Todo indica que CK continuará con el presidencialismo en su máxima expresión

En cuatro años Néstor Kirchner firmó 249 decretos contra 176, de Carlos Menem. Es el presidencialismo expuesto en su máxima dimensión. El gobierno K no ha hecho más que relegar la tarea legislativa y ejercer una fuerte hegemonía del Poder Ejecutivo por encima de las necesidades e intereses de los legisladores, incluidos, claro está, la primera dama, senadora y candidata presidencial Cristina Fernández de Kirchner.

El presidente Néstor Kirchner firmó más decretos que leyes en sus cuatro años de gobierno, superando incluso el número de decretos firmados por Carlos Saúl Menem. Kirchner firmó 249 decretos de necesidad y urgencia (DNU) en lo que va de su mandato, mientras que sólo envió al Parlamento 176 proyectos de ley.
La información que ilustra el grado de subordinación en el que cayó el Congreso respecto del Poder Ejecutivo se desprende de un relevamiento realizado por el Centro de Estudios para Políticas Públicas Aplicadas (Ceppa), publicado hoy por el diario La Nación.
Según el informe, en su primer año de gobierno Kirchner firmó 67 decretos y el Congreso sancionó 56 proyectos de ley del Poder Ejecutivo; en el segundo año firmó 73 DNU y se aprobaron en el Parlamento 43 proyectos de ley del Gobierno; en el tercer año hubo 61 decretos de Kirchner contra 35 leyes del Poder Ejecutivo, y en el cuarto año, 48 decretos y 40 proyectos de ley del Gobierno.
El que fuera el abanderado de los decretos, el ex presidente Carlos Saúl Menem, durante su segundo mandato emitió 144 decretos, número superado ahora por los 249 firmados por Kirchner en sus cuatro años de gestión. Al recurrir a los decretos el Gobierno esquiva el debate político previo a la sanción de leyes, esencia de la democracia
No se trata sólo de datos estadísticos sueltos y fríos: es, en rigor, una mecánica reiterada en los últimos años y el abuso de otras herramientas que hacen que el Congreso hoy aparezca obsoleto y debilitado.
En síntesis, el Congreso se ha convertido, de hecho, en una cáscara vacía subordinada a las órdenes de la Casa Rosada.
Ante esta terrible y peligrosa realidad, los especialistas de organismos no gubernamentales y muchos legisladores se muestran alarmados por la débil salud que exhibe el principal poder de contralor de la República.
Con total impunida, Néstor Kirchner  hizo uso y abuso de decretos para esquivar el trámite ordinario de sanción de leyes y, con él, el debate político, que hace a la esencia misma de toda democracia.
A estas estadísticas se suman otros elementos que igualmente aumentan este nivel de degradación en la que se sumió el Congreso. Estos son:
Superpoderes: el año pasado el Gobierno impulsó una ley que habilita al jefe de Gabinete a reasignar partidas a su discreción, avasallando así una facultad constitucional del Congreso.
De esta manera, la discusión parlamentaria de los miles de millones de pesos que conforman el presupuesto no tiene sentido, denuncia la oposición.
Decretos: a la proliferación de decretos ya mencionada se suma la controversia por la ley que facilita su posterior ratificación parlamentaria, promocionada por Cristina Fernández de Kirchner, candidata oficial a la presidencia, y criticada por la oposición.
"Si no hay rechazo expreso de ambas cámaras, el DNU queda ratificado; por eso se convirtió en una facultad corriente del Gobierno. La comisión bicameral legislativa que las revisa, de mayoría oficialista, funciona bien, pero no analiza si esos DNU reúnen los requisitos excepcionales que prevé la Constitución para su dictado. Y en su mayoría no las reúnen", explicó el diputado Pablo Tonelli (Pro-Capital).
En tanto, las visitas del jefe de Gabinete brillan por su ausencia.  La Constitución obliga a este funcionario a concurrir una vez al mes al Congreso a exhibir su informe de gestión. Debe alternar las visitas en cada una de las cámaras cada mes. En lo que va de este año, Alberto Fernández sólo concurrió una vez al Congreso. Esto ocurrió en marzo último en la Cámara de Diputados. Por su parte, desde el Gobierno no dieron explicaciones oficiales a los legisladores ante la ausencia del funcionario.
Por otra parte, la mayoría oficialista de ambas cámaras limitó la aprobación de pedidos de informes al Poder Ejecutivo que se le elevan al jefe de Gabinete, a punto tal que diputados de la oposición debieron recurrir al decreto de acceso a la información pública (limitado al Poder Ejecutivo) para indagar sobre aspectos de la gestión de Kirchner; aun así, las respuestas tampoco han sido satisfactorias para los legisladores.
Así, la tarea de control se reduce al mínimo, más aún si se considera que casi ningún ministro concurre a las comisiones del Congreso cuando son convocados.
Comisión Mixta revisora de Cuentas: debería ser la comisión neurálgica del Congreso, pero no lo es. Es que esta comisión evalúa los informes que allí remite la Auditoría General de la Nación (AGN) que preside la oposición por mandato constitucional. La Auditoría está presidida por el radical Leandro Despouy y en los últimos años se emitieron desde allí informes muy críticos a la gestión de Kirchner.
Pero esos documentos, que luego pasan al Congreso para su aprobación, aparecen como simples resoluciones no vinculantes que se aprueban sin deabte alguno en el recinto de ambas cámaras.
Juan Antoniassi, de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia. (ACIJ) que investigó específicamente este tema expresó: "En nuestra investigación, preguntamos a una serie de diputados y senadores: ¿cuántos informes de la Auditoría usted aprobó? Muchos, y la gran mayoría para nuestra sorpresa, nos dijeron: ninguno".
Frente a todas estas falencias del Congreso cabe preguntarse: ¿De quién es la responsabilidad?
"Es compartida; el Poder Ejecutivo hace lo suyo, pero los legisladores abdicaron de su función de control. De esta manera, el hiperpresidencialismo, lejos de atenuarse, se agudiza", afirmó Matteo Goretti, que trabajó en la investigación del Ceppa.