CLAVES

La economía de Cristina, a contramano

La actividad económica no reacciona y la inflación no decrece: el infierno tan temido se encuentra a las puertas pero la Administración Cristina ni se entera. O simula ni enterarse. Sin embargo, a la vez, se preocupa porque la imagen positiva de la Presidente de la Nación, desciende desde noviembre de 2011. Y la imagen negativa, aumenta. No se preguntan cuál es la relación entre la incipiente estanflación y la imagen pública de la Presidente. Tampoco ha evaluado cambiar de estrategia e iniciar una administración ordenada y racional de la economía, aún cuando se afirma que en el manejo de la expansión monetaria ya hay diferencias entre el relato y la realidad, a causa del nerviosismo de algun funcionario. Veremos. Mientras tanto, un informe muy apropiado para la coyuntura:

 

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Economía & Regiones). La política económica en Brasil, Chile, Uruguay y Perú, por citar ejemplos, tiene como principal objetivo asegurar un crecimiento sustentable con estabilidad de precios. 
 
Es decir, en estos países evitar la inflación es un punto importante de la agenda económica, porque un crecimiento controlado de los precios es una condición necesaria (no suficiente) para un crecimiento sustentablemente.
 
En Brasil, Chile, Uruguay y Perú respetan la evidencia empírica e histórica, que muestran que una inflación alta y sostenida atenta contra el crecimiento. Las autoridades de estos países, cuando notan que los precios podrían desbordarse, no dudan en controlar la inflación, y así sentar las bases para seguir creciendo a tasas mayores y sustentables en el largo plazo.
 
Si la inflación se dispara por arriba de los límites máximos estipulados, sus bancos centrales disminuyen el ritmo de crecimiento de la cantidad de dinero, aún a costa de aumentos moderados de la tasa de interés y de la apreciación nominal del tipo de cambio. 
 
Por el otro lado, buscan mecanismos de control, para limitar la entrada de capitales desde el exterior. Paralelamente, sus sectores públicos moderan la tasa de crecimiento del gasto primario.
 
Esta estrategia de controlar inflación, es preventiva y se adelanta a los acontecimientos, a veces, con leves costos presentes y amplios beneficios futuros.
 
La opción elegida en la Argentina, de ignorar la aceleración inflacionaria, no asegura mejores resultados presentes y limita el crecimento de largo plazo. Esta alternativa prescribe, en forma engañosa beneficios de corto plazo, ignorando completamente el costo futuro, que de menor crecimiento y más alta inflación en el largo plazo. Esta alternativa aplicada en forma sostenida enfrenta a la economía probablemente con el riesgo estanflacionario: bajo o nulo crecimiento con altos niveles de inflación.
 
Brasil, Chile y Perú conducen sus políticas monetarias en base a un sistema de metas de inflación. En estos tres países la meta de inflación exige que el aumento del nivel general de precios tienda a ubicarse en torno a un valor central de entre 2% y 4.5% anual. 
 
Si bien Uruguay no tiene un sistema de metas de inflación formal, el ejercicio de la política monetaria no difiere mucho de la que se práctica bajo las metas de inflación, porque el Banco Central tiene entre sus propósitos la estabilidad de precios y mueve la tasa de interés de referencia o Tasa de Política Monetaria (TPM) para que la inflación se mantenga dentro del rango objetivo (6%/8%) establecido por el Gobierno.
 
A modo de ejemplo, Brasil a comienzos de 2011 crecía al 7.0%, pero su inflación minorista se ubicaba cercana al límite máximo permitido (6.5%). En ese contexto, el Banco Central do Brasil subió la tasa seis veces consecutivas; la SELIC pasó de 10.75% a 12.50% anual.
 
Paralelamente el real se apreció de 1.68 a 1.58 por dólar. El crecimiento se desaceleró por el efecto deliberado de la política, y no por el efecto de la inflación. Al cabo la inflación bajó. Luego, con la inflación ya controlada, el BCB comenzó a aplicar la política inversa: la SELIC bajó seis veces (12.5% a 9%) y el real se depreció de 1.58 a 2.0 por dólar. 
 
En este marco, la tasa de crecimiento de Brasil tocaría “piso” en el segundo trimestre y luego se aceleraría en la segunda mitad de 2012. 
 
De esta manera, se espera que el crecimiento económico de Brasil del segundo semestre de 2012 y comienzos de 2013 se acelere en relación a lo acontecido en el segundo semestre del año pasado y primera mitad de este año.
 
Los casos de Chile y Perú son similares al de Brasil. A comienzos de 2010 Perú crecía a un ritmo superior al 10% y su inflación se aceleraba desbordando la meta. En ese marco, el Banco Central de Perú subió la tasa de interés de referencia 11 veces consecutivas, que pasó de 1.25% (abril ‘ 10) a 4.25% (mayo ’11). Paralelamente, el tipo de cambio nominal se apreció un 6%, pasando de 2.84 a 2.65 soles por dólar. 
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La tasa de crecimiento interanual del nivel de actividad se redujo más de 6 puntos porcentuales, también por decisión deliberada de la política económica, pasando de 12% a 6%. 
 
