UN GRITO FEDERAL

Historias del Bicentenario: Artigas, continuador de Moreno

José Gervasio Artigas Arnal fue un coprotagonista importante de la historia del Bicentenario, con una influencia notable en lo que hoy día es Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Santiago del Estero, Corrientes y Misiones, sur del Paraguay y Uruguay. Todos territorios que no estuvieron en San Miguel del Tucumán el 09/07/1816, por diferentes razones. No fueron comprendidas sus banderas federales por el gobierno de Ciudad de Buenos Aires, en especial durante el período de influencia de Carlos María Alvear. A su vez, él gozó de la desconfianza de José de San Martín, que no comulgaba con los caudillos de masas tumultuosas, con la excepción de Martín Miguel de Güemes. Sin embargo, es necesario comprender el rol decisivo de Artigas en esta historia de la independencia. Recomendable la "Historia de Artigas y de la independencia Argentina", por Eduardo Azcuy Ameghino, para quien Artigas es quien, sin proponérselo, levanta banderas que habrían sido de Mariano Moreno. Si esto fuese cierto, también cabe aplicarle a Artigas el cierto autoritarismo que le endilgaron muchos a Moreno. En fin, aquí algunos fragmentos:

por EDUARDO AZCUY AMEGHINO

A partir de mediados de 1811, fue cada vez mayor el peso de los consejos y presiones de la diplomacia británica, contraria; según el embajador Stanford; a “todo intento prematuro por parte de esas colonias de declarase independientes”. En igual sentido influyeron sobre la política del Triunvirato la suerte adversa de las campañas militares y la creciente dificultad que encontraba para contener bajo su dominio a las distintas expresiones de la movilización de los pueblos, que estimulados por la lucha contra la metrópoli pretendían también afirmar la autonomía de sus provincias y mejorar sus condiciones de existencia, aspiraciones que en más de una ocasión serían motejadas por las elites hegemónicas con los nombres temidos de “anarquía” y “federalismo”.

En relación a la influencia de los vaivenes de la guerra, debe señalarse que si bien la derrota de Huaqui y la amenaza portuguesa en la Banda Oriental suponían serios peligros; y duras pruebas al temple de los revolucionarios; también se contabilizaban sucesos favorables: en las Piedras se había infringido una importante derrota a las fuerzas de Elío; en el Paraguay, la revolución del 14 y 15 de mayo había eliminado el poder español en una región de gran importancia estratégica, lo que no podía dejar de inquietar a los Portugueses. Finalmente, el entusiasmo y el valor de los hombres convocados por la defensa de su patria se presentaban; y de ese modo lo comprendió Artigas; como factores decisivos para su triunfo.

Sin embargo, para las dirigencias que dictaban la política del momento, todo debía adecuarse a la consecución de la estabilidad de su gobierno, y al acompasamiento; y adaptación, de la situación local a los vaivenes de la lucha en Europa, facilitando mientras tanto la profundización del libre cambio de los cueros vacunos por las manufacturas importadas.

Este modelo imponía mantener bajo control las situaciones provinciales, razón por la cual se tendió a concentrar cada vez más en Buenos Aires el ejercicio del poder y la dirección del proceso abierto en 1810, reafirmándose al efecto las prerrogativas que como capital virreinal le habían correspondido en el antiguo régimen.

El localismo de mira estrecha y algunas pocas honorables negociaciones diplomáticas fueron también consecuencias de la regresión pragmática de la conducción patriota, elocuentemente plasmada en el Tratado de Pacificación de 1811, en el protectorado inglés propuesto por Alvear en 1815, y en las gestiones relacionadas con la invasión  portuguesa de la Banda Oriental en 1816.

Así, a los pocos meses de producirse, el pronunciamiento de Mayo cristalizaba en tendencias políticas contrapuestas que, aunque coincidentes en lo antiespañol, se caracterizaron por su contenido más democrático y radical una, y por su creciente autoritarismo conservador la otra.

Es decir, 2 caminos, 2 perspectivas y 2 modos de comprender la revolución, sus fines y objetivos.

