Silvina Ocampo nacida en Buenos Aires un 28 de julio 1903, habitó parte de su vida en la casa de la calle Viamonte 550 de Buenos Aires. Su padre, Manuel Silvino Ocampo; su madre, Ramona Aguirre, configuraban una familia aristocrática bonaerense. Es la efeméride de hoy.
28/07/1903 – UN POEMA
Silvina Ocampo, aquella prosa y una poesía
Silvina Ocampo elevó la literatura fantástica y policíaca a la categoría de géneros de primer orden; autora deslumbrante cuyo don amerita el habitar las cumbres de la literatura argentina.
El arte formó parte de sus juegos de infancia; lo traía consigo, feliz, inmanente. Desde pequeña estudió pintura y mostró inclinación por la poesía. En su juventud estudió dibujo en Paris, con Giorgio de Chirico.
Su hermana, Victoria Ocampo, y su estirpe familiar conservadora, habilitaron su acceso a la revista Sur la cual dirigió, congregando a sus amigos; figuras de la talla de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Manuel Peyrou, Enrique Anderson Imbert, entre otros destacados.
A partir de allí, Silvina acompasó el ritmo del mundo literario de la Argentina del siglo XX.
En 1940 se casó con uno de sus amigos, el escritor Adolfo Bioy Casares con quien tuvo su única hija, Marta, en 1954.
Su irrupción en el panorama literario argentino vino de la mano de un libro de cuentos, 'Viaje olvidado' (1937), que no presagiaba la calidad de la posterior narrativa de ficción.
También realizó una extensa obra poética, en su primer libro de versos, Enumeración de la patria, sumándose de este modo a la tendencia de recuperar los modelos clásicos de la antigua poesía castellana.
Esta biografía, palabras más, palabras menos, puede encontrarse en cualquier efeméride en el día de la fecha; por eso, queremos compartirles algo más ligado a sus entrañas: la palabra que supo parir, indeleble. A la memoria de Silvina, por Silvina.
Tan solo un retazo de su poemario a la Argentina ha de desnudarla en cuerpo, alma y espíritu, descubriéndola plenamente humana y humanista.
Enumeración de la patria
Oh, desmedido territorio nuestro,
violentísimo y párvulo. Te muestro
en un infiel espejo: tus paisanos
esplendores, tus campos y veranos
sonoros de relinchos quebradizos,
tus noches y caminos despoblados
y con rebaños de ojos constelados.
Entre bandadas de árboles mestizos,
entre múltiples sombras y basuras,
te muestro con nostalgias asombradas,
con niñas de trece años y maduras,
en las puestas de sol inmoderadas.
Trémulas nervaduras de una hoja,
los ríos te atraviesan de agua roja
sobre el primer cuaderno de paisajes
pintados por la mano de algún niño.
Tienes plantas y pájaros salvajes,
somnolientas mujeres en corpiño
trenzándose los dedos, quietas balsas
para vadear los ríos, cangrejales
devoradores de hombres y animales,
montones de hijas negras y descalzas
cruzando tus desiertos y estaciones.
Tienes provincias y gobernaciones,
poblaciones vacías y distancias
con nombres melancólicos de estancias,
indomables cansancios y mortales
pavorosos pantanos estivales,
médanos, viento norte y osamentas,
fragancias de altamisas y de mentas,
almacenes en todas las esquinas,
grandes patios con muchas ventolinas.
Tienes plantas perversas y sumisas,
con todos los venenos predilectos
de muertes repentinas y precisas,
como en las grandes cajas con insectos
colecciones de arañas venenosas,
palúdicos mosquitos, mariposas.
¡Patria, he nacido tantas veces muda!
Inmóvil como un árbol he dejado
tu cielo iluminarme de rosado.
He visto la llanura tan desnuda
quedándose sin pastos, y sin riegos
tus plantaciones, tus huertas escasas.
He visto disparar caballos ciegos.
En distintas ventanas de tus casas,
deslumbrada y atenta, he conocido
inclementes tormentas. He oído
el grito del chajá y del teruteru,
el grito de la garza y de la iguana,
y llevando la tropa cotidiana,
alto y nocturno, el grito del resero.
He respirado todos tus olores:
frescura de jazmín en los calores
de febrero, magnolias, malvarrosas,
perfumes de tumbergias pegajosas
y el fervoroso olor de los zorrinos.
En quintas con glorietas, y en las noches
vuelo de pájaros azul marinos,
tu canto de piedritas y de coches
me ha regalado infancias prolongadas,
dulce de leche y siestas desveladas,
verdes y embalsamados picaflores,
la fuente sostenida por amores,
bombas de carnaval anaranjadas
y hamacas paraguayas olvidadas.
Patria, en una plaza, de memoria
he sabido pasajes de tu historia.
Debajo de la mano indicadora
de San Martín, he sido la impostora
de indios en los límpidos ponientes.
He transformado próceres dolientes
con cuidadoso lápiz colorado,
invasiones inglesas he soñado
en azoteas llenas de improviso
aceite hirviendo y pelo suelto. He visto
a la Santa de Lima desatando
los temporales turbios y adorando,
sobre un papel de encaje, corazones
y tocayas con muchas perfecciones.
Patria vacía y grande, indefinida
como un país lejano, interrumpida
por la llegada lenta de los trenes,
con jubilosa espera en los andenes.
Es en la madrugada incierta, cuando
tus gauchos invisibles van cruzando
potreros alambrados y cañadas,
jagüeles y tranqueras atrofiadas,
que tu alma lenta y de madre se queda
con silencios de urraca en la arboleda.
Tu ancho río tiene mimetismos
secretos con tus dulces, con tus cielos
y tus grajeas lilas de bautismos.
Ecuatorial calor y azules hielos
en tus montañas, derramadas piedras
como bandadas de tortugas, hiedras.
Eres esplendorosa y desvalida:
con un frío y ardor que no descansa
desde el Seno de la Última Esperanza
al Pilcomayo de agua bienvenida,
la indolente violencia de tus tierras
se repite con lunas o entre sierras.
Silvina falleció el 14 de noviembre de 1993 en Buenos Aires, pero este 28/07/2021 nace de su puño y letra. La pasión del poema no ha sido alcanzada por el progresismo literario, siempre atento a condenar de antemano a quienes, sin embargo, lograron un reconocimiento mayor que el obtenido por la literatura argentina contemporánea.












