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ARGENTINA HIPÓCRITA

El 68,4% de los jóvenes empleados no existen para el Sistema Previsional

Mie, 16/10/2019 - 4:45pm
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Hay un aparato productivo que dejó de ser productivo y ni siquiera crece. Trae la modernización está muy atrasada por falta de inversión, y ha tenido que resignarse a estar sobreprotegido, a condición de asumirse como una máquina de nutrir a un Estado elefantiásico, sobreendeudado, caro e ineficiente. El sector público se reparte por mitades a los 12 millones de trabajadores registrados, o sea que cumplen con el sistema previsional y de las obras sociales destinando una desmesurada proporción del sueldo, y apenas si cubre el 35% de los haberes que perciben 6 millones de jubilados. La dirigencia que se tapa un ojo para con el otro atisbar a través de la mirilla de la cobranza cómo recaudar más con menos (y la diferencia que la ponga la inflación) concibe la desproporción por el lado de las reformas: previsional para repartir menos; laboral para aumentar la productividad (no el empleo) e impositiva para redistribuir y extender las cargas. Entre tantas tribulaciones y crisis cambiarias y financieras, sin embargo, se fue incubando una tasa de desocupación que superior a 2 dígitos y una informalidad laboral que, entre asalariados, cuentapropistas y trabajadores familiares, abarca al 50,3% de la población activa. Se confunden entre los 14 millones de personas que deambulan sin terminar de resolver su inserción laboral, con un pie afuera del sistema, tanto en aportes como en beneficios. El país tiene “un 40% de trabajo no registrado, evidentemente algún problema hay”, admitió el diputado Facundo Moyano, hijo del líder camionero y de una de las CGT.

Si se suman asalariados, cuentapropistas y trabajadores familiares, la informalidad totaliza el 50,3% de la población activa.
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Otro de los gambitos argentinos al tun-tun es el que, aún con elevados aportes que lo sostienen, al sistema previsional apenas le alcance para cubrir el 35% de las jubilaciones y pensiones, cuando el país, proporcionalmente, tiene más personas en edad productiva (o sea en condiciones de solventarlo) que la suma de niños y adultos mayores que no lo están. 

Se llama bono demográfico y, según la proyección de las curvas de natalidad y muertes, podría durar 25 años, hasta que el envejecimiento de la población implique que haya crecido más la clase dependiente que la activa.

Sin embargo, la economía desperdicia la oportunidad. Actualmente se contabilizan más de 20 millones de personas que cobran de alguna forma del Estado, mientras el SIPA registra, a la vez, 12 millones de asalariados (entre públicos y privados) que son los que aportan a la caja, junto a las patronales, lo establecido por ley.

La producción por habitante creció apenas un 2% desde hace 70 años, pero además la modernidad destruyó miles y miles de puestos industriales debido a cambios y automatización en los procesos de fabricación, que las sucesivas dirigencias vieron pasar sin dar respuesta.

Así, a pesar de que el Estado absorbe la mitad del empleo total en blanco, se llegó igual a que haya más 2 millones de desocupados, con el agravante de que el diezmado aparato productivo, en general, funciona a media máquina y, en consecuencia, que entre pitos y flautas se cuenten unos 14 millones de almas laboralmente errantes y sometidas en gran parte a algún tipo de precarización.

Peor aún, si se suman asalariados, cuentapropistas y trabajadores familiares, la informalidad totaliza el 50,3% de la población activa.

Dicho de otro modo, por cada trabajador por derecha, hay medio por izquierda que, entre otros perjuicios, queda marginado del sistema de las obras sociales y el complementario de las prepagas, con lo que la atención de la salud satura la capacidad del hospital público.     

La tecnología deparó un nuevo estilo de relaciones laborales que los viejos convenios tampoco terminan de encuadrar y suman excepciones que terminan convirtiéndose en reglas no escritas sujetas a interpretación. 

Típico ejemplo es el de la industria petrolera donde, dentro de las mismas áreas conviven las explotaciones no convencionales, altamente informatizadas, con las clásicas de las torres desde las que se operan mecánicamente los pozos perforados. 
 
La aldea global trajo una nueva forma de ganarse la vida por internet que permite emigrar sin cruzar la frontera ni salir del barrio, cobrar en dólares y afrontar los gastos cotidianos en pesos, no ser de acá ni de allá. 

Fuentes de las entidades financieras que reciben los dólares que cobran esos freelancers por sus servicios en el exterior estiman que en esa situación revistan unos 35.000 profesionales bilingües, que no encajan en ningún encuadre jurídico local de contratación ni, por supuesto, de tributación. 

Del lado medio lleno del vaso, firmas de Argentina como GlobalLogic creen que este nuevo panorama podría beneficiar a las tecnológicas locales para retener talentos vernáculos que habían optado por trabajar para fuera (¿con qué paridad cambiaria?). Y del mismo modo, la AFIP y las jurisdicciones territoriales se esperanzan en que, en ese caso, aportarán las cargas tributarias correspondientes.   

Distorsiones sobre distorsiones

Es demasiada la acumulación de cuestiones que se fueron de mambo en el sistema previsional y afectan el equilibrio de sus cuentas visto desde los principios de la partida doble, algo similar a lo que sucede con el distorsionado régimen tributario: por el lado del debe la presión es insostenible para quienes alimentan a ambos, que son cada vez menos, y en el haber crecieron muy por encima los destinatarios de esos recursos.   
   
La fuente generadora, que son la producción y el trabajo, hizo agua en ese desproporcionado reparto. Y algo habrá que hacer.

