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OTRO PROBLEMA PARA ALBERTO F.

El curioso mapa del Canciller Felipe Solá

Vie, 25/09/2020 - 8:15pm
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​​​​​​​Hace pocos días la Cancillería Argentina presentó el nuevo mapa oficial de la República Argentina, una expresión de buena voluntad por ahora sin consenso internacional y que seguramente será fuente de conflictos innecesarios en la región.

Felipe Solá y Alberto Fernández.
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El Canciller Felipe Solá inició un debate innecesario para los tiempos que corren.
Contenido

Desde hace 116 años la República Argentina registra antecedentes de actividad antártica. Miles de hombres y mujeres civiles y militares fueron jalonando con esfuerzo cada peldaño de esta ininterrumpida presencia nacional en el continente blanco. Año tras año, dotación tras dotación, campaña tras campaña se fueron forjando los cimientos de una presencia científica y militar contenida en 13 bases antárticas, algunas abiertas solo en verano y otras habitadas todo el año sin que " la noche eterna" del invierno polar o sus -40° centígrados hagan mella en esos compatriotas. Si bien en la Antártida se vota, los antárticos no están allí para hacer política.

El párrafo precedente tiene por finalidad separar la paja del trigo. Todo aquel que tiene el privilegio de conocer a un “antártico” o a trabar diálogo con alguno de los muchos profesionales que liderados por la Doctora Frida Armas Pfizer le dieron al país 1.700.000 km cuadrados extras para su economía, comprende rápidamente que está en presencia de ciudadanos ejemplares. Por eso la crudeza de los párrafos siguientes en modo alguno los toca.

Nuevo mapa

El relato geográfico

Dentro de la manía de buena parte de la clase política nacional, el querer llevar agua para el molino propio aunque esta hubiera sido extraída en uno ajeno, es tradición. La breve síntesis descripta al inicio de esta columna deja bien en claro que los dos temas de los que parece haberse apropiado el canciller fueron “trabajados” bastante antes de su llegada al cargo. Pero para ser justos, si hablamos de la Plataforma Continental, la Presidencia Menem y las Presidencias Kirchner (Néstor y Cristina) son parte de ese éxito y si hablamos de la actividad antártica democracias y dictaduras con sus más y sus menos hicieron lo posible para que la misma se mantenga.

Lamentablemente en épocas de vacas flacas, en plena pandemia y con pocos logros para mostrar a la tribuna, Argentina acaba de anunciar la impresión del “nuevo mapa de la República” tan extenso que ahora Tierra del Fuego se ubica en el centro del país, tal como reza el slogan emitido por el organismo del Estado Nacional encargado de manejar las relaciones exteriores del país. " Ahora con la Antártida incorporada al mapa Argentina pasa a ser un país bicontinental" reza el triunfalista mensaje muy poco diplomático y oportuno de nuestro Canciller.

Si alguien no pone un poco de cordura a tiempo, en pocos meses miles de alumnos de los colegios públicos y privados del país comenzarán a estudiar una geografía “de mentira” donde se hablará de la Antártida como de una de las provincias más grandes del país ignorando que desde el 1° de diciembre de 1959 existe un convenio internacional denominado “Tratado Antártico” que casualmente nace como respuesta a la necesidad de poner marco a la actividad de varios países en el continente blanco. Al margen de ser oportuno recordar que para nuestro sistema jurídico los tratados internacionales están incorporados a la Constitución Nacional, el tratado en sí mismo taxativamente establece el status quo de todas las reclamaciones territoriales que varios países han planteado sobre la Antártida. Ergo no tenemos soberanía, ojalá algún día la tengamos, pero solo para comenzar a discutir el tema faltan unos 30 años. En relación con las cuestiones de soberanía el tratado dice que " En interés de toda la humanidad es menester que la Antártida continúe utilizándose con fines pacíficos y que no llegue a ser escenario u objeto de discordia internacional". Nueva Zelanda, Australia, Noruega, Bélgica, Sudáfrica, Rusia, Chile, Francia, Gran Bretaña, Japón y Estados Unidos firmaron este precepto. También lo hizo un país que con orgullo cuenta en su territorio al puerto más cercano a la Antártida en todo el mundo. Ese país es casualmente, la República Argentina.

