Catamarca 2007 (La última batalla de Barrionuevo): El asesinato que cambió la dinastía

El 8 de septiembre de 1990, María Soledad Morales fue violada, drogada y asesinada en el caso conocido como 'los hijos del poder', en el departamento de Valle Viejo, en Catamarca. El caso abrió una etapa macabra en la historia policial y, a la vez, dejó al descubierto los privilegios, abusos e injusticias que terminaron con la caída de una familia de políticos que dominaba la provincia, y a la que reemplazó otra dinastía, hasta ahora más 'prolija'. Un necesario fragmento del informe especial de EDICIÓN i:

CIUDAD DE BUENOS AIRES ( EDICIÓN i). Fue un 10 de septiembre de 1990 cuando el misterio de 48 horas llegó a su fin, después del desconcierto y la angustia que cercó a una provincia hasta el momento pacífica. Ese día la tranquilidad que reinaba en las calles se terminó para siempre cuando María Soledad, una joven de 17 años oriunda de Valle Viejo, fue encontrada muerta después de ser drogada y violada a la salida de un boliche.
 
 El 8 de septiembre Ada y Elías Morales, padres de la joven, de otros dos varones y cuatro mujeres, denunciaron la desaparición de María Soledad, quien había ido a bailar la noche del sábado con un grupo de amigos en un día muy especial ya que elegirían la reina del colegio, donde ella se había postulado. Según sus compañeros la joven se retiró del boliche con su novio, una persona que le llevaba varios años, casado aunque lo mantenía en secreto, y de quien solo se conocía su apodo: Tula.
 
 Nadie pensaba que el caso abriría una etapa de investigaciones que terminaría con la historia de una de las familias más influyentes de la provincia, los Saadi, cuando dieron con el cuerpo en un descampado de la ruta nacional 38, a siete kilómetros de la capital de Catamarca y a metros de la casa de Tula.
 
 El cadaver de María Soledad se encontraba semienterrado, cubierto solamente por el corpiño, muy golpeado y con algunas mordidas de roedores. La Unidad Regional 1 tomó cartas en el asunto y el cuerpo médico forense constató que la estudiante había sido violada. El jefe de la Policía de la provincia era el comisario general Miguel Ángel Ferreyra, quien confirmó que la joven vivía en la localidad de Santa Rosa, departamento de Valle Viejo.
La pericia médica que se conoció posteriormente dictaminó que la muerte de la estudiante "ocurrió por una feroz golpiza que recibió y un paro cardíaco posterior". Ese fue el primer informe que años después sería cuestionado y puesto en la mira de la causa por encubrimiento en la que derivó la muerte.
 
 Los rumores que se fueron tejiendo alrededor del caso fueron los que terminaron por alertar a la sociedad catamarqueña, ya que no había antecedentes de tremenda atrocidad y tampoco estaba a la luz la trama de poder y misterios que rodeaba a los gobernantes provinciales, todos bajo la familia Saadi.
Hasta el mismo comisario Ferreyra sumó más confusión cuando lanzó a los padres el siguiente consejo. "Les pido que tengan un mayor control sobre sus hijos. Deben saber quiénes son sus amigos y compañeros. Conocer los lugares a los que concurren y no dejarlos a la deriva. Es fundamental para su seguridad".
 
 La declaración enardeció a los ciudadanos y puso en la mira a las autoridades de seguridad, quienes desconocían que el tema iría mucho más allá de cualquier hecho policial y que terminaría en un escándalo nacional, especialmente después que las marchas del silencio se convirtieran en noticia de todos los diarios, cuando los nombres de gente vinculada con la política local quedaron involucrados en el caso.
 
 Los catamarqueños empezaron a salir a las calles liderados por la hermana Martha Pelloni, rectora del Colegio del Carmen y San José, quien levantó la bandera de la justicia en una provincia llena de impunidad. Su figura, junto a la de los padres de la joven, llegó a traspasar las fronteras de Valle Viejo, a tal punto que fue persuadida por la policía de la conveniencia de disuadir a sus alumnas del impulso de entregarse a convocatorias y reclamos cuando las marchas se convirtieron en rutina en la provincia.
 
 No hubo un vecino de la familia Morales, ni un integrante del colegio ni de las familias de los jóvenes en general que no asista a las marchas. Miles de personas recorrían la calle que todos insistían en llamar República, a pesar de que había sido rebautizada Vicente Leonides Saadi. Pasaban frente al viejo edificio del Hospital San Juan Bautista y por un costado Casa de Gobierno. En las ventanas y los balcones, la gente oscilaba entre la sorpresa y la emoción. En las veredas, se detenían o se sumaban. En los bares se ponían de pie.
 
 Más de 10.000 personas asistieron a cada encuentro, siempre liderados por la hermana Pelloni, Ada y Elías.
 
 Las marchas siguieron un camino sin retorno contra la impunidad, todos los jueves, aumentando la presión. Y ese clima se había convertido en una tortura para el gobernador Saadi, quien exigió a la policía que le ponga fin a los reclamos. Como no se pudo terminar con el caos, veinte días después el jefe Ferreyra anunciaba su renuncia irrevocable, aclamando: "Cuando más los necesité, el partido y los funcionarios me dejaron solo".
 
