Cuando el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva pidió a sus compatriotas brasileños decidir en un referéndum nacional si debía seguir permitiéndose la venta casi abierta de armas de fuego, daba por descontado que una mayoría abrumadora estaría a favor de prohibirla. Le parecía lógico.
El 'tiro por la culata' de Lula da Silva
Para Lula, el referéndum sobre armas fue un golpe duro. Y también para los brasileños, que viven en uno de los países más violentos del mundo. A continuación, U24 le acerca el editorial del diario Río Negro:
Según las encuestas de opinión, hasta hace apenas un mes más del 75 por ciento quería impedir que virtualmente cualquiera pudiera conseguir con facilidad una pistola, un rifle o un arma aún más mortífera.
Sin embargo, el domingo pasado los contrarios a la prohibición triunfaron por un margen muy amplio, con el 64 por ciento de los votos, en lo que muchos tomaron por una manifestación de desconfianza visceral de la capacidad del Estado, es decir, de la Policía, para defender al ciudadano común contra los delincuentes violentos que pululan en todas las ciudades del país.
Otro factor, claro está, fue la caída de la popularidad de Lula, que hizo campaña a favor del "sí" a la prohibición. Aunque el presidente mismo no ha sido blanco de las denuncias de corrupción que involucran a miembros de su entorno, el Partido de los Trabajadores oficialista parece haber perdido de forma definitiva su reputación de ser más honesto que las agrupaciones rivales. Tal y como siempre sucede cuando se celebra un referéndum sobre un asunto específico, por lo menos algunos habrán aprovechado la oportunidad para votar contra el gobierno.
Para Lula, pues, el resultado del voto fue un golpe muy duro. También podría serlo para los demás brasileños que tienen el dudoso privilegio de vivir en lo que es uno de los países más violentos del mundo entero.
Según las estadísticas, todos los años mueren por lo menos 36.000 personas por armas de fuego, lo que significa que es mayor el peligro de ser asesinado por un pistolero en Brasil de lo que es en Irak. De reaccionar muchos ante el referéndum comprando armas a fin de defenderse contra los criminales, la cantidad de muertos no podrá sino aumentar todavía más.
Ya que hasta ahora sólo una minoría reducida de los brasileños posee armas de fuego, sorprendería que la publicidad dada al tema y la victoria aplastante de quienes en efecto insisten en que es mejor tenerlas en casa, no causaran un aumento casi inmediato de las ventas.
Por desgracia, no existen motivos para suponer que una sociedad en la que virtualmente todos están armados hasta los dientes es más pacífica que otra en que hay límites muy severos. Mientras que son poco frecuentes las muertes por armas de fuego en aquellos países como el Reino Unido y el Japón, en los que es difícil conseguirlas, en Estados Unidos y Brasil son incomparablemente más comunes.
Sin embargo, esta diferencia se debe no sólo a que en ciertos países los delincuentes prefieran no llevar armas de fuego por entender que en el caso de ser detenidos serían castigados con dureza por el mero hecho de poseerlas, sino también porque décadas de prohibición incidieron en la cultura cívica.
Huelga decir que aun cuando eventualmente fuera aprobada una medida destinada a ilegalizar las armas de este tipo, tendrían que transcurrir muchos años antes de que la sociedad brasileña cambiara de manera similar.
He aquí una razón del imprevisto vuelco que dio la opinión pública que semanas antes del referéndum estaba masivamente a favor de impedir la venta sin demasiados trámites de armas de fuego pero que el domingo, luego de escuchar las razones de quienes se oponían a la prohibición, decidió que sería mejor permitirla.
Como es natural, muchos brasileños pensaron más en lo que podría suceder en el corto plazo si sólo los delincuentes pudieran comprar armas que en la posibilidad de que, andando el tiempo, su país se pareciera un poco más al Japón, donde la venta está prohibida.
Aunque tal actitud puede entenderse, no brinda motivos para creer que esté por disminuir la violencia extrema que se ha hecho tan característica de Brasil.
Antes bien, parece destinada a agravarla aún más, ya que es notoria la propensión de quienes en otras circunstancias no soñarían con matar a nadie a dejarse tentar por la proximidad de un arma de fuego, además de provocar un sinfín de accidentes fatales atribuibles tanto al temor como a la curiosidad natural de los menores.







