PARA PENSAR Y DEBATIR

“En las universidades estamos criando impostores”

Este 11 de septiembre, día del maestro, más allá del ajuste que intenta llevar a cabo el gobierno nacional sobre la educación, entre otros ámbitos del Estado, invita a la reflexión, a la autocrítica y al análisis en profundidad sobre el futuro de la educación en general. He aquí, un intento:

Carolina Sanín Paz es escritora y docente colombiana, licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes y PhD en literatura española y portuguesa de la Universidad de Yale. En contexto de vacas flacas y guerra comercial internacional, el presidente Iván Duque Márquez intenta llevar adelante un ajuste en el presupuesto educativo, pero más ordenado y a modo de prevención para profundizar el déficit fiscal.

Entrevistada para la revista Acadia, Sanín se animó a reflexionar más allá del presupuesto.

¿Cree que la desfinanciación es el mayor problema de la educación pública?

El problema más grande de la educación pública sí puede ser la desfinanciación, que tenga mucho menos dinero que la educación privada, más aún desde Ser Pilo Paga (programa de subsidios para estudiantes de bajos recursos) que dio fondos públicos a la universidad privada para cumplir una función pública. Este problema da origen a otros de instalaciones, de equipos, de posibilidades de viaje para los estudiantes. Pero hay otro problema que atraviesa tanto la educación pública como la privada y es la educación superior en general: la cantidad de estudiantes por clase y por profesor; cómo pensamos la relación de los estudiantes con el espacio físico de las universidades; el descuido que, a veces, tienen algunos profesores en el trato con sus estudiantes mujeres que las hace sentir discriminadas de alguna manera en el salón de clase.

¿Qué otra cosa funciona mal en la educación superior colombiana?

Los estudiantes fingen que están leyendo todo lo que leen para la clase; el profesor finge que cree que los estudiantes están leyendo, cuando cree que no. Se hacen las cosas bajo una lógica pro-forma: hacerlas como una formalidad y como un simulacro de clase en vez de hacer una clase de verdad en la que se investigue algo y se escriba de distintas maneras y se profundice en un tema. En la universidad estamos educando a la gente en una mentira de fingimiento, estamos criando impostores.

¿Los profesores están preparados para asumir ese compromiso?

Creo que están preparados. Si no, se deben preparar para para hacer clases mucho más intensas, con mayor profundidad, comprometidas con la producción de pensamiento original y no con la repetición de fórmulas. Que las clases de literatura no sean clases de historia de la literatura porque eso se puede aprender en Wikipedia, sino que sean clases de leer. Entonces habría que leer con atención y en detalle los textos, muy minuciosamente y con un enfoque sobre todo analítico. El estudiante de literatura tiene que ser un diseccionador de textos. Creo en el trabajo particular con el texto, con el texto como otro, con el texto como separado de su autor y de su lector.

¿En sus clases logra establecer esa relación entre el proceso minucioso de lectura del que habla con la escritura?

La verdad es que sí. Al enseñar me centro más en las escritura que en la literatura y más en la lectura que en la literatura. Me centro, justamente, en enseñar a leer y en la escritura relacionada con esa lectura. Cuando fui profesora universitaria me gustaba y me interesaba que el salón de clase fuera un espacio dramático en el que pasaban cosas, en el que había dramas: unos sufrían y otros estaban descubriendo algo, no esa cosa mortecina de la clase repetida año tras año. En casi todas las facultades de literatura hay un papel muy marginal para la creación. Hay muchos que estudian literatura porque quieren escribir, pero queda muy pequeño el papel de la escritura porque les ponen a hacer esos ensayos académicos que no son nada ni para nadie, en vez de articular más la lectura y la escritura creativa.