DÍAS COMPLICADOS PARA CAMBIEMOS

Mauricio Macri perdido en la neblina posmoderna

"Tenemos que recuperar lo antes posible lo que algunos estudiosos han llamado 'estado de esperanza'”, reclama Luis Alejandro Rizzi, pero antes realiza un recorrido muy interesante:

Leía días pasados un artículo publicado en la revista Criterio, que cumplió 90 años, que decía que esto que se dio en llamar la 'muerte de la modernidad' se continua entre lo desconocido y lo imprevisible; podríamos decir que lo raro ya no serán los cisnes negros sino los blancos.

Vivimos la era de la desesperanza.

Parafraseando al viejo dicho, no solo Mauricio Macri está perdido en esta densa neblina cultural, sino que la humanidad está desconcertada, sin creencias ni certezas, y las dirigencias brilla por su ausencia. En Francia también se reclama “que se vayan todos”.

Para nosotros, los argentinos, lo que nos debe preocupar es esta desorientación, quizás la palabra exacta sea ceguera del gobierno que no entiende que la política sustentada solo en hechos no nos lleva a ninguna parte.

A una sociedad con un 30% de pobres, uno de cada tres argentinos; con un bajo nivel educativo, que viene fracasando desde hace decenas de años, no se la motiva con un nuevo centro de trasbordo en Constitución, con la revolución de los aviones (sic), con 20.000 Km de caminos, con la urbanización de las villas, con cloacas o agua corriente “para todos y todas” o con diseñar protocolos para evitar piquetes o manifestaciones.

Todo ello es necesario, pero groseramente insuficiente.

Las pruebas al canto: los piquetes, las huelgas, las manifestaciones de uno u otro bando, son expresiones de una misma causa que es el miedo a lo imprevisible, a un futuro indisponible.

Algunos le tememos a “Cristina” para ejemplificar, porque en ella simbolizamos el anti sistema que es lo que se viene imponiendo en el mundo. Donald Trump, el Brexit, Marine Le Pen, Catalunya, Escocia e Irlanda, por dar unos pocos ejemplos, son la más acabada prueba de que no hay alternativas posibles. Nicolás Maduro es una mala caricatura de este fenómeno.

El populismo, un mero sofisma, no es ni más ni menos que la única alternativa absurda que ofrecen las dirigencias, que consiste en la búsqueda de culpables, enemigos, como mágica solución a la cuestión del futuro. El odio es su motor.

Se pretende construir un futuro, castigando. En ese sentido Hebe de Bonafini fue muy sincera, no hay que ser “buenitos”, la única solución es destituir, odiar, insultar y repartir culpas. No es ni más ni menos que el miedo al mañana.

Esta es la neblina que Mauricio Macri debería capear, pero carece de nivel intelectual, no solo él, sino su gobierno, para hacer la Revolución Cultural que todos estamos reclamando, incluida Hebe de Bonafini.

Los desesperados, a su manera también, buscan el futuro.

Damian Toschi, decía en el diario La Nación: “Mientras tanto, a caballo de la conflictividad social, emana una velada intolerancia sectaria. Como se sabe, buena parte de la población cree que el poder y la soberanía ciudadana tienen un solo nombre: el peronismo, incluido desde ya el experimento kirchnerista. Según esta arraigada concepción, con el justicialismo fuera del Estado reina el caos que lleva a la crisis total del andamiaje político. En este punto, para quienes no gobiernan, la anarquía se vuelve un sistema en sí mismo, que asegura la retroalimentación de la espiral de conflicto”.

Macri dice que los conflictos afectan la llegada de inversiones. Es cierto.

Pero debemos abordar la causa de la conflictividad y para ello hacen falta ideas y después las obras. Precisamente este gobierno carece del mínimo soporte intelectual para darle contenido a la política.

En ese sentido, Maria Eugenia Vidal sería el único cuadro político que advierte, esta realidad y, con agudeza intelectual, ella sustenta sus acciones sembrando la esperanza de un futuro disponible.

El gobierno debe reconstruir eso que se llama “esperanza”, que es algo diferente a la expectativa o la espera de algo concreto. Se espera la construcción de un camino, de un hospital, la esperanza es otra cosa.

La esperanza es un bien intangible, que jamás podrán entender Gustavo Lopetegui o Mario Quintana, ellos viven de números y como se dice del famoso “tablero” que solo tienen los colores rojos y azul, en mi opinión está en cortocircuito permanente.

La esperanza es un tiempo abierto, el esperanzado tiene un menú inagotable de posibilidades, no previsibles. Para el esperanzado, el futuro también es incierto o no previsible, pero está disponible.

¿Qué tenemos disponible los argentinos? Es la cuestión que debemos plantear.

Esta perspectiva es la que disminuiría la conflictividad de la que habla Macri, porque mas allá de las calidades personales de los que promueven conflictos, lo que se nota es su absoluta incultura, por eso no tienen valores y todo vale. Son nihilistas y para colmo vacios.

Hay entre esas clases dirigentes, cabalmente representados e inspirados por Cristina, intenciones perversas, pero los fenómenos sociales se explican por la desesperanza. La perversidad está en comerciar la desesperanza.

El tipo que va por los 500 pesos y el “choripan” de González Fraga, lo necesita y con ese dinero come uno o dos días; por supuesto es usado, manipulado y -lo peor- despreciado, ¿pero qué se ganaría como valor social, corriéndole con un protocolo…?

Vuelvo a Maria Eugenia Vidal, creo que ella comprende esta realidad porque también sabe lo que es el barro y la mierda, el riesgo es que el gobierno nacional perdido en esta neblina cultural, la arrastre al fracaso, precisamente a la única dirigente política cuyas acciones tienen sustento cultural.

Tiene otra virtud: se pone en el lugar del otro, aunque sea un perverso.

Tenemos que recuperar lo antes posible lo que algunos estudiosos han llamado “estado de esperanza”.