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Salman Rushdie (el escritor de las 97 eyaculaciones sucesivas), ¿Cuándo compartirá sus ganancias con los herederos de Khomeini?

Después que el ayatollah Ruhollah Musavi Khomeini llamara a asesinar a Salman Rushdie, y éste sufriera un atentado frustrado y una interminable vida rodeado por policías y guardaespaldas, probablemente el origen de alguno de sus 4 divorcios, el autor indio consiguió trascender más allá de los círculos literarios de élite. Por lo tanto no faltan quienes, en broma, se preguntan cuándo Rushdie compartirá sus derechos de autor con el mayor publicista que tuvo, el ya fallecido persa Khomeini, quien seguramente tendrá herederos bien dispuestos a cobrar los royalties. Aqui una interesante entrevista al escritor.

MIAMI ( The Sunday Times). Salman Rushdie está sentado en el despacho del rabino Judith Lazarus Siegal y bebe a pequeños sorbos un vodka Grey Goose. Se diría que es algo inapropiado en el interior de una sinagoga pero, por lo que parece, no lo es en absoluto; otro rabino que pasa por allí sugiere traer su exprimidor eléctrico para que nos preparemos unos daiquiris. Educadamente, el escritor rehusa la invitación: él prefiere el vodka a palo seco. Es una cuestión literaria.

"Tengo entendido que a Vikram Seth le gusta que le pongan una bebida blanca en el vaso cuando tiene lecturas en público", asegura Rushdie, "aunque creo que en su caso es ginebra".

El escritor de origen indio está esperando en el despacho del rabino Siegal, en el Templo de Judea, a las afueras de Miami, para leer en público fragmentos de su última novela, The Enchantress Of Florence (La hechicera de Florencia, que en España publicará Plaza & Janés a comienzos de 2009). Se trata de la vigesimoquinta de un total de 29 comparecencias en otras tantas ciudades de USA. El local previsto inicialmente, una librería, era demasiado pequeño para albergar a la multitud que se espera que asista al acto.

"Supongo que, después de J.K. Rowling, soy la mayor atracción literaria del Reino Unido", comenta. Mañana por la noche estará en Milwaukee, al día siguiente en Chicago, al otro en Madison. Cada noche la mecánica es la misma: 20 minutos de lectura y, a continuación, algunas preguntas y respuestas. "Antes nos pasábamos una hora con la lectura, pero ya no hay paciencia para eso", afirma.

Las preguntas son reiterativas, dice. ¿Algún consejo para los escritores primerizos? ¿Cree que, como novelista angloindio, está subvirtiendo el canon literario eurocéntrico? ¿En qué ha quedado todo eso de la fatwa? Rushdie sentirá un gran alivio cuando por fin haya pasado todo. "Siempre he pensado", explica, "que el propósito secreto de las giras de promoción es conseguir que el escritor aborrezca el libro que ha escrito y se ponga de inmediato a escribir otro".

Con él, al menos, da resultado ese plan secreto. En cuanto concluya su gira americana, empezará a escribir su nueva novela. "Estoy pensando en escribir un libro para niños", revela. "Mi hijo pequeño [Milan, nacido del matrimonio del escritor con su tercera esposa, Elizabeth West] tiene 11 años, que es la edad que tenía mi hijo mayor [Zafar, fruto de su primer matrimonio, con Clarissa Luard] cuando escribí un libro dedicado a él [Harun y el mar de las historias, la primera obra que publicó Rushdie después del escándalo que siguió a Los versos satánicos]. Así que ahora Milan me está preguntando que dónde está su libro".

La sensación que da, sin embargo, no es la de que a Rushdie, que ahora vive en Nueva York, no le gusten las giras de promoción. Al contrario. Disfruta con todo este montaje. Le gusta que, de camino al acto, un botones costarricense, de nombre George, le estreche la mano enérgicamente y le diga que es un gran honor conocer a "un auténtico genio en persona". ¿A quién no agrada eso? Tampoco es probable que le desagrade que en las primeras filas haya montones de mujeres con ejemplares de su libro en las manos y la esperanza de llevárselos después firmados por él. ¿Por qué no habría de disfrutar de este aplauso tras haber pasado la mayor parte de su carrera literaria bajo una amenaza muy real de que acabaran asesinándolo?

Mil libros por hora

"¿Sabe una cosa?", me había confesado antes, cuando estábamos bajando en el ascensor desde la suite de su hotel, en el piso 32. "He superado a Jimmy Carter en su estado natal. Firmé 475 ejemplares en una hora cuando estuve en Atlanta. Y eso no ha sido nada. En Nashville, firmé 1.000 ejemplares en una hora, lo que es todo un récord, creo yo". Fue exactamente en 57 minutos. En 1998, el escritor británico especializado en vinos Malcolm Glock firmó 1.001 libros en 59 minutos y estableció lo que hasta ahora se consideraba el récord del mundo.

