20/02/1812

En Salta, Belgrano mostró de qué trataba su revolución

Día terrible el 20/02 para los patriotas: 2 triunfos que fueron 2 derrotas. Triunfo en Salta, con una rendición española ante la que Manuel Belgrano hizo constar que Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz eran parte de las Provincias Unidas. Triunfo en Ituzaingo, años después, que aseguró la Banda Oriental. Sin embargo, ni Bolivia ni Uruguay integran hoy día el territorio de las Provincias Unidas que ya no existen porque se llaman Argentina. En cuanto a Belgrano, tan valiente como magnánimo, decidido pero racional, exhibió en Salta cómo era la revolución que él imaginaba, y que no fue:

“Excelentísimo señor:
El Todopoderoso ha coronado con una completa victoria nuestros trabajos: arrollado con las bayonetas y los sables el ejército al mando de don Pío Tristán se ha rendido del modo que aparece de la adjunta capitulación: no puedo dar a V.E. una noticia exacta de los muertos y heridos ni tampoco de los nuestros, lo cual haré más despacio, diciendo únicamente por lo pronto que mi segundo, el mayor general Díaz Vélez, ha sido atravesado en un muslo de bala de fusil cuando ejercía sus funciones con el mayor denuedo conduciendo el ala derecha del ejército a la victoria en su desempeño; el del coronel Rodríguez, jefe del ala izquierda, y el de todos los demás comandantes de división, así de infantería como de caballería, e igualmente el de los oficiales de artillería y demás cuerpos del ejército, ha sido el más digno y propio de americanos libres que han jurado sostener la soberanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata, debiendo repetir a V.E. lo que le dije en mi parte de 24 de septiembre pasado, que desde el último soldado hasta el jefe de mayor graduación e igualmente el paisanaje se han hecho acreedores a la atención de sus conciudadanos, y a las distinciones con que no dudo que V.E. sabrá premiarles.
Dios guarde a V.E. muchos años, 20 de febrero (a la noche) de 1813.”
Manuel Belgrano

Manuel Belgrano ganó la batalla de Tucumán, los días 24 y 25 de septiembre de 1812. Y cuatro meses después, reorganizado y fortificado su ejército emprendió la vanguardia la marcha hacia Salta. El 13/02/1812, a orillas del río Pasaje, el ejército prestó juramento de lealtad a la Asamblea Constituyente que había comenzado a sesionar en Buenos Aires, y a la bandera diseñada por Belgrano -quien la había exhibido ya en Jujuy, antes del Éxodo-, siendo abanderado el mayor general Eustoquio Díaz Vélez, a quien secundaba el coronel Martín Rodríguez. El río fue rebautizado Juramento.

El Ejército español se había dedicado a fortificar el Portezuelo, único acceso a la ciudad de Salta a través de la serranía desde el sudeste.

Belgrano pasó la noche en la Finca de Castañares, y entonces el capitán Apolinario Saravia, natural de Salta, le dijo que conocía un camino que desembocaba en la Quebrada de Chachapoyas, para empalmar con el Camino del Norte -el que llevaba a Jujuy-, a la altura del campo de la Cruz, donde no había fortificaciones españolas.

Aprovechando la lluvia, que disimulaba sus acciones, el ejército patriota inició el difícil desplazamiento. El 18/02/1812 se apostaron en el campo de los Saravia, y el capitán, disfrazado de indígena arriero, se desplazó hasta la ciudad para informarse de las posiciones de las tropas enemigas.

El más tarde general José María Paz en sus Memorias describió el orden de batalla:

"Nuestra infantería estaba formada en seis columnas de las que cinco estaban en línea y una en reserva, en la forma siguiente:

1° principiando por la derecha, el Batallón de Cazadores a las ordenes del comandante Dorrego,

2° y 3° eran formadas del Regimiento N° 6 que era el mas crecido, una á las órdenes del comandante Forest, y la otra, aunque no puedo asegurarlo á las del comandante Warnes,

4° del Batallón de Castas á las órdenes del comandante Superi,

5° de las compañías del N° 2 venidas últimamente de Buenos Aires, al mando del comandante D. Benito Alvarez,

6° y última compuesta del Regimiento N° 1 al mando del comandante D. Gregorio Perdriel. La artillería que consistía en doce piezas, si no me engaño, estaba distribuida en los claros, menos dos que habían quedado en la reserva."

Batalla de Salta

El día 19, Belgrano ordenó la marcha para entrar en combate al día siguiente. Ahí los españoles tomaron conocimiento de lo que sucedía y reorganizaron su defensa, alineando una columna de fusileros sobre la ladera del cerro San Bernardo, reforzando su flanco izquierdo con las 10 piezas de artillería que tenían.

