La profesión más bella del mundo

(*) POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS A continuación, la última conferencia del Director de ABC pronunciada el pasado día 31 de agosto en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en el curso sobre "Ideas políticas para el siglo XXI", dirigido por Benigno Pendás.

Esta es mi última intervención pública como director del diario ABC. El próximo día 9 de septiembre, por decisión personal, después de cinco años de gestión al frente del periódico, y siguiendo una pauta personal y profesional de asumir en ciclos temporales determinados responsabilidades muy intensas y con objetivos claros, y cumplidos éstos, entregaré el relevo a mi amigo y compañero Ignacio Camacho, un gran profesional de capacidades acreditadas.

Creo que la renovación en los cargos de dirección editorial en los periódicos es una buena política empresarial.

La perpetuación en la dirección de grandes rotativos suele conducir a situaciones indeseables y, en ocasiones, como hemos visto en España, verdaderamente patéticas.

La peor de todas ellas es la que consiste en la interiorización de un estatuto de poder personal que tiende a hacerse autónomo de la empresa editora y de los propios lectores. Termina con frecuencia en actitudes despóticas y soberbias, cuando no corruptas. Otra consecuencia no menos indeseable y derivada de la anterior, y también muy común, estriba en el atrapamiento por un síndrome egocéntrico en función del cual el director a «perpetuidad» se convierte en el depositario y único intérprete del proyecto editorial, provocando decisiones que afectan negativamente a la sociedad editora, a la redacción y a los colaboradores; un síndrome que el que lo padece suele formular para sí de la siguiente manera: «Después de mí el diluvio»; y frente a los demás con el perverso «conmigo o contra mí». A veces consiguen provocar la tempestad arrasadora. En general, fracasan. El gran Indro Montanelli, un enorme periodista, aportaría alguna interesante reflexión al respecto.

Sé muy bien de qué hablo; lo he vivido en mis carnes, y conmigo, muchos. Se trata de una forma de «secuestro intelectual» del que, afortunadamente, ABC se ha liberado definitivamente no sin haber sufrido invectivas e insidias, a las que hemos respondido con un silencio expresivo de una conciencia de superioridad moral que podemos acreditar -y lamento mucho tener que decirlo- documentalmente.

En las actuales circunstancias esta digresión es para mí necesaria, no personalmente, pero sí como reconocimiento y homenaje a los que con una lealtad extraordinaria apostaron en su momento por un proyecto felizmente centenario cuando hacerlo implicaba riesgos ciertos. Hoy, esa apuesta moral y profesional la han ganado.

La han ganado también a quienes, en abierta connivencia con la deslealtad, la fomentaron desde la política y algunos centros de poder económico, alterando las condiciones del mercado, con un favoritismo variopinto de recíprocos beneficios. Interesaba un ABC postrado, tributario de favores inconfesables. Intentaron burdamente un sometimiento. De nuevo, «conmigo o contra mí». Tampoco lo lograron, porque el honor es patrimonio calderoniano del alma y el alma de ABC nunca estuvo en alquiler ni en subasta pública.

Y me estoy refiriendo, abiertamente y sin tapujos, a determinados dirigentes del anterior partido gobernante -algunos muy conocidos, otros influyentes en la opacidad- directamente responsables de una lamentabilísima política de relación e intervención en los medios de comunicación, que ABC padeció severamente y que ahora están pagando de modo cumplido, aunque recaiga el castigo, en algún caso, sobre quien menos lo ha merecido. Ya se sabe: pagan, a veces, justos por pecadores.

La fusión de Prensa Española y Grupo Correo en septiembre de 2001, efectiva a partir de enero de 2002, ha sido la culminación de una estrategia de resultados históricos en el sector de la comunicación en España y que ha aportado una singular estabilidad al sector de la prensa en nuestro país. La iniciativa, y estoy en condiciones de afirmarlo sin reserva alguna, ha sido un completo éxito. En lo editorial y en lo empresarial. Por segundo año consecutivo ABC registrará en 2004 un incremento notable de su difusión y de sus resultados económicos, fruto, entre otras razones, de una síntesis de esfuerzos, de un proceso de empatía entre los responsables de las empresas fusionadas, de una gestión integral y rigurosa que ha potenciado las auténticas capacidades del periódico -las actuales sí son las verdaderas, las del ABC liberal, abierto, riguroso, brillante en sus signos de identidad fundacionales, bien lejanas a la caricaturización portadista, a la estridencia y la amigocracia de ventanilla- mediando la celebración de su centenario en un contexto de estabilidad y confianza en el futuro.

