OPINIÓN

Vacunar países no alcanza, sólo tiene lógica inmunizar la aldea global

Si no cambian la lógica de cómo perciben la pandemia, los países hoy más poderosos pueden llevarse una sorpresa en breve, en un escenario que sigue siendo dinámico.

El 31/12/2019, la ciudad de Wuhan (China) informó a la Organización Mundial de la Salud que 27 personas habían sido  diagnosticadas con neumonía de causa desconocida.

El 12/01/2020, los científicos chinos pusieron a disposición del OMS lo que ellos consideraron era la información existente -y la organización sanitaria multilateral la compartió con los laboratorios de diferentes países-, en base a sus diagnósticos vía pruebas de PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa). 

A partir de ese momento, con los primeros muertos, comenzó la puja internacional de tapabocas y respiradores, propinándole un duro golpe a la supuesta solidaridad de la globalización, individualismos más visibles ahora, con la puja por la obtención de vacunas.

A un año de estos episodios, haciendo un balance lo más objetivo posible, el nuevo coronavirus hoy denominado covid-19 provocó más de 100 millones de contagios y más de 2 millones de fallecidos, 80% en el territorio americano, con 1 millón de muertos, y el territorio europeo, con 700.000 muertos.

Estos territorios equivalen a 20% de la población global pero medido en términos económicos es el 50% del comercio internacional y del PBI.

Por ese motivo, quienes habitamos en Occidente lo vivimos como una pandemia global cuando, en realidad, para el 80% de la población mundial es una epidemia más.

Otro elemento que sorprende es que USA, líder occidental de los 2 últimos siglos, es el territorio más afectado -no porque el virus tenga en su espacio alguna fortaleza especial sino por decisiones propias- superando los 400.000 muertos, equivalente a la suma de los soldados muertos en la 2da. Guerra Mundial y las contiendas en Vietnam y Corea.

Hasta la pandemia, se insistió en que USA nunca había recibido una amenaza verdadera dentro de su espacio, con la excepción de los atentados terroristas del 11/09/2001. Ahora ocurrió, y el impacto ha resultado devastador. Mantener cierto orden social exigió inyectar en el año más de US$ 6 billones, y duplicar el endeudamiento público.

Esta descripción 'dura' de la realidad objetiva requeriría incluir las secuelas que veremos en el futuro: algunas transformaciones que enfrentará a intereses corporativos y también individuales. 

En el mundillo financiero estadounidense saben que este nivel de endeudamiento incluye una necesidad de aumento de impuestos y que, con certeza, apuntarán a uno de los ganadores de la pandemia: las acciones tecnológicas, afectando a la eufórica y optimista Wall Street. (¿Y las utilidades del +42% de JP Morgan Chase?, preguntan unos. Otros responden que fue un caso puntual y no sectorial. Veremos.)

También se conoce que el sector petrolero, que empuja el precio del petróleo hacia más allá de los US$ 50, uniendo sus fuerzas la OPEP+ y USA, deberá enfrentar la globalización del cambio climático cuyo ejemplo más concreto es la industria automotriz, que consume más del 50% del combustible derivado del petróleo, pero las terminales ya anticipan en 5 años la presentación de nuevos modelos motorizados por electricidad. (Mientras, la terminal automotriz Tesla es la gran protagonista del año 2021 en Wall Street).

Hay cambios también en el sector inmobiliario estadounidense. Pierden valor de mercado la torres en el sur de la Florida -hay estudios en manos de inversionistas institucionales acerca de futuras subas de mareas de los océanos por el calentamiento global-, como también los lujosos edificios de Manhattan porque New York City, a causa de su concentración poblacional, ha diseminado el virus más rápido que los barrios populares de bajos ingresos.

Mientras tanto, la lucha mediática se profundizará, entre

** quienes priorizan transmitir la velocidad de vacunación  como un comienzo del fin de la pandemia basado en encuestas promocionadas por intereses económicos y dirigentes políticos

versus

** quienes no ocultan el récord de fallecidos (superior a los 15.000 victimas diarias). 

Este análisis aniversario del covid-19 sería incompleto sin detenerse a evaluar las conductas sociales, que demostraron que interactuar es una condición necesaria de la mayorìa de los humanos.

Esto supone una disyuntiva acerca del encierro que proponen los distanciamientos sociales. Sin duda, es una puja entre

** quienes, en nombre de la modernidad, festejan la deshumanización del trabajo que apela a nuevas herramientas tecnológicas;

y

** quienes, en nombre de la humanidad, exigen recuperar los tiempos perdidos. 

La transformación en marcha es muy compleja pero se puede anticipar en lo que sucede con los jubilados -las mayores víctimas de esta pandemia-, quienes enfrentan un aislamiento totalmente contradictorio con los beneficios de la prolongación de sus vidas. 

Tampoco genera demasiada simpatía que los reclamos por deficiencias en cualquier servicio sea derivada a una máquina contestadora que nos lleva a una travesía numérica que se contrapone con el objetivo de esas firmas cuando se humanizan para vender algún nuevo producto.

En línea con quienes queremos creer en la eficacia de alguna vacuna sanadora entre las ya aprobadas por la emergencia  sanitaria, deberemos esperar hasta mitad de año para comenzar a verificar sus beneficios.

Hay quienes miran a Israel como líder en la velocidad de vacunación pero es un país con un territorio más reducido que el de la provincia de Tucumán. Luego, de todos modos, Israel deberá sortear dos obstáculos para coronarse como pionero en la bajas de contagios: 

** hacerse cargo de sus enemigos históricos tales como los palestinos, y 
** la presentación de una vacuna local para antes de sus elecciones. 

Esto demuestra que, en definitiva, la concentración de las adquisiciones de vacunas por los países de mayor poder económico puede generar rédito político coyuntural pero no económico si la distribución no alcanza para el resto de la aldea global.

Por ahora, este concepto no parece convencer a los países centrales aún cuando la OMS ya insistió en el tema, al igual que diversos líderes de supuesta influencia en Occidente como el papa Francisco. Por ahora realmente creen -quizás es falta de gimnasia en pandemia- que pueden encorsetar territorios en forma indefinida. Ilusos.