por EDGAR MAINHARD
El poder, la historia y la pasión, según Oriana (y 27 más)
Oriana Fallaci nació en Florencia (29/06/1929), ciudad donde murió (15/09/2006). Su padre era un activo antifascista que tuvo 3 hijas periodistas y escritoras: Oriana, la mayor, Neera y Paola. Adolescente, Oriana, partisana, integró el movimiento clandestino de la Resistencia "Justicia y Libertad", durante la 2da. Guerra Mundial. Estudió Medicina en la Universidad de Florencia pero nunca terminó la carrera. Después se inició como periodista. Su estilo fue apasionado, controvertido y polémico. Muy interesante la reedición de su libro Entrevista con la Historia.
CIUDAD DE BUENOS AIRES (2015). Fascinante la pregunta que se hizo Oriana Fallaci: "¿La historia está hecha por todos o por unos pocos? ¿Depende de mil leyes universales o solamente de algunos individuos?". Su libro 'Entrevista con la Historia' (700 pag., editado por 1ra. vez en Italia en 1974, traducido al español en 1978 pero por 1ra. vez en la Argentina gracias al tributo que decidió Editorial El Ateneo desde el 04/06 en las librerías, 48 horas antes del Día del Periodista), resultósu propia respuesta a ese interrogante: 27 reportajes mano-a-mano a individuos poderosos, con protagonismo indiscutido y que, sumados uno con el otro, ayudan a reconstruir porciones de la historia universal.
Fallaci brindó un ejemplo acerca de su dilema: "(...) el que no se engaña respecto a la absurda tragedia de la vida acaba por seguir a Pascal cuando dice que, si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, habría cambiado la faz de la Tierra; acaba por temer lo que teme Bertand Russell cuando escribe: "No te preocupes. Lo que sucede en el mundo no depende de tí. Depende del señor Kruschev, del señor Mao Tse-tung, del señor Foster Dulles. Si ellos dicen 'morid', moriremos. Si dicen 'Vivid', viviremos".
A Fallaci el concepto le provocaba un profundo enojo. Sin embargo, unaparadoja consiste en que ella se empeñó en entrevistarlos, una a uno.Fallaci se negaba a aceptar el concepto de Russell pero decidióintentar participar, junto a ellos, de la historia, con la excusa de que, probablemente, su misión era conocerla para contarla a los hombres y mujeres comunes.
La contradicción invade a Fallaci:
"(...) Quizás porque no comprendo el poder, el mecanismo por el cual un hombre o mujer se sienten investidos o se ven investidos del derecho de mandar sobre los demás y de castiarlos si no obedecen. Venga de un soberano despótico o de un presidente electo, de un general asesino o de un líder venerado, veo el poder como un fenómeno inhumano y odioso. (...)".
Sin embargo, ella trabajó de cronista de ese poder.
Luego, la historia, según Fallaci, es misteriosa, y su misión es descubrirla:
"(...) ¿Quién nos asegura que en la escuela no nos han enseñado mentiras? ¿Quién nos aporta pruebas capaces de demostrar la verdadera naturaleza de Jerjes, de Julio César o de Espartaco? Lo sabemos todo sobre sus batallas y nada sobre su dimensión humana, sus debilidades o sus mentiras o, por ejemplo, sobre sus chirridos intelectuales o morales. (...)".
En ese contexto, su pasión tan desbordante como agradecida por el periodismo:
"(...) Amo el periodismo por esto. Temo al periodismo por esto. ¿Qué otro oficio permite a uno vivir la historia en el instante mismo de su devenir y también ser un testimonio directo? El periodismo es un privilegio extraordinario y terrible; no es raro, si se es consciente, debatirse en mil complejos de ineptitud. No es raro, cuando me encuentro ante un acontecimiento o un encuentro importante, que sienta como una angustia, el miedo de no tener bastantes ojos, bastante oídos y bastante cerebro para ver y oir y comprender, como una carcoma infiltrada en la madera de la historia. (...)".
Los reportajes del texto fueron realizados durante los 7 años de Oriana en el semanario L'Europeo (desde 1998, un mensuario), de RCS Media Group(cuya publicación más conocida es el diario Corriere della Sera, que en su primera edición de cada mes ahora ofrece L'Europeo, cobrando un adicional).
No son personajes de actualidad en el siglo 21 pero eran decisivos en los '70. Por ese motivo la reedición es importante hoy día. La coyuntura es vibrante, eléctrica pero también engañosa. Unos 40 años después la ansiedad ha decantado y puede apreciarse los personajes y sus hechos. Así se consigue una relectura diferente, por el contexto que ahora se tiene de aquello que era presente y ahora es historia.
