PUTIN/TRUMP EN HELSINSKI

La Cumbre, o el intento de barajar y dar de nuevo

El presidente ruso, Vladímir Putin, y el mandatario de EE.UU., Donald Trump, convergieron este lunes 16/07 en el Palacio Presidencial de Helsinki en el marco de su primera cumbre bilateral. Al comienzo de la reunión el mandatario ruso ha declarado que ha llegado la hora de hablar en detalle sobre las relaciones bilaterales entre Rusia y EE.UU. y de los problemas internacionales.

Hace 170 años, Karl Marx y Friedrich Engels encabezaban el “Manifiesto Comunista” con una premonición: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”… Bueno, todavía sigue siendo una premonición, porque hoy el fantasma que recorre Europa es el amenazante “Baby Trump”, el gigantesco muñeco de Donald Trump que flotó sobre Londres durante la reciente entrevista del especial presidente estadounidense y la primer ministro inglesa Theresa May.

Rumbo a la reunión en Helsinki con su colega ruso Vladimir Putin, Trump tuvo tiempo de blofear en la cumbre de la OTAN y durante su alocada gira londinense. Como un cobrador enardecido, el rubicundo mandatario estadounidense, en una secreta reunión extraordinaria, reclamó directamente a sus socios (¿?) europeos que aumenten la contribución a solventar los gastos de la alianza militar occidental hasta en un 4% de su PIB o, caso contrario, se retiraría de la OTAN.

En Inglaterra se dedicó a “ningunear” a la pobre Theresa, quien además del plantón de 15 minutos a la espera de la llegada a su casa de la Armada washingtoniana, tuvo que aguantar la ya habitual porción de “gaste” en una entrevista periodística que concedió Trump y donde aparece nada airosa con su política de desengancharse de la Unión Europea.

Ahora bien, nunca quisiera yo tener en una mesa de truco como contrincantes ni a Trump ni a Putin. Tampoco sé si saben jugar al truco. Lo que sí sé es que ambos saben hacer lo que siempre se recomienda: alardear de algo para salirse con otra cosa. En esto, ambos son maestros imbatibles.

Lo que es evidente que el Presidente estadounidense no considera a Europa como su par en materia de política internacional y pretende que sí sea su “cliente” comprador tanto de energía como de seguridad.

Putin ya tiene asegurada la clientela europea con la provisión de un gas barato, cómodo y constante. Algo que los Estados Unidos están lejos de conseguir. Y, por otra parte, el Kremlin tampoco considera a Europa Occidental como su par en el juego político mundial.

Enormes e imprevistas coincidencias. Con algunas “pequeñas” diferencias: Rusia tiene en China, la India y en general en Asia un mercado incluso mucho más cautivo que el europeo. EE.UU., en cambio, enfrenta una desastrosa guerra comercial prácticamente con todos los potenciales mercados mundiales.

Y, además, la cuestión militar. Mientras Washington debe solventar un gasto anual bélico de US$ 700.000 millones  (la tercera parte del gasto bélico mundial), Rusia tiene el suyo por debajo de los US$ 50.000 millones, algo así como el 2% de su PIB. La diferencia, una vez más, es que mientras los Estados Unidos “atienden” militarmente a todo el mundo (inclusive a la Argentina), Rusia se limitar a su propio territorio.

Un elemental análisis de estas posiciones podrían llevarnos a suponer que en la cumbre de Helsinki, Donald Trump puede llegar a proponerle a Vladímir Putin una nueva “redistribución” de socios y clientes. Nada nuevo, por otra parte, en la historia mundial. Obvio los ejemplos…

¿Cómo llegaron ambos contendientes a esta cita en el céntrico Palacio Presidencial de Helsinki este lunes 16 de julio, a las 13:15 (7:15 de la mañana de Ciudad de Buenos Aires)?