 LOS INVOLUCRADOS
 
 El nombre de Luis Tula sonó rápidamente en los medios al ser señalado como el novio de María Soledad y la persona que se retiró con ella la noche del sábado o madrugada del domingo del boliche bailable. Pero no fue el principal acusado, cuya condena fue a nueve años de prisión por su participación secundaria en el crimen. El nombre del primer responsable del caso fue nada menos que Guillermo Luque, hijo del diputado nacional Ángel Luque, condenado a 21 años de prisión por la violación y muerte de María Soledad.
 
 La sentencia se escuchó siete años después, tras distorsiones por encubrimiento. Hasta la prueba médica fue discutida, y surgió con claridad que María Soledad no había muerto de un golpe en la cara que le fracturó la mandíbula, porque no había constancia científica que lo avalara y tampoco esa causa de muerte coincidía con los pocos datos que hasta entonces se habían recogido. Apareció entonces la evidencia de la violación y de la muerte por intoxicación con cocaína. Y quedó patente que en el asunto Morales hubo médicos forenses que quedaron cuestionados y otros cuyo trabajo convalidó su reputación.
 
 Con esos datos el juicio tomó un rumbo cierto, hasta llegar a la definición que indicaba que la muerte fue por sobredosis. También con el respaldo de la justicia muchos testigos que habían estado durante siete años aprisionados por el miedo se animaron a hablar, como fue el caso de Jesús Muro, ex barman de Clivus y Ramón Medina, ex empleado de la familia Luque.
 
 A partir de entonces se armó la verdadera historia que dejó ver que esa noche, la joven había estado en el boliche con Tula y Luque, autor material del hecho tras haber sido entregada por el primero.
 
 Recién el 27 de febrero de 1998 los dos responsables escucharon el fallo dictado por los jueces Santiago Olmedo, Jorge Álvarez Morales y Rubén Edgardo Alvarez, de la Cámara Penal II de Catamarca. Fueron 87 días de audiencias, por las que pasaron 372 testigos a lo largo de seis meses.
 
 El último día Luque llegó con la cara hinchada de tanto llorar, mientras que a Tula se lo vio más tranquilo. Entre las 29 personas del público que había en la sala, podía verse a Edith Pretti de Luque, la madre de Guillermo, su hija Alejandra, su esposa Florencia y la mujer del abogado Víctor Pinto. El ex diputado nacional Ángel Luque había optado por quedarse en la residencia Guardia de Hierro, en las afueras de la ciudad, para seguir el proceso por televisión. Entre el público, no había nadie acompañando a Luis Tula.
 
 La sala permanecía en el más hermético silencio hasta que entraron los jueces. En esos momentos la tensión había ido en aumento: aún no se sabía si los jueces se dispondrían a ultimar los detalles para dar a conocer el veredicto o resolverían pasar a un cuarto intermedio. Pero todo fue rápido y Luque y Tula fueron concretos en sus últimas palabras antes de la sentencia. Pero ninguno de los dos proclamó ante los jueces su inocencia, en las que serían sus últimas palabras como hombres libres.
 
 Apenas pasadas las seis de la tarde, se realizó el sorteo del orden de votación de los jueces. En la misma sala, con un bolillero de madera, quedó establecido el orden: Olmedo de Arzuaga, Jorge Alvarez Morales y Edgardo Alvarez. A las 22:29 el tribunal ya estaba en las sala leyendo. Seis minutos después, los acusados se convirtieron en condenados.
 
 La resolución de los camaristas -442 carillas- no se limitó a condenar a Luque y Tula. Los jueces también hicieron hincapié en las graves irregularidades que se habían producido desde el comienzo mismo del caso.
 
 Por eso ordenaron que se abriera una serie de nuevas investigaciones: por la coautoría del crimen, por su encubrimiento, por falsos testimonios vertidos durante el juicio, asociación ilícita y por amenazas contra los padres de María Soledad, entre otras. Pero los resultados fueron nulos.
 
 La principal investigación, dirigida a determinar quiénes participaron del crimen junto a Luque y Tula, no tuvo éxito. Hugo "El Hueso" Ibáñez y Eduardo "El Loco" Méndez, dos íntimos amigos de Luque, habían sido señalados por la Cámara como los sospechosos fundamentales. Pero fueron sobreseídos en un breve trámite.
La otra gran investigación pedida por los jueces recién se inició a dos años de ser solicitada y a diez de producido el crimen y al límite de la prescripción. Luego de que distintos jueces la rechazaron, la jueza Patricia Olmi decidió hacerse cargo de la causa por el encubrimiento del asesinato. En un escrito amplio, la fiscal habla de encubrimiento, asociación ilícita y otros delitos y menciona a varias personas.
 
 La lista está encabezada por el ex gobernador de la provincia Ramón Eduardo Saadi y le siguen los ex jefes de la Policía de Catamarca en 1990, Miguel Angel Ferreyra y Miguel Dahbar.
 Desde el día de la condena, Luque y Tula no se han movido del Instituto Penal de Catamarca, ubicado en el medio de la ciudad. Tula estudió Computación y Derecho, saliendo del penal para ir a rendir sus exámenes a la Universidad Nacional de Catamarca. También logró las salidas laborales Luque, quien todavía tiene varios años por delante en la cárcel.
 
 Ada y Elías Morales se dedican a sus otros hijos, y cada 8 de septiembre hacen una misa por la memoria de María Soledad.
 
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