El ilustre argentino Raúl Prebisch presentó en 1950 al mundo su concepto de “desarrollo dependiente”, es decir un modelo de estrecha integración de los países emergentes en un sistema mundial, en condiciones de cuasi hegemonía de los países “líderes”, para lograr un mejor posicionamiento de sus negocios en un mundo cada vez más dependiente e interrelacionado.
REVISANDO LA AGENDA
Macri a Moscú: El negocio internacional
El presidente Mauricio Macri viajará el 21/01 con destino a Moscú, para fortalecer con su par ruso, Vladimir Putin, el incremento comercial e impulsar nuevas inversiones, y 2 días después participará del 48vo. Foro Económico Mundial, del 23/01 al 26/01 en Davos, Suiza (donde Rusia enviará al vice primer ministro, Arkadi Dvorkóvich). No se descarta una reunión con el francés Emmanuel Macron, en París. ¿Qué es necesario que tengan en cuenta quienes preparan el viaje de Macri a Rusia? Conocedor como muy pocos de los vínculos bilaterales, Hernando Kleimans ordenó la agenda:
Hoy, en la realidad de la globalización financiera de fines del Siglo XX y principios del XXI, este modelo sigue lidiando con los principios formulados por el Consenso de Washington. Este término, generado por el economista John Williamson, conjugó diez puntos de cumplimiento obligatorio por los países emergentes atacados por la crisis. El FMI, el Banco Mundial, el Tesoro norteamericano plantean imponer una estabilización macroeconómica “abriendo” los mercados internos de dichos países a la intromisión de los grandes grupos económicos y financieros mundiales, acompañada por severas políticas de ajustes sociales y achicamiento del Estado.
Podemos describir esta plataforma como la base programática del neoliberalismo.
Este nuevo capitalismo global exige de los países emergentes una dura política monetaria y crediticia, la liberación de los mercados financieros, la privatización absoluta y la desregulación de la economía.
La contradicción entre la soberanía geopolítica en que se basa el modelo de Prebisch y la dependencia económica que plantea Williamson puede resolverse de dos maneras: a través de la adaptación del modelo económico en correspondencia con ese estatus geopolítico o, por el contrario, transformando la “economía de dependencia” en “política de dependencia”.
En esencia, ésta es la línea primordial que debe regir un análisis objetivo de la realidad internacional en este flamante 2018.
La relativa estabilidad en los últimos años de la economía de los países más desarrollados generó la ilusión de que la fiebre financiera que los Estados Unidos contagiaran al mundo entero hace un decenio fue afortunadamente curada por las multimillonarias inyecciones presupuestarias en los bancos privados que, sin ellas, hubiesen quebrado como pompas de jabón.
Pero, de todas formas, el horizonte económico mundial no se clarificó. Bloomberg advirtió que “tras un mejor período de crecimiento sincrónico de las economías desarrolladas durante el último decenio, se ciernen negros nubarrones listos para volcar inestabilidad en el mercado mundial”.
Según la agencia, las especulaciones financieras en el mercado no tienen un respaldo seguro en una economía que suministre al mercado concreta producción mercantil. Es decir, esta nueva burbuja especulativa que se está formando no alcanza a conectarse con el sector real de la economía. No hay suficientes posibilidades para inversiones y activos seguros, respaldados por la producción material, que aseguren la gestión en el caso de que la situación en el mercado financiero se complique y agrave.
Si hasta hace poco tiempo atrás los grandes inversores internacionales consideraban “activos seguros” las obligaciones del Tesoro norteamericano o de Alemania o Inglaterra, hoy esa seguridad tambalea.
En este fin de año, el tablero luminoso que Durst Organization, una de las compañías desarrolladoras más antiguas de Nueva York, volvió a colgar en Times Square, señalaba un endeudamiento público de los Estados Unidos de casi… US$ 21 billones… Son principales acreedores de esta deuda China, con casi US$ 1,5 billón y Japón con algo más de US$ 1 billón. Rusia “apenas” supera los US$ 105.000 millones. ¿Qué pasaría si estos acreedores reclamaran sus acreencias? ¿O qué pasaría con esos acreedores si el deudor quiebra?
Esta situación, que incluso ha vuelto a poner sobre el tapete la solvencia del propio gobierno norteamericano ya que una vez más debe recurrir al Congreso para que le apruebe en la práctica nuevas emisiones que le permitan financiarse, se convierte en uno de los principales vectores de la realidad internacional y, por supuesto, hace ya muchos años que ha dejado de ser privativa de la política interna estadounidense.