En el primer trimestre de 2012 la tasa de crecimiento del nivel de actividad de Perú promedió 6% anual.
 
Por el lado de Chile, la tasa de inflación comenzó a acelerarse en 2010 / 2011. El pico de crecimiento tuvo lugar a fines de 2010 y comienzos de 2011, cuando el nivel de actividad también se expandía a una tasa interanual de dos dígitos. El Banco Central chileno subió 13 veces seguidas la tasa de interés, que pasó de 0.5% (mayo’ 10) a 5.3% (julio ’11). Paralelamente, el peso chileno se apreció nominalmente un 14%, bajando de 533 a 462 pesos por dólar. La tasa de crecimiento del nivel de actividad se redujoalrededor de 6 puntos porcentuales. 
 
A fines del año pasado la autoridad monetaria empezó a recorrer el camino inverso e inició la baja de tasa, que pasó de 5.3% a 5.0% anual. En el primer trimestre de 2012 la tasa de crecimiento de Chile se ubicó en torno al 5%.
 
Es interesante mencionar que durante los últimos años cuando el dólar se depreciaba sostenidamente en el contexto internacional, Brasil, Chile y Perú disponían distintas trabas al ingreso de capitales para evitar una mayor depreciación nominal de sus monedas. Ahora, en un contexto internacional en el cual el dólar comenzó a recuperar algo de valor, siguen manteniendo esas trabas para lograr que sus monedas puedan depreciarse en alguna medida frente a la divisa norteamericana.
 
En pocas palabras, los países de la región vecinos deben poner trabas para evitar que los capitales y sus monedas ganen valor frente al dólar, lo cual es diametralmente opuesto a lo que sucede en nuestro país, en donde se ponen trabas para que los capitales no se fuguen y nuestra moneda no se deprecie.
 
Receta para la estanflación
 
La política económica argentina es opuesta a la de sus países vecinos. En nuestro país se pretende maximizar “a toda costa” la tasa de crecimiento presente sin prestar atención a su contrapartida inflacionaria, lo cual podría terminar abortando el crecimiento.
 
La política intentar forzar el crecimiento ignorando la aceleración del aumento del nivel general de precios tiene implícito el riesgo estanflacionario. Es paradójico, el gobierno escoge no moderar el crecimiento presente y adopta políticas no sustentables que reducen el nivel de actividad.
 
Básicamente, los puntales de la maximización del crecimiento “a toda costa” son siempre los mismos: el gasto público y los agregados monetarios siempre crecen al 34%/35% y 30%/32%, respectivamente. Al mismo tiempo, el tipo de cambio nominal se mantiene cuasi fijo. Sin embargo, pueden diferenciarse dos períodos diferentes: 2003/2006 y 2007/2012.
 
En 2003 / 2006 el crecimiento económico estuvo motorizado por el dólar “caro” que, en un marco de hiper desempleo heredado de la Convertibilidad, generó un estímulo para el sector exportador y, sobretodo, una verdadera barrera de protección cambiaria para los sectores industriales mercado internistas. 
 
En ese marco, el crecimiento del empleo industrial impulsó los sueldos y la masa salarial, estimulando la expansión del consumo, la demanda agregada y el nivel de actividad. Se creció a una tasa anual
promedio mayor al 8% anual y la inflación se mantuvo relativamente baja: 4% (2003); 6% (2004) y 12% (2005/2006).
 
Sin embargo, la aceleración de la inflación, que casi se duplicaba año tras año, mostraba que el programa económico perdía sustentabilidad y había que introducir cambios en pos de controlar el aumento de los precios. Tal vez, aquel habría sido el momento de bajar la inflación para permitir un crecimiento más sustentable.
 
Apenas la inflación empezó a tomar más preponderancia, lejos de combatirla, la decisión del gobierno fue esconderla y potenciar la expansión del gasto público a costa de erosionar el frente fiscal y potenciar el aumento de los precios.
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En 2007 el gobierno decidió no controlar la inflación, suponiendo que eso reduciría la expansión del producto. Se redobló la apuesta. Se intervino el INdEC y se compensó la apreciación cambiaria con un mayor estímulo fiscal (aumento del gasto). Los recursos heredados (impuesto al cheque y las retenciones a las exportaciones) ya no alcanzaban, por lo que el gobierno decidió agrandar la caja con los recursos previsionales (re-estatizando el sistema de jubilaciones y pensiones) y los ingresos provenientes del Banco Central (como reservas, adelantos transitorios y utilidades) para financiar tanto gasto corriente como gastos por debajo de la línea.
 
El impulso fiscal incrementó la obra pública y el gasto en subsidios, que en términos relativos pasaron del 5% al 9% y del 12% al 17% del gasto primario; respectivamente.
 
La política fiscal se tornó tan expansiva que el superávit fiscal genuino del SPN (sector público nacional) se redujo sostenidamente desde 3.5% (2006) a 2.1% (2007); 2.6% (2008); -0.4% (2009); -0.3% (2010) y -0.8% (2011).
 
