MADRID (
Cotizalia). "Como nadie hacía nada, empecé a temer por la salud de mi familia". Habla Harry Markopolos ante el Congreso de USA. Miedo y decepción en boca del hombre que intentó destapar el caso Madoff mucho tiempo atrás y lo único que levantó fue la indiferencia de la SEC desde 1999, año en que Markopolos empezó a olfatear que todo lo que tocaba Madoff olía a chamusquina.
Markopolos llegó a Boston en 1991 y era el jefe de inversiones de Rampart Investment Management, firma rival de Bernard L. Madoff cuando, un día de 1999, un amigo llegó con noticias de las maravillas de inversión que Madoff levantaba en Nueva York: ofrecía ganancias estables de casi el 12% al año, independientemente de si el mercado subía o bajaba. Lo conseguía, siempre supuestamente, al negociar una mezcla de acciones y opciones sobre índices bursátiles. A los jefes de Markopolos les fascinaron tales retornos y le pidieron personalmente que igualase la rentabilidad de los fondos de su competidor. Se declaraba experto en la técnica de gestión que supuestamente Madoff aplicaba, pero defendía que "es imposible obtener los resultados explicados por Madoff, sin pérdidas y con ganancias regulares y constantes". Recopilando y comparando datos, echó a temblar cuando sus sospechas confirmaban que las operaciones del ex presidente del Nasdaq formaban parte de un capítulo de los mayores fraudes de la historia.
Markopolos sabía que Madoff trabajaba bajo un esquema Ponzi: utilizaba dinero de nuevos clientes para pagar a viejos. Ojeando sus cuentas, se dio cuenta de que esas inversiones no eran claras y las ganancias resultaban imposibles. Entrado el año 2000, Markopolos compartía su desconfianza con Edward Manion, un supervisor de personal de la SEC en Boston: una parte importante de la estrategia de Madoff dependía de comprar y vender opciones sobre el índice de 100 acciones de Standard & Poor´s. Pero, en ese momento, Markopolos señalaba que no existían las suficientes opciones del S&P 100 para sostener la estrategia indicada por Madoff, dado las grandes sumas que parecía estar gestionando. Tenía que haber algo más.
Seguían pasando los meses y hasta los oídos de Markopolos sólo llegaban noticias de las desorbitantes ganancias de Madoff. Él seguía en contacto telefónico con Manion, de quien ha llegado a decir que, si no hubiera sido por él, hubiera dejado el caso mucho antes de lo que lo hizo.
Se cerraba 2001 cuando Manion le informó a Markopolos de que el caso perdía fuelle, y que volviera a mandar documentos y argumentos para transferirlos a la oficina de Nueva York, donde estaba la sede de la firma de Madoff. Markopolos los envió, adjuntando tres páginas en las que sostenía que el fraude crecía conforme los activos en manos de Madoff superaban los US$12.000 millones.
En 2004 dejó Rampart Investment Management y abrió una consultoría de investigación de fraude, mientras sus colegas le seguían hablando horas y horas sobre Madoff. En 2005, un funcionario de la SEC de Boston le informó de que la agencia había vuelto a retomar el caso, y le recomendó que contactara con Meaghan Cheung, una supervisora de la SEC en Nueva York. Hasta allí le hizo llegar un informe de 21 páginas con sus sospechas adornadas de todo lujo de detalles: presentó 29 "señales de alarma", que incluía sofisticados cálculos matemáticos que trataban de demostrar que era imposible que la estrategia de inversión de Madoff funcionara a rumores e insinuaciones. También ponía entre las cuerdas el hecho de que Madoff no cobrara comisión a sus inversionistas por administrar su dinero.
Pero las acusaciones de Markopolos contra Madoff no aportaban ninguna prueba contundente que indicara que se encontraba ante un crimen: sus informes estaban repletos de sus opiniones. Hasta se llegó a confundir de la fecha que empezó su particular carrera contra Madoff. Pero él insistía en que, cuando se descubriera el gran fraude piramidal, "provocará un tsunami en el sistema financiero y, especialmente, en el sector de los hedge funds".
Los investigadores también estudiaron la acusación de que Madoff encabezaba una pirámide financiera. Pero los miles de millones de dólares que administraba la unidad de gestión de activos parecían cuadrar con los que varias firmas de inversión decían haber colocado con Madoff. Todo parecía indicar que la casa estaba en orden.