Putin acaba de renovar con una aplastante mayoría su mandato presidencial hasta 2024. La economía del país crecerá este año en un 4%. El petróleo, que ya no es su única fuente de ingreso, pero se mantiene en precios superiores a los US$ 75 por barril. Tiene un nivel muy fuerte de reservas respaldadas por oro.

Los indicadores sociales son bastante aceptables hasta el punto que ahora Rusia está al borde de elevar las edades jubilatorias. Su posición internacional se ha fortalecido, además de su orgánica unión estratégica con China, con la que hegemonizan la política en el sudeste asiático, por la aplicación de una firme y astuta política en Medio Oriente, que le permite estar bien con Irán, Israel, Siria, Turquía, Arabia Saudita (con Riad establecen el precio mundial del crudo), Egipto, países en muchos casos enfrentados entre sí. Encara en estos días el viaje a Johannesburg para participar en la X Cumbre BRICS que consolidará este nuevo centro multipolar del mundo. Provee actualmente de casi el 40% de energía a Europa y, con la anunciada construcción del “Nordstream II”, aumentará a casi el 70% de suministro de hidrocarburos.

El saldo positivo de la balanza comercial rusa desde enero a mayo de 2018 fue de US$ 81.400 millones, es decir US$ 24.300 millones (42,6%) más que en análogo período de 2017.

La reciente celebración del Mundial de Fútbol sirvió, además, para convencer a más del millón de fanáticos que viajaron a Rusia, que el país es cordial, alegre, organizado, hospitalario y hermoso… De tal modo, convirtió en polvo los intentos occidentales, especialmente de Londres, de atemorizar a ese torrente de viajeros pintando la siuación con duros y negros colores de cerrazón y hostilidad.

Trump está, por su parte, abocado a regresarle a los Estados Unidos una economía en crecimiento pese al profundo déficit fiscal que este año superará los US$ 804.000 millones, lo que supone casi el 3% de su PIB. Esto condiciona su política exterior, dedicada a coadyuvar en la cobertura de ese enorme agujero negro. Por esto: se pelea con China, con la que tiene un 17% de déficit en su balanza comercial, reclama de Europa que compre su gas pese a que es mucho más caro que el ruso, impone duras trabas para el ingreso de acero y aluminio de terceros países y muchas otras acciones que, vistas en conjunto, lo que intentan es volver a posicionar la economía estadounidense como la principal suministradora mundial.

Sin embargo, la suba de las tasas de interés en los EE.UU. provoca el reflujo de capital de los mercados emergentes hacia los Estados Unidos y el Japón. Esta situación, según el economista Vladímir Tijomírov, “presiona sobre los presupuestos y las divisas de los países emergentes y, correspondientemente, eleva el riesgo de inversión en ellos. Por eso es que estos países ya cambiaron su política monetaria y sus divisas ahora no están fuertemente vinculadas con el dólar, sino que flotan. Por eso vemos que la debilitación de las divisas permite a muchos países reducir el riesgo de desarrollo de la crisis y hacer la situación más manejable”.

Con todo lo que significa ya que la dependencia de estos países de los centros financieros mundiales es abismal. En el 1er. trimestre de 2018, la deuda mundial, según el Instituto Internacional de Finanzas, creció en US$ 8 billones y superó los US$ 247 billones. Impresiona la relación de la deuda con el PIB. La deuda global ahora asciende al 318% del PIB mundial.

Este debilitamiento del dólar es lo que impulsa a Trump a despacharse tal como lo hace tanto con Angela Merkel, a la que le enrostra que está “prisionera de los rusos”, como con Theresa May, a la que acusa de no haber actuado bien con el Brexit mientras proclama como su candidato en las próximas elecciones a su “alter ego”, el renunciante Boris Johnson, ex ministro de relaciones exteriores británico y posible postulante a jefe de Gobierno. Londres tiembla porque, por cierto, el problema es financiero. Si no hay acuerdo con Europa, los bancos británicos pueden perder el manejo de casi 6 billones de euros, depositados en ellos. ¿Quién asegura que estos bancos británicos no declaren, en tal caso, el default?