Sobre esta base sostenemos que José Artigas, tanto por su firmeza independista como por los contenidos reformistas de su pensamiento socioeconómico, fue el principal continuador de lo esencial de la doctrina inspirada por Moreno.

José Artigas desertó de las fuerzas al mando del virrey Elío en vísperas del Grito de Asencio. Este suceso, “extraordinario para la marcha de la revolución de 1810” se produjo el 15 de febrero de 1811, cuando el entonces oficial del cuerpo de blandengues marchó hacia Bs. As. para formalizar su adhesión a la lucha contra el colonialismo español.

Río de Janeiro

El 28 de diciembre de 1814 partían Belgrano y Rivadavia hacia Europa, con instrucciones que los autorizaban a “negociar el establecimiento de monarquías constitucionales en América, ya fuese coronado un príncipe español, ya uno inglés o de otra casa poderosa, si España insistía en la dependencia servil de las provincias”.

El cumplimiento de la tarea encomendada los llevó inicialmente a Río de Janeiro, donde “muy luego se convencieron los comisionados que no debían contar con Gran Bretaña en la lucha de las colonias españolas contra su metrópoli”.

Durante su estadía en Brasil pudieron también intercambiar ideas con Manuel García, recién llegado allí en calidad de agente confidencial del director Alvear, quien luego del triunfo oriental en Guayabos lo había enviado con la misión de solicitar el protectorado británico, ya que su país; según dice la nota dirigida al gobierno inglés; “no está en edad, ni estado de gobernarse por sí mismo y necesita una mano exterior que lo dirija y lo contenga en la espera del orden, antes que se precipite en los horrores de la anarquía”.

La iniciativa felizmente no se consumó; sin embargo su espíritu expresa el pensamiento más profundo de una parte de la dirigencia porteña y el sentido de la actuación directoral, ya que, como señalaba el mencionado García: “La anarquía que todo lo empobrece, despuebla y desune y es el mayor de todos los males, y en la alternativa, puede preferirse el establecimiento del sistema colonial”.

Artigas convicto y hostigado por el Directorio, resulto favorecido por el triunfo de Blas Basualdo, con la colaboración de fuerzas paraguayas sobre el gobernador de Misiones, y por la victoria de José Eusebio Hereñú y la Calzada sobre Holmberg; el 22 de febrero de 1814; que provocó el amotinamiento de las tropas el coronel de la Quintana y su inmediato retiro, dejando a la provinciade Entre Ríos liberada de la autoridad del gobierno central. Poco antes de verse obligado a la evacuación, un informe de este jefe daba elocuentes de la popularidad alcanzada por el artiguismo en la región: “El edificio está por desplomarse, los habitantes y la milicia de Entre Ríos están decididos a recibir con agrado a los anarquistas. Mi situación es poco menos que insostenible”.

La expansión

Sin perjuicio de la continuidad de dichos conflictos y mientras los patriotas orientales consolidaban el control sobre la totalidad de su geografía, el artiguismo continuó expandiéndose en las provincias litorales.

Ante la aproximación de las fuerzas federales al mando de Manuel Francisco Artigas, hermano del caudillo; y Andrés Latorre, el 24 de marzo de 1815 el general Díaz Vélez evacuó Santa Fe, la que de ese modo eliminaba su dependencia del gobierno de Bs. As. e imponía su “soberanía particular”: El Cabildo nombró gobernador a don Francisco Antonio Candioti, uno de los terratenientes más influyentes de la provincia, "y flameó por primera vez en la plaza de la ciudad la bandera tricolor del federalismo”.

