EXCLUSIVO 24

5 AÑOS DE UNA ENCÍCLICA

Sobre Laudato Si y el conocimiento

Laudato si' (es dialecto umbro del italiano medieval: "Alabado seas, en español)​ es el título de la 2da. encíclica del papa Francisco, firmada el 24/05/2015, y presentada el 18/06/2015, 5 años atrás. El nombre de la encíclica está extraído del cántico religioso titulado 'Cántico de las criaturas', que en una de sus estrofas dice: "Laudato si', mi' Signore, per sora nostra matre Terra, / la quale ne sustenta et governa, / et produce diversi fructi con coloriti flori et herba" (Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, / la cual nos sostiene y gobierna / y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas). La encíclica se enfoca en el planeta Tierra y Francisco realiza una «crítica mordaz del consumismo y el desarrollo irresponsable con un alegato en favor de una acción mundial rápida y unificada "para combatir la degradación ambiental y el cambio climático"».

A 5 años de que viera luz Laudato Si, la que quizás sea la Encíclica más influyente del pontificado del papa Francisco, resulta provechoso reflexionar sobre cómo este documento ha influido en la discusión pública sobre el futuro del planeta. En estas líneas quisiera centrarme en un aspecto particular, que no suele ser el principal foco de atención: la relevancia de esta Encíclica papal para pensar el conocimiento y la actividad científica.

Laudato Si contiene una multiplicidad de conocimientos, reflexiones y orientaciones, pero sobre todo destaca la llamativa capacidad de articular virtuosamente el conocimiento científico más robusto con un ideario ético muy claro. Esta vinculación se ha vuelto algo opaca entre quienes cuestionan la rigurosidad científica del documento papal, por el solo hecho de haber sido escrito por un líder religioso.

El discurso ambiental contenido en Laudato Si suele ser menospreciado, como si fuera un mero dechado de buenas intenciones, producto de un moralismo abstracto y voluntarista, sin ninguna aplicación concreta. Este tipo de actitudes debe mucho a la mentalidad hoy predominante en muchos no creyentes y en un número significativo de creyentes, que tiende a disociar el ámbito religioso del conocimiento científico.

Es por ello que para muchos de los que formamos parte de la comunidad académica y realizamos labores de investigación ha resultado difícil aprovecharse de toda la enorme riqueza de la Encíclica.

Pero ¿cuáles son esas riquezas escondidas de Laudato Si que resultan de especial valor para la investigación científica?

En primer lugar, esta Encíclica traza un diagnóstico respecto de la situación ecológica global, tan sólido como compartido por las más consistentes investigaciones sobre el efecto de la actividad humana en el medio ambiente. Tanto los documentos de la Agenda 2030 de la ONU, los informes anuales de la FAO o las investigaciones de las más prestigiosas instituciones universitarias del mundo, comparten el diagnóstico sobre la falta de sustentabilidad a mediano plazo del actual esquema de producción y consumo global.

Así como el progreso científico es el resultado de la acumulación de conocimientos en el tiempo y la cooperación entre colegas e instituciones, el papa Francisco se apoyó para elaborar esta Encíclica tanto en los más actuales avances científicos, como en el saber y la reflexión acumulada por el Magisterio de la Iglesia Católica, que de Pablo VI a Benedicto XVI ha venido señalado la centralidad del problema ambiental para el mundo contemporáneo.

Esta capacidad de diagnóstico se apoya en la necesaria complementariedad entre Razón y Fe, que en palabras de San Juan Pablo II… se ayudan mutuamente, ejerciendo recíprocamente una función tanto de examen crítico y purificador, como de estímulo para progresar en la búsqueda y en la profundización” (FR, 100). 

Sin embargo, y pese a la evidencia sobre la crisis ecológica global con la que contamos, ha crecido en los últimos años un peligroso negacionismo sobre el problema, carente de todo fundamento científico.

En claro contraste con el discurso sereno, sólido y responsable del papa Francisco, ha emergido una actitud de negación sistemática ante lo evidente, representada por algunos importantes líderes políticos occidentales. Estos influyentes líderes y gran parte de la ciudadanía que representan han cerrado los ojos a la evidencia científica y a la responsabilidad comunitaria, para dar rienda suelta a un peligroso voluntarismo político.

En segundo lugar, la encíclica del papa Francisco nos invita a reflexionar sobre las condiciones estructurales de la producción y el consumo en el mundo contemporáneo, al tiempo que también focaliza sobre las acciones individuales que favorecen la acelerada degradación del planeta.

Para el pontífice, no cambiaremos la preocupante tendencia actual hasta que no cambien nuestras miradas y nuestras acciones concretas, puesto que no hay cambio social sin cambios personales.

Muchos parecen querer un cambio, pero todavía pocos actúan en consecuencia. Como bien señala el sociólogo alemán Stephan Lessenich, si las sociedades más desarrolladas no dejan de consumir del modo en que lo hacen actualmente, por más conciencia ambiental que sus ciudadanos crean tener, van a seguir favoreciendo la explotación de los recursos naturales en otros países, con sus nefastas consecuencias globales.

Ante esta realidad, el conocimiento científico y la reflexión ética de Laudato Si puede favorecer el discernimiento personal sobre las consecuencias de nuestras acciones, para desde allí impulsar un cambio social que alumbre un futuro mejor.

Pero quizás lo más valioso para investigadores y académicos es el ejemplo de articulación entre conocimiento y ética aplicada, que al mismo tiempo que impulsa y se nutre del desarrollo científico, dota a ese esfuerzo de un horizonte ético tan escaso como necesario en nuestros días.

Lejos tanto del moralismo abstracto como del discurso tecnocrático, la Encíclica nos recuerda que “…es ingenuo pensar que los principios éticos pueden presentarse de un modo puramente abstracto y el hecho de que aparezcan en el lenguaje religioso no les quita valor alguno en el debate público” (LS, 199). 

Contra un extendido sentido común de la época, la dimensión socio-ambiental de la Encíclica del papa Francisco nos recuerda el potencial de este tipo de discurso religioso para conocer, comprender y afrontar los más graves desafíos de nuestro tiempo.

Un discurso que favorece el conocimiento compartido y la experiencia acumulada, que nos ayuda a comprender la interdependencia de todos los que habitamos la Casa Común y que nos invita humildemente a “…asumir los mejores frutos de la investigación científica actualmente disponible, dejarnos interpelar por ella en profundidad y dar una base concreta al itinerario ético y espiritual…”(LS, 15).

En estos tiempos de pandemias y crisis sistémicas, de escepticismos e incertidumbres sobre el futuro, quienes formamos parte de la comunidad científica podremos dar razón a la esperanza si, inspirados por el papa Francisco, nos avocamos con el mayor de los empeños a la tarea de dotar de ciencia a nuestras mentes y de virtud a nuestros corazones.

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