RUSIA 2018

Nuevos jugadores, nuevo mundo: El fin de un imperio

Vladimir Putin ha sobrevivido a las sanciones impuestas por USA, y hasta jugó fortísimo en las decisiones domésticas de Washington DC. Rusia, en alianza con China, intentan acotar la influencia de USA y apuestan por un orden multipolar. En este contexto, Rusia es 'investment grade' pese a las sanciones del Departamento de Estado, y el eje Putin/Xi Jinping es una complicación para el heterogéneo universo estadounidense de seguridad estratégica, comercio internacional y finanzas globales. Por ejemplo, tanto Rusia como China están comprando importantes volúmenes de oro. En enero Rusia agregó a sus reservas otras 600.000 onzas (casi 20 toneladas). Desde junio de 2015, el Banco Central de Rusia adquirió más de 576 toneladas. Rusia acumula ahora 1.857 toneladas de oro, mientras que China tiene, según el FMI, 1.843 toneladas. Por lo visto, es otra maniobra para minimizar la utilización del dólar y para establecer al yuan y al rublo como divisas alternativas. De todo esto escribió quien mejor conoce a Rusia en la Argentina.

«Para el mundo contemporáneo el modelo de unipolaridad no sólo es inaceptable, sino que no es posible».
Vladimir Putin,
discurso en la Conferencia de Viena sobre seguridad
(10/02/2007).


En una muestra más de los tiempos que corren, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, volvió a reclamarle por teléfono a su colega mexicano, Enrique Peña Nieto, que abone el gasto del muro que el de Washington DC se apresta a erigir en la frontera entre ambos países. Como resultado de ello, Peña Nieto anuló la visita que tenía planificada hacer a USA en marzo.

Esta actitud se corresponde plenamente con la posición del rubio mandatario estadounidense, de “América por encima de todo”. Se acompaña con un período de, al menos, estabilidad en las grandes cifras económicas de su país, aunque los analistas advierten preocupados que la relación entre tasas de interés, inflación y actividad económica real se torna cada vez más complicada.

La nueva tónica de la política exterior de Washington DC, que pretende ser agresiva para proteger y expandir sus intereses por todo el mundo, no alcanza a imponerse ni siquiera ante sus antiguos y fieles aliados europeos. No sólo no logra imponer sus demandas económicas: desde aumentar los aportes europeos a la OTAN hasta comprar los relativos, inseguros y costosos suministros de GNL, sino que estos socios europeos comenzaron a reconvertir la Unión Europea en un nuevo proyecto de asociación supraestatal independiente y con políticas propias.

Y, además, confirmaron y aumentaron los volúmenes de gas que le adquieren a Gazprom, el gigante monopolio del gas natural de Rusia, que ya provee más del 30% del combustible a los principales países europeos, con picos de hasta el 40% en el caso de Alemania.

Una de las lides económicas más agudas entre Washington y Bruselas se desató, precisamente, sobre el proyecto de “Nord Stream 2”, el nuevo tendido de ductos por el lecho del Báltico entre los riquísimos yacimientos del norte siberiano, en Iamál, y los ávidos mercados alemán y del Benelux. Pese a los duros embates de sus peones de Europa Oriental, Polonia y los pequeños países bálticos, Washington no consigue doblegar la decisión de la UE, basada puramente en razones económicas y apuradas ahora por la necesidad de contar con energía barata en momentos en que las economías de estos países no atraviesan espacios de gran bonanza. El proyecto sigue adelante.

Sin embargo, el Ministerio de Comercio estadounidense sigue demostrando que en las cuestiones económicas los Estados Unidos no tienen ni aliados ni enemigos. Sólo existen sus propios intereses. Acaban de imponer gravámenes a los proveedores extranjeros de aluminio y acero. Del total importado, el 53% corresponde a Rusia, China, India y Brasil (curiosamente los fundadores del BRICS). En aluminio la cuota llega al 86% de la importación del año pasado. Esto ha provocado una gran reacción negativa en Alemania, séptimo país en producción de aceros en el mundo.

