GANAR NO ES SINÓNIMO DE BUEN GOBIERNO

La cultura del epíteto

En la cultura de 140 caracteres, lo que importa es la consigna, el reino del jingle. Y todo es blanco o negro, prohibidos los tonos medios. River o Boca. Buenos o malos. La simplificación asesina el debate y devora las ideas.

Fue Giovanni Sartori quien usó la expresión que nos sirve de título y sirve para dejar de lado el sentido crítico de la persona y sustituirlo por el ejercicio más fácil e infantil de la adjetivación.

Esto pasa en el mundo y explica un poco este proceso, por ahora incipiente, de desvertebración de las sociedades que Ortega en uno de los prólogos a su “España invertebrada” sintetizó admirablemente diciendo: “En Europa hoy no se desea. No hay cosecha de apetitos”, vivimos de reminiscencias.

El ejercicio de la crítica es una aspiración a lo mejor, es un modo de acercar la perfección de la idea a la imperfecta realidad.

La cultura del epíteto es lo contrario, en general sólo nos lleva a descalificar y eso nos conduce a conformarnos con la mediocridad, a refugiarnos en la adolescencia y a renunciar a lo mejor.

Lo grave es que en esto caen también quienes se comportan como intelectuales y convierten por ejemplo a la década del '90 en un perverso chivo expiatorio o pretenden imponer el credo de los 30 mil desaparecidos, como si un número menor le quitara dramatismo al hecho, o como cuando se califica a los gobiernos kirchner/kristinista como la década ganada, o como nuevos y novedosos filósofos que hacen del gobierno actual fundador de una era virtuosa llamada “gradualista” que consiste en sustituir el esfuerzo y la audacia por endeudamiento para que “cambiando” nada cambie, que humildemente llamaría “macripardismo”.

Se usa el epíteto de “neo liberalismo” para descalificar la década del '90.

El estribillo es repetido por “todos y todas” y sirve para menoscabar principios de sana administración, por ajuste, y en consecuencia hasta el gobierno niega que practique ajustes, es decir niega que administre bien, bienes escasos y en parte recibidos en préstamo.

Hablamos de reformas necesarias en el campo laboral, pero tememos desarmar un piquete, como el que viene sufriendo una empresa láctea de Villa Tesei y Rosario de la mano de un Moyano y luego de 22 meses de gobierno un juez se animó a detener y procesar al “Pata” Medina, pero permanecen inocentes quienes optaron por pagar y en cierto modo beneficiarse, con el sistema de aprietes.

A fines del gobierno de Raul Alfonsín, el país colapsó, económicamente, lo que no dejó de ser un fracaso político. Sus rasgos: Hiperinflación, es decir nos quedamos sin moneda. Carecíamos de servicios públicos, no ya de calidad, sino que había carencia de energía eléctrica, provisión de combustibles, transporte precario a tal punto que el propio Alfonsín, agobiado por el colapso entregó el gobierno antes de finalizar su periodo.

Carlos Menem, comenzó sin dar pie con bola, como se dice vulgarmente, llegó incluso a confiscar ahorros de la mano de Erman Gonzalez, que fue Ministro de Economía (sic).

Ese colapso no fue consecuencia del gobierno de Alfonsín, ni de cada uno de los gobiernos precedentes, sino de todos los gobiernos que solo supieron reiterar errores; desaprovechar experiencias propias y ajenas; confundir liderazgo con demagogia; orden con represión ilegitima y su opuesto prepotencia con autoridad o si se prefiere “anarquía” con libertad; fragilidad institucional con debilidad política; idoneidad con militancia.

Alberto Castells, investigador del Conicet, nos dice con no ocultada generosidad en el diario “La Nación”, sobre esta saga de desaciertos de la política: “Todos éstos son diseños diferentes de una cartografía política cuyos contenidos no agotaron su virtuosismo ni consumaron sus designios. Este encadenamiento con el pasado resulta significativo porque nos da a entender que la "fórmula política" opera como el instrumento orientador, muy útil ante reformas estructurales de gran alcance.

Ciertamente, ésa no es la empresa que pueda encarar un equipo de profesionales -"el gabinete de los CEO"- que, entrenado para "resolver los problemas de la gente", va acumulando en su pasivo no pocos desaciertos.

El fracaso de la década del '90 no fue consecuencia del Consenso de Washington, del neoliberalismo, del peronismo, del ajuste implícito que significó al inicio de la gestión de Domingo Cavallo, sino de la ambición desmesurada de Menem, que confundió medios con fines y de la obsecuencia, los Kirchner incluidos, de quienes se beneficiaron con esas políticas (nunca se supo de los millones de Santa Cruz).

Cavallo fracasó porque no se animó a dinamizar la paridad cambiaria, en ese momento no tuvo en cuenta la experiencia de la llamada serpiente monetaria europea. Se abusó del endeudamiento para mantener la ficción del uno a uno (relación entre el peso y el dólar), con el consenso de la mayoría de la sociedad, que poco le importaba la pobreza que se iba generando.

El gobierno de Menem no intentó armar una red de protección para facilitar la reubicación del personal excedente consecuencia del intento de racionalizar la función pública y las empresas del estado que fueron privatizadas.

El Estado fue, y vuelve a ser, un muy costoso seguro de desempleo.

No olvidemos que De la Rúa ganó la elección por su compromiso de mantener ese cruel “statu quo” del que ya se vislumbraba un nuevo y fatal colapso.

La cultura del epíteto nos evita reconocer nuestras miserias y fracasos como sociedad y este gobierno es muy sensible a los epítetos y cree que está iniciando un camino novedoso. No descarto sus buenas intenciones, pero tampoco que la soberbia les esconde la realidad.

Ganar elecciones no es sinónimo de buen gobierno.

El epíteto cumple una función caracterizadora, para bien y para mal.

No debemos olvidar que la obsecuencia de ayer alimenta el escarnio del presente.

Ese es el resultado de la cultura del epíteto.