Nacido en Pensilvania, a Markopolos lo han bautizado como el héroe de esta triste película, pero él mismo quita hierro al asunto y confiesa que él no fue quien paró a Madoff, sino que fue "él solito". Steven Pearl, un productor y escritor de Los Ángeles, quiere hacer una película sobre él, basándose en la historia de un señor que no quería estar en el medio de este huracán. "Es como Cary Grant en Intriga Internacional", aunque le diferencia que a Markopolos no le gustan nada los focos y quiere preservar hasta el último detalle de su intimidad. Sus amigos dicen que la tenacidad que ha demostrado Markopolos es de siempre.
Mientras se sacaba un máster en finanzas en la Escuela de Boston, se disgustó mucho cuando una organización cambió un libro de texto por otro de su profesor, Alan Marcus, coautor. Markopolos pensaba que no era bueno, aunque fuera escrito por otro oficial de la organización. Se obsesionó tanto, que persiguió a la organización hasta que se sentó en una mesa con el presidente y discutieron el tema. "Parecía un bulldog", confesó el profesor Marcus a Boston.com. En el mismo diario, otro profesor suyo dice de él que siempre prefería estar quieto y analizar la situación antes de entrar en escena.
Sea lo que fuere, si la SEC lo hubiera escuchado, las pérdidas para los inversores serían inferiores a los US$7.000 millones, en lugar de los 50.000 que se han contabilizado, según los cálculos de Markopolos. Ahora ya se sabe que Madoff contaba con muchos otros inversionistas, tanto personas como organizaciones benéficas, que no estaban registradas en los documentos regulatorios, lo que dificultaba la labor de los investigadores para saber con precisión cuánto dinero estaba gestionando. El presidente de la SEC, Christopher Cox, también confiscó que Madoff mantenía libros contables y documentos falsos, lo que pudo confundir a los investigadores de hace años. "En la SEC ya hay 3.500 gallinas. Ahora se necesita algún zorro", espetó Markopolos en su declaración. Su mujer, Faith, está convencida de que la próxima vez que el Gobierno vea aparecer a Harry Markopolos por la puerta, "no lo ingnorarán". Aunque tarde, por lo menos ya se ha conseguido arrancarle al lobo la piel de cordero.
Markopolos llegó a Boston en 1991 y era el jefe de inversiones de Rampart Investment Management, firma rival de Bernard L. Madoff cuando, un día de 1999, un amigo llegó con noticias de las maravillas de inversión que Madoff levantaba en Nueva York: ofrecía ganancias estables de casi el 12% al año, independientemente de si el mercado subía o bajaba. Lo conseguía, siempre supuestamente, al negociar una mezcla de acciones y opciones sobre índices bursátiles. A los jefes de Markopolos les fascinaron tales retornos y le pidieron personalmente que igualase la rentabilidad de los fondos de su competidor. Se declaraba experto en la técnica de gestión que supuestamente Madoff aplicaba, pero defendía que "es imposible obtener los resultados explicados por Madoff, sin pérdidas y con ganancias regulares y constantes". Recopilando y comparando datos, echó a temblar cuando sus sospechas confirmaban que las operaciones del ex presidente del Nasdaq formaban parte de un capítulo de los mayores fraudes de la historia.
Markopolos sabía que Madoff trabajaba bajo un esquema Ponzi: utilizaba dinero de nuevos clientes para pagar a viejos. Ojeando sus cuentas, se dio cuenta de que esas inversiones no eran claras y las ganancias resultaban imposibles. Entrado el año 2000, Markopolos compartía su desconfianza con Edward Manion, un supervisor de personal de la SEC en Boston: una parte importante de la estrategia de Madoff dependía de comprar y vender opciones sobre el índice de 100 acciones de Standard & Poor´s. Pero, en ese momento, Markopolos señalaba que no existían las suficientes opciones del S&P 100 para sostener la estrategia indicada por Madoff, dado las grandes sumas que parecía estar gestionando. Tenía que haber algo más.
Seguían pasando los meses y hasta los oídos de Markopolos sólo llegaban noticias de las desorbitantes ganancias de Madoff. Él seguía en contacto telefónico con Manion, de quien ha llegado a decir que, si no hubiera sido por él, hubiera dejado el caso mucho antes de lo que lo hizo.
