#Contagios por día:
Al 01/03/2021, 4.658.
Al 15/044/2021, 24.999.
BUSCANDO UN EQUILIBRIO
Carta sobre los docentes atrapados en el debate perverso
Gustavo Hierro es politólogo luego de haber trabajado durante años en diversas redacciones periodísticas. Él es esposo de una docente, y necesitaba contar su testimonio para no quedar atrapado en la Grieta que amenaza a la sociedad por estas horas.
#Muertes por día:
Al 01/03/2021, 112.
Al 15/04/2021: 383.
Que la soberbia de este gobierno trasnochado, o los baradeles de la vida, no nos impidan ver la realidad que hay detrás de estos números.
Porque detrás del número de muertos, hay otros tantos casos individuales de personas y familias con nombre y apellido, cuyas vidas, historias y futuros fueron destruidos para siempre. Quizás no sea la tuya, pero mañana podría serlo.
Se está tratando a todos los maestros como si fueran un sindicalista miserable, como un kumpa choripanero. Se vive cometiendo una tremenda injusticia con ellos.
Los maestros están en el aula. Fueron vacunados sólo los de 1ero. a 3er. grado. Los de 4to. a 7mo., y los profes de secundario, no recibieron vacuna.
Las estadísticas que se muestran no coinciden con la experiencia que tenemos.
Mi esposa Verónica es docente, trabaja en dos escuelas públicas y en un CECIE (los institutos de lengua extranjera de la Ciudad). Los protocolos en ellas se cumplen a rajatabla, la responsabilidad de la comunidad escolar es total. Pese a esto, sólo en uno de esos establecimientos ya se contagiaron dos de sus compañeras y hay 5 'burbujas' aisladas.
No hay tal cosa como un alegre intercambio de barbijos entre los pibes, como sugiere el Presidente (¿?), ni felices cotorreos de los padres en la puerta del colegio, cuando los vienen a buscar. La llegada y retiro de los alumnos se da en forma escalonada: cuando la escuela lo permite se hace por distintas entradas y los padres están tan asustados, cuidadosos y vigilantes como los docentes.
La presencialidad
Los chicos son ejemplares en el respeto a los protocolos, en una relación inversamente proporcional a la irresponsabilidad pública y notoria de Alberto Fernández y de su equipo de colaboradores, que no paran de violarlos a la vista de toda la sociedad argentina y mundial. Carecen, por lo tanto, de autoridad alguna para hacer exigencias, algo que es insalvable en política.
La situación se agrava en los secundarios, ante adolescentes profundamente desorientados y docentes que deben saltar entre numerosos colegios y 'burbujas', convirtiéndose en forma involuntaria en agentes de transmisión evidentes. Peor riesgo aún se vive en algunos colegios privados.
El Poder Ejecutivo plantea la cuestión de la presencialidad escolar, porque prefiere que la sociedad argentina hable de eso y omita, en cambio, ahondar en los fracasos más estrepitosos de la presente administración, tales como
# el manejo de la pandemia,
# la falta de vacunas y el derrumbe económico, o
# la insalvable debilidad relativa del gobierno: (Fernández, el presidente, se cae de manera irremediable, gracias al 'fuego amigo' que le envía, a través de sus laderos, la otra Fernández, la vicepresidente).
En cuanto a la presencialidad o no en la educación, la política, mezquinamente inútil, presenta toda la cuestión como un juego de suma cero. Las facciones se trenzan en discusiones bizantinas que sólo demuestran el profundo desconocimiento objetivo de la problemática por parte de los supuestos “expertos” en la materia.
Larreta vs. Fernández
En lugar de esto, el sentido común dicta que debieran explorar en forma conjunta, de un lado y del otro de la grieta, una forma de combinar estrategias para mantener cierta presencialidad (con períodos breves de cierres y aperturas según la evolución de los contagios) en este momento de expansión del virus.
Mientras tanto la culpa siempre será de los mismos: los maestros, los alumnos, los padres que se juntan para toquetearse a la entrada del cole, y coso.
Me siento políticamente solidario con Horacio Rodríguez Larreta ante este atropello constante del kirchnerismo contra la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (que tiene el mismo estatus constitucional de autonomía y autogobierno del que goza cualquier provincia, gracias a la Constitución Nacional de 1994).
Me hago cargo también de decir que desprecio profundamente los constantes embates de este Presidente, a quien considero profundamente mediocre, y de sus laderos K, en la búsqueda de llevarse puesto el país, el orden constitucional, la ley y la clase media, conforme los deseos de la jefa política de su organización, Cristina Kirchner.
Paradójicamente, muchos tienden a evaluar que el primer mandatario, lejos de la inocencia y mucho más de la honestidad, siempre hace lo que hace -incluso lo que podría pensarse que está bien- por las razones equivocadas.