Pero la situación provocada por las políticas extrema de Trump para retornar el pasado liderazgo estadounidense sobre el mundo, generan situaciones sumamente controversiales.

Es que la estrategia de “hacer Norteamérica grande de nuevo” cruje por las costuras. Hasta los aliados cercanos de la región Asia-Pacífico comenzaron a formar una coalición económica antinorteamericana. Los ministros de comercio de 16 países asiáticos están conformando un gran espacio conjunto de libre comercio que no incluirá a los EE.UU. Sus organizadores son China, India y Japón. El nuevo emprendimiento incluye a Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, los más cercanos aliados de EE.UU. en la región…

En medio de esta tendencia al aislamiento, en Washington se debatió sobre la conveniencia o no de asistir a Helsinki, incluyendo un pedido de impeachment a Trump y el “descubrimiento” de nuevos y nebulosos espías hackers rusos, el Kremlin saborea su rotundo éxito de RR.PP. en el Mundial FIFA y orejea cartas esperando a ver lo que canta Trump, que es mano en este caso…

En este contexto, la tesis de soporte de la anti-cumbre afirma que “lo único que necesitan los EE.UU. de Rusia es que ella devuelva Crimea, desaparezca de Siria y, de ser posible, se muera”. Como el Kremlin, obviamente, ni se mosquea con estas bravatas, en Washington hay quien considera esta cumbre como algo inútil, a la que acudir es propio de un traidor que “se quedó con la Casa Blanca sólo gracias a los hackers rusos”.

El presidente del Comité Nacional demócrata, Tom Pérez, declaró que hay que anular la cumbre porque “Putin no es amigo de los EE.UU.” Acordó con él Chuck Shumer, líder de la minoría demócrata en el Senado, quien considera que “el presidente Trump debe anular el encuentro con Vladímir Putin en tanto Rusia no adopte pasos concretos para demostrar que no se inmiscuirá en nuestras elecciones en el futuro”. Y el inefable John McCaine asegura que la cumbre no debe realizarse mientras “Trump no esté dispuesto a llamar a Putin a ser responsable”…

Por su parte, Kimberly Marten y Olga Oliker escriben en el The New York Times: “Pregúntele a la mayoría de los comentaristas y escuchará que la cumbre entre el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente ruso Vladimir Putin en Helsinki está condenada al fracaso. Los Estados Unidos y Rusia comparten pocos intereses regionales o globales y se han enfrentado por la supuesta intromisión de Rusia en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016. Cualquier gran negociación duradera es incierta y probablemente imprudente, ya que algunos temen que las habilidades negociadoras de Putin para la KGB -y el deseo de Trump de llevarse bien con su contraparte ruso- llevarán al presidente de los Estados Unidos a regalar demasiado por muy poco a cambio”.

En Foreign Affairs, Michael Mcfaul advierte que “las relaciones entre Rusia y los Estados Unidos se han deteriorado hasta su punto más peligroso en décadas. La situación actual no es, como muchos lo han llamado, una nueva Guerra Fría. Pero nadie debería sentirse muy cómodo por las formas en que el enfrentamiento actual difiere del anterior. La carrera cuantitativa de armas nucleares ha terminado, pero Rusia y Estados Unidos han comenzado una nueva carrera de armamentos cualitativos en vehículos de entrega nuclear, defensas de misiles y armas digitales… La mejor descripción de las hostilidades actuales no es la guerra fría sino la paz caliente.”

Es curioso que en los medios rusos se encuentren opiniones análogas. Se basan en el convencimiento de que, tal como están las cosas, cualquier negociación con Washington es totalmente infructuosa debido a esta “torcida” concepción estratégica norteamericana.

En una muy dura intervención, el general Serguéi Shoigu, ministro de Defensa de Rusia, afirmó a “Il Giornale” italiano, que “la tensión en las relaciones entre Moscú y Washington fue artificialmente creada por culpa de la elite norteamericana que está convencida de que ‘el mundo se divide entre “norteamericanos” e “incorrectos”’.