El 29 de marzo también Córdoba sacudió el control porteño y declaró su adhesión a la causa artiguista. Ese día, el gobernador intendente Francisco Ortiz de Ocampo presentó su renuncia ante un cabildo abierto reunido de urgencia, tras haber recibido pocas horas antes un perentorio oficio de Artigas intimando a que “V.S. y las tropas que oprimen a ese pueblo le dejen en pleno goce de sus derechos, retirándose a la de Buenos Aires en el término preciso de 24 horas; de lo contrario marcharan mis armas a esa ciudad, y experimentara V.S. los desastres de la guerra”

Inmediatamente fue nombrado gobernador el coronel José Javier Díaz, quien el 27 de abril de 1815 firmó el documento, muy poco difundido, incluso por sus mismos autores, en que consta la declaración de la independencia adoptada por la asamblea provincial.

Frente a las noticias que recibiera sobre el movimiento autonomista en ascenso, Alvear despachó una expedición militar destinada a reprimir a los santafesinos. La iniciativa bélica fue acompañada por un manifiesto publicado 2 días después en la Gaceta, donde se retrataba con nitidez la visión del artiguismo que predominaba en el poder directoral: “Los campos desiertos, saqueados los pueblos, las estancias incendiadas, las familias errantes, destruida la fortuna particular de los ciudadanos, despreciada la religión santa de nuestros mayores, los asesinos con el mando, autorizados los más hondos crímenes y el país más hermoso del mundo convertido en un teatro de sangre y desolación: Tales son los resultados de la anarquía que tratan de introducir aquellos caudillos en nuestro territorio para completar sus miras ambiciosas de perfidia”.

Finalmente los hechos se precipitaron: Afirmada la rebeldía santafesina y cordobesa, el 3 de abril, en Pontezuelas, el ejército que marchaba a reprimir la expansión del artiguismo detuvo sus marchas y se pronunció contra Alvear, agudizándose la crisis política que rápidamente culminaría, el día 17, con su destitución, quedando provisoriamente a cargo del Directorio de las Provincias Unidas, por elección del Cabildo bonaerense, el general rebelde Álvarez Thomas. Pocos días antes, el 13 de abril, en su calidad de protector, Artigas había atravesado el río Paraná con una escolta de 50 hombres y entrado en Santa Fe.

Acomodándose a circunstancias, el ayuntamiento porteño se apresuró a “dar testimonio del aprecio que le merece la conducta del general de los Orientales don José Artigas, como también la más pública y solemne satisfacción de la violencia con que fue estrechado por la fuerza y amenazas del tirano, a suscribir la inicua proclama del 5 del pasado abril ultrajante del distinguido mérito de aquél jefe… (disponiendo además que) se quemen por mano del verdugo en medio de la plaza de la Victoria los ejemplares que existen de dicha proclama”.

La invasión

Frustrados en 1815 los intentos por lograr un avenimiento, la guerra civil volvió a recrudecer. El partido directoral no cejaba en sus esfuerzos por constituir a Bs. As. en el puerto único de las crecientes importaciones y exportaciones de las provincias bajo su dependencia, lo que además de las disputas en Entre Ríos explica la constante presión que ejerció sobre Santa Fe, pieza fundamental para el esquema centralista por su dominio del Paraná y de las comunicaciones del interior.

En las condiciones descritas, con la afirmación del artiguismo y el relativo equilibrio de los bandos en disputa, sólo nuevas y muy adversas circunstancias podrían modificar el curso de los sucesos. Estas se precipitaron cuando, a mediados de agosto de 1816, “el ejército portugués bajo el mando del hábil general D. Carlos F. Lecor, barón de la Laguna, empezó sus hostilidades so pretexto que el fuego de la anarquía que devoraba la Banda Oriental podría incendiar a su vecino Brasil”.

La movida del colonialismo lusitano no tomó desprevenido a Artigas, que desde principios de 1816 había hecho redoblar la vigilancia en la frontera: “Según toda probabilidad y una carta particular de las tramoyas de Janeiro; alertaba a Rivera; los portugueses intentaban venirse sobre la Banda Oriental para abril o mayo… En dicha carta se hace referencia a las intrigas de Buenos Aires sobre el particular y cuanto contribuyeren los emigrados de ese pueblo al meditado proyecto. Es preciso que ahora más que nunca se redoble la energía y estén ustedes con cuatro ojos al ver venir las cosas”.