Estas acciones se reflejan con toda fuerza en los desarrollos de la realidad política de los principales exponentes europeos, donde las fuerzas “populistas”, o sea aquellas que pregonan gestiones nacionalistas, xenófobas y opuestas a la alianza atlántica ciega, incrementan sus posibilidades de acceder al poder. Sobre todo porque, al no encontrar una contraposición de las izquierdas clásicas, muy deterioradas, las tradicionales agrupaciones de derecha se tornan más permeables a estas nuevas apariciones extremistas y son inclusive proclives a aliarse con ellas con tal de mantenerse en el poder.

Ejemplos hay a granel. En Alemania, la canciller casi vitalicia Ángela Merkel, ha designado ya a quien la sucederá en poco tiempo en su cargo. La elegida es Annegret Kramp-Karrenbauer, actual primer ministro del Sarre. Esta mujer de 55 años es más conservadora y más dura que Ángela. Madre de tres hijos, ultra-católica, es una original oriunda del Oeste alemán pre-unificación. Ángela, varias veces separada, protestante es, en cambio, un producto de la ex Alemania oriental…

Todo indica que esta elección llevará a un endurecimiento de la política exterior germana, nación muy jaqueada por las olas migratorias de los últimos años pero además con una economía muy exigida por la necesidad de mantener a algunos de sus tambaleantes socios eurooccidentales. Tanto la actual canciller como su ministro de Relaciones Exteriores, Sigmar Gabriel, ya han mostrado nuevas uñas en su relación con Washington DC, sosteniendo posiciones independientes en asuntos tan candentes como la relación con Rusia o los reclamos de Trump para aumentar el aporte europeo, tanto monetario como de efectivos, a la OTAN.

Merkel tiene ya un nuevo respaldo en esa postura. Emmanuel Makron ha manifestado en numerosas oportunidades el respaldo de Francia a las declaraciones de Berlín. Makron tiene varios fundamentos para esta actitud. En primerísimo lugar, la difícil situación económica de su país. Procura replantear la ayuda financiera que la UE dispone para los países más necesitados, en particular los de Europa Oriental, reclamando mayor afluencia para aquellos que se enfrentan con grandes proyectos económicos.

Además, Makron, este pequeño aspirante a Napoleón Bonaparte, está intentando tejer una alianza de su partido “En Marche”, con aliados europeos que respalden la globalización y la centralización de la UE. El objetivo es lograr una fuerte representación en el Parlamento Europeo y desde allí dar la batalla para quedarse con la supra-dirección política del Viejo Continente. En este contexto se inscribe su relativo respaldo a la política germana, aunque como siempre ha ocurrido, el histórico enfrentamiento franco-alemán puede mitigarse pero no desaparecer y, paradójicamente, se convierte en una de las fuerzas motrices europeas.

Donde los “populistas” tienen buenas chances de acceder finalmente al poder es en Italia. A diferencia de anteriores experiencias en Francia y en Alemania, el original partido “5 Estrellas”, desaparecido Beppe Grillo conducido ahora por un joven Luiggi Di Maio es el que lidera las encuestas para las inminentes elecciones del 4 de marzo. Aunque ceda ante la alianza de centroderecha liderada por el insumergible Silvio Berlusconi, que a sus 81 años ha vuelta con gran fuerza a la política italiana, “5 Estrellas” podría llegar a aliarse con la “Forza Italia” del cavallieri, habida cuenta de la notoria actitud xenófoba de sus principales dirigentes. Una vez más, este desenlace está fundado en la aguda crisis económica italiana, con una deuda que supera el 132% de su PIB.

Quien espera con grandes expectativas el desenlace de estas “movidas” europeas es el Kremlin, mientras realiza breves e incisivas excursiones por los bordes del continente. Serguéi Lavrov, su fantástico canciller, acaba de ofrecer en Belgrado a Moscú como mediadora de las negociaciones entre Serbia y los albaneses de Kosovo, para evitar una agudización evidente del enfrentamiento. Pero por otra parte, Putin mantiene una reconocida amistad con Berlusconi, en varias oportunidades ha tratado con Makron el desarrollo de las relaciones económicas y habla en el mismo lenguaje con la Merkel.