Tampoco este proceso que ha culminado en Vocento -el grupo líder de prensa en España- ha estado exento de un verdadero acoso ideológico por parte de algunos, en el que se han utilizado las armas más miserables, las de la mentira.

El antiguo Grupo Correo, cuyo origen se remonta a 1910, ha sido un ejemplo de coherencia en sus principios editoriales allí -en el País Vasco- donde fue y es aún más difícil mantenerlos. Lo ha pagado con grandes sufrimientos -les aseguro que los más graves- y con una gran competencia profesional y la ejemplar calidad humana de todos sus integrantes.

Nada más natural que Grupo Correo y Prensa Española se fusionasen en el contexto de una lógica de dimensión y complementariedad que ha reportado a las empresas fusionadas, a sus accionistas, a sus trabajadores y a sus negocios diversificados una renovada fortaleza y una expectativa de futuro despejada y optimista. Pero lo más importante: Vocento, resultado de la fusión, garantiza, como ninguna otra fórmula podría haberlo hecho, la identidad de ABC y de todos los demás periódicos del Grupo. Una identidad que no es la inmóvil y enclaustrada que con un cinismo «pro domo sua» predican algunos fundamentalistas de no se sabe qué esencias. ABC es un periódico de referencia, sometido a sus propios compromisos, no a los ajenos, tampoco a las interpretaciones áulicas de vigías de una ortodoxia retórica e irresponsable. ABC es de sus propietarios y de sus lectores y se integra en un proyecto inédito en nuestro país (Vocento) en el que ABC alcanza su pleno desarrollo.

Los directores de los periódicos somos administradores de un proyecto permanentemente inacabado; no somos su alfa y omega, sino los redactores de un capítulo en un largo relato que se va concatenando en un proceso de adaptación constante que debe reformular lo contingente para salvaguardar los elementos esenciales que, por serlo, permanecen.

El éxito de un periódico consiste, precisamente, en constituirse en una referencia útil y necesaria en una sociedad abierta en la que concurren varias, distintas y opuestas. Un periódico sin proyecto puede ser un negocio, pero carece de trascendencia en la acepción más profunda de este concepto. Esta ha sido mi actitud en la dirección, primero de «El Correo», y ahora de ABC, mandatado para ello por editores profesionales que aplican la máxima de la mítica Katherine Graham: un periódico se basa en la excelencia y en los beneficios. Y corresponde al director lograr la excelencia y coadyuvar activamente a que los resultados acompañen a la calidad, profundidad y competitividad del diario. Cualquier otra visión que no contemple la dirección del periódico como una función que se inserta en una visión global del proyecto empresarial y editorial está profundamente confundida.

Sólo los grandes periódicos alcanzan el estadio de la plena madurez cuando cobran vida autónoma a la de sus creadores. Y eso sólo es posible cuando el periódico nace y sirve con consecuencia a un proyecto entrañado socialmente y con capacidad de innovación y autorregeneración.

Los directores, antes que directores, somos periodistas, profesión que es «la más bella del mundo», en palabras memorables de Albert Camus. Se supone, y se supone bien, que adquirimos en una sociedad democrática un compromiso no sólo profesional, sino también personal, de mantener la higiene en nuestra profesión, de salvaguardar su dignidad y de ejercer unos ciertos liderazgos en nuestras redacciones para que esta profesión siga siendo «la más bella del mundo». Volviendo a la editora de TWP, Katherine Graham: somos los custodios -debemos serlo- de la excelencia.

Y esa función requiere un constante compromiso con la responsabilidad de la veracidad informativa. El Comité Siegel, que analizó las causas del escándalo protagonizado por las falsas informaciones del periodista Jayson Blair en «The New York Times», en la primavera de 2003, llegó a la conclusión de que aquel episodio, que calificó de «auténtica debacle», fue posible, entre otras causas, por un deficiente «liderazgo de responsabilidad» en la dirección del periódico.