En julio, el líder oriental apuraba las medidas defensivas ante la inminencia de la invasión: “Es preciso que todos los pueblos hagan su esfuerzo; escribió a Andresito; y que todos corran a las armas como lo estamos haciendo aquí para acabar con Portugal. De lo contrario no podremos lograr la felicidad que apetecemos”.

Artigas conocía que desde tiempo atrás, en los informes que sus agentes dirigían a la Corte portuguesa, se mencionaba con alarma “el espíritu de ese quimérico e infeliz fantasma de la libertad e independencia, que él defiende en sus proclamas, fáciles de concebir y ser apoyadas por la gentuza inferior de la campaña que bebieron desde su infancia la misma doctrina y hasta algunos fueron sus antiguos compañeros en las faenas de preparar cueros”.

Como se ha indicado, su carácter colonialista y el temor al desorden social que asociaban al artiguismo, fundamentos de fondo de la decisión portuguesa de invadir la Banda Oriental; fueron eficazmente estimulados por distintos referentes del régimen directoral. Así lo registran las crónicas de la época: “Los de Bs. A. (forzoso es decirlo), no pudiendo contener el torrente de la opinión que Artigas sembraba en el resto de las provincias, y no pudiendo con las armas contrarrestarle, llamaron a los portugueses para que les ayudasen a destituir…”

Otro testigo de los sucesos apuntó que la invasión “era provocada desde Bs. As. por un partido exaltado, refiriéndose a una misión secreta que cultivaba en Río de Janeiro el enviado argentino don José M. García para pulverizar al general Artigas, que conmovía y seducía a las Provincias de la Unión en armas contra la capital, principalmente las de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Córdoba, de las que Artigas se titulaba Protector de los Pueblos Libres”.

El contenido de estas afirmaciones, coincidentes con otros testimonios, debe considerarse detenidamente, pues una vez establecida su veracidad se transforma en una clave decisiva para la interpretación histórica del período 1816-1820, incluida la evaluación del papel del Directorio y el Congreso de Tucumán en esos años.

¿Tenía razón Artigas al señalar; en agosto de 1816; “que nuestra existencia política está minada por la intriga con el gabinete portugués, y que no sin fundamento hemos mirado con recelo a todos los mandatarios de Buenos Aires"?

Sin duda la situación política imperante en la Plata entregaba elementos de juicio suficientemente significativos como para estimular que observadores relevantes de aquel momento los registraran en sus documentos. Uno de ellos, el ministro francés residente en Río de Janeiro, coronel Maler, analizando la suspensión de la ayuda que se había enviado en los primeros momentos a Montevideo, informaba a sus superiores sobre “el apresuramiento con que para aquella época el Director propietario Pueyrredón voló hacia Bs. As. a donde llegó sin ser esperado, apresurándose a detener el envío de cualquier otro socorro. No hay duda alguna de que ese Director y la mayoría del Congreso de Tucumán se han echado enteramente en los brazos de los portugueses”.

El 22 de septiembre de 1816 el comodoro inglés Bowles, comandante de las fuerzas navales británicas en América del Sur, envió al Almirantazgo un detallado análisis de la situación en el Río de la Plata: “No es extraño pues, que en una circunstancia de tal alarma, el descontento y el desorden existan, y que, mientras un partido se inclina a solicitar ayuda del exterior, otro piense en reunir a lo mejor de su propio pueblo para solucionar la situación. Es por eses motivos que, primero Santa Fe y después Córdoba, se hayan aliado al partido de Artigas en contra de este gobierno, de quien se consideran alejados y abandonados; y como los dos partidos están igualmente exasperados y decididos a proseguir, es de temerse que, excepto que el triunfo de los portugueses allane rápidamente este problema, se sucedan escenas aún más serias y desastrosas de las que hasta aquí han sucedido ya”.

Y agrega sobre la conducta del ejecutivo porteño: “tenemos todas las razones para suponer que ha estado llevando a cabo negociaciones con la corte de Río de Janeiro”.