Pero aún hay más cosas que celebrar. Acaba de ganar un premio, el denominado Best of the Booker (el mejor de los Booker). En ?98?, Hijos de la medianoche, una novela postcolonial y posmoderna en la línea del realismo mágico, sobre el nacimiento de La India y la desaparición del imperio británico allí, ganó el premio Booker, la más prestigiosa distinción literaria de Gran Bretaña. Aquella historia y aquel galardón catapultaron a Rushdie a la fama y le permitieron dejar su trabajo en una agencia de publicidad. El libro se convirtió en un éxito mundial.

"Me dieron un adelanto de ?.500 libras [algo menos de € 2.000 al cambio actual]", me cuenta. "Eso es una birria", insinúo. "Ya lo sé", replica. "Eché a mi agente". Ahora, un jurado ha determinado que aquella novela es la mejor de cuantas, desde 1969, han ganado el Booker.

Rushdie nació en Bombay el 19 de junio de 1947; 'Hijos de la medianoche' consiste en la narración de los nacimientos simultáneos de India y del protagonista de su novela, Saleem Sinai, en la medianoche del 15 de agosto de aquel año. La novela ha ejercido una enorme influencia en toda una generación de escritores indios, pero difícilmente puede competir en fama con su obra más conocida. Su cuarta novela, 'Los versos satánicos', fue el libro que hizo de él el escritor más famoso del mundo, aunque también el más acosado. Fue considerada tan hostil al islamismo que provocó que el máximo mandatario de Irán, el ayatollah Khomeini, publicara en 1988 una fatwa o edicto donde ordenaba que Rushdie fuera asesinado. Hubo un atentado frustrado contra su vida y también sufrieron atentados terceras personas relacionadas con el libro, como el traductor de la novela al japonés, al que asesinaron a puñaladas.

Bromas con la muerte

Veinte años después Rushdie hace chistes a propósito de esta fatwa. "No pretendo ponerme a discutir con el ayatollah Khomeini, pero sí que tengo que subrayar que sólo uno de nosotros dos está muerto. ¿Será eso que dicen de que la pluma es más poderosa que la espada?", bromea adoptando un aspecto maliciosamente juvenil.

Desde que en 1999 le corrigieron mediante una operación un problema en un tendón que le había provocado que los párpados le colgaran exageradamente, ya no parece que Rushdie tenga el ceño fruncido, que mire siempre con desdén o que tenga permanentemente los ojos semicerrados, como si estuviera muy serio.

Rushdie habla del periodo de la fatwa como si todo estuviera ya definitivamente superado. Ya en 1998, el entonces ministro iraní de Asuntos Exteriores, Kamal Jarrazi, comunicó en la ONU a su homólogo británico, Robin Cook, que Irán ya no insistiría más en amenazar la vida de Rushdie. Sin embargo, muchos clérigos, miembros del parlamento iraní y otros fanáticos han realizado a partir de entonces nuevos llamamientos en favor de que sea asesinado.

El año pasado, cuando Rushdie fue nombrado caballero de la Orden del Imperio Británico, se registraron manifestaciones masivas en Pakistán y en Malasia en las que se clamó por su muerte y se difundieron unas palabras del segundo de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri, en las que decía que estaba planeando "una respuesta muy concreta".

En el Templo de Judea apenas se ven tres patrulleros de la policía aparcados a la entrada del templo. Quizás (sólo quizás) es que está disminuyendo la indignación contra Rushdie en determinados sectores. Hace seis meses una compañía teatral de Alemania presentó en escena una versión dramatizada de Los versos satánicos. "Llegaron los espectadores, vieron el montaje, a unos les gustó, a otros no, y se volvieron a sus casas. No ocurrió nada. Eso es lo que más me gustó a mí", dice.

Tres balas en la columna

"Yo no era partidario de la fatwa, ¿sabes?", se le ocurre decir, en un tono de superioridad mordaz. "En general, a los escritores no habría que matarlos por lo que escriben, aunque no dejo de reconocer que puede haber excepciones. Es horrible, porque tú has escrito el libro, y te sientes responsable del miedo que la fatwa ha suscitado en las personas por las que te preocupas. En aquella época, mi madre vivía en Pakistán. Mataron a varias personas a las que yo consideraba colegas muy cercanos. Fue una agresión muy grave, no sólo a los principios sino a la vida de algunas personas".

Rushdie recuerda el intento de asesinato de su editor en Noruega, William Nygaard, en 1989. Le dispararon varios tiros a la puerta de su piso y lo dieron por muerto. "Le llamé al hospital donde lo ingresaron, en Oslo", cuenta.