Rusia es ahora, para la Unión Europea, además de un socio proveedor imprescindible, una buena referencia política pese a las airadas críticas de Washington. Y esa es otra de las grandes diferencias con la política estadounidense.

Son cada vez más las voces que reclaman levantar las sanciones con Moscú y volver al gran negocio con ese enorme mercado. Las pérdidas causadas por las medidas punitorias impuestas por Washington DC han provocado multimillonarias pérdidas en el comercio exterior europeo. Las grietas que se presentan en el otrora frente común ante Rusia evidencian que los europeos buscan recuperar el espacio que abandonaron y que fue inmediatamente cubierto por los propios rusos.

La Casa Blanca insiste en mantener un tenaz y cerrado bloqueo con el Kremlin y, con el entusiasta respaldo republicano en el Congreso, sigue lanzando una tras otra sanciones contra Rusia, acusada de promover la derrota de Hillary Clinton en las últimas elecciones presidenciales, pero por otro lado acusada de destruir la política exterior de Trump en Medio Oriente, Europa, Asia y en parte el Caribe… La última acusación descubrió que 13 (¡!) programadores rusos fueron los culpables de engatusar a la opinión pública norteamericana, violar todas las barreras de seguridad interpuestas por la ANS, el FBI, la CIA y el Pentágono para imponer sus designios en los comicios y, como si esto fuera poco, reclutar al mismísimo Trump y su familia para la causa rusa… ¡Llamen a Batman!

Y luego, está el cuitado efecto de reversa o, quizá, la acción de mecanismos dialécticos que hacen que estas medidas provoquen reacciones contrarias a las esperadas. El último y sonado anuncio de un “menú de rusos” en capilla, montado por el Departamento de Estado, en el que juntaron funcionarios, multimillonarios, políticos y otras personalidades de la elite rusa, previsto para que bancos y entidades financieras del “mundo libre” pusieran a dichos “sospechosos” en el banquillo de los observados, provocó el retorno masivo a Rusia de grandes fortunas rusas depositadas en dichos bancos y entidades financieras del “mundo libre”.

A instancias de los oligarcas rusos instalados en Londres, quienes le enviaron una carta pidiendo perdón y facilidades de regreso, el presidente ruso Vladimir Putin respondió dictando una nueva ley de amnistía, que permite repatriar capitales sin ser gravados impositivamente y sin estar sujeto a investigaciones. En estos dos primeros meses del año, sólo el Banco de Ahorros (primero en depósitos) de Rusia recibió repatriados más de 2.000 millones de dólares...

Coincide este movimiento con la debilitación del dólar en los mercados mundiales y su consiguiente repercusión en los Estados Unidos. Este proceso está condicionado por dos factores claves: la restauración del interés hacia los activos de riesgo y el problema del déficit presupuestario y la cuenta corriente del balance de pagos de USA en el marco de los gastos de infraestructura y la reforma impositiva planeada por Trump.

Lo cierto, lo que no alcanza a asimilar Washington, es que el poder omnímodo que detentaba en un mundo unipolar ya fenecido y que llevó incluso al anterior presidente Obama a declarar a los Estados Unidos como una nación “predestinada” y “exclusiva”, es seriamente cuestionado, se tambalea, debe ceder posiciones ante la consolidación de nuevos centros de poder mundial.

Así están las cosas con la política exterior de Washington. El pobre Rex Tillerson, en su vida de CEO de Exxon condecorado por Putin con la Orden de la Amistad, es la clara evidencia de esta dualidad entre la prepotencia rancia y superada de su gobierno y la necesidad de hacer negocios, incluyendo a Exxon, entre las principales socias de las grandes petroleras rusas en enormes proyectos de desarrollo tanto en el Ártico como en el Pacífico oriental.

