PEDOFILIA ARGENTINA

El Jardín del Desdén

Existe una peligrosa tentación sociocultural de banalizar el calvario que padecen las víctimas del abuso que consiste en la excitación o el placer que experimentan mayores de edad a costa de menores de edad. Pero el árbol no puede ocultar el bosque. Y la verdad tiene hasta poderes sanadores cuando se puede exhibirla. De esto trata la columna del abogado y periodista José Benegas, radicado en Miami (Florida, USA) pero conocedor al detalle del infierno porteño tal como si siguiera tomando café en La Biela:

En un artículo anterior decía que Natacha Jaitt podía salir a decir que todo había sido un “chiste”, que igual iba a quedar imborrable el espectáculo de una corporación periodística cerrando filas para esconder derivaciones del caso de prostitución infantil con desamparados jugadores de fútbol del club Independiente. Nada más porque había nombrado a unos conocidos, de cuya real involucración no sabemos nada. Tampoco ellos, los “indignados” que eligieron exponerse así, llegando a pedir el linchamiento de Mirtha Legrand, una persona de la veneración de todos ellos. Hay otra evidencia junto a esa, que es el silencio de la política. Un silencio sepulcral.

Es la misma reacción que hay en la Iglesia, en los colegios y, para sorpresa de muchos, en las familias donde ocurren la mayoría de los casos, sobre todo en las más idealizadas.

En un reciente libro de Federico Jiménez Losantos llamado “Memoria del comunismo. De Lenin a Podemos”, se describe muy acertadamente cómo los intelectuales de izquierda llegaron a tapar y a borrar de toda consideración en sus cabezas, los horrorosos crímenes del comunismo, que carga sobre sus hombros más de cien millones de muertos en unas cuantas décadas y de los que, sus hijos rebeldes, los nacional socialistas, acabaron siendo una imitación.

Es que lo importante para ellos era la “preservación del ideal” de toda mancha. Mantener la blancura con lavandina del “club de los buenos” les permite seguir siendo buenos por pertenencia. Incluso se les hace irrelevante convertirse en malos a cualquier extremo para lograrlo. Porque esa camiseta del equipo de los buenos les deja definir hacia afuera lo que no son capaces de encontrar mirando hacia adentro. Si hay que olvidar, invisibilizar o escupir a las víctimas, testigos incómodos de su impostura, no dudarán en hacerlo, mientras multiplicarán sus adhesiones poéticas y distantes a toda causa noble que se cruce por ahí. Son los que están más anotados a la hora de fotografiarse con carteles en favor de las ballenas azules que cualquier otro tipo de gente con la conciencia limpia.

¿No es lo que estamos presenciando algo parecido? T.S. Elliot lo dijo de un modo que no podría ser más claro: “Más de la mitad del daño que se hace en este mundo, está hecho por gente que quiere sentirse importante. No es que quieran dañar, es que no les importa”.

Tengo cómo contar esto porque lo he pasado. También he sido víctima de abusos siendo muy chiquito, tanto sexuales como de maltrato. Hoy tengo 55 años y soy capaz de escribirlo en un artículo que será leído por mucha gente. Y después me tomaré un café, seguiré escribiendo sobre otras cosas, iré al cine y me reiré de muchas cosas. La vida continúa porque el pasado, por duro que sea, está sobre la mesa y no bajo la alfombra, después de tantos años.

Anoche tuve una pesadilla relacionada con esa marca en mi vida y perdí el sueño. No recuerdo haber tenido una así. En general, mis pesadillas han sido mucho más enigmáticas, pero esta fue directo al punto. Lo interpreto como un triunfo, porque aquello fue una marca histórica, pero el mayor estrés que pasé tuvo que ver con mi propio silencio, con lo que pasó a mi alrededor cuando se quebró y la verdad salió a la luz, que es lo que nadie quiere saber. Fue como vivir dentro de esta conspiración burda y brutal por controlar lo que sale de la causa de Independiente, de lo que la evitación de los políticos da cuenta como nada, pero dentro del lugar que todos llaman familia y de la que ni se atreven a dudar. La gente se protege de la dura realidad con “intachables”, “incuestionables”, cosas que no se pueden nombrar. No voy a contar acá lo complicado que es eso. Simplemente me interesa decir que lograr escribir esto sin dudar, sin temor, sin sentirme disminuido o desnudo, prueba dos cosas importantísimas en mi opinión:

> el poder del silencio cuando existe, y

> su pérdida absoluta de poder cuando se rompe.