"Habría muerto de no ser porque estaba en un estado físico perfecto [había sido esquiador olímpico]. Sentí la necesidad de pedirle perdón porque, como le dije, tenía la sensación de que esas balas iban destinadas a mí. Estaba al borde de la muerte con tres balas alojadas en la columna vertebral y me dijo: ‘Soy una persona adulta y era consciente de lo que estaba haciendo al publicar ese libro’. Y entonces añadió una frase preciosa: ‘Por cierto, acabo de encargar una nueva edición’. He tenido la oportunidad de ser testigo del valor extraordinario de otras personas".

En todo este tiempo ha forjado una opinión bastante férrea sobre el asunto y la libertad de expresión en general. "Puede que sienta desprecio por usted como persona por las creencias que profesa y debería ser capaz de decirlo", afirma. "Es necesario que todo el mundo tenga la piel más dura, que no seamos tan susceptibles. Existe esta cultura de sentirse ofendido, como si ofender a alguien fuera lo peor que se puede hacer. Es más, se da por hecho que nuestro primer deber es ser respetuosos. Ahora bien, ¿qué nos parecería una caricatura que fuera respetuosa? ¡Un aburrimiento! ¡No la publicaría nadie!".

En su más reciente novela se perciben las ansias apenas disimuladas de muchos de sus personajes por la libertad de expresión, por la tolerancia y la libertad sexual y por el hedonismo, conceptos que él considera que son tan propios de Oriente como de Occidente. Incluso deja que el emperador Akbar piense, al estilo de John Lennon, en un mundo sin religión. "Si no existiera ningún dios", exclama Akbar, "quizá resultara más fácil entender en qué consiste la divinidad".

El libro salta de la India del imperio Mugal a la Florencia del Renacimiento. "Trata del momento en que por primera vez se encuentran Oriente y Occidente, de lo que Spielberg llamaría encuentros en la tercera fase. Los de un extremo eran unos alienígenas para los del otro", explica.

No obstante, Rushdie se ha tomado algunas libertades: "Se trata de la época en la que Vasco de Gama llegó a Kerala, cuando los portugueses instalaron un destacamento en Goa. Lo que me interesó de este asunto es que en cambio no hubo nadie de l India que fuera a Occidente. Eso espoleó mi sentido novelístico de la perversidad".

Ahora bien, no es la perversidad novelística lo que atrae la atención, sino más bien el sexo. Con cuatro matrimonios a sus espaldas, Rushdie ha escrito una novela, la décima suya, que abunda en escenas subidas de tono, basadas, en su mayor parte, en una investigación exhaustiva de manuales indios.

La protagonista es una mujer conocida a veces como Qara Koz y otras como Lady Black Eyes (literalmente, ojos negros) experta en siete tipos de unguiculación, palabra que, según escribe el propio Rushdie, significa "empleo de las uñas para mejorar la relación sexual".

"He dedicado un montón de tiempo a estas investigaciones", explica, "y no sólo a revisar el Kamasutra, también a estudiar otros textos sobre arte erótico. La cosa no va de posturas gimnásticas. En la novela hay material que se basa en investigaciones sobre infusiones y pócimas formuladas para ayudar a que cualquiera pueda tener 97 eyaculaciones sucesivas".

Un crítico ha descrito a Lady Black Eyes como una precursora de Carla Bruni, aunque seguramente hay una mujer con la que se puede comparar mejor, la modelo y actriz Padma Lakshmi.

La cuarta esposa de Rushdie, 23 años más joven que él y de la que el novelista se divorció cuando estaba escribiendo La hechicera de Florencia. Rushdie niega que su nueva obra, que narra las peripecias de unas mujeres hermosas y seductoras que rompen corazones y planean orgasmos múltiples a través de diferentes continentes, sea una novela en clave. "No hay nada de eso, en absoluto", apunta, para después añadir: "Pero cada cual es muy libre de interpretarla de cualquier otra manera".

Matrimonio al traste

"El año pasado fue para mí un año terrible", prosigue. "Pensé que a lo mejor no podía terminar el libro. Hubo momentos difíciles pero creo que, como muchos escritores, tengo unos hábitos de disciplina muy fuertes. Un carpintero no deja de hacer una mesa simplemente porque su matrimonio se esté yendo al garete. El hombre sigue con su trabajo. Y eso fue lo que yo hice. Fue una cosa de fuerza de voluntad", explica.

Quizás esta noche no encuentre otra esposa, pero le queda el consuelo de la buena acogida de todo este gentío que ha reunido en Miami y, quién sabe, la posibilidad de que por alguna parte ande la quinta señora Rushdie. A fin de cuentas, la noche es joven y Rushdie también parece más joven que los 61 años que ha cumplido recientemente.

"¿Por qué cree que ha venido tanta gente a oírle leer?", le pregunto mientras se prepara para seducir a su audiencia con historias de relaciones sexuales, con la fecundidad de los cruces entre culturas y con la historia olvidada del siglo XVI? "Hay quien viene por el espectáculo de feria", contesta, "pero al final resulta que lo han pasado bien. En cuanto a mí, me muero por ponerme a escribir otra vez. Ahí es donde siento que estoy más vivo".

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