En la mañana del 20, Belgrano dispuso la infantería al centro, una columna de caballería —al mando de José Bernaldes Polledo— en cada flanco y una nutrida reserva al mando de Manuel Dorrego.

Eustoquio Díaz Vélez, el 2do. jefe después de Belgrano, y jefe del ala derecha fue herido apenas comenzó el combate, mientras recorría la vanguardia de la formación, pero regresó al campo.

El primer choque fue favorable a los defensores, ya que la caballería del flanco izquierdo encontraba dificultad para alcanzar a los tiradores enemigos por lo empinado del terreno.

Antes de mediodía, Belgrano ordenó el ataque de la reserva comandada por Dorrego sobre esas posiciones, mientras la artillería lanzaba fuego granado sobre el flanco contrario.

Belgrano mismo condujo una avanzada sobre el cerco que rodeaba la ciudad. Luego, la infantería al mando de Carlos Forest, Francisco Pico y José Superí rompió la línea enemiga y avanzó sobre las calles de la ciudad, cerrando la retirada al centro y ala opuesta de los enemigos.

El retroceso de los españoles se vio dificultado por el mismo corral que habían levantado como fortificación; y confluyeron en la Plaza Mayor de la ciudad, e hicieron tocar las campanas de la Iglesia de La Merced.

Croquis de la batalla de Salta. La rendición

Caía la tarde del sábado 20/02/1813, en la ciudad de Salta. El general Juan Pío de Tristán y Moscoso se convenció que debía rendirse ante su viejo conocido, el general Manuel Belgrano, luego de 3 horas de duro combate en las faldas del San Bernardo y, luego, en las calles de la ciudad. Tristán envió al coronel Felipe de la Hera, para que se entrevistara con Belgrano.

“La sola presencia del parlamentario, su traza, su emoción y sus ademanes hubieran sido suficientes para revelarnos el estado deplorable del enemigo”, escribió más tarde José María Paz, quien estaba presente. “Traía por todo uniforme un frac azul, de paisano, con sólo un distintivo, en la bocamanga, de los galoncitos que designaban su grado”, y estaba “embarrado hasta el pescuezo y en todas sus acciones se notaba la confusión de su espíritu y el terror”.

Lo llevaron ante Belgrano con los ojos tapados. Se lo ayudó a desmontar y le quitaron la venda, de espaldas a la tropa. Cuando le indicaron cuál de los oficiales era Belgrano, empezó a decirle en voz baja algo que nadie pudo escuchar.

Belgrano le respondió: “Diga usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana; que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación; que haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas, como yo voy a mandar en todos los que ocupan las mías”.

Poco después concluyó la batalla de Salta: el Ejército español saldría el día 21 a las 10:00 de la plaza, “con todos los honores de la guerra”, quedando las tropas patriotas en su posición actual. A las “tres cuadras” de la plaza, “rendirán las armas, que entregarán con cuenta y razón, como igualmente artillería y municiones”.

Plan de ataque de Manuel Belgrano en Salta. El general, oficiales y soldados podrían retirarse a sus casas, jurando no volver a tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de La Plata, “en las que se comprenden las de Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz”. Serían devueltos los prisioneros y Tristán gestionaría el canje de los tomados desde la acción de Huaqui en adelante.

Se respetarían las propiedades y nadie sería molestado, fuera oficial o vecino, “por sus opiniones políticas”. Los caudales públicos quedaban en Tesorería y los ministros de Hacienda deberían presentar sus cuentas. En cuanto a la tropa de Jujuy, podía retirarse llevando sus armas.

Tristán le ecribió una carta a su primo y comandante, José Manuel de Goyeneche, consultable en el archivo del virrey Abascal y la supongo inédita:

> “Cinco noches sin dormir, tres vivaqueando con agua y una acción perdida después de mil riesgos, considérame cuál estaré. Mil veces he sentido no haber perecido cuando tuve que defenderme sable en mano entre los enemigos que me rodearon”.

> “Los enemigos se situaron entre el camino de Jujuy, y de ésta al 16, por una marcha forzada desde Lagunillas al punto de Castañares, una y media legua de aquí: desde entonces hemos estado en correrías hasta el día de hoy, en que te aviso de oficio lo sucedido: si sobrevivo te daré parte más circunstanciado desde Jujuy, para donde procuraré salir de aquí pasado mañana”.

