por JULIO BÁRBARO
(...) Ya habíamos discutido en más de una oportunidad porque yo le insistía con que se necesitaba gente formada para ocupar los cargos, y me respondía que solo necesitaba gente obediente.
Kirchner fue un individuo que imaginó el poder asentado en el dinero y con el dinero como centro del poder. Alguna vez charlamos con el ex ministro de Menem, Carlos Corach, acerca de este punto, y reparábamos en qué distancia eran las visiones de Menem y de Kirchner en ese sentido.
Lo de Menem consistía en el dinero mismo, como una concepción casi frívola de ese instrumento que tantas veces en la vida le había faltado y que ahora le sobraba. Mientras que para Néstor el dinero representaba el poder encarnado.
Por eso en la idea central de Kirchner había un desprecio por el militante auténtico.
Es importante destacar que el kirchnerismo carecía de un rumbo ideológico claro y definido, y que ese rumbo se iba a ir inventando con la necesidad y la oferta de la realidad. ¿De qué manera? En torno a temas que no tenían ningún antecedente en ese grupo.
A excepción de Cristina, el kirchnerismo está integrado por personas más justificables desde los negocios que desde la política.
Uno se pregunta porque los restos de las viejas izquierdas encuentran en este pragmatismo de derecha encarnado por el kirchnerismo una creación del destino soñado. Resulta por lo menos llamativo.
Como si ante la imposibilidad de hacer la revolución sectores del Partido Comunista se hubieran conformado con hacer “justicia legitima”.
Como si el hecho de colores en la función pública a los diputados Martín Sabbatella, Diana Conti y Carlos Heller les bastara para completar la grilla de necesitados.
Es la degradación del pensamiento que termina, para mí, en indignidad. El mero hecho de ocupar una oferta de poder genera en algunos una teoría justificadora del mismo.
Somos una sociedad en la que resulta casi imposible llegar al poder si antes no se pasó por algún cargo en el Estado para enriquecerse.
Primero se suele preguntar por los recursos y recién entonces se comienza a hablar de política.
Néstor jugó con la idea del resentimiento de los vencedores, y la idea de que ellos habían venido a ganar para siempre dio lugar al supuesto de que iban a terminar con todos los que pensábamos distinto. Insisto, el objetivo era el poder; aliados eran los dispuestos a obedecer y enemigos los otros, los que no estaban dispuestos a agachar la cabeza.
Con los Kirchner del Ejecutivo nacional, todo se fue transformando en una dialéctica de obediencia o enemistad y cualquier forma de confrontar pasó a ser válida: desde el juego de azar a los subsidios, pero especialmente las opciones favorables y la propiedad de los medios de comunicación.
En ese afán de concentrar la voluntad de la sociedad, Néstor era como un chico jugando al Monopoly, un jugador fanatizado. El desarrollo de los casinos, la proliferación de las maquinas tragamonedas y la expansión del juego en general lo definen en su esencia.
El juego de azar, caja de ingresos permanente para las autoridades, y un perverso impuesto para la ilusión de los humildes, es una de las inversiones más redituables, sino lo más rentable de todas. Y su existencia, se sabe, está supeditada al poder. Expandir el juego implica ampliar impunemente los ingresos de quienes tienen la facultada de autorizar o prohibir su existencia.