El material va desde Henry Kissinger (era secretario de Estado de Richard Nixon) al reconstructor de Alemania, Willy Brandt; desde los palestinosYasser Arafat y George Habash a la israelí Golda Meir, desde la indiaIndira Gandhi y el pakistaní Ali Bhutto a los por entonces monarcasHailé Selassié y Mohamed Reza Pahlevi; el obispo católico protagonista de la Teología de la Liberación, Helder Camara; y el recientemente fallecido líder italiano tan vinculado al Vaticano, Giorgio Andreotti.
También quien era el líder de Vietnam del Sur, Nguyen Van Thieu; y el héroe de la guerra de guerrillas de Vietnam del Norte, Võ Nguyên Giáp, el general que derrotó a las Fuerzas Armadas más poderosas del mundo (las estadounidenses).
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Y una entrevista muy especial: al político y poeta griego Alexandros Panagoulis, célebre tanto por intentar asesinar al dictador Georgios Papadopoulos como por las torturas que sufrió durante su posterior detención, asesinado en 1976 cuando era diputado con la Unión de Centro, y pareja de Fallaci.
Personajes difíciles, casi imposibles de entrevistar a solas en varios casos, fue una aventura en sí misma conseguir cada entrevista, extensa, extenuante tanto para la entrevistadora como para el entrevistado. Fue notable la audacia y la imaginación de Fallaci para ello. Por ejemplo, Giap no concedía entrevistas individuales. Pero ella no quería entrevistar a Ho Chi Minh, el líder comunista vietnamita, muy anciano ya. Ella pretendía la figurita difícil. ¿Cómo conseguirla?
El meticuloso relato de la italiana:
"(...) Mi petición de entrevistar a Giap fue acogida con muchas reservas. '¿Por qué precisamente Giap? La guerra no la hace sólo Giap. Y además Giap no recibe'. Pero, tres días antes de mi marcha, mi acompañante An The me dio la noticia de que sí: vería a Giap. "mañana a las tres y media de la tarde. Pero no para una entrevista oficial: para una 'causerie', una charla. Y no sola: junto con otras mujeres de la delegación". Las otras mujeres de la delegación eran dos comunistas y una socialista del PSIUP junto con las cuales yo había sido invitada a Vietnam del Norte. Se llamaban Carmen, Giulia y Marisa; eran inteligentes y amigas. Comprendieron el embarazo que me causaba la cita colectiva y prometieron no abrir la boca para que yo pudiera interrogar a Giap lo más cómodamente posible. Incluso prometieron cederme el sitio si él había elegido a una de ellas para que se sentase a su lado, y tomar notas si rechazaba el uso del magnetófono. (...)".
La descripción de cada personaje, antes del diálogo, resulta muy interesante. Falacci aplica su lupa implacable. En el caso de Kissinger, por ejemplo, un fragmento:
"(...) Nos encontramos en la Casa Blanca el jueves 2 de noviembre de 1972. Lo vi llegar apresurado, sin sonreir y me dijo 'Good morning, miss Fallaci'. Después, siempre sin sonreir, me hizo entrar en su estudio, elegante, lleno de libros, teléfonos, papeles, cuadros abstractos, fotografías de Nixon. Allí me olvidó y se puso a leer, vuelto de espaldas, un extenso escrito mecanografiado. Era un tanto embarazoso estar allí, en medio de la estancia, mientras él leía, dándome la espalda. Era incluso tonto e ingenuo por su parte. Pero me permitió estudiarlo antes de que él me estudiase a mí. Y no sólo para descubrir que no es seductor, tan bajo y robusto y prensado por aquel cabezón de carnero, sino para descubrir que ni siquiera es desenvuelto ni está seguro de sí. Antes de enfrentarse a alguien necesita tomarse su tiempo y protegerse con su autoridad. Fenómeno frecuente en los tímidos que intentan ocultar su timidez y que, en este empeño, acaban por parecer descorteses. O serlo de verdad.
Terminada la lectura, meticulosa y atenta a juzgar por el tiempo empleado, se volvió por fin hacia mí y me invitó a sentarme en el diván. Después se sentó en el silló de al lado, más alto que el diván, y en esta posición estratégica, de privilegio, empezó a interrogarme con el tono de un profesor que examina a un alumno del que desconfía un poco. (...)".
Por varios motivos, me resultó particularmente interesante la entrevista de 5 horas que Fallaci le hizo al interminable Andreotti.
Fallaci cuenta que ella, que fumaba como una desesperada (murió de cáncer de pulmón), sólo fumó 1 cigarrillo durante las 5 horas porque Andreotti no soportaba el humo.