> “Atribuye nuestra pérdida a los ignorantes jefes y malos oficiales y toma sobre esto tus medidas. Jamás tendré el dolor de no haber servido con el mayor empeño, y si soy tan desgraciado que no he podido llenar mis deseos, después de un Consejo de Guerra que espero pasaré al rincón de una soledad que semejantes vicisitudes me había hecho apetecer. Mi alma y mi cuerpo están malos: apenas sé que existo”.

> “Adiós mi José Manuel, que ya será siempre desgraciado tu: Pío Tristán”.

La batalla

Tal como estaba establecido, el domingo, el ejército del Rey se presentó en la plaza, y entregaron las armas. El saldo de la batalla fue: 481 muertos y 114 heridos del ejército español. Del patriota, murieron 103, hubo 433 heridos y 42 contusos. Se rindieron un total de 2.776, incluyendo jefes y oficiales.

Escribió luego 'el Manco' Paz que “los tambores hicieron lo mismo con sus cajas, los pífanos con sus instrumentos, y el abanderado entregó finalmente la real insignia, que simbolizaba la conquista y un vasallaje de 300 años”.

Paz veía en el rostro de los vencidos las diferentes pasiones: “el despecho y la rabia en algunos, en otros un furor concentrado, y la vergüenza en todos”. Muchos “derramaban lágrimas”.

Todo transcurrió en respetuoso silencio, excepto el alférez Domingo Díaz, quien le dijo a uno los comandantes del Ejército español que se despojaba del correaje: “Señor oficial, estos son percances de la guerra, de que usted ni nadie está libre”.

Tristán avanzó para entregar su espada a Belgrano. Pero el general rechazó el gesto y lo estrechó en un abrazo, “para impedírselo y para evitarle este dolor y grande vergüenza”, escribió Paz.

Vidas paralelas

Tristán y Belgrano se conocían desde la época de estudiantes, en España, y meses antes de la batalla de Tucumán habían intercambiado cartas, donde el porteño lo instaba a arreglar sus diferencias de modo pacífico. Recordaba que, después de todo, ambos eran americanos, ya que Tristán había nacido en la ciudad peruana de Arequipa.

Tristán y sus oficiales prestaron juramento, en su nombre y en el de los soldados, de no volver a combatir.

Después de rendidas las armas, Belgrano entró “a paso de vencedor a la ciudad de Salta”, por la entonces calle de La Merced, entre toques de tambor y clarinadas.

Según fray Cayetano Rodríguez, el semblante del general mostraba “la misma impavidez que si hiciera su entrada a la sala de un convite”. Portaba la bandera el coronel Martín Rodríguez. La hizo flamear desde el balcón del Cabildo, a tiempo que daba tres vivas a la Patria, mientras repicaban las campanas.

Según Paz, a las pocas horas, en las tabernas, confraternizaban españoles y patriotas. Tal vez por eso Tristán se apresuró a encaminarlos al Perú. Belgrano inhumó los muertos de ambos bandos en una fosa común. Meses más tarde, se colocó sobre ella una gran cruz de madera, con la inscripción “Aquí yacen los vencedores y vencidos el 20 de Febrero de 1813”.

Días después de la victoria, Belgrano hizo una larga visita a Tristán. Según el historiador Bernardo Frías, hubo un baile en honor de los vencedores, al que fueron invitados Tristán y sus oficiales.

Tristán pidió que le presentaran al coronel Apolinario Figueroa, con quien había intercambiado un tiro y un sablazo el 20 de febrero. Asimismo, según Gregorio Aráoz de Lamadrid, Tristán hizo una visista de cortesía al coronel patriota Eustoquio Díaz Vélez, quien yacía en cama, herido al comienzo del combate.

Después de la derrota de Salta, a los 40 años, Tristán debió dejar el ejército y recluirse en su casa en Arequipa.

En 1815, luchó en la defensa de Cuzco y fue hecho prisionero de los criollos, en la batalla de Apicheta.

Más tarde él fue intendente de Arequipa, y luego presidente de la Real Audiencia de Cuzco. En 1823, fue ascendido a mariscal de campo y, al caer prisionero en 1824 el virrey José de la Serna y Martínez de Hinojosa, Tristán fue nombrado virrey del Perú.

Días después, en la batalla de Ayacucho terminó el dominio español, y Tristán se retiró a Arequipa.

Se amoldó a los nuevos tiempos y los patriotas lo nombraron perfecto de Arequipa y, en 1836, fue ministro de Estado de la República del Perú. Murió millonario en Lima, a los 87 años, en 1860.

Belgrano no tuvo igual suerte. Murió miserable en Buenos Aires, el 20/06/1820.

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