Se cerraba 2001 cuando Manion le informó a Markopolos de que el caso perdía fuelle, y que volviera a mandar documentos y argumentos para transferirlos a la oficina de Nueva York, donde estaba la sede de la firma de Madoff. Markopolos los envió, adjuntando tres páginas en las que sostenía que el fraude crecía conforme los activos en manos de Madoff superaban los US$12.000 millones.
En 2004 dejó Rampart Investment Management y abrió una consultoría de investigación de fraude, mientras sus colegas le seguían hablando horas y horas sobre Madoff. En 2005, un funcionario de la SEC de Boston le informó de que la agencia había vuelto a retomar el caso, y le recomendó que contactara con Meaghan Cheung, una supervisora de la SEC en Nueva York. Hasta allí le hizo llegar un informe de 21 páginas con sus sospechas adornadas de todo lujo de detalles: presentó 29 "señales de alarma", que incluía sofisticados cálculos matemáticos que trataban de demostrar que era imposible que la estrategia de inversión de Madoff funcionara a rumores e insinuaciones. También ponía entre las cuerdas el hecho de que Madoff no cobrara comisión a sus inversionistas por administrar su dinero.
Pero las acusaciones de Markopolos contra Madoff no aportaban ninguna prueba contundente que indicara que se encontraba ante un crimen: sus informes estaban repletos de sus opiniones. Hasta se llegó a confundir de la fecha que empezó su particular carrera contra Madoff. Pero él insistía en que, cuando se descubriera el gran fraude piramidal, "provocará un tsunami en el sistema financiero y, especialmente, en el sector de los hedge funds".
Los investigadores también estudiaron la acusación de que Madoff encabezaba una pirámide financiera. Pero los miles de millones de dólares que administraba la unidad de gestión de activos parecían cuadrar con los que varias firmas de inversión decían haber colocado con Madoff. Todo parecía indicar que la casa estaba en orden.
Nacido en Pensilvania, a Markopolos lo han bautizado como el héroe de esta triste película, pero él mismo quita hierro al asunto y confiesa que él no fue quien paró a Madoff, sino que fue "él solito". Steven Pearl, un productor y escritor de Los Ángeles, quiere hacer una película sobre él, basándose en la historia de un señor que no quería estar en el medio de este huracán. "Es como Cary Grant en Intriga Internacional", aunque le diferencia que a Markopolos no le gustan nada los focos y quiere preservar hasta el último detalle de su intimidad. Sus amigos dicen que la tenacidad que ha demostrado Markopolos es de siempre.
Mientras se sacaba un máster en finanzas en la Escuela de Boston, se disgustó mucho cuando una organización cambió un libro de texto por otro de su profesor, Alan Marcus, coautor. Markopolos pensaba que no era bueno, aunque fuera escrito por otro oficial de la organización. Se obsesionó tanto, que persiguió a la organización hasta que se sentó en una mesa con el presidente y discutieron el tema. "Parecía un bulldog", confesó el profesor Marcus a Boston.com. En el mismo diario, otro profesor suyo dice de él que siempre prefería estar quieto y analizar la situación antes de entrar en escena.
Sea lo que fuere, si la SEC lo hubiera escuchado, las pérdidas para los inversores serían inferiores a los US$7.000 millones, en lugar de los 50.000 que se han contabilizado, según los cálculos de Markopolos. Ahora ya se sabe que Madoff contaba con muchos otros inversionistas, tanto personas como organizaciones benéficas, que no estaban registradas en los documentos regulatorios, lo que dificultaba la labor de los investigadores para saber con precisión cuánto dinero estaba gestionando. El presidente de la SEC, Christopher Cox, también confiscó que Madoff mantenía libros contables y documentos falsos, lo que pudo confundir a los investigadores de hace años. "En la SEC ya hay 3.500 gallinas. Ahora se necesita algún zorro", espetó Markopolos en su declaración. Su mujer, Faith, está convencida de que la próxima vez que el Gobierno vea aparecer a Harry Markopolos por la puerta, "no lo ingnorarán". Aunque tarde, por lo menos ya se ha conseguido arrancarle al lobo la piel de cordero.