Shoigu, el hombre más popular en Rusia después de Putin, símbolo de la modernización y fortalecimiento de las fuerzas armadas rusa y del suceso militar ruso en Siria, afirmó que “las relaciones entre Rusia y los Estados Unidos están en su nivel más bajo de la historia reciente”. Acusó a Washington de “haber roto unilateralmente los acuerdos clave que constituían la espina dorsal de la seguridad global. Contrariamente a la promesa hecha a la dirigencia soviética durante la unificación alemana, iniciaron la expansión de la OTAN hasta nuestras fronteras”.

Tras detallar la dislocación de misiles antiaéreos norteamericanos en Europa so pretexto de defenderse de supuestas agresiones iraníes, Shoigu ironizó: “Como presidente de la Sociedad Geográfica Rusa donaré a nuestros colegas norteamericanos un mapamundi a fin de que lo observen y expliquen por qué, si los ‘enemigos de Norteamérica’ son ubicados en el Medio y Extremo Oriente, sus bases y reagrupamientos militares deben ocupar los límites con Rusia”.

Y luego fue contundente: “se trata de la estrategia neocolonialista ya aplicada en Irak y en Libia, que consiste en soportar cualquier tipo de ideología, inclusive la más feroz, para debilitar los gobiernos legítimos. Luego se esgrime el pretexto de las armas de destrucción masiva o la catástrofe humanitaria y, en un último análisis, el uso de la fuerza para crear un ‘caos controlado’ que asegure las condiciones para absorber los recursos existentes para la economía norteamericana a través de las multinacionales. Rusia, que sostiene un criterio multipolar en las relaciones internacionales, representará siempre un obstáculo en la implementación de esta estrategia”.

Pero Trump ha demostrado, una vez más, que es un interlocutor muy lógico. No busca lo imposible. No planteará ninguna exigencia alocada ni con Siria, donde puede plantear la retirada de sus tropas a cambio de que Moscú no aliente demasiado a Irán en la región (algo similar a lo que le propuso al coreano Kim Jong-un), ni con Crimea, sobre la que recordó que sus habitantes hablan ruso. En vísperas de su viaje, cuando le preguntaron si reclamaría a Putin “devolver” Crimea a Ucrania, Trump respondió con un “veremos” y pidió no adelantarse a los acontecimientos.

Lo que Trump necesita es la colaboración del Kremlin en otras cuestiones, bastante más importantes para la Casa Blanca.

Por ejemplo, el mercado mundial del petróleo. Trump necesita “meter” en ese mercado su producción de esquisto, aunque en los últimos tiempos eso sea una cuestión más financiera que de producción. Para eso, debe convencer a Putin de conformar una política común, basada en respetar el embargo a los suministros de crudo iraní y aliviar las decisiones hegemónicas que en este campo viene tomando Moscú con Riad.

Pero es muy difícil convencer a Japón, la India o la Unión Europea para que no le compren a Teherán. Y ni hablar de China, que ya anunció oficialmente que seguirá comprando e incrementará los volúmenes ante la creciente necesidad energética del país. Pese al enojo de Trump por las decisiones de “OPEP+Rusia”, Washington tendrá que ir al pie, para seguir en el lenguaje del truco, y tratar de negociar alternativas más favorables con alguien que precisamente no se caracteriza por irse al mazo……

Pero, además, en el caso de Rusia, donde las relaciones con Irán están ya en un nivel de alto rendimiento, tanto oficial como privado, existe otro movimiento: Moscú puede importar el petróleo iraní (ya lo hace a través de un instituto binacional de intercambio), pagándole a Irán con diferentes productos, por ejemplo cereal (Rusia es la principal exportadora mundial y a Irán le envía más de 5 millones de toneladas anuales) lo que le permite aumentar la exportación de su propio petróleo y participar con más de US$ 50.000 millones en la actividad del sector petrogasífero iraní.

