30 años de un genocidio
La masacre de Sabra y Chatila fue una matanza de refugiados palestinos que tuvo lugar en dichos campos de refugiados, situados en Beirut Oeste, durante la Guerra del Líbano de 1982, a manos de la Falange Libanesa, en respuesta a la Masacre de Damour. Según una comisión interna israelí, la Comisión Kahan, las Fuerzas de Defensa de Israel apostadas en el Líbano estuvieron muy relacionadas con los hechos por no evitar las matanzas.1 Esta masacre mereció la calificación de acto de genocidio por parte de la Asamblea General de Naciones Unidas a través de su resolución 37/123.
16 de septiembre de 2012 - 14:23
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). El 14 de septiembre de 1982, el líder maronita y mandatario electo libanés Bashir Gemayel, fue asesinado junto a cuarenta personas más, en la destrucción con explosivos de la sede central de las Fuerzas Libanesas en Beirut, hecho cometido por facciones pro-sirias y pro-palestinas. El atentado terrorista fue atribuido al agente sirio Chartouni. Para preservar su estrategia en el Líbano, en peligro por el ataque, dos divisiones del Tsahal, al mando del Ministro de Defensa Ariel Sharón, ocupan el oeste de Beirut al día siguiente. Esta acción israelí viola su acuerdo con los Estados Unidos de no ocupar Beirut occidental.
Para el mediodía del 15 de septiembre, las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) habían rodeado por completo el campamento de refugiados de Sabra y Chatila y controlaban todas las entradas y salidas del campo. Asimismo, las FDI ocuparon un buen número de edificios como puestos de observación.
Ariel Sharon, y el jefe de Estado Mayor Rafael Eitan se reunieron con las unidades de la milicia cristiano-falangista libanesa, para incitarlos a entrar en los campamentos de refugiados de Sabra y Chatila. En el marco del plan israelí, los soldados israelíes tenían que controlar el perímetro de los campamentos de refugiados y prestar apoyo logístico, mientras que los milicianos falangistas debían entrar a los campamentos, encontrar combatientes de la OLP y entregarlos a las fuerzas israelíes. La reunión terminó las 15:00 del 16/09.
Una hora más tarde, 1.500 milicianos cristianos se reunieron en el Aeropuerto Internacional de Beirut, ocupado por Israel, bajo el mando de Elie Hobeika sucesor de Gemayel.
La primera unidad de 150 falangistas, armados con pistolas, cuchillos y hachas entraron a las 18:00 en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, situados en las afueras de Beirut. Su misión era localizar posibles guerrilleros en retirada de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y desarmarlos, pero lo que sucedió en realidad fue una masacre de palestinos, la inmensa mayoría ancianos, mujeres y niños, todos ellos civiles indefensos, y que se prolongó durante más de 30 horas. Aparte de las ejecuciones, también cometieron violaciones, torturas y mutilaciones.
Durante la noche, las fuerzas israelíes dispararon bengalas iluminando los campamentos. Según una enfermera neerlandesa, el campamento estuvo tan brillante como "un estadio deportivo durante un partido de fútbol".
A las 11:00, se envió un informe a la sede de las Fuerzas de Defensa Israelíes en el este de Beirut, informando del asesinato de 14 personas, incluidos civiles. El informe se remitió a la sede en Tel Aviv y Jerusalén, donde fue visto por más de 20 altos oficiales israelíes. Nuevos informes de estos asesinatos fueron enviados durante toda la noche. Algunos de estos informes fueron transmitidas al Gobierno de Israel en Jerusalén y fueron vistos por una serie de altos funcionarios israelíes.
Durante las siguientes 36 a 48 horas, los falangistas libaneses masacraron a los habitantes de los campamentos de refugiados palestinos con el consentimiento del gobierno israelí.
El ex primer ministro del Estado de Israel expresó: "En Chatila no judíos mataron a no judíos ¿qué tenemos que ver nosotros con eso?"
Es una ironía que la única nación que realizó una investigación oficial seria, aunque fallida, sobre la masacre fue Israel. El ejército israelí o envió o facilitó el ingreso de los asesinos a los campamentos y luego observó, y hasta colaboró, mientras se cometía la atrocidad. Un teniente israelí llamado Avi Grabowsky dio la más reveladora evidencia de ello. La Comisión Kahan dictaminó que el entonces ministro de Defensa Ariel Sharon era personalmente responsable por haber enviado a los despiadados falangistas antipalestinos a los campamentos para "limpiarlos de terroristas", los cuales resultaron tan inexistentes como las armas de destrucción masiva de Irak 21 años después.
Sharon perdió el cargo, pero más tarde llegó a primer ministro, hasta que fue víctima de un ataque al corazón al cual sobrevivió, pero lo privó del habla. Elie Hobeika, líder miliciano cristiano libanés que encabezó las matanzas –después de que Sharon dijo a los falangistas que los palestinos acababan de ejecutar a su líder, Bashir Gemayel–, fue asesinado años más tarde en Beirut oriental. Sus enemigos afirmaron que los sirios le dieron muerte, pero los amigos de Hobeika culparon a los israelíes: él se había pasado a los sirios, y acababa de anunciar que revelaría todo sobre la atrocidad de Sabra y Chatila ante un tribunal belga que deseaba someter a juicio a Sharon.
"Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos". Esta era una de las primeras frases del escritor Jean Genet, en su relato 'Cuatro horas en Chatila'.
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El francés se encontraba en Beirut cuando, en septiembre de 1982, el Ejército de Israel entró en la capital libanesa y se producen las matanzas de Sabra y Chatila, dos campamentos de refugiados palestinos incrustados en la bella ciudad mediterránea.
Genet toma contacto con este escenario dantesco cuando la sangre de los cadáveres aún está fresca y rueda por los callejones. Y escribe un testimonio sobrecogedor pero también de un gran impacto político.
Hoy se cumplen 30 años desde que, un 16 de septiembre, las milicias cristianas entraron en Sabra y Chatila para cobrarse venganza por una matanza ocurrida en Damour. La masacre se prolongó dos días. Aquél era un Líbano envuelto en furia y llamas, en una espiral del todos contra todos que fue la guerra civil que partió el país en mil pedazos entre 1975 y 1991.
Asesinato de Gemayel
Dos días antes, el líder maronita Bashir Gemayel -elegido presidente del país hacía tan sólo un mes- había sido asesinado junto a otras 40 personas. Dos divisiones del Ejército israelí, bajo el mando de Ariel Sharon, ocuparon Beirut para preservar su estrategia en la guerra. En junio de 1982, Israel había invadido el país.
Los israelíes incitaron a sus aliados en el Líbano, los falangistas cristianos, a tomar represalias contra los palestinos. Entre el 16 y el 18 de septiembre las milicias de la Falange -formación maronita de extrema derecha- entraron en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, donde torturaron, violaron y mataron entre 800 y 3.500 civiles palestinos y libaneses, según las diversas fuentes.
Contaron con la connivencia del Ejército israelí, que controlaba entonces los campos. Ante las presiones internacionales, Israel creó una comisión de investigación sobre lo ocurrido, la Comisión Kahan, en cuyo informe se apuntó a Sharon (quien luego se convertiría en primer ministro israelí) como responsable indirecto en su calidad de ministro de Defensa. Sharon tuvo que dimitir, pero nunca fue procesado.
Un mundo de calles sin nombre
Sabra y Chatila no han cambiado mucho desde aquellos días. Siguen siendo un marasmo de calles sin nombre, sucias, regadas por el agua insalubre. Las improvisadas viviendas forman angostos pasillos por donde apenas cabe una persona. La basura se acumula en las calles y los niños corretean descalzos y despeinados. Casi todos los campos de refugiados palestinos se parecen.
Allí viven miles de personas. En Chatila, más de 7.000 se hacinan en dos kilómetros cuadrados. Ya no viven sólo palestinos, sino también libaneses muy pobres, casi todos chiíes. Recuerdo, en 2006, haber visto cómo el mercadillo se extendía hasta el cementerio que alberga los cuerpos de las víctimas de las matanzas de 1982 (hubo más masacres allí, en 1985, cuando las milicias chiíes de Amal mataron a 400 personas). La falta de espacio hace que la prohibición islámica de enterrar a hombres y mujeres juntos, allí no se cumpla, me contaban.
Vivos y muertos se mezclan en este espacio abigarrado y nauseabundo. Como si los rostros fueran los mismos y nada hubiera cambiado desde aquellos días de horror. Hoy, sin duda, los habitantes de Sabra y Shatila tendrán un motivo más para estar cerca de sus muertos: la memoria de una de las peores matanzas de civiles de la historia de la humanidad.
El triste aniversario de la tragedia coincide con la visita del apa Benedicto XVI al Líbano."
A propósito del Papa
Benedicto XVI exhortó a los pueblos de Medio Oriente a "decir no a la violencia", a "reconocer los errores" y a desterrar "la violencia verbal y física", en un discurso ante responsables políticos y religiosos en Beirut, donde realiza una histórica visita.
El Papa habló en el palacio presidencial de Baabda, cerca de Beirut, en el 2do. día de su estancia en El Líbano.
Benedicto XVI centró su intervención en las condiciones religiosas y sociales que pueden favorecer la paz en la región, ensangrentada por la guerra en Siria y por violentas manifestaciones en países árabes contra una película considerada injuriosa hacia el Islam.
El Pontífice pidió "desterrar la violencia verbal o física". "Siempre es un atentado contra la dignidad humana, sea la del autor o la de la víctima", afirmó, sin aludir directamente a los recientes disturbios que generó la difusión del filme.
"Hay que decir no a la venganza, hay que reconocer nuestros errores, aceptar las disculpas sin buscarlas, y en fin perdonar. Pues sólo el perdón dado y recibido sienta las bases duraderas de la reconciliación y la paz", afirmó Benedicto XVI.










