Aires quizás los “helechos tenga agua y luz” pero carecen de ello centenares de miles de personas. La culpa de ello no es del coronavirus, sino de la política urbana del Gobierno. El crecimiento exponencial de la población de las villas ha tenido su mayor desarrollo en las últimas décadas. En el Censo de 1980 vivían en las villas de la Ciudad unas 80.000 personas y ahora lo hacen unas 300.000. Se trata de un crecimiento de que supera el 250%.
En cambio, en Ciudad de Buenos Aires tomada como un todo, la población sigue siendo la misma, ya no solo desde el Censo de 1980 sino desde la década del 40 del siglo pasado.
Estos números parecen desafiar el sentido común porque el panorama que ofrece la Ciudad a simple vista, para quien la recorre, es el de una febril actividad constructiva. Se han levantado torres ya no solo en los barrios más céntricos y de mayor capacidad económica, sino también en otros más alejados. Se han creado barrios nuevos, incluso, como Puerto Madero. Todo esto lleva a pensar: ¿cómo es que si hay tanta construcción no aumenta la población, salvo la que vive en las villas?
Y la respuesta es simple: la construcción ha sido ejecutada por el capital inmobiliario, que elevó el valor de la propiedad a niveles inaccesibles para la mayoría de los trabajadores. Así, una parte de éstos debió irse a vivir al Conurbano bonaerense y otra parte, aglomerarse en las villas miseria, haciendo que la población de éstas más que triplique su población en 3 décadas.
La otra cara de la moneda de esta política son las viviendas vacías, que el censo de 2010 las estimó en 341.000 –un crecimiento fenomenal ya que el INdEC calculaba que en 1991 las viviendas en esa condición eran 31.000.
Estos datos muestran que la situación de hacinamiento de las villas ha sido el resultado de una política dictada por el capital inmobiliario y que fue seguida a pie juntillas por los distintos gobiernos de la Ciudad de Buenos Aires.
Los planes de urbanización de villas, en este cuadro, actuaban como una suerte de reducción de daños, que debían mitigar parcialmente sus efectos.
Sin embargo, y a pesar de que se fueron aprobando para casi todas las villas (con la excepción de la 1.11.14, de Bajo Flores) leyes específicas de urbanización, éstas no se llevaron adelante porque no se aplicó el presupuesto necesario para ello.
La falta de agua que vemos ahora en la Villa 31, pero que se repite en la Villa 20, en la 1.11.14, en la 15 (Ciudad Oculta) es la expresión más brutal de una política de Estado a favor de los especuladores inmobiliarios.
Pero el coronavirus no ha dejado expuesto solo la situación de las villas de la Ciudad. También está mostrando el colapso hospitalario que las administraciones del PRO ocultaron deliberadamente ante la denuncia que realizábamos algunos sectores de la oposición y muchísimos trabajadores.
El número de contagios que afecta a los trabajadores de la salud está por encima de la media internacional. Acá también la razón ha sido dicha -y hasta a gritos- por las víctimas. Los trabajadores deben realizar su tarea sin elementos de protección personal y por los bajos salarios son obligados a realizar múltiples trabajos que los expone a un mayor riesgo de contagio. Esta realidad es, tal como sucede con la vivienda, preexistente al coronavirus.
Ya a fines del año pasado una verdadera revuelta de los profesionales de la salud residentes y concurrentes obligaron a la Legislatura a anular una ley que ella misma había aprobado una semana atrás.
Las denuncias sobre su situación laboral impactaron en la opinión pública. Por salarios que en la actualidad rozan la canasta básica se deben desarrollar jornadas de trabajo que en los casos más extremos llegan a las 100 horas semanales. Otra situación de gran precariedad es la que afecta a los 8.500 enfermeros y enfermeras del sistema público, que siguen sin ser reconocidos como profesionales de la salud. Por los salarios bajísimos que reciben deben también realizar jornadas de trabajo extenuantes en el hospital público o combinar con otro empleo en el sector privado.
Debemos al coronavirus que adquiera carácter público la crisis del sistema educativo y en especial de sus comedores escolares, donde hacen enormes negocios los concesionarios pero a costa de un pésimo servicio para nuestros pibes o pibas.
También ahora que se debate la necesidad de abrir la cuarentena, se choca con la dificultad principal de un sistema de transporte colapsado que es incapaz de movilizar a los trabajadores a sus respectivos lugares de trabajo sin someterlos a situaciones que se riñen con los resguardos sanitarios mínimos.
La lista de temas que surge es innumerable pero la conclusión siempre es la misma: lejos de una Ciudad rica y con gran presupuesto, ha quedado expuesto una Ciudad de Buenos Aires caracterizada por una gran precariedad laboral, habitacional, sanitaria, educativa y de su sistema de transporte.
Al llegar al final del artículo uno se puede preguntar por qué muchos opositores elogiaban tanto al oficialismo del PRO en la Ciudad. Y la respuesta es porque ellos también ha sido cómplices de esta política y la han aplicado en todos los lugares donde les tocó y les toca gobernar.