En determinadas circunstancias históricas, a partir de la invasión de 1816, fue Portugal y no España el enemigo más inmediato y peligroso de la revolución anticolonial independista iniciada en Mayo de 1810; al menos lo fue en la región oriental, incluidas Misiones, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe, directamente agredidas en tanto provincias integrantes de los Pueblos Libres.

Por lo tanto, desde el punto de vista de la historia argentina resulta injustificable que se haya considerado más valioso el patriotismo antiespañol, que el patriotismo anti portugués; que se haya pensado que Salta o Jujuy eran más parte de la nueva patria en construcción que la Mesopotamia y la Banda Oriental del Uruguay.

Contrariamente, el modo como Artigas evaluaba el papel de España, Portugal y Buenos Aires en el contexto del proceso emancipador, puede ejemplificarse con el oficio que dirigiera al caudillo salteño Martín Güemes a principios de 1816: “Contener al enemigo después de la desgracia de Sipe Sipe debe ser nuestro principal objetivo. Por acá no hacemos menos esfuerzos por contener las miras de Portugal. Este gobierno rodeado de intrigantes duplica sus tentativas; pero halla en nuestros pechos la barrera insuperable. La fría indiferencia de Bs.As. y sus agentes en aquella corte me confirman su debilidad. Nada tenemos que esperar sino de nosotros mismos (…). Por ahora nuestro afán es contener al extranjero; pero si el año 1816 sopla favorable, ya desembarazados de estos peligros, podremos ocurrir  a los del interior, que nos son igualmente desventajosos. Entonces, se un solo golpe será más fácil reunir los intereses y sentimientos de todos los pueblos, y salvarlos con su propia energía”.

Como se ha visto, con la condescendencia del directorio con la invasión Portuguesa buscaba entre sus objetivos principales la eliminación de Artigas, que constituía una peligrosa amenaza para los intereses estratégicos de ambos poderes. Coherentemente con esto, Bs. As. sólo auxiliaría a los orientales sobre la base de la derrota política de la posición artiguista, es decir, acabando con la “soberanía particular de los pueblos”, que el jefe oriental definiera como el dogma de la revolución.

Pueyrredón fue muy claro al respecto: “El ejército portugués invade el territorio oriental por la razón de su independencia y separación voluntaria y reconocida de la masa general de las Provincia Unidas. Desaparezca pues esta especiosa razón. Póngase Montevideo en la unión de las demás provincias por un acto libre y voluntario de sus habitantes, y entonces pondremos a los portugueses en la necesidad de respetar esa plaza o declararse también contra nosotros (…). Si esto no fuera verificable no me queda más arbitrio que el de abrir con la mayor cordialidad nuestros brazos y nuestras habitaciones a todos los habitantes que quieran sustraerse de una dominación extranjera”.

El destinatario de esta nota, Miguel Barreiro, que actuaba como delegado de Artigas en el cabildo de Montevideo, envió una diputación ante el Ejecutivo porteño integrada por Juan J. Durán y Juan F. Giró, “para que con la brevedad posible soliciten los auxilios que reclaman las actuales urgencias de esta provincia, injustamente invadida por la nación portuguesa”.

Artigas, fiel a sus ideas, reafirmó la decisión de no traficar con Bs. As. hasta que las autoridades no se sumaran a la lucha contra los portugueses; mientras tanto, celebró un tratado comercial con los ingleses para paliar en alguna medida la falta del puerto oceánico, siempre teniendo en cuenta que, como lo había establecido tiempo atrás, “los ingleses deben someterse a las leyes territoriales según lo verifican todas las naciones, y la misma Inglaterra en sus puertos”.

Entre las iniciativas que el jefe oriental desplegó en tan apuradas circunstancias se cuenta un intento de recomposición de las relaciones políticas con el Paraguay, las cuales se habían deteriorado en virtud de antiguas intervenciones de Artigas en los asuntos de aquel gobierno, al que desde siempre procuro sumar, de un modo u otro, a su lucha contra el centralismo porteño.