En un gran libro sobre el caso de Peter Malenchini, que tuvo mucho que ver en cómo se desarrollaron los acontecimientos en el mío, llamado “El secreto de San Isidro”, su autor Nicolás Cassese utiliza muchas veces sin querer el término “confesión” para referirse a las revelaciones que hacen las víctimas. Ví repetido eso muchas veces. Pero ¿unos niños abusados por adultos que quiebran su inocencia tienen algo para “confesar” o, en realidad, algo para denunciar? Quiero decir con esto que el mecanismo de culpabilización a las víctimas está presente, a veces, incluso en quienes se ponen de su lado. Así que, una vez que esta tragedia ha ocurrido en sus vidas, son como árboles que deben sobreponerse a varios tutores torcidos, no sólo el del abusador. Igual se le puede ganar a eso.

Alguien que no me conoce mucho, me dijo de manera displicente que lo que yo había hecho de sacar a la luz esta cuestión, primero en Twitter, luego en el programa de Jaime Bayly y en mi libro que no leyó, le había parecido “innecesario”. Creo que afectó su “pudor”. Tampoco ocurrirían estas cosas, ni se generarían los perversos sin un aparato represor de la sexualidad que es bastante más conocido por todos como para tener que abundar. Ese “pudor” era más importante para esta persona que lo que yo hubiera dicho, incluso más importante que la alternativa de abstenerse de decírmelo. Pero estoy seguro de que mucha gente ajena puede pensar igual, indiferentes por completo al proceso interno de alguien que tiene que guardar algo así para construir una vida que no incluya lo que esta persona percibe una verdad incómoda para él como extraño, que en realidad es vital e inevitable para el que lo carga. Muestra que el mensaje predominante, para la gente menos involucrada, también es el de callar, de preservar “el ideal”, lo “lindo” que se ve, de lo feo que no se quiere ver. Pero la trampa es que así, lo lindo es feo. Horrible en realidad. Un campo sembrado de flores encima de un cementerio.

El mismo mensaje viene de los amigos, de los amigos de los amigos, de los conocidos de los amigos, de los que forman parte de la historia en los hechos o en taparlos. Está en las redes sociales con gente que se identifica con todo lo “intachable” que encuentra para comprar algo de virtud como si lo hiciera en un quiosco. Todos cuidan sus flores y se despreocupan de lo que hay detrás del decorado y de si alguien sufre.

Sólo pueden tomar el partido que hay que tomar cuando van al cine y les cuentan historias de otra gente muy pero muy lejana.

Aquí en los Estados Unidos se suele usar para quienes han pasado por esto en su vida el término “sobreviviente”. Está bien en algún sentido, pero es demasiado dramático. La verdad es que el abuso tendría un remedio mucho más fácil sin el aparato silenciador.

Mientras haya esa cultura de no hablar y del falso pudor que es extrema indolencia, se contribuye a que los abusadores de hoy y de mañana se sientan seguros y las víctimas se sientan inseguras, con lo que drama seguirá multiplicándose. Los victimarios serán protegidos por los cuidadores de flores plásticas y las víctimas ignoradas o despreciadas, convertidas en las verdaderas amenazas; las que hacen cosas “innecesarias”, incómodas. Y una vez que se vence la barrera moral para ser jardinero del desastre, todo funciona como una máquina eficiente del horror, que construye decorados donde viven los que no incomodan, como en el Truman Show.

Frente a eso, lo que más nos debería preocupar no es siquiera el avance de la investigación penal. La Argentina no tiene instituciones para responder a cosas mucho más simples que estas y sus tribunales son un nido de arribistas dispuestos a cualquier cosa para obtener favores del sistema político a cambio de ascensos, en el mejor de los casos. Tal vez ocurra el milagro de que llegue hasta donde deba llegar. Pero el principal problema es lo que ocurre afuera. En lo que hay que trabajar es en lo que hay de equivocado e indolente al tratar la cuestión, por parte de gente no involucrada; que al final sí lo está. Hay que buscar el valor para abrir todas las ventanas, aunque se caigan todas las ilusiones, porque la verdad es que no sirven para nada. Las víctimas silenciosas siempre están escuchando lo que se dice, con más atención que nadie.

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