La espectacularización de la información en los periódicos es un cáncer que los directores debemos combatir con denuedo y enorme convicción. El «caso Blair» y otros fraudes informativos tienen su origen en la urgencia de incrementar las audiencias con agendas informativas estridentes, a imitación de las programaciones de la televisión.

Han irrumpido con fuerza en las redacciones, no tanto en España como en otros países, los denominados por Ryszard Kapuscinsky como «media workers», que serían según el periodista polaco los que «pueden ser hoy presentadores de telediario, mañana portavoces del Gobierno, pasado mañana corredores de Bolsa, y al cabo de dos días convertirse en directores de una fábrica o de una multinacional petrolera. Para ellos, este trabajo no tiene nada que ver con conceptos como deber social u obligación ética. Lo suyo es vender un producto, como cualquier otro trabajador del sector de servicios (...)».

Lamentablemente, tiene razón Kapuscinsky y nuestra preocupación debe consistir en evitar que se instalen en nuestras redacciones. Y esa es otra misión prioritaria de los directores, que debemos fomentar a los «journalist», es decir, a aquellos que se preguntan por la veracidad de la noticia o del relato antes que por su «atractibilidad», que firman y elaboran el texto y humanizan la información y se responsabilizan de ella.

Los «media workers» son tipos que colectivizan la información, la hacen anónima, la empaquetan y la venden. Son los nuevos «bárbaros» de la comunicación. Dejemos esa forma de hacer las cosas a otros soportes, porque si nos creemos -y yo me lo creo- que los periódicos son la aristocracia de la comunicación informativa y los nuevos gestores del conocimiento masivo, entonces actuemos en consecuencia. Digamos no al atajo de la «atractibilidad» insolvente en nuestros contenidos y optemos por un camino quizás más largo pero seguramente más productivo. Pero ¿cuál?

En primer lugar, seamos conscientes de la situación. Los índices de lectura están o estancados o cayendo, y los directores estamos extraordinariamente preocupados porque la medición de nuestra gestión se objetiva -quizás injustamente, pero así son las cosas- en las cifras de venta, que son las que hacen atractiva la inversión publicitaria. Probablemente debemos asumir que la Prensa de calidad en los países desarrollados es ya un fenómeno cualitativo, no cuantitativo. Hemos perdido la inmediatez definitivamente y proliferan otros canales de información o pseudoinformación -me refiero a internet- con los que no podemos competir en su terreno, tanto por razones técnicas como éticas. Por lo tanto, no tomemos prestados modelos de otros soportes, sino que profundicemos en el nuestro. Y el nuestro es ahondar en lo sabido sólo fugazmente por el público; el cálculo solvente de las consecuencias de lo que ocurre; la contextualización de los hechos noticiosos; su redacción literaria rindiendo culto al lenguaje y la expresión correcta; la capacidad de diagnóstico y de anticipación; ejerzamos también la función de contrapoder con credibilidad; aportemos impertinencia en la crítica; apostemos, tomemos partido en el debate social, político y ético y, sobre todo, avancemos en un nuevo entendimiento del periodismo escrito.

Hoy los lectores de los periódicos reclaman rigor, nuevas temáticas y creatividad. Nuestros redactores del futuro inmediato deberán ser no sólo licenciados en Ciencias de la Información, sino también médicos, abogados, biólogos, historiadores, filósofos, informáticos o literatos. Los directores deberán velar por una integración en las redacciones seguramente más difícil, pero también más creativa. Y asumir una nueva forma de dirigir el periódico. Un nuevo modelo de dirección que implica, como ha predicado «The New York Times», avenirse abiertamente a que «la innovación es irresistible, el progreso es inevitable y la resistencia es inútil».

Quiere ello decir que, como me aconsejaba hace ya muchos años un veterano periodista, los directores debemos tener muy bien estructurada nuestra propia ignorancia, renunciar a conocer de todo y saber quién sabe de cada materia. Es decir, articular equipos, insertar en la agenda directiva criterios externos, romper la endogamia tradicional en las redacciones y abrirse a un debate incluso sobre hipótesis aparentemente excéntricas, aunque sea para descartarlas.