Los denodados esfuerzos de la Administración Trump para retomar la hegemonía monopolar en la arena internacional se dan de bruces contra esta realidad y, por más que blanda flamígeras espadas de feroces reprimendas, la vida ha comenzado a pasar por más carriles. En la mayoría de los casos, Washington ya no comanda todos los carriles.
El proceso es seriamente influenciado por la situación en el mundo energético y más concretamente en los mercados de hidrocarburos. La disyuntiva planteada en él hace algunos años, con la aparición de los EE.UU. como uno de los potenciales mayores exportadores de gas, aupados en el sensacional incremento de la extracción de gas de esquisto (shale) se encuentra diluida a dos bandas.
Por un lado, los costos de extracción siguen siendo muy altos, complicados además por esquemas financieros nada “blandos”, y los volúmenes extraídos no se sostienen en el tiempo y por el contrario auguran abruptas caídas.
Por otro lado, el afiatado convenio OPEP+Rusia ha permitido enfrentar la amenaza norteamericana en los mercados mundiales reduciendo la producción y consolidando un precio de alrededor de US$ 60 el barril -muy razonable para los principales productores y exportadores como Rusia y Arabia Saudita, donde los bajos costos de extracción de producto convencional permiten obtener una cómoda ganancia si, por ejemplo, tomamos en cuenta que en Rusia el costo para extraer un barril de crudo URALS, Siberian Lights o REBCO (las marcas rusas de petróleo de exportación) apenas supera los US$ 10.
Lo que parecía una ensoñación utópica hace un par de décadas se ha convertido en realidad palpable. Surgieron otros centros de poder mundial que no necesitan pasar por Washington para registrarse. Los recientes acuerdos entre Rusia y Arabia Saudita (algo inviable hasta hace un par de años) van más allá de compromisos de precios para hidrocarburos. Pronto comenzarán las obras para una central atómica rusa en el país árabe.
La misma situación tiene lugar entre Rusia y Turquía, tradicionales adversarios en la región del Mar Negro desde la época de Pedro el Grande. Ahora Turquía, además de convertirse en el mayor receptor de turismo ruso, comienza a recibir, vía ducto “Torrente Azul”, el gas necesario para su economía pero además para reexportarlo a Israel y, mediante una módica extensión vía Grecia, hacia el sur de Europa donde ya Italia acordó con Rusia proveerse de dicho ducto.
La misma vista panorámica puede aplicarse a las relaciones Rusia-Irán. Los vínculos entre estos dos países son remotos: cuando uno era el Imperio Zarista y el otro era el Imperio Persa. Nunca se debilitaron. Pero hoy se sostienen por poderosos pilares económicos y militares. Desde la explotación conjunta de campos petrolíferos iraníes y la construcción de centrales atómicas hasta la provisión de equipamiento militar para reemplazar el obsoleto armamento de la guardia revolucionaria y el ejército iraníes.
El decidido y absoluto respaldo del Kremlin al presidente Assad permitió, como primera consecuencia, consolidar este trío de países en la cúspide de las decisiones política en el estratégico campo del Asia Menor. Bien lo sabía Winston Churchill, cuando concentraba los esfuerzos internacionales ingleses en esa región. Ahora, lo que ocurrió es que, con o sin rechinar de dientes, a esa troika se adhieren Er Riad y el Cairo. Acaballada entre Europa y Asia, Rusia bien sabe lo que es tratar con el Asia musulmana. “El Oriente es cosa fina”, dice un viejo proverbio ruso.
Pese a los antagonismos entre chiitas, sunitas, wahabíes y yihadistas, esta “fina” relación ha extinguido el peligro disociador del “Estado Islámico” cuyos principales cabecillas fueron transportados por helicópteros estadounidenses a Afganistán.
Como segunda consecuencia, la acción militar del ejército sirio, respaldado por la “troika” ruso-iraní-turca fortaleció el estratégico papel de Damasco como punto de transferencia de hidrocarburos y como enclave árabe en la confrontación con Israel. Un papel que salió fortalecido del ex abrupto washingtoniano de declarar a Jerusalén capital israelí.
Pese a las abiertas amenazas de la Casa Blanca, la comunidad internacional a través de la ONU demostró firmeza y sentido común reiterando el status de la capital de las religiones.
