A once años de la primera movilización de Ni Una Menos, miles de personas volvieron a ocupar las calles para reclamar el fin de la violencia de género y recordar a las víctimas de femicidio. La jornada también reavivó una pregunta: qué lugar deberían ocupar el varón frente a esto. Sigánme. Intentaré responderlo.
REFLEXIÓN
La otra cara del Ni Una Menos: ¿Qué rol debería asumir el varón?
La marcha de Ni Una Menos reabre un debate que va más allá de todo. Invita a una reflexión sobre los varones frente a la violencia de género.
Los tres tipos de varones que rodean el Ni Una Menos
En los discursos públicos, solemos construir dos caricaturas que, aunque reales en sus extremos, empobrecen el debate. Por un lado, el falso "aliado": aquel que se apropia del léxico político feminista pero, en el fondo, utiliza este disfraz para seducir, manipular y violentar.
El femicidio de Agostina Vega es el ejemplo perfecto y letal de esta hipocresía: que haya salido a la luz un video de 2015 en el que su femicida, Claudio Barrelier, daba cátedra contra la violencia de género, demuestra cómo el discurso puede ser cooptado como camuflaje.
En las antípodas encontramos al varón a la defensiva: aquel que, escudado en el paradigma del incel o en la negación constante, repite como un mantra: "¿Yo qué culpa tengo de que unos locos sean femicidas? Yo soy un hombre sano".
Sin embargo, reducir el escenario a estos dos polos invisibiliza a la inmensa mayoría de los hombres. Entre el lobo con piel de cordero y el misógino reaccionario existe una zona gris enorme, habitada por varones que transitan avances, retrocesos, culpas y contradicciones. Hombres que intentan desarmar sus propios prejuicios pero tropiezan con lógicas arraigadas.
La identidad de género no es una esencia natural, sino una construcción social, un guion que actuamos por repetición. Si la masculinidad es performática, entonces el guion puede —y debe— ser reescrito.
Pero, ¿cómo se reescribe ese guion para evitar la tragedia?
La violencia extrema, como un femicidio, no es un relámpago en un cielo despejado; es la punta de una pirámide que se sostiene sobre una base cultural cotidiana: la cosificación, el control, el chiste denigrante, la posesividad. Rita Segato lo explica a través del "mandato de masculinidad". Los hombres cometen actos de violencia, físicos o simbólicos, para rendir examen ante la mirada de otros hombres; para demostrar que pertenecen a la "cofradía".
Si entre varones no hablamos ni cuestionamos estas prácticas, el silencio se vuelve el cemento de esa pirámide. El silencio aprueba. Por eso, quebrar la complicidad de la cofradía es el primer eslabón para desarmar la violencia. En este sentido, la reflexión del streamer Luquitas Rodríguez resulta un puente vital, no por ser un tratado académico, sino por surgir desde el corazón del consumo masivo masculino:
"No quería dejar pasar y decir acá en este contexto de Tribunero, que es un programa en su mayoría de hombres, invitar a que estas situaciones como hombres nos dejen a nosotros para pensarnos (...) Siempre es bueno el autoconocimiento y pensar también en los que tenemos al lado y el lugar que ocupamos en nuestro universo social, familiar y vincular".
Es una invitación a la interrogación permanente. Y es esperable que a esta invitación le surjan tensiones y contradicciones (como cuando a su propio programa asisten figuras polémicas). Esa es precisamente la zona gris: la deconstrucción no es un estado de pureza moral, es un proceso manchado de errores.
El peso de las redes en una era de transformación víncular
Frente a la exigencia de cambiar, el varón contemporáneo suele sentirse acorralado. Las redes, diseñadas para la polarización, lo empujan a elegir entre la autoflagelación o el refugio de la reacción antifeminista. El sociólogo Michael Kimmel ofrece una salida a esta trampa al proponer la construcción de una "masculinidad democrática".
Para Kimmel, no se trata de que el hombre viva sumido en la culpa por los privilegios históricos, sino de que asuma una responsabilidad activa. Una masculinidad democrática es aquella que se define por la empatía, la igualdad y la ética del cuidado, abandonando el imperativo de la dominación.
Esto es insoslayable porque "el otro" es persona. Simone de Beauvoir analizó cómo la historia construyó a la mujer en la categoría del "Otro" inesencial, siempre subordinada al Sujeto masculino. Revertir esto implica que el pacto social deje de ser el que imaginó Hobbes, donde el hombre es el lobo del hombre (y trágicamente, el lobo de la mujer).
¿Entonces? No matar... para empezar
No existen certezas cerradas ni manuales definitivos. El rol del varón hoy no es erigirse como salvador ni hundirse en el silencio por miedo a equivocarse. El punto de partida es sostener la incomodidad de la pregunta.
Con el pensamiento propio surge la búsqueda del ajeno; en esa búsqueda nace la charla entre pares, y en esa charla, el resquebrajamiento del mandato. Es algo necesario. De hecho, es algo indiscutible que hasta debería fomentarse desde el sistema educativo.
El varón debe hablar, debe habitar sus propias contradicciones sin usarlas como excusa, debe entender a la mujer como una igual y, como piso mínimo e innegociable, no debe matar.
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