Tal vez porque geopolíticamente nos encontramos muy lejos de los centros de las decisiones globales, no le hemos dado la importancia relativa de cómo nos afectan los acontecimientos internacionales. Desde el comienzo, desde nuestra separación de España, los historiadores criollos han puesto más énfasis en nuestras hazañas -que fueron muchas-, que en los acontecimientos externos.
UN DEBATE ESTRATÉGICO
Pertenecer tiene sus beneficios, pero también sus costos
Todo tiene un costo, tanto integrarse al mundo como aislarse del mundo. Y cuando se habla de costos también hay que establecer quién/quiénes lo pagan, de qué manera y en qué período de tiempo. De lo contrario, es frívolo todo debate sobre reformas, rumbos y estrategias.
Por ejemplo, la invasión napoleónica a España, que obligó al retiro de muchas tropas europeas de los Virreinatos americanos, no fue un dato menor para lograr nuestra independencia. Más cerca en el tiempo, tampoco se ponderó el impacto de la crisis petrolera en la guerra en Medio Oriente, en los años '70 -que llevó la tasa de interés básica en USA a cerca del 20% anual-, como gatillo de la crisis de la deuda externa en Latinoamérica.
Ya en los años '90, el 'Tequila', las crisis asiática y rusa, sumado el atentado a las Torres Gemelas en 2001, limitaron el acceso los flujos de capitales financieros a los países emergentes, impactando en nuestra crisis financiera de 2002.
Tal como puede apreciarse, la mayoría de las crisis locales ocurrieron cuando nuestra economía estaba en un ciclo de apertura al mundo. Esto es contrario a lo que sucedió durante la crisis financiera de 2008, ocasión en la que, por estar más cerrados al mundo, la Argentina, Turquía, países de África e India, según el Fondo Monetario Internacional, fueron los países menos afectados por la más reciente gran crisis financiera planetaria.
Los ejemplos que ofrecí no suponen un análisis desde lo ideológico acerca de la apertura o no de la economía argentina al mundo, sino que trata de advertir que posiciones radicales en una u otra posición resultan muy ingenuas, en un mundo más egoísta y más cerrado.
La globalización ha mostrado algunos rasgos que vale la pena analizar, tanto como en la caída del comunismo al final de los años '80 como en la crisis de 2008, y tanto en el mundo oriental como en el occidental: quedó demostrado que en los días difíciles, las corporaciones han ganado fuerza a costa de los gobiernos, y del Estado mismo. Por ese motivo, hoy las palabras "Estado" y "mercado" han perdido valor como distribuidores de la riqueza, en días cuando quien paga el costo de la transición es la clase media.
Ya Adam Smith, antes de escribir "La Riqueza de las Naciones" había prevenido, en su teoría de los sentimientos morales, que el libre mercado funcionaba solamente con reglas transparentes, algo que no se cumplió en casos como la manipulación de la tasa de interés Libor en el banco Barclays. O las maniobras irregulares de corporaciones financieras que alertó el ex procurador general y ex gobernador de Nueva York, Eliot Laurence Spitzer, antes del 'reventón' de 2008.
En los años '60, la clase media llegó a concentrar el 50% de la economía de los países desarrollados. Sin embargo, hoy en día su participación apenas alcanza al 30%. También sucedió con los países y los acuerdos internacionales hoy en revisión: mientras en los años '80 América del Norte tenia casi el 40% de la economía mundial, hoy no llega al 30%, al contario de lo que pasa con Asia -continente liderado por China- que escaló al 1er. lugar del ranking mundial, con más del 33% del PBI mundial.
Si bien la globalización ha permitido un crecimiento mayor del comercio mundial, el bienestar no ha sido distribuido en forma equitativa a los países ni a los ciudadanos.
USA con Donald Trump, el Brexit del Reino Unido, las más de 20 conflictos separatistas en distintos países tal como España(Catalunya), Escocia, Italia, Bélgica, etc., sumado a las inéditas dificultades para formar gobierno en países como Alemania, son demostraciones del descontento social en países/mercados, una presión mayor a favor del proteccionismo y la antiglobalización.
Si hoy tuviéramos que ejemplificar los efectos de la globalización diríamos que la suma de las 2 principales economías -USA y China- superan el 40% del PBI mundial que con sus características arrastran al resto del mundo a cambios culturales, laborales, previsionales y económicos, que hoy están en discusión en todo el mundo incluyendo la Argentina.
Veamos algunas de la características: USA está reformando su política tributaria porque más del 80% de sus compañías líderes han migrado su sede fiscal a paraísos impositivos, incluyendo el estado de Delaware, a 131 Km. de la capital, Washington DC.
En Delaware los contribuyentes estadounidenses consiguen cargas fiscales que, en algunos casos, son 30% inferiores a las de otras regiones del mismo país. Además, tiene un costo financiero internacional más barato, un precio del gas de US$3 el millón de BTU y una gasolina de US$0,75.
China, que muchas veces no consigue cumplir con normas básicas de la Organización Mundial de Comercio, tiene una mano de obra de las más baratas del mundo, ofrece créditos a tasa de interés subsidiada, precio de la gasolina de US$1 y gas a US$4 el millón de BTU, que le compra a los rusos.
En este contexto, uno comprende algunas de las recientes propuestas de reformas de la Administración Macri, que desea integrarse al mundo. A la vez, quiere mantenerse en el gobierno, dado que afirma que así asegura estabilidad a esas reformas, y para ello baja el gasto previsional pero destina esos recursos a la Provincia de Buenos Aires, el mayor distrito electoral, sin afectar los fondos de otras provincias.
No obstante, si bien esas bajas pueden ir en la dirección correcta, desde un enfoque macroeconómico aunque no socioeconómico, el costo planificado futuro de la energía a US$7 el millón de BTU y naftas a más de US$1,25, neutralizará la competitividad deseada y empobrecerá a la clase media, debilitando su propia fuerza electoral.
El limite a la exportación de biodiesel, la importancia del cumplimiento de los derechos humanos según reclaman organismos multilaterales y el proyecto de involucrar a las Fuerzas Armadas en el combate del narcotráfico y el terrorismo mundial, son ejemplos concretos de que pertenecer tiene sus costos.
Nuestro país, a diferencia del vecino Chile, cuya base es un comercio más compatible con la globalización, tiene un componente industrial más sofisticado que limita ese proceso.
La sociedad argentina debate, sin mayores consensos aún, cuánto está dispuesta a pagar por la transformación propuesta. Estos ejemplos demuestran que la apertura no siempre es tan beneficiosa para todos los países si previamente no nos adaptamos a las nuevas reglas mundiales.









