Las relaciones no suelen romperse por una diferencia política aislada. Se rompen cuando la política deja de ser una diferencia y se convierte en identidad. Ahí la grieta cambia de naturaleza: ya no separa ideas, separa personas. La crítica deja de sentirse como una objeción y empieza a vivirse como un ataque.
TREMENDA GRIETA ARGENTINA
Cuando la política deja de ser una idea y pasa a ser identidad
Clave política: El deterioro del debate no empieza con la pasión. Empieza cuando la identidad reemplaza al juicio y vuelve intocables a los propios.
La discusión empieza antes de que aparezcan los argumentos.
Alguien cuestiona una medida del gobierno. La respuesta llega rápido: no se discute el punto, se defiende la dirección.
Minutos después, la conversación deriva hacia otro tema —aborto, rol del Estado, agenda cultural— y el patrón se repite. Las posiciones aparecen cerradas, previsibles, alineadas.
No sorprende la firmeza.
Sorprende la regularidad.
- Un seguidor de Javier Milei puede defender con la misma convicción la apertura de mercados y la reducción del gasto público, y al mismo tiempo el rechazo al aborto o a determinadas agendas culturales.
- Un seguidor de Cristina Fernández de Kirchner puede sostener el aborto legal y la ampliación de derechos en materia de género, y a la vez una fuerte intervención del Estado en la economía.
Nada obliga a que esas posiciones vayan juntas.
Sin embargo, aparecen juntas. Y lo hacen con una consistencia difícil de atribuir al azar.
Ese es el punto de partida del problema.
No la ideología en sí, sino la forma en que se organiza.
Cuando ideas económicas, sociales y culturales —que podrían evaluarse por separado— se adoptan en bloque, la adhesión deja de ser una posición y pasa a convertirse en una extensión del yo. En ese momento, una crítica al dirigente deja de procesarse como una objeción razonable y pasa a sentirse como una agresión personal.
La discusión deja entonces de girar en torno a hechos o argumentos y se reorganiza alrededor de una necesidad más básica: defender una identidad.
La psicología política contemporánea describe bien este desplazamiento. El sesgo de confirmación no solo selecciona información: la filtra para que el mundo encaje con lo que ya creemos. El 'myside bias' hace el resto: esa misma información se juzga con indulgencia cuando nos favorece y con dureza cuando nos contradice. Y el razonamiento motivado cierra el circuito: la razón deja de buscar la verdad y pasa a proteger una identidad.
Dicho de otro modo: la razón no siempre opera como juez.
Con frecuencia, opera como abogada.
Política
No es que las personas dejen de pensar. Piensan, pero de manera selectiva: utilizan inteligencia, memoria y argumentación para blindar una pertenencia previa.
Eso explica por qué tantos debates políticos actuales resultan estériles. No fracasan solo por falta de información. Fracasan porque, antes que los datos, ya está instalada la lealtad; antes que la evidencia, ya está definido el bando.
Y una vez que eso ocurre, cada noticia, cada estadística y cada escándalo deja de evaluarse por su valor explicativo y pasa a medirse por su utilidad tribal.
La pregunta ya no es “¿esto es verdadero?”.
La pregunta pasa a ser “¿esto fortalece a los míos o favorece a los otros?”.
Cuando esa lógica se consolida, la ideología deja de funcionar como marco interpretativo y empieza a operar como filtro de realidad. Primero una persona adopta una idea porque le resulta persuasiva. Después selecciona hechos, fuentes y conversaciones para que el mundo encaje en esa idea.
Lo que parecía convicción termina convirtiéndose en cerrazón.
El fanatismo
Y en ese punto aparece uno de los rasgos más corrosivos de la política contemporánea: la polarización afectiva. No se trata solo de desacuerdos sobre políticas públicas. Se trata de algo más visceral: la tendencia creciente a percibir al otro espacio político como moralmente inferior, amenazante o directamente despreciable.
Por eso hoy la política rompe amistades, vuelve imposibles ciertas conversaciones familiares y convierte discusiones ordinarias en enfrentamientos desproporcionados. Mucha gente cree que está defendiendo ideas, cuando en realidad está protegiendo una identidad.
Esto no implica que todas las posiciones sean equivalentes ni que la verdad sea inalcanzable. Implica algo más incómodo: la intensidad emocional de una convicción no es prueba de su corrección.
Tampoco lo es la sofisticación intelectual con la que se la defiende.
De hecho, una de las trampas más subestimadas del fanatismo moderno es que muchas veces se expresa con lenguaje técnico, con datos seleccionados y con apariencia de rigor, mientras preserva intacta una conclusión tomada de antemano.
El fanatismo no desaparece cuando se vuelve más culto.
Solo se vuelve más difícil de detectar.
Esto vale para cualquier espacio. Podés admirar a Milei. Podés admirar a Cristina. Podés considerar que uno interpreta mejor el momento histórico que el otro. Todo eso pertenece al terreno legítimo de la opinión política.
El problema empieza cuando la admiración exige suspensión del juicio.
Ahí la política deja de ser pensamiento y pasa a ser fe.
La virtud opuesta a ese proceso no es la tibieza ni el relativismo. Es algo más exigente: humildad intelectual.
No implica ausencia de convicciones. Implica reconocer que incluso las convicciones firmes conviven con sesgos, incentivos emocionales y puntos ciegos. Implica aceptar que una causa justa no vuelve infalibles a sus representantes. Implica entender que cuestionar al propio bando no siempre es traición; muchas veces es la forma más alta de lealtad hacia la verdad.
En una época saturada de alineamientos automáticos, conservar esa capacidad ya es una forma de independencia.
Y también una forma de coraje.
Porque lo más fácil es delegar el pensamiento en una tribu. Lo más cómodo es heredar certezas, reflejos y enemigos. Lo difícil es sostener criterio propio sin caer en el narcisismo de creerse inmune al error.
Lo difícil es admirar sin arrodillarse.
La buena noticia es que no estamos completamente atrapados en este circuito. La evidencia muestra que ciertos hábitos pueden atenuarlo. La curiosidad genuina reduce el razonamiento defensivo. Y las estrategias de “inoculación psicológica” —que enseñan cómo operan la manipulación y la desinformación— pueden aumentar la resistencia a contenidos engañosos.
Nada de eso elimina los sesgos.
Pero puede devolver algo decisivo: una distancia mínima entre lo que pensamos y lo que somos.
Esa distancia importa más de lo que parece.
Sin ella, toda crítica se vuelve intolerable.
Y cuando toda crítica se vuelve intolerable, pensar deja de ser posible.
La democracia necesita desacuerdo.
Lo que no sobrevive mucho tiempo es la sacralización.
Porque cuando tu líder se vuelve intocable, ya no lo estás evaluando.
Lo estás venerando.
Y en ese punto, la ideología deja de organizar tu pensamiento.
Lo reemplaza.
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Sergio Feler es inversor, Licenciado en Economía (MBA) y autor de 'Principios del Poder'.
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