LA EPIDEMIA DEL SIGLO 21

3 millones mueren al año por comida chatarra

El civilización contemporánea está pagando un precio muy alto por el fracaso de las políticas alimentarias. Frente al enfoque clásico que considera a la desnutrición como la consecuencia más grave, la ONU ahora afirma que en verdad lo son el sobrepeso y la obesidad.

 

Unos 1.300 millones de personas padecen sobrepeso/obesidad en el mundo y, entre ellos, más de 3 millones mueren cada año, según un informe de Naciones Unidas sobre alimentación que se presenta en Ginebra, Suiza. 
 
Los malos hábitos alimentarios terminan siendo iguales o peores que el hambre.
 
“El sistema es una receta para vidas poco sanas”, de acuerdo al documento, al que accedieron algunos medios de comunicación, que culpa por igual a la industria alimentaria y a los Gobiernos de estos excesos. 
 
A las empresas les reprocha que hayan reorientado su valor añadido hacia la creación de alimentos ricos en grasas, sal y azúcar. 
 
De esta forma, han quebrado la base tradicional de la alimentación local, lo que, a menudo, impide garantizar salarios dignos a los agricultores.
 
Para los Gobiernos, las quejas son aun mayores: “Los Estados están desatendiendo la responsabilidad que tienen de garantizar el derecho a una alimentación adecuada en el marco de las leyes internacionales de derechos humanos”. 
 
El informe considera negativas las subvenciones agrícolas sobre determinadas materias primas (por ejemplo, el maíz y la soja) que sirven como base para esos alimentos poco saludables y deplora la falta de límites al mercado publicitario, que hace muy atractivas estas dietas para los niños.
 
Tras constatar que 1 de cada 7 personas padece hambre en el mundo, el relator especial de la ONU para la alimentación, Olivier de Schutter, añade que, pese a todo, el 65% de la población vive en países donde la obesidad “mata a más personas que la falta de peso”. 
 
Las consecuencias derivadas de esta alimentación deficiente han dejado de ser un problema exclusivo de los países ricos para extenderse con rapidez a los países en vías de desarrollo.
 
Para alertar sobre la importancia de este fenómeno, el relator apela a la perspectiva económica: un aumento del 10% en las enfermedades ligadas a las dietas poco saludables afectan en -0,5% el PIB mundial, a causa de los mayores costes exigidos a los sistemas sanitarios.
 
El informe analiza con una perspectiva muy crítica lo que en las últimas décadas se ha considerado un éxito de las políticas agrarias. La producción ha aumentado mucho en los últimos años y eso ha permitido que la población de países en vías de desarrollo eleve la cantidad de calorías que ingiere al día. 
 
Pero ese aporte energético ha procedido de nutrientes como la carne, el azúcar y el aceite, en lugar de provenir de otras sustancias más aconsejables como las legumbres, la fruta y las verduras. 
 
Y esto ha dilapidado algunos sistemas de producción local que no han podido competir con los enormes subsidios que reciben las materias primas menos saludables.
 
Expuesto el problema, el autor se lanza a proponer varias soluciones, aunque él es consciente de que harán falta muchos esfuerzos para que Gobiernos y grandes empresas sitúen esas recomendaciones entre sus prioridades. 
 
En primer lugar, De Schutter considera “mal orientadas” las subvenciones agrícolas porque incentivan dietas ricas en alimentos muy elaborados.
 
Además, subraya la importancia de adaptar a las legislaciones nacionales las recomendaciones sobre la comercialización de leches que sustituyen a la materna, de forma que quede clara la ventaja de la lactancia natural. Eso implica que las empresas “se abstengan de promocionar esas leches de sustitución”.
 
También reclama más control con la exposición de los niños a la publicidad sobre refrescos y bebidas azucaradas. 
 
La ONU apuesta por gravar su consumo y utilizar los recursos que se obtengan para promover el acceso a frutas y verduras y concienciar sobre los beneficios de consumirlas.
 
En el ámbito de la producción, las recomendaciones se centran en mejorar el apoyo a los agricultores a través de incentivos fiscales y “asegurar una infraestructura adecuada que conecte a los productores locales con los consumidores urbanos”. 
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El documento reclama a las compañías a garantizar “que los trabajadores reciben salarios dignos y que los productores perciben precios justos por sus productos”. De esa forma se preservan las cadenas alimentarias locales.
 