El Ministerio de Finanzas ruso pronosticó una importante caída del precio del petróleo a partir de 2019, basada en el incremento de la producción dispuesto por la “OPEP+Rusia”. El informe oficial del ministerio afirma lo dicho en su momento por el propio Putin, con un precio de US$ 50 el barril, Rusia y Arabia Saudita “se sienten cómodas”. Este precio, por supuesto, es insoportable para el shale estadounidense, que necesita precios altos para pagar los elevados costos de extracción y procesamiento y los duros créditos dados por la banca norteamericana.

Una fuente de la agencia Bloomberg adelantó que Rusia estaría dispuesta a escuchar al Presidente estadounidense sobre el aumento de los volúmenes de extracción de petróleo (en contra del acuerdo “OPEP+Rusia”) en aras a la baja del precio de la nafta en los EE.UU. en la antesala de las elecciones al Congreso norteamericano.

¿En qué temario de la cumbre se habrán puesto de acuerdo el “halcón” John Bolton, consejero de seguridad nacional de los Estados Unidos, con sus interlocutores rusos en su reciente visita? En la conferencia de prensa al finalizar las negociaciones, se le recordó a Bolton que “Rusia no cambió su conducta en ninguno de los puntos por los que fue sometida a sanciones por Washington”.

Bolton eludió una respuesta directa pero su observación despertó más de una suspicacia: “las relaciones bilaterales entre la Federación Rusa y los EE.UU. inciden en la estabilidad de todo el mundo”.  ¿Una nueva conferencia de Yalta, donde en 1945 Iosif Stalin, Winston Churchill y F.D. Roosevelt delinearon el destino mundial después de derrotar al nazismo?

¿Será posible pensar en un intento norteamericano por “canjear” las sanciones impuestas a Rusia por una política más “flexible” en el tema petrolero?

¿Intentar eso al estilo de lo propuesto en Siria: retirada de tropas norteamericanas a cambio de presionar sobre Teherán para que no despliegue más tropas en la región?

Pero si, como resultado de esta cumbre, se produce el debilitamiento de las sanciones antirrusas impuestas, como se recordará, por la supuesta anexión de Crimea, también Europa podrá levantar las limitaciones económicas que impuso a Rusia en comunión con Washington. Esto, claro está, es muy conveniente para una Europa que como consecuencias de las sanciones está perdiendo multimillonarios negocios con Rusia.

Si es así, la jugada imputada a Trump es de resolución bastante improbable y quizá, como dice el tango, “con un cuatro a un envido diga quiero”… En cuanto a los precios del petróleo, eso ya no lo decide Washington, sino la dupla Moscú-Riad. En cuanto a Siria, la situación está controlada por el presidente Assad con el soporte logístico y combativo de Turquía, Rusia e… Irán.

¿Y si la carta que juega Trump es el as de espadas: disolver la OTAN ante la “inutilidad” de sus componentes europeos y dejar librada la defensa del continente a sus propios habitantes?

No hace demasiado tiempo Trump mencionó la posibilidad de retirar las tropas norteamericanas de todos los escenarios mundiales. En su cercanía se cuestiona la necesidad de contar con una OTAN voluminosa y sin objetivos, cuando en realidad la negociación pasa directamente entre el Kremlin y la Casa Blanca. Y por acuerdos militares directos de Washington con los países bálticos y con Polonia, los que le permiten a Trump mantener en esos países el suficiente contingente como para “custodiar” eventuales apetitos imperiales de Moscú.

Porque, además, Trump está que arde con las erogaciones que tiene que hacer, como dijo, del “chanchito-alcancía”, para sostener a sus aliados europeos en la OTAN. Si Trump materializa su afirmación sobre el agotamiento de la OTAN, los europeos necesitarían urgentemente un “plan B” para por sí mismos contener la oleada migratoria, elaborar un costosísimo plan de su “devolución” a sus respectivos países y defender por sí solos sus territorios, tal como pide la alemana Ángela Merkel. Sobre todo si se tiene en cuenta a Trump reclamando una nueva alianza que “pueda contrarrestar al terrorismo”.