Lo admitió el propio diputado nacional e hijo del líder camionero, Facundo Moyano, al ser entrevistado en el programa “De Lejos No Lo Ves”, que conduce Ramón Indart en radio Con Vos: “Hay que discutir una actualización laboral rubro por rubro, no una reforma para perjudicar al trabajador, como la que quería aplicar Macri, sino para protegerlo”. 

Agregó que “decir que no hay que discutir nada respecto al sistema laboral es una estupidez”, ya que, como el país tiene “un 40% de trabajo no registrado, evidentemente algún problema hay”.

La recesión, la inflación y las trabas para incorporar en el sistema productivo nacional la transformación digital afectaron la estructura de empleo, esterilizado primero con suspensiones, despidos, acortamiento de horarios, vacaciones anticipadas y luego precarización e informalidad.

Mirándose siempre al ombligo, la clase dirigente argentina se la pasó dando vueltas alrededor de los efectos de esta gran distorsión que en sus causas, que inclusive trascienden las fronteras.

Si se ve por el lado del dicho de que “mal de muchos consuelo de tontos”, podrían esgrimir en su defensa que existe una tendencia mundial que apunta a que la economía informal ocupe mayor espacio.
 
Un reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que revistan lo que se dice 'en negro' en el planeta unas 2.500 millones de personas. 

La entidad invita a las organizaciones sindicales, en ese contexto, a afiliarlos y “abordar la negociación colectiva a fin de proteger los derechos laborales, fortalecer el peso colectivo de los trabajadores e influir en las políticas económicas y sociales".

Los gremios argentinos, sin embargo. no parecerían están tan convencidos de absorber semejante legión de colegas marginales en sus ya abultados pasivos, porque pasarían a recargar la demanda de servicios en las obras sociales, sin contar a cambio con la contribución patronal como los registrados. 

Probablemente hasta que los sindicatos definan si su foco es preservar el empleo o su 'core business' es ganar dinero vía las obras sociales, el sistema continuará en la anarquía presente. Nada indica que algo semejante ocurrirá en la actual generación de sindicalistas superempresarios.

Ya les vienen echando flit como pueden a los monotributistas que les derivan el aporte por el diferencial en contra entre el costo y el beneficio de las prestaciones médicas obligatorias que deben asegurarles. 

Pero sí es un modelo exportable para la lucha contra el trabajo informal y avanzar en la incorporación al mercado laboral de los migrantes de los países de la región el funcionamiento de un gremio nacional que agrupa a los puesteros, estimados en más de 5 millones de trabajadores, pertenecientes a la denominada economía social y popular.

En tal caso, sería redondo para el SIPA si lograra recaudarles un potencial de US$ 13.000 millones. 

Seguir aferrados a la ecuación precios-salarios y a su interminable carrera impide atisbar siquiera que, detrás de esa anticuada puja distributiva que la persistente inflación contextualiza, se incuba una grieta estructural en las actividades productivas entre trabajadores modernizados y obsoletos, entre la anterior generación ya insertada y la que pugna por hacerlo.
 
El 68,4% de los jóvenes que trabajan no existen para el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), según un estudio del Instituto Torcuato Di Tella, que se basaron en los resultados del 1er trimestre del año de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec. 

La rotación laboral, de acuerdo con el reporte, afecta en proporción mucho mayor al segmento más joven de la población total, ya que, en este caso, el empleo dependiente sin registro asciende al 35%. 

La radiografía de las dificultades del mundo joven para integrarse en la actual lógica productiva de la clase activa nacional se la expuso a La Nación el coordinador del análisis efectuado por la UTDT, Guillermo Pérez Sosto: 

** casi la mitad de quienes tienen entre 15 y 24 años (48,3%) solo se dedica a estudiar; 
** le sigue el grupo de quienes solo trabajan (19,3%);
** los adolescentes y jóvenes que ni estudian, ni trabajan, ni buscan un puesto son 13,7% del total, poco más de un millón;
** quienes estudian y trabajan son el 8,8%; 
** quienes solo demandan trabajo, 6,7%, y 
** quienes son estudiantes y, a la vez, buscan ocupación 3,2%.

El portal de empleos Bumeran hasta detectó en una reciente encuesta que los que se presentan a puestos junior, sea en busca de su primera experiencia laboral o si cuentan con algún antecedente de trabajo, tienen que resignar pretensiones salariales. 

Existe, de acuerdo con el estudio, una diferencia del 33% entre la remuneración que pueden obtener postulantes entre 22 y 30 años, con un año de experiencia (promedio, $31.827), y la que pretende un candidato a un puesto senior (promedio $47.276). 

Peor aún es si comparan la brecha que se abrió entre la licuación de sus haberes y lo que se paga por los puestos de mayor jerarquía, como jefes y supervisores, a quienes aumentaron un 10% en el último trimestre (42% interanual). 

De la totalidad de los solicitantes de puestos junior, sólo el 38% se encuentra empleado al momento de buscar un trabajo, el restante 62% no lo tiene ni cuenta con experiencia previa.

El reporte de Bumeran da cuenta de que, de los puestos más bajos, los que pertenecen al área de producción, abastecimiento y logística son los de mayor dispersión salarial ya que las remuneraciones pretendidas oscilan entre $26.010 pesos para puestos de almacén, depósito y expedición y $46.090 para puestos de ingeniería electromecánica.

Por otra parte, el área de marketing y comunicación presenta la menor dispersión con un rango que fluctúa entre los $29.610 para el puesto de diseño gráfico y $35.600 para el puesto de producto.

En relación al salario promedio requerido según áreas, la de tecnología y sistemas presenta el mayor requerimiento promedio por parte de los jóvenes con $35.300 pesos y comercial y atención al cliente muestra las menores pretensiones promedio con $30.500.