Algunos mordaces observadores y analistas internacionales incluso chancean con la incapacidad de USA para manejar el conflicto con la República Popular de Corea del Norte. Mientras el histriónico Trump alardea ante su pareja en el escenario, el astuto Kim Jon Un, acerca del largo de su “botón nuclear”, la diplomacia rusa promueve una inesperada cumbre propuesta por el líder norcoreano a su par del sur, el abogado de derechos humanos Moon Jae-in. Esta hábil gestión, que se inscribe dentro de la modalidad de intermediación impuesta por Putin en todos los conflictos: Ucrania, Siria, Kósovo y ahora Corea, se proyecta como una de las grandes innovaciones de la política internacional moderna. Se trata, nada menos, de reconocer la presencia de los nuevos centros de incidencia mundial.

Sería interesante, por ejemplo, hacer un ejercicio de futuro con lo que ocurriría con la unificación de las dos Coreas. ¿Qué potencia surgiría, en el marco de la creciente integración económica y política del sudeste asiático? ¿Cómo se asociaría a organismos regionales como la Organización de Cooperación de Shanghái (OCSH), ya considerada como la OTAN oriental? ¿Con quién “jugaría” este nuevo partido Washington? Mientras tanto, el vicecanciller ruso Igor Morgulov, acaba de ofrecer a Rusia como plaza para el desarrollo de las negociaciones…

En la semana pasada, el canciller Lavrov y su colega uzbeko Abdulazis Kamilov, lanzaron en Tashkent, capital de Uzbekistán, una iniciativa destinada a convocar en marzo una conferencia internacional sobre Afganistán bajo el nombre de “Proceso de paz. Cooperación en el ámbito de la seguridad y la interacción regional”. Rusia, la OCSh y Uzbekistán, país centroasiático de increíble historia (centro del imperio de Tamerlán, fabulosas ciudades como Samarkanda o Bujará) al que le inciden directamente los conflictos bélicos y la presencia norteamericana en el vecino Afganistán, se convierten una vez más en promotores de soluciones integrales en la región sudasiática evitando que los litigios regionales (incluyendo la lucha contra el narcotráfico que se enseñorea en Afganistán) se conviertan en mundiales…

La derrota del terrorista “Estado Islámico” en Siria a manos del ejército del presidente Bashar al Assad respaldado por Rusia, Turquía e Irán, ha generado la confluencia de intereses tan encontrados en la región como Turquía e Irán, Arabia Saudita y Siria, el acercamiento de Jordania a la mesa árabe común, la incipiente atracción de Israel a ese proceso. Con sus más y sus menos. Ningún proceso es lineal. Pero mientras Moscú convoca uno tras otro a los grandes factores políticos del Medio Oriente, Trump califica de “vergonzosa” la política de Rusia en el Medio Oriente y anuncia para mayo el traslado unilateral y a contrapelo de la ONU, de su embajada desde Tel Aviv a Jerusalén. Uno, aliado con China, propone convergencias y acuerdos tanto políticos como económicos. El otro, sólo trata de imponer su voluntad de nación “predestinada” y “exclusiva”. Un elefante en un bazar y, como afirma desde hace siglos la diplomacia rusa, “el Oriente es cosa fina”… El rey saudí Salmán bin Abdulaziz por primera vez invierte casi 4.000 millones de dólares en armamento ruso de altísima sofisticación y el rey jordano Abdalá II visita por primera vez Moscú y lo declara “hermano” a Putin…

Esto ha permitido el despliegue de una potente estrategia en el mercado petrolero mundial. El acuerdo OPEP+Rusia, en realidad Moscú-Er Riad, ha logrado estabilizar el precio del petróleo entre 65 y 67 dólares el barril y, de momento, volver el nivel de reservas mundial a un estado de demanda. Lo que también se refleja en el sector hidrocarburífero norteamericano, autoabastecido ahora por la producción de esquistos. Pese a que la OPEP no logra asociar al acuerdo a los productores estadounidenses, ese nivel de precios todavía no es lo suficientemente seguro como para que las grandes empresas desplacen a los centenares de pequeños y medianos productores de la extracción de shale. La propia calidad de estos pequeños y medianos emprendimientos hace que los bancos tomen extremas medidas de seguridad para conceder los inevitables créditos que se requieren para una actividad tan costosa.