Recordemos la oferta que Putin le hizo a Emmanuel Makron, en su visita anterior al mundial, cuando el francés se quejaba de que los Estados Unidos le retaceaban soporte en materia de seguridad. De inmediato el jefe del Estado ruso se ofreció para reemplazar en el tema a Washington. Makron no sabía cómo salir de esta engorrosa situación.

Un posible acuerdo directo entre Rusia y los EE.UU. a espaldas de Europa –señala la alemana Welt- “puede convertirse en un escenario de terror para Europa y en el debilitamiento final de la OTAN”. El polaco Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, la completó: “aunque confío en lo mejor, pese a todo convoco a la UE a prepararse para lo peor. Es decir la disolución de la Alianza Nordatlántica”…

De todas formas, no parece tener asidero real el mito del subyugamiento de Trump por Putin. No se lo cree en primer lugar el propio Kremlin.

Fiódor Lukiánov, influyente politólogo ruso, señala: “Hoy Occidente en parte vive en un sistema de mitos surgido en el curso de la lucha interna entre los grupos del poder. Uno de ellos afirma que Trump se inclina ante Putin y si se le permite ellos pueden acordar sobre algo que será perjudicial para todos los aliados, destruirá la democracia y los valores occidentales. Utilizan ‘el vínculo con Moscú’ como instrumento contra Trump, e incluso comienzan ellos mismos a creer en él”.

De la misma forma Richard Weitz, director del Centro de Análisis Político-Militar del Instituto Hudson (EE.UU.), no es optimista con respecto al resultado de la cumbre pues “el Presidente norteamericano tiene atadas sus manos en relación con Moscú y el Congreso no le permitirá hacer determinados pasos, en particular por las sanciones. Además, los aliados de los EE.UU. impedirán la intención de Trump de regresar Rusia al G8”.

Pero ésta es una cumbre de señales. Es más, puede convertirse en un encuentro de esperanzas.

Por ejemplo, si los líderes de estas dos grandes potencias dejan de ignorarse entre sí y de mantener un diálogo indirecto a través del Twitter y la televisión. Tanto Trump como Putin hablan en el mismo idioma: la lengua del pragmatismo, de los intereses nacionales y del proteccionismo. Por estos mismos parámetros, se hace posible pasar del duro enfrentamiento a la usanza de la “Guerra Fría”, dejar de lado este período de “paz caliente” y transitar hacia un espacio de comprensión mutua.

Helsinki es la capital de los grandes resultados internacionales. Allí en 1975 se firmó el principio del fin de la Guerra Fría, cuando los líderes norteamericano y ruso, Richard Nixon y Leonid Briézhniev, suscribieron los acuerdos que garantizaron la coexistencia pacífica entre los dos sistemas beligerantes del momento. Hoy, el objetivo de la cumbre en la capital finlandesa no radica en que ambos presidentes corten de golpe el nido gordiano de los problemas existentes entre Washington y Moscú, sino en que ambos comprendan las posiciones de uno y otro, eliminen las líneas rojas y comiencen finalmente a edificar una atmósfera de confianza mutua.

“Él (Putin) representa a Rusia. Yo represento a los Estados Unidos. Se trata de una competencia y no de una cuestión de amistad o enemistad”, subrayó Trump, fiel a ese concepto de pragmatismo que destacamos.

Pero, por otra parte, incluso si Putin y Trump no acuerdan nada serio y el documento final sea una vacía declamación, ello no significa en absoluto que la cumbre haya fracasado. El solo hecho de que se haya llevado a cabo, venciendo todas las dificultades, provocaciones, trabas y hostilidades manifiestas, ya significa un trascendente hecho en la actual arena de la política internacional. Y aunque suene grandilocuente, una victoria de la vapuleada paz mundial.