Este 10/11 se cumplieron 101 años del nacimiento de Hachiko, el perro que esperó hasta sus últimos días a su dueño fallecido en una estación de tren japonesa. La historia de este fiel can, que demostró una lealtad sin igual, trascendió el tiempo y se convirtió en una fábula universal de amor y fidelidad incondicional entre humanos y animales.
LEALTAD INCONDICIONAL EN CUATRO PATAS
101 años de Hachiko: El perro que desafió el tiempo y la muerte por amor a su dueño
Hachiko, el perro fiel, esperó a su amo fallecido por casi 10 años en Shibuya. Su historia de lealtad, símbolo de amor eterno, vive hoy en una estatua en Tokio.
Un cachorro de Akita para un profesor en Tokio
Hachiko nació el 10 de noviembre de 1923 en una granja a las afueras de la ciudad de Odate, en la prefectura de Akita, y pertenecía a la emblemática raza Akita-inu, conocidos por su nobleza y su gran apego. El profesor Ueno Hidesaburo, catedrático en agricultura de la Universidad Imperial de Tokio, buscaba un perro japonés puro como compañero, y gracias a un estudiante, pudo conseguir a Hachiko cuando apenas era un cachorro.
Como la forma de sus patas recordaban a la figura del número ocho en japonés (un número que representa también la buena suerte y la fortuna), el pequeño perro fue bautizado "Hachi" (Hachiko era una manera cariñosa de llamarlo), y pronto se convirtió en un miembro más de la familia Ueno.
Cuando apenas cumplió los 50 días, Hachi viajó envuelto con una bolsa de arroz para soportar el largo y frío trayecto hacia Tokio, y al llegar a la ciudad, se hizo inseparable de su dueño, que lo cuidó como si fuera un hijo. Dormía con él, comía con él, y cada mañana, el perro lo acompañaba al profesor hasta la estación de tren de Shibuya y volvía a la noche a esperar su regreso.
El ritual se mantuvo inmutable hasta mayo de 1925, cuando Ueno falleció repentinamente durante una reunión en su universidad de un derrame cerebral a los 53 años. Pero para Hachiko, sin embargo, la partida de su amo no significó el final: todos los días seguía volviendo ansioso a Shibuya, buscando con su mirada a su querido amigo.
Hachiko se transforma en una celebridad mundial
Los años seguían pasando y Hachiko continuaba visitando la estación, sin importar el largo trayecto que lo separaba ni las inclemencias del tiempo, con la esperanza de ver al profesor Ueno entre los viajeros. La perseverancia de este fiel animal llamó la atención de Saito Hirokichi, fundador de la Sociedad para la Preservación del Perro Japonés, que en 1932 (Hachiko llevaba esperando ya 7 años la vuelta de su amo) relató su historia en el periódico Asahi Shimbun, el segundo diario más popular del país.
El artículo cautivó los corazones de miles de lectores, incluso más allá de las fronteras de Japón, y Hachiko no tardó en hacerse conocido a nivel mundial. La fama del can crecía y crecía, al punto que los transeúntes colaboraron para cuidarlo y alimentarlo a medida que Hachiko iba envejeciendo y se mostraba cada vez más cansado. El público japonés decidió que Hachiko merecía una estatua, así que colaboraron para que el animal tuviera su homenaje y, en 1934, una estatua de bronce de 162 centímetros de alto se erigió en la entrada de la estación frente a una multitud de personas, en una ceremonia donde hasta el propio Hachi estuvo presente.
Pero apenas un año después, enfermo de una infección parasitaria y de cáncer, la vida del fiel perro que había enamorado a todo Japón terminó a los 13 años, tras nueve años y nueve meses esperando a su dueño. La triste noticia sacudió a todo Japón y miles asistieron a su funeral, entre ellos Yae (la esposa del profesor Ueno) y empleados de la estación que vieron al animal esperar.
Hachiko fue sepultado junto a su dueño en el Cementerio Aoyama de Tokio, mientras que su estatua fue fundida durante la Segunda Guerra Mundial como refuerzo bélico (aunque fue restaurada tres años después). Hoy, podemos ver su imagen en dos puntos diferentes de Tokio: en la estación donde esperó incondicionalmente a su dueño, y en la Facultad de Agricultura donde trabajaba el profesor, en la que le da a su dueño aquel saludo tan ansiado por el que esperó 10 años.
Hachiko, salvando las distancias, nos sigue recordando a más de un siglo de su nacimiento que el lazo que formamos con nuestros amigos animales es tan inquebrantable como el que formamos con las personas. Y que así como ellos nos esperan impacientemente hasta que volvamos a casa, también nos esperan en la eternidad para reencontrarse con nosotros.
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