De modo que en el principal mercado mundial que es el petrolero, las acciones son dominadas por esta unión estratégica que ya anunció que continuará “hasta que no se confirme una estabilidad a largo plazo”. La segunda puntada de esta sociedad es el inicio de operaciones en monedas nacionales, evitando el dólar.

Tanto Rusia como China ya habilitaron sus mercados a futuro con estas características. Ha sido el principal tema de negociación entre Igor Sechin, presidente de la estatal rusa “Rosneft”, y su colega saudí de ARAMCO, Amin Nasser, y recientemente entre el ministro de Energía de Rusia, Alexandr Novak, y sus pares saudíes. El objetivo es establecer una acción conjunta con China en los mercados del sudeste asiático.

Hay todavía un nuevo elemento para esta asociación. Tanto Rusia como China están comprando importantes volúmenes de oro. En enero Rusia agregó a sus reservas otras 600.000 onzas (casi 20 toneladas). Desde junio de 2015, el Banco Central de Rusia adquirió más de 576 toneladas. Rusia acumula ahora 1.857 toneladas de oro, mientras que China tiene, según el FMI, 1.843 toneladas. Por lo visto, es otra maniobra para minimizar la utilización del dólar y para establecer al yuan y al rublo como divisas alternativas.

Queda clara la finalidad de esta alianza estratégica y cuál es el sentido de la misma: no se trata de una nueva pelea individual entre líderes o entre países, sino de una batalla por romper la anquilosada hegemonía mundial de Washington e instalar al menos un sistema multipolar sustentado por ejemplo por los BRICS. Esta organización mantiene sus prevalencias y sigue desarrollándose como una alternativa importante en la política internacional. Tanto por sí misma como por la calidad de cada uno de sus integrantes. Es obvio que sus motores son China y Rusia. Como también es obvio que esta pareja, perfectamente conducida por sus líderes Vladímir Putin y Xi Jinping, impulsa acciones que consolidan cada vez más su papel protagónico (¿futura hegemonía?) mundial. En muchos indicadores económicos, científicos, tecnológicos, militares, esta unión supera a los Estados Unidos o lo hará en breve.

Un ejemplo de la incidencia mundial de esta alianza lo da el proyecto “Eurasia”, que unirá las redes de ferrocarriles de alta velocidad europeas con las chinas, a través del territorio ruso. Con una extensión de 50.000 km, creará un sistema que permitirá transportar en dos o tres días de una punta a otra cargas por un volumen de 3 millones de TEU (algo así como 3 millones de contenedores de 20 pies) por año. La alternativa a esto fue el frustrado proyecto de “Asociación transpacífica”, que había promovido el ex presidente norteamericano Barack Obama. El actual presidente Donald Trump lo desactivó calificándolo como no correspondiente a los intereses USA.

Ciertos analistas estadounidenses, por ejemplo Graham Tillett Allison, consideran esta situación como un inminente desafío a Washington, como una cuestión de tiempo. A la postura conjunta chino-rusa seguramente se le unirán otros estados. Pero la evidente supremacía nuclear y misilística rusa y sus enormes recursos materiales hacen que esta alianza liderada por China tenga las mayores posibilidades de resolver a su favor este enfrentamiento, sin llegar a una confrontación bélico-atómica.

Es en ese sentido que hay que considerar la política estadounidense con respecto a Rusia. Su objetivo de mínima es neutralizar a Rusia como segura retaguardia de China y generarle amenazas. El fin máximo es establecer tal régimen político en Moscú que cuando sea necesario intervenga junto con Washington en la embestida final contra China. En ninguno de los casos esta política parece haber logrado algún resultado que no sea la consolidación de la alianza entre ambos gigantes y el fortalecimiento del poder de Vladímir Putin.

En las inminentes elecciones presidenciales de marzo, el mandatario ruso que restableció la imagen de Rusia potencia y satisfizo el elevado nacionalismo del ruso común, va por su 5to. mandato con una enorme aprobación del electorado: más del 70% de los encuestados le da su voto. El Partido Comunista, segunda agrupación política en Rusia, apenas alcanza el 8% y los seudo-disidentes al estilo de Alexandr Navalny, no llegan a figurar en los porcentajes.