Así las cosas, el resumen de lo actuado en Medio Oriente arroja un enorme saldo a favor de la “troika”, un importante estancamiento de sus relaciones en la región para los Estados Unidos y un ejemplar castigo al terrorismo internacional que, por ser internacional, también tiene financiación “multilateral”.
En un año de seguro altamente decepcionante, Donald Trump puede haberse dado cuenta que gobernar un país tan complicado como los Estados Unidos no es lo mismo que participar de un talk show en la televisión norteamericana. De todos sus bravos discursos preelectorales no han quedado demasiados restos. El silente establishment de Washington lo rodeó, lo podó, le acomodó su jopo, le metió su discursos entre los dientes y ahora y no tiene otra cosa, para perdurar superando las amenazas de juicio político, que ser el Llanero Solitario mundial.
Quien ha terminado 2017 con saldo netamente a favor es Vladímir Putin. El presidente ruso tiene en marzo de este año la posibilidad de relanzar su liderazgo. Para estas elecciones presidenciales, Putin goza con la aplastante aprobación de su mandato. El remozado partido comunista y el conservador Partido Liberal Demócrata reúnen en conjunto un 25% del electorado, en el mejor de los casos.
Otras expresiones políticas son insignificantes aunque la prensa occidental se afane en mostrarlas como “alternativas válidas”. Tal el caso de Alexandr Naválni, un abogado egresado de Yale que se hizo popular por sus denuncias desde su Fundación anti-corrupción e impopular por sus condenas de negocios no demasiado cristalinos, o de Xenia Sobchak, hija de uno de los “padres” de la perestroika, ex alcalde de San Petersburgo, el fallecido Anatoli Sobchak.
Xenia, estrella televisiva famosa por sus escándalos, ahora devenida en activista social, carece de estructura que sustente su campaña la que tiene todos los visos de una campaña de relaciones públicas en momentos en que su popularidad televisiva declina.
Quizá el principal logro de la reorientada política exterior rusa, comandada por el experto y astuto diplomático Serguéi Lavrov, es haber soldado en un solo haz estratégico a su país con China. Es una alianza centrípeta que ha atraído a países fundamentales como India o el propio Brasil, pese a Michel Temer. Está basada en una firme pero suave y amable oposición a los dictados de Washington y sostenida por una política económica común que despliega grandes proyectos energéticos, de transporte o industriales, con incidencia en los destinos de Eurasia.
En su expresión formal, esta alianza estratégica tiene varias vidrieras. La más ecuménica es, sin duda, los BRICS, un grupo de países que, a iniciativa de Lula comenzó a gestarse en 2006 y hoy ya es una organización con banco propio, con sistemas de intercambio comercial que excluyen el dólar privilegiando a las monedas nacionales, con organismos coordinadores de la acción y con una lista importante de candidatos a unírsele: Argentina, México, Egipto, Indonesia, etc.
Otra concreción de la alianza se evidencia en la Organización de Cooperación de Shanghái, integrada por Rusia, China, India, Kazajstán, Kirguizia, Paquistán, Tadzhikistán y Uzbekistán, siendo observadores Afganistán, Belarús, Irán y Mongolia y países asociados Azerbaidhzán, Armenia, Camboya, Nepal, Turquía y Shri Lanka.
La OCSh despliega una fuerte acción política y de defensa, con maniobras “antiterroristas” en todos sus estados miembros. Esto incluye incorporar a su plataforma la actividad desplegada por las Fuerzas Colectiva de Reacción Operativa de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva que nuclea a varias repúblicas ex soviéticas y a algunos países observadores como Afganistán y Serbia.
Además, la OCSh mantiene intensas relaciones con la flamante Unión Económica Euroasiática. La UEE, una iniciativa de Putin que tiene como objetivo final la formación de una Unión Europea 2, reúne prácticamente a todas las ex repúblicas soviéticas.
En el marco de la UEE se desarrollan intensos programas de integración económica y entre la UEE y China, por ejemplo, se proyectan obras tales como la carretera Beijing-Berlín o “La Fuerza de Siberia”, un sistema de ductos que permitirá suplir a China y la India con enormes cantidades de producto o el sistema eléctrico internacional integrado.