Con las conclusiones del trabajo, el relator especial para la alimentación pretende dirigirse, entre otras, a las autoridades europeas para que las tengan en cuenta en la próxima reforma de la política agraria común. 
 
Precios
 
El doble revés de los precios altos de los alimentos y la desaceleración económica ha empujado a otros 115 millones de personas hacia la pobreza y el hambre. En 2009, el número total de personas hambrientas en el mundo alcanzó el millar de millones.
 
De acuerdo con los nuevos datos mundiales sobre el hambre, desde entonces la cifra ha descendido a 925 millones de personas. Sin embargo, la fuerte subida del precio de los alimentos experimentada recientemente podría traducirse en un nuevo aumento de esta cifra. 
 
De julio a septiembre de 2010 el precio del trigo aumentó entre 60% y 80% en respuesta a las pérdidas de cultivos provocadas por la sequía en Rusia y la posterior prohibición de las exportaciones de la Federación Rusa. 
 
Además, los precios del arroz y del maíz también subieron durante ese periodo.
 
En diciembre de 2010, el índice de la FAO para los precios de los alimentos alcanzó de nuevo su máximo de 2008, con el azúcar, los aceites y las grasas experimentando el aumento más marcado. 
 
En marzo de 2011, el índice ha bajado por vez primera tras 8 meses seguidos de incrementos. El índice descendió en octubre de 2011 a su nivel más bajo en los últimos 11 meses. Sin embargo, los precios permanecen muy volátiles.
 
El coste de los productos alimentarios básicos sigue siendo elevado en muchos países en desarrollo, lo cual dificulta aún más la vida de los más pobres del mundo que ya dedican entre el 60% y el 80% de sus escasos ingresos a los alimentos.
 
Una entrevista
 
La defensa de los derechos es el eje de la carrera de Olivier de Schutter, quien nació en Bruselas, Bélgica,en 1968. 
 
Luego de casi 4 años como relator de la ONU para la alimentación, De Schutter defiende el giro que plantea el informe de Naciones Unidas sobre los problemas alimentarios.
 
-El informe se centra en los malos hábitos en lugar de la desnutrición. ¿Por qué?
 
-Tenemos que ser mucho más agresivos frente al sobrepeso y la obesidad, que tienen un efecto enorme, aunque infravalorado. Hoy provocan al menos tres millones de muertes al año. Y serán cinco millones en 2030. Mucha gente pensará que tiene que ver con los malos hábitos, pero es que el sistema hace mucho más caro comer bien que mal. La obesidad está cobrando tanta importancia como la desnutrición. En China, el 10% de los niños están obesos y otro 10%, mal nutridos.
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-¿Son problemas equiparables?
 
-Por el número de afectados, son comparables. 925 millones de personas sufren de malnutrición y 1.300 millones, sobrepeso. Hoy, 3,1 millones de personas que mueren de forma prematura por sobrepeso. Y cinco millones de niños, por falta de nutrición. Otra forma de mirarlo es el impacto en el crecimiento. En China, este problema detraerá el 8% PIB en 2025. El sobrepeso se está convirtiendo en una epidemia, pero desde la ONU aún no conseguimos convencer a los Estados para que lo tengan entre sus prioridades.
 
-¿Ni por su impacto?
 
-Perdemos tres veces: pagamos subsidios incorrectos, permitimos anuncios de comida basura cuyo coste es deducible y pagamos costes sanitarios.
 
-Enfrentarse a este problema perjudica a las grandes empresas. ¿Se atreverán los Gobiernos?
 
-No ponerles coto es una perspectiva muy cortoplacista. No es normal que se anuncie comida basura y al mismo tiempo que los Gobiernos sufraguen campañas para hacerle frente.
 
-¿Quién tiene más culpa?
 
-Los Gobiernos son culpables de haberse preocupado por elevar el nivel de calorías baratas disponibles sin mirar la dimensión nutritiva. Pero las empresas hacen negocio al animar a consumir alimentos altos en grasas y sal. Han minusvalorado el impacto sanitario de lo que hacen y esconden sus efectos.
 
-También se recomienda gravar la comida basura.
 
-Se acaban de adoptar medidas en Dinamarca, Hungría, Francia, pero aún son difíciles de valorar. Lo que sabemos es que si sube el 1% el precio de los refrescos, el consumo desciende un 10%. Es escandaloso que en México sea más accesible la Coca-cola que el agua potable. Se puede pensar que al final es gravar a los más pobres, pero el dinero que se obtenga debería utilizarse para hacerles más accesible la comida sana.

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