A esto se le agrega la estable situación económica de Rusia, que ha hecho que Standard & Poor's y Fitch le asignen el 'investment grade', con lo que se contraponen, una vez más, con la política de cerco implementada por Washington DC. Además de restar como el más grande exportador de recursos energéticos por lo menos hasta 2040, según la británica BP, Rusia se ha convertido en el principal exportador de cereales del mundo, con casi 40 millones de toneladas de trigo. Según se informó, este año los ingresos de Rusia por la exportación de petróleo crecieron en un 30%.

Esto le dio pie a Putin, en la reciente conmemoración del Día del Defensor de Rusia (el 23 de febrero, en la URSS, era el Día del Ejército Rojo…), para afirmar que “un fuerte ejército asegura el desarrollo pacífico del país. Para su creciente desarrollo, para estructurar estables relaciones en la arena internacional. Al parecer así siempre ha sido y, por lo visto, esto es lo normal”. Rusia ha reconquistado el liderazgo mundial en materia de armamentos y ha logrado modernizar sus fuerzas armadas como lo ha demostrado con creces en la derrota del EI en Siria.

En este contexto, la realidad latinoamericana aparece como en un segundo plano. No pareciera contenerse en ningún cuadro de situación estratégica. No es así, claro está. América Latina es un preciado objetivo para los principales jugadores internacionales tanto por sus recursos naturales como por su ubicación geográfica, sus niveles culturales y técnicos y en especial por la ausencia de conflictos étnicos y fronterizos de alguna relevancia.

Los Estados Unidos, viejo conocedor de esta realidad, ya ha instalado dispositivos y fuerzas de control. Por ejemplo la task force destinada a “cuidar” nuestras fronteras norte contra el narcotráfico. Es curioso que esta task force se estacione precisamente sobre el acuífero guaraní, quizá la reserva de agua potable más grande del mundo. También es curioso que otra misión “científica” esté dislocada en Tierra del Fuego, precisamente enfrente de la Antártida, la mayor reserva mundial de recursos naturales.

Creo que es hora de acomodar nuestro tiempo al reloj internacional. Para ello habrá que negociar con estos incipientes nuevos centros de incidencia mundial, de modo de lograr un posicionamiento que nos permita desarrollar conductas independientes y soberanas tanto en relaciones políticas como económicas.

La cadencia de esta nueva política internacional que se puede proponer para nuestro país debería calcularse de acuerdo con los siguientes parámetros:

> Replanteo estratégico del Mercosur como organismo destinado a presentar un frente común suramericano tanto en el plano económico como político mundial. Fuente de acuerdos interregionales que no se circunscriben a tradicionales centros de dependencia como los Estados Unidos o Europa Occidental.

> Reformulación de los roles de la OEA, UNASUR y CELAC. Debería ser posible unificar el esfuerzo y, sobre bases programáticas absolutamente latinoamericanas, conformar una organización inherente en forma exclusiva a los países latinoamericanos. Esto implica reconocer la unidad y coherencia de idiosincrasia, de lengua, de realidades económicas y de estructuras políticas.

> Impulsar un fuerte relacionamiento operativo con organizaciones interregionales per se o a través de las entidades regionales latinoamericanas. En primer lugar con los BRICS, pero también con la OCSh, la ANSEAN, la Unión Económica Euroasiática, la Liga Árabe o la Unión Africana, entre otros.

> Definir qué países representan para la Argentina una sociedad estratégica, basada en criterios de complementariedad económica, objetivos sociales y definiciones culturales.

Requerirá tiempo, gestión coordinada y constante y convocatoria amplia el proceso que finalmente defina con precisión estos objetivos, que los complemente, acepte, rechace, modifique y los proponga tanto en el plano nacional como en el internacional. No se trata de un proceso aislado e individual. Está orgánicamente supeditado a la política económica y financiera que el gobierno de turno lleve adelante. Pero sí debe ser entendido como un plan estratégico, no coyuntural, abarcativo y de alto contenido nacional. Si es que nos da el aliento para acometerlo…

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