Estos movimientos estratégicos tienen, naturalmente, su reflejo en las relaciones con la Unión Europea. Pese al absurdo sistema de sanciones y listas de excomulgados entre Rusia y la UE+EE.UU., la realidad impone el desarrollo de proyectos conjuntos de extrema necesidad. Por ejemplo la habilitación del Ártico como la ruta más apropiada y económica de vinculación entre Europa y el Sudeste asiático. O la explotación conjunta de yacimientos submarinos de hidrocarburos, por citar sólo dos ejemplos arquetípicos.
Es interesante comprobar que esta conjunción de intereses está generando en Europa un movimiento “independentista”, prima facie evidenciado por descollantes actuaciones electorales del nacionalismo europeo cuyo punto culminante es el “Brexit” británico, pero también con resonantes aplicaciones del sentido común económico, como el rechazo a suplantar el gas ruso por el GNL norteamericano. Razones de costo y de logística han impuesto un criterio de conveniencia común.
Protagonismos europeos que se consideraban estables y sólidos están siendo minados por esta realidad, acompañada por la ominosa presencia de millones de refugiados “no deseables” pero “convenientes”. Mariano Rajoy jaqueado por situaciones políticas como la catalana que está lejos de dominar e interpelado por formaciones nuevas como “Podemos”. La indestructible Ángela Merkel con una interna feroz. En Italia discuten a ver quién se queda con qué gobierno. Los nuevos de la UE, como Polonia, ejerciendo una descarada política de derecha fascista y revanchista. El joven Emanuelle Macron tratando de hacer equilibrio entre la derecha de Marine Le Pen y las presiones de Washington. Theresa en Londres probando ya caminos de retirada de Downing Street 10.
No es de extrañar que en estas condiciones y con estos inseguros aliados, Washington haya endurecido su discurso, dispuesto la locación de misiles “antiaéreos” que no se sabe bien a quién apuntan en el borde oriental de la OTAN y anunciado, por boca de sus generales que ha vuelto la guerra fría. Y esto es muy peligroso.
La chispa puede encenderse en lugares tan lejanos como la Península de Corea, pero de inmediato golpeará en los escenarios principales. La amenaza nuclear es ahora mucho más ominosa que en la década del 50. Con un nuevo componente como la acción del terrorismo internacional, por darle un nombre, aunque yo preferiría definirlo como el brazo armado de intereses económicos y políticos mucho más omnipotentes y omnipresentes que Abu Bakr al-Baghdadi, cabecilla del autodenominado “Estado Islámico”.
Es evidente que las actuales organizaciones, entidades y grupos internacionales, con algunas honrosas excepciones, no están a la altura de esta situación. La ONU, con excelentes discursos y resoluciones de su Asamblea General pero con nulas decisiones ejecutivas, paralizada por una dura lucha interna por una reorganización que de paso a esas nuevas realidades.
La OTAN, transformada en un organismo cuasi policial que atiende conflictos internos, el FMI, todavía y en teoría dependiente de la ONU pero en la práctica atado a las “recomendaciones” de los grandes lobbies financieros mundiales. Una OMC que palidece cada vez que la miran y que se desmaya cada vez que le presentan un conflicto de intereses comerciales. Mientras el G-20 pasea por el mundo su impotencia, otros como el recordado G-7 han dejado misericordiosamente de existir.
¿Pronósticos? ¿Recomendaciones? ¿Conclusiones? Si excluimos nuestro tradicional “No te metás” y pudiésemos hacer un análisis sensato de nuestras posibilidades, nuestros recursos, nuestras necesidades y nuestras carencias, tendríamos que volver a construir una política internacional adscripta al proceso de formación de un mundo multipolar.
De hecho, ese mundo ya existe. Sólo hace falta comprar un pasaje e instalarse en ese proceso. América Latina debe tener una actuación preponderante en él, en tanto es un continente privilegiado por Dios en riquezas naturales y en recursos humanos. La Argentina puede ser uno de los países latinoamericanos que encabece la marcha. Los organismos apropiados para ello ya existen. Hay que darles simplemente vida y dotarlos de una sensata visión del mundo. Se entiende por sensata la visión que nos favorezca. Sin declamaciones entusiastas sobre nuestra “inserción en el mundo”. No sirven. Con gestiones profesionales en los sectores más propicios para nuestro negocio. Buscando los socios o los clientes que más nos convengan. Sin morisquetas ideológicas. Para ganar plata…











