Estados Unidos y Pakistán muestran una doble vara enorme frente a dos condenas a muerte: mientras Donald Trump coqueteó con hacer espectáculo de un fusilamiento, un cristiano pakistaní enfrenta la pena capital por blasfemia. La muerte como castigo, el morbo como negocio y los políticos jugando con la sed de venganza: circo viejo, pero los métodos siguen siendo escandalosos.
CIRCO ROMANO
Morir en EE.UU. o Pakistán: El perverso show de la muerte pensado para la gilada
Estados Unidos y Pakistán muestran la doble vara que hay alrededor de la pena de muerte. Y los políticos coquetean con el morbo como si la Justicia fuera show.
Donald Trump quiso transmitir una ejecución en vivo y después reculó
El 5 de noviembre de 2009, el mayor del Ejército estadounidense Nidal Malik Hasan abrió fuego en la base militar de Fort Hood, Texasm, donde mató a 13 personas e hirió a otras 32. En 2013 fue condenado a muerte por un tribunal militar. La ejecución por fusilamiento está prevista para el 3 de diciembre de 2026, aunque su realización todavía puede depender de ciertas cuestiones legales.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, propuso transmitirla en directo, argumentando que "la gente debía conocer las consecuencias de determinados crímenes". Osea que si el castigo es suficientemente brutal y todos pueden verlo, seguro sirve de advertencia. Una idea que, en pleno siglo XXI, tiene bastante más baranda a circo que a modernización de la Justicia.
Trump terminó dando marcha atrás el 15 de octubre. En Truth Social reconoció que la transmisión podía funcionar como elemento disuasorio, pero también admitió que muchas personas preferían no ver morir a un ser humano. "Morirá, como estaba previsto, por un pelotón de fusilamiento, pero este acontecimiento no será transmitido en directo", escribió. También sostuvo que los familiares directos de las víctimas podrían presenciarlo personalmente si así lo deseaban.
Todo este debate encontró una protagonista especialmente relevante en Julia Wilson, una sobreviviente del ataque y empleada civil del Departamento de Defensa, que estaba a punto de dar a luz aquel día. Wilson expresó su deseo de mirar a Hasan a los ojos y demostrarle que había sobrevivido.
"Esto no es una pelea de UFC. Esto no es WWE. Es una persona a la que están matando por las consecuencias de sus actos", advirtió Wilson en una entrevista con Fox News. También cuestionó que los chicos pudieran quedar expuestos a esas imágenes. Su postura básica es que se puede reclamar justicia sin convertir la muerte en entretenimiento.
Igualmente, no importa que Trump haya dardo marcha atrás con la transmisión. Se lo puede criticar aunque haya retrocedido porque frenó después de que la propuesta quedara instalada como debate. Primero se tanteó el espectáculo; después, ante las objeciones, se bajó el telón. La pregunta es por qué semejante idea pareció aceptable en primer lugar.
Pena de muerte: el morbo popular que los gobernantes aprovechan
Mientras en Washington la discusión giraba alrededor de "televisación sí, televisación no", Pakistán confirmó el 7 de octubre de 2026 la condena a muerte de Qaiser Ayub, un cristiano acusado de publicar contenido blasfemo en internet (aunque no hay fecha confirmada).
La Corte Suprema rechazó su apelación y absolvió a su hermano Amoon por falta de pruebas. Ayub sostiene que la página en sí había sido cerrada antes y que otra persona pudo haberla reactivado utilizando su nombre.
Si bien los dos están condenados a muerte por razones muy distintas (uno por una masacre y el otro por blasfemo), nos sirve para observar cómo cada país presenta la pena capital y cuánto espacio deja para discutir sus consecuencias.
En Pakistán, las leyes de blasfemia generan todavía preocupación alrededor del mundo por el riesgo de abusos y violencia contra los acusados; en Estados Unidos, en cambio, el debate se concentra en si el Estado debía exhibir públicamente la muerte de un condenado. La diferencia no está solamente en quién recibe la pena, sino también en cómo el poder busca legitimarla ante la sociedad.
¿Las ejecuciones alimentan el morbo? La historia da motivos para pensar que sí. El 14 de agosto de 1936, se ahorcó públicamente a Rainey Bethea (la última ejecución en la historia de Estados Unidos) en Kentucky ante unas 20.000 personas. Hubo curiosos y un clima de espectáculo que provocó reacciones adversas.
El crimen de Bethea fue violar y matar a una mujer de 70 años, pero la experiencia dejó una lección bastante alejada de la idea de disuasión: que todos miren no garantiza que aprendan algo.
Los emperadores romanos conocían bien ese mecanismo. Los juegos del Coliseo incluían entretenimiento, castigo y demostraciones del poder del emperador. El célebre Panem et circenses ("pan y circo"), expresión asociada al poeta Juvenal, resumía una lógica que hasta el día de hoy se repite en la política: distraer al pueblo mediante espectáculos mientras el gobernante exhibe su autoridad.
En el caso de Trump, el poder presenta la violencia como advertencia y corre el riesgo de convertirla en entretenimiento.
La idea de que una ejecución pública disuada a los futuros criminales tampoco puede darse por demostrada porque un funcionario la anuncie. Y si el resultado es que miren cómo muere alguien por curiosidad, el Estado habrá conseguido audiencia, pero no necesariamente más seguridad ni más justicia.
Trump canceló el streaming, y eso fue mejor que seguir adelante. Pero este capítulo demostró una vieja tentación: utilizar la muerte ajena para transmitir autoridad, satisfacer la sed de revancha o ganar impacto político.
La justicia debería responder por los crímenes, no competir por espectadores. Y cuando el castigo necesita una audiencia para demostrar que el poder es fuerte, conviene preguntarse quién está siendo educado y quién está montando el espectáculo.
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