En este caso, tal vez tenga cierta lógica cerrar por unos días las escuelas; pero cualquier razonabilidad potencial del mandato se desvanece dentro de ese cúmulo de soberbia que Fernández y los suyos exhiben con tanta obscenidad oral, pletórica de revanchismo y agresión.
Todo en él parece una operación política destinada a destruir a un enemigo, y así lo lee la abrumadora mayoría de una sociedad, que ya no confía en su palabra y le genera un vacío insondable del que dudosamente Alberto logrará salir.
La desidia y el desdén hacia el trabajo que proyectan dirigentes sindicales como Eduardo López o Baradel quitan toda legitimidad a peticiones que hasta podrían pensarse razonables.
Separar las aguas
Hoy en día la opinión pública homologa a los docentes de a pie con estos sátrapas del mundo sindical, y jamás estuvo tan desprestigiada la carrera docente.
Hoy los maestros son considerados vagos, inútiles, vividores, auténticos abusadores de la buena fe de la gente, quienes roban sus sueldos por no hacer nada y no quieren educar a los chicos.
La hipócrita clase media aprovecha, de paso, para endosar a los maestros su propia incapacidad de criar hijos educados, responsables y considerados con el resto de la sociedad.
La familia no asume en los días que corren su rol de educadora fundamental, porque los chicos a la escuela van a aprender matemáticas y lengua, pero la educación bien entendida comienza por casa. Pero eso es materia de otros análisis que no abordaré ahora.
En cuanto al tema que hoy nos toca, como testigo privilegiado puedo contar que en mi caso personal vivo con una docente que se levanta a las 6:00 AM todos los días para ir a la escuela y que recién termina de apagar la computadora entre las 22:00 y las 23:00, lo que es fuente de frecuentes discusiones intrafamiliares: literalmente, no para de laburar.
El 2020 virtual fue un verdadero infierno, 24/7, todo el año, sin fines de semana ni feriados. Me consta que la mayoría de los hogares de los colegas docentes de mi esposa pasaron por lo mismo.
No sabemos si indignarnos o reír ante la estupidez de los comentarios que hacen algunos imbéciles cuando afirman, muy sueltos de cuerpo, que “los maestros no quieren ir a trabajar”. Una falta de respeto absoluta. Es muy desmoralizante vivir con la desaprobación constante de una sociedad que hace juicios livianos sin entender nada, o a lo sumo, muy poco.
En casa defendemos y deseamos la presencialidad. Nuestra hija Micaela también es docente y asiste cotidianamente a la escuela secundaria donde trabaja. Ambas, madre e hija, están orgullosas de ser docentes y aman sus trabajos, que son una parte sustancial de sus vidas.
Observar experiencias
Sin embargo, ambas llegan a casa aterradas todos los días, temiendo contagiarme: soy una persona de riesgo en COVID, con muchas comorbilidades, y ellas ya sienten que no hay protocolo que alcance.
Detrás de cada caso, hay una lucha sin cuartel por la supervivencia. La libran docentes que ganan mal, quienes como todo el mundo se suben a los colectivos con terror, porque piensan que se pueden contagiar y llevar “el bicho” a sus casas.
Es decir que, como cualquier hijo de vecino -y tal vez más, por la cantidad de contactos que tienen día tras día- se enfrentan a la muerte en forma regular, más allá de filminas que muestren que hay un cero coma y pico de contagios. Ese porcentaje puede dar lugar a equívocos, porque dicho así, no parece nada. Pero estamos hablando de más de cinco mil personas contagiadas.
Me parece que es mucha gente, cuya infección tiene un efecto multiplicador importante, porque estas personas caminan por la calle, se trasladan, van de escuela en escuela para ganarse la vida y siguen expandiendo la infección de manera involuntaria, por todas partes.
¿Digo que con esto que cerremos las escuelas y tiremos las llaves? Por supuesto que no. Hay que continuar con la presencialidad, porque es indispensable que los chicos vayan a la escuela.
Lo que digo es que, en lugar de pelear, y aunque no seamos Europa –eso lo tengo muy claro, quédense tranquilos-, tanto el gobierno de Nación como los de Ciudad y Provincia debieran observar atentamente qué se hizo en el Viejo Continente con las escuelas, y atesorar esa experiencia para definir una estrategia sustentable en nuestro propio sistema educativo. Desarrollar, un año después, una armonización entre presencialidad y virtualidad, más acorde a un modelo educativo que sin dudas será permanente en el futuro post pandemia.
No puede ser tan difícil. Como ciudadanos, tenemos que exigir a los políticos que no permitan que su mezquindad vuelva a perjudicar, por enésima vez, a la gente. Mucho menos, a nuestros niños.
Cuídense todos.