Los directores tenemos que estar muy abiertos a fórmulas de innovación coherentes. En ABC hemos cambiado la maqueta del periódico hasta tres veces, conforme a una estrategia evolutiva; también la portada ha transitado en etapas hasta la actual; hemos racionalizado el orden de las secciones e integrado suplementos. Los lectores no sólo no han rechazado estos cambios bien medidos, sino que los han aceptado de buen grado. La inmensa mayoría quiere que su periódico esté en permanente renovación, sin cambios bruscos; demanda también que las innovaciones se les expliquen y contribuyen con su participación a mejorarlos. Porque la innovación exige una condición previa: la complicidad con los lectores.

Los directores, además, debemos ser muy perspicaces en la utilización de las sinergias. Los grandes grupos de comunicación se diversifican para blindar eficazmente el «core bussiness» que son los periódicos.

Un «mix» periódico-televisión es una buena fórmula siempre y cuando -lo mismo ocurre con la radio- se produzca una coherencia de fondo entre los medios y el proyecto del periódico no quede desmentido por las programaciones de los otros soportes. Los responsables editoriales en la prensa debemos tener en cuenta cada vez más esa variable de desarrollo que complementaría nuestro esfuerzo en la calidad de los contenidos y les añadiría notoriedad. Y, por fin, debemos ser muy conscientes de que la difusión del periódico está vinculada a la denominada «acción promocional».

Difusión y promoción son ya consustanciales. Ahora se trata de hacer de la necesidad inicial una virtud: convertir el periódico en un circuito de distribución privilegiada de bienes compatibles con el propósito del diario. Me refiero a acciones promocionales especialmente culturales, considerando a nuestros lectores clientes preferenciales de otras prestaciones. Los directores debemos aportar a los departamentos de marketing de forma activa y comprometida nuestros puntos de vista sobre las promociones, cuidando también de su excelencia y coherencia con el periódico.

Que la prensa de calidad sea fuerte, esté arraigada, tenga influencia y oportunidad de intervenir seriamente en el debate social, se aparte de la banalidad, disponga de un correcto protagonismo, sea independiente, es, creo, una necesidad política básica en este siglo que ha amanecido signado por otras formas de comunicación de la información y del conocimiento infinitamente más manipulables y sin criterios deontológicos.

He insistido especialmente en la responsabilidad que asumimos los directores de los medios en esa tarea porque desempeñamos un «rol» que nos compromete con la responsabilidad en estos tiempos de pensamiento débil y estandarizado, en el que reina una unanimidad estúpida y decadente, en el que la profesión «más bella del mundo» presenta síntomas alarmantes de caudillismo, soberbia, corrupción, sometimiento e incompetencia y ausencia de fe en su propia función.

Todo esto forma parte de una democracia, la occidental, que se debe contemplar en un espejo que le alerte de los grandes peligros que la acechan. Y ese espejo no es el de los «realities» televisivos; ni el de la fugacidad de una imagen de dudosa autenticidad; tampoco el del soplido de unas palabras radiofónicas que se las lleva el viento de la desmemoria. Ese espejo tiene que ser, o no tiene que dejar de ser, el periódico de calidad, ese que habla a su lector y le escucha. Ese que establece un diálogo sin palabras y permanece y que navega con rumbo en los tiempos convulsos que nos ha tocado vivir. Ese, en fin, que, remedando a Kipling, «guarda la cabeza tranquila cuando todo a su lado es cabeza perdida»; ese que tiene fe en lo que dice y no desprecia las dudas ajenas; ese que intenta que se sepa la verdad que proclama «a pesar del sofisma» generalizado; ese que «camina junto a reyes» con su paso y con su luz; ese que llena muchos minutos inolvidables y ciertos «de sesenta segundos» que no llevan al cielo, como propugnaba el autor británico, pero que pueden marcar la esencial diferencia entre una persona que piensa y otra a la que, por desgracia la mayoría, no le permiten pensar.

Hablo de política y de democracia haciéndolo de los periódicos. Y es que la prensa, una nueva y tradicional prensa, sigue siendo una gran idea política para el siglo XXI. Es tan buena idea que unos, dolosamente, y otros, por inconsciencia, parece que la quieren hacer desfallecer. Sencillamente, no debemos permitirlo.