La pelea por la final del Mundial 2030 ya se metió en la campaña electoral española y amenaza con desbordar la negociación entre sedes. Alberto Núñez Feijóo prepara un desafío a la FIFA que elevaría el coste de elegir a Marruecos: poner sobre la mesa la retirada de España de la organización.
ÓRDAGO POR LA FINAL
Feijóo desafía a la FIFA y amenaza con sacar a España del Mundial 2030
Si llega al Gobierno, el PP plantea retirar a España de la organización del Mundial 2030 si la final va a Marruecos. La Federación rechaza esa salida.
España comparte el torneo con Portugal y Marruecos, pero el reparto del partido decisivo mantiene abierta una disputa por el prestigio y el protagonismo dentro del proyecto. El Santiago Bernabéu y el Camp Nou compiten con el futuro Gran Estadio Hassan II, cerca de Casablanca, mientras la decisión definitiva sigue en manos de la FIFA. Con las elecciones generales del 29 de noviembre como telón de fondo, esa competencia ofrece al PP otro frente para cuestionar la capacidad del Gobierno de Pedro Sánchez para defender los intereses españoles.
Según adelantó COPE, Feijóo propondrá retirar a España de la organización si llega a la presidencia del Gobierno y la FIFA concede la final a Marruecos. La posición convierte la continuidad española en una herramienta de presión, aunque choca con el criterio de la Real Federación Española de Fútbol: su presidente, Rafael Louzán, descarta esa salida por los compromisos adquiridos con los demás organizadores y con el organismo internacional. El pulso enfrenta así una propuesta electoral con los acuerdos que sostienen un Mundial ya adjudicado.
De excluir a Marruecos a retirar a España
El órdago de Feijóo cambia el sentido de una discusión que Vox ya había llevado al Congreso tras la crisis de Ceuta. La formación de Santiago Abascal reclamó entonces que el Gobierno pidiera ante la FIFA la exclusión de Marruecos como coorganizador del Mundial 2030. Su propuesta también exigía defender el peso de España dentro del torneo y asegurar que la final se disputara en territorio español. La presión apuntaba a sacar a Rabat del proyecto compartido; ahora, el planteamiento del PP pone sobre la mesa la salida española si el partido decisivo termina en el país vecino.
En aquel debate, Vox coincidió con Sumar y Podemos en reclamar que se revisara la participación marroquí, aunque desde posiciones políticas diferentes. La organización del campeonato se convirtió así en otro escenario de la crisis diplomática, con iniciativas que trasladaban al fútbol las tensiones por Ceuta. La coincidencia no suponía una alianza entre esas fuerzas ni bastaba para modificar la composición del torneo: la propuesta de Vox era una iniciativa parlamentaria no vinculante y cualquier cambio debía afrontar los compromisos de la organización conjunta.
El Gobierno de Pedro Sánchez rechazó entonces apartar a Marruecos y mantuvo su respaldo al proyecto con Portugal y el país norteafricano. Esa posición no equivalía a renunciar a la final: el Ejecutivo también defendió públicamente que debía celebrarse en España. La ministra de Deportes, Milagros Tolón, sostuvo que el Gobierno trabajaba con la FIFA para conseguirlo. El organismo internacional, además, negó que Gianni Infantino hubiera prometido ya el encuentro a Marruecos y calificó esa versión de falsa y engañosa.
La diferencia entre ambas estrategias está en qué hacer si España pierde esa disputa. Moncloa ha defendido mantener la organización conjunta mientras reclama la final; el PP plantea condicionar la primera a conseguir la segunda. Feijóo eleva así la presión sobre Sánchez, pero también abre una discusión sobre la viabilidad de cumplir su propuesta. Louzán ya ha advertido de que existen acuerdos firmados con la FIFA, los otros países y el Gobierno, un obstáculo que convierte la amenaza electoral en una decisión mucho más compleja que anunciar una retirada.
Infantino, entre el Mundial y su reelección
El pulso por la final encuentra a Gianni Infantino preparando su propia continuidad al frente de la FIFA. El dirigente anunció que buscará la reelección en 2027 y el congreso que decidirá la presidencia está previsto para el 18 de marzo en Rabat, precisamente la capital de Marruecos. Esa coincidencia no demuestra ningún acuerdo sobre el partido decisivo, pero coloca la disputa entre España y el país norteafricano en un escenario especialmente sensible para quien necesita conservar el respaldo de las federaciones. Infantino deberá administrar las expectativas de los anfitriones mientras defiende su gestión ante quienes votarán su futuro.
Su candidatura llega, además, después de una crisis que golpeó el centro de su modelo de negocio. La FIFA tuvo que retirar su proyecto de abrir los derechos comerciales de sus competiciones a inversores privados, pero la marcha atrás no cerró la rebelión. Inglaterra, Gales, Serbia y Finlandia retiraron su respaldo electoral; Suecia también manifestó su oposición. El enfrentamiento alcanzó a las dirigencias de UEFA, la Confederación Asiática de Fútbol y Concacaf, que cuestionaron la transparencia del proceso y reclamaron cambios en la conducción. Según Reuters, las tres llegaron a estudiar un voto de censura para desplazarlo. Infantino encara así la elección de 2027 con una fractura que excede el rechazo a una operación comercial: está en discusión su forma de ejercer el poder sobre el fútbol mundial.
El Mundial de 2026 ya había expuesto la distancia entre el discurso de un torneo abierto al mundo y las condiciones para asistir. Las restricciones de entrada de Estados Unidos contemplaban excepciones para deportistas y personal de las selecciones que no se extendían automáticamente a sus aficionados. La guerra con Irán añadió otro conflicto: durante el campeonato, su equipo debía regresar a su base mexicana después de jugar en territorio estadounidense. La promesa de reunir al planeta convivió con fronteras que no todos podían cruzar en igualdad de condiciones.
Para 2030, la FIFA propone un campeonato todavía más disperso: tres partidos conmemorativos en Argentina, Uruguay y Paraguay, y los otros 101 en España, Portugal y Marruecos. Las seis selecciones que comiencen en Sudamérica deberán atravesar el Atlántico para continuar, un desplazamiento que obliga a prever entre once y doce días antes de su segundo encuentro. El centenario aporta una justificación histórica, pero también exige un esfuerzo adicional a equipos y seguidores. Más países en el mapa permiten ampliar la representación; también multiplican los intereses que compiten por quedarse con la parte más valiosa del espectáculo.
Ahí incide la amenaza de Feijóo. La final concentra el prestigio que ningún reparto de partidos consigue distribuir por igual, y su propuesta convierte esa desigualdad en una condición política para seguir organizando el torneo. Infantino afronta así dos negociaciones que coinciden en el tiempo: mantener cohesionados a los anfitriones y reunir apoyos para continuar en la presidencia. La elección de la final aún está pendiente; lo que ya queda expuesto es el límite del discurso de unidad cuando los socios empiezan a discutir qué obtiene cada uno.
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