Al mismo tiempo, la política monetaria también estuvo supeditada a una supuesta maximización del crecimiento económico a través de la expansión de la base monetaria (que garantizaba bajas tasas de interés) y del mantenimiento del tipo de cambio nominal depreciado, que generaba protección a los productores locales, frenaba importaciones y brindaba recursos el Tesoro a través de las retenciones a las
exportaciones. A diferencia de los bancos centrales de la región, el objetivo principal del BCRA era una supuesta maximización del crecimiento y sin control de la inflación.
 
Es más, a partir de 2010 el Banco Central adquirió un rol fundamental como financista de la política fiscal expansiva Tesoro, alimentando el proceso inflacionario. Rol que se potenció con la modificación de la carta orgánica a comienzos de este año.
 
Gran parte del crecimiento de los desequilibrios argentinos de los últimos años fueron generados por el rol que tuvieron las políticas públicas. El Estado propulsó una inflación creciente que se intentó moderar con una batería de diversas herramientas: precios máximos, subsidios, cupos de exportación y retenciones a las exportaciones.
 
No debería sorprender que los estímulos de las políticas públicas hayan acelerado la inflación y reducido el crecimiento potencial argentino, porque la economía se encontraba ya en 2007cercana al pleno empleo de los recursos capital y trabajo. La capacidad instalada de la industria se incrementó sucesivamente desde el 60% (2003) hasta alcanzar su pico de 81% en los primeros meses del 2012 y el desempleo se redujo hasta su punto mínimo histórico del 6% en 2011. 
 
Cuando la economía se encuentra cercana a su frontera de posibilidades de producción, los incentivos -fiscales y monetarios- a la demanda agregada se traducen en inflación; el ajuste se hace vía incremento de precios. Y sólo se puede salir de esa trampa mediante un aumento de la inversión capaz de estimular la oferta.
 
En pocas palabras, la intención de maximizar el aumento constante de la demanda agregada y el crecimiento en el corto plazo contribuyeron con la aceleración de los precios, y una inflación sostenida a lo largo del tiempo atenta contra el crecimiento económico de largo plazo. Sin que sea empíricamente comprobable que el crecimiento de corto plazo haya sido superior al que hubiese existido con una política que hubiese asegurado la estabilidad de precios.
 
Ahora bien, los agentes económicos no son miopes y forman expectativas. Guiados por la evidencia empírica e histórica, perciben que el actual modelo económico, así como está, no es sustentable en el largo plazo. Descuentan que el congelamiento de tarifas, los subsidios y las compensaciones ya no alcanzan para contrarrestar el abaratamiento del dólar y (ahora) del real. En este marco, reducen la demanda de pesos en favor de los dólares, porque creen que la divisa norteamericana será el mejor instrumento para proteger su poder adquisitivo.
 
El gobierno pretende seguir redoblando la apuesta y acrecienta la tasa de expansión del gasto público, que financia emitiendo cada vez más pesos cuando la gente no demanda dichos pesos.
 
El exceso creciente de oferta monetaria se traduce en mayores expectativas de inflación y de devaluación, reforzando la demanda de dólares que aumenta sostenidamente desde mediados de año pasado.
 
Las trabas en el mercado cambiario, implementadas por el gobierno, pretenden obligar a consumir pesos en detrimento de la demanda de dólares, convirtiendo, de esta manera, a la moneda norteamericana en un bien escaso. Por el otro lado, el gobierno impone restricciones a la oferta, lo que exacerba. Conducta humana habitual: cuanto se restringe un bien, más lo quiere la gente y más aumenta su valor. El mercado cambiario paralelo parece convalidarlo; la brecha cambiaria aumenta sostenidamente.
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El dólar blue ($6.0) y “el contado con liqui” ($6.0) se alejan del dólar oficial ($4.45). Cuanto más se prolongue esta situación, la brecha cambiaria se perpetuará, el nivel de actividad se desacelerará más rápidamente y las expectativas de inflación y depreciación se aumentarán. El círculo vicioso se potenciará y la estanflación será una amenaza más cercana. Una demanda creciente con una contracción de la oferta inevitablemente provoca más inflación y menor nivel de actividad.
 
¿Cómo se sale de este círculo vicioso? Haciendo lo que hacen nuestros países vecinos.
 
Después de más de cinco años de acumulación de desequilibrios y distorsiones de precios relativos, la soluciones no son ni rápidas, ni sencillas e, inevitablemente, incluirán sufrimientos en la población y el tejido productivo.
 
En la Argentina, en que la moneda es débil y no sirve como reserva de valor, la política fiscal deberá ser dominante sobre la monetaria. Habría que expandir menos el gasto público para emitir menos pesos y volver encauzar la oferta con la demanda de pesos. 
 
Sin exceso de oferta de pesos, las expectativas inflación y de depreciación se estabilizarían. En ese marco, habría que liberar el mercado cambiario. Por el otro lado, será inevitable una recomposición de los precios relativos, que permitan señales más adecuadas para el crecimiento de largo plazo.