¿Por qué me interesó tanto ese reportaje? Por supuesto que siempre elucubré teorías acerca de si Andreotti dejó morir a Aldo Moro, o cuál fue su verdadero vínculo con Licio Gelli en la P-2, o cuál fue la profundidad del diálogo con los mafiosos de Sicilia y Calabria, o sus pactos con el socialistaBettino Craxi. Sin embargo, todo eso ocurrió después. En el momento de la entrevista lo único que Fallaci sabía era que resultaba un personaje que había llegado para quedarse. Vitalicio.
Pero al leer la entrevista recordé divertidos relatos de sobremesa de Héctor Villalón acerca de Andreotti. Y la inevitable coincidencia con Fallaci cuando ella machaca sobre el vínculo profundo de Andreotti y el Vaticano, en aquellos días del papado de Paulo VI. Todos saben que Andreotti era demócrata cristiano, pero él tenía más peso en el Estado pontificio que muchos cardenales.
Acerca del vínculo del futbolero y turfero Andreotti con la Iglesia Católica, ella le preguntó, y él respondió como siempre lo hacía, enviando la pelota muy lejos, diseccionando todo hasta diluirlo:
"(...) -Dígame, Andreotti: ¿ha considerado alguna vez el hacerse cura?
-Es difícil decirlo. Tal vez pude hacerlo, no lo sé. Si esto le da alguna idea, le diré que de niño pasaba siempre mis vacaciones con dos muchachos de mi misma edad, de los cuales uno es ahora nuncio apostólico y, el otro, arzobispo de Chieti. A pesar de ello, me he sentido siempre la mar de bien en mi situación de marido y padre de familia, situación que me ha ido complaciendo más y más sin que haya sentido nunca remordimientos. Tal vez se deba a que he tenido suerte y me ha correspondido una mujer inmejorable y unos hijos sanos y estudiosos... Sea como fuere, no puedo decir que haya visto frustrada una vocación de cura. La única vocación que he visto frustrada es la de médico. Oh, me hubiera complacido sobremanera ser médico. Mas no podía permitirme seis años de medicina. No era rico. (N. de la R.: Oriana Fallaci también dejó inconclusa una carrera en medicina). Mi padre, un maestro de enseñanza elemental, murió apenas nacido yo, y, no bien inscrito en la universidad, hubie de ponerme a trabajar. Me matriculé en derecho, y al licenciarme tenía idea de convertirme en criminalista. Con enorme pesar, eso sí. Sí, enorme. Y todavía lo siento. Paciencia, eso ya pasó. Lo bueno es que ninguno de mis hijos ha querido estudiar medicina. Uno de ellos se licenció en filosofía, otro lo hará ahora en ingeniería, el tercero va para derecho, y la menor está en segundo de arquelogía.
-Bien, de haberse hecho médico, hoy no sería uno de los hombres más poderosos de Italia. Porque no irá a negar que, en su caso, la política es sinónimo de poder.
-Yo no diría que lo es. En mi caso, no asociaría del todo la palabra politica con la palabra poder, porque, mire, yo me siento políticamente más entusiasta cuando escribo o participo en una discusión que cuando me alcanza la responsabilidad del poder formal y concreto. La cosa que mayor satisfacción me ha dado en estos veinticinco años fue ser delegado parlamentario. Cierto que es preciso definir el poder. Para la prensa, por ejemplo, el poder es aquello que se aprecia por su aspecto exterior. Si uno es ministro de las locas ilusiones y dice que hoy es viernes, la prensa cita enseguida sus palabras con obsequio: "El ministro de las locas ilusiones ha declarado que hoy es viernes". Si, por el contrario, elabora una teoría o formula una idea, no le será fácil ponerla en circulación. En otras palabras: si por poder se entiende gozar de cierta entidad, hacer valer ciertas ideas e inducir a otros a que las tengan en cuenta, entonces me siento, hasta cierto punto, un hombre de poder. Por mucho que, a veces, si fallan los instrumentos de mando... (...)"
Algo más, desde el punto de vista de un periodista: Una entrevista depende tanto del entrevistador como del entrevistado. Ambos deben aceptar las reglas del juego. Pero la responsabilidad del entrevistador es doble: es el retador en ese cruce, y tiene que conseguir que el entrevistado participe del juego para lo que precisará conocimiento del otro, precisión en el diálogo, que además debe ser ameno, y diplomacia para conducir la acción hacia donde él/ella se propuso.
Fallaci dominaba su oficio. Al reconocerlo, a la vez me invade una cierta nostalgia: a menudo el periodismo está cediendo a la tentación de la cultura fácil. No es bueno pero pareciera inevitable en los mediocres tiempos posmodernos.