Dado que la pretensión soberana nacional coincide en buena parte con la de la vecina República de Chile, la infundada vehemencia con la que la Cancillería presenta este mapa “con el visto bueno de las Naciones Unidas” (sic) motivó una veloz reacción de los poderes legislativo y ejecutivo trasandinos y hace pocas semanas Chile promulgó la llamada “Ley Antártica” con el obvio propósito de no quedarse atrás en materia de reclamaciones soberanas sobre la Antártida al tiempo que -debo decir con razón- su canciller afirma que nada tienen que ver los límites de la plataforma continental concedidos por ONU con la soberanía en la Antártida. Será recién a mediados de este siglo en donde tal vez se abra a discusión el tema de la soberanía antártica.

La “ensalada” de la soberanía marítima

Aún a riesgo de ser reiterativo y aclarando una vez más que el hecho de ser marino no transforma a este columnista en especialista en derecho internacional, no pueden las autoridades políticas de la diplomacia Argentina poner en un pie de igualdad conceptos tales como, mar territorial, zona contigua, zona económica exclusiva y plataforma continental. Si todo fuera los mismo, sería en vano el trabajo que el concierto internacional de las naciones se tomó para diferenciarlas.

Hagamos un rápido repaso, obviando alguna pequeña cuestión relativa a las llamadas "líneas de más bajas mareas digamos que, desde la orilla hasta las primeras 12 millas mar adentro toda la superficie marina es jurídicamente hablando parte integral del territorio nacional, rigen sus leyes sus códigos y nadie puede transitarlas sin autorización expresa de las autoridades nacionales. Las siguientes 12 millas se consideran zona contigua y en ellas el país conserva algunas potestades entre ellas poder perseguir policialmente a quienes hubieran cometido un delito en el territorio seco o en las 12 millas anteriormente enunciadas.

Luego (siempre contando desde la orilla) hasta las 200 millas se extiende la denominada Zona Económica Exclusiva. En esta porción marina el país detenta la exclusividad de explotación de los recursos naturales vivos o minerales. Pesca, petróleo, otros recursos existentes en el lecho y/o subsuelo marino y cualquier otra cosa sujeta a interés nacional. Ninguna otra potencia puede explotar recurso alguno sin permiso del país pero asimismo el país no puede impedir el tránsito inocente o el derecho de paso de naves de superficie o submarinas por la zona. Finalmente, desde las 200 millas a las 350 que en algunos puntos ha reconocido hace pocos años la ONU a nuestro país, los derechos económicos de soberanía económica nacional se reducen a los recursos sedentarios, es decir a aquellos que se encuentran fijos en el fondo o el subsuelo marino. No la pesca por ejemplo, pero si el petróleo. No es un dato menor que el “mapa mentiroso” no tiene en cuenta que la ONU hizo expresa reserva de la porción del Atlántico Sur incluida en la disputa de soberanía en torno a las Islas Malvinas, algo que los geógrafos del relato triunfalista parecen haber pasado por alto.

En resumen, publicar una fantasía o una pretensión como hecho consumado no otorga más derechos que los que ya se nos han concedido ni abre la puerta o facilita la obtención de otros que nos gustaría que se nos otorguen. Presentar como un logro lo que por ahora es solo una pretensión nos acarrea descrédito internacional, nos enfrenta con nuestros vecinos y nos aleja de cualquier intento de reclamo serio que podamos formular en el futuro.

Pero tal vez lo más grave sea el engaño al que se va a someter a miles de jóvenes y niños a los que se los va a educar en base a un mapa prepotente, patotero y triunfalista que muestra amañadamente una “realidad geográfica” solamente existente en algunas mentes afiebradas para las que respetar un tratado que es ejemplo de convivencia internacional es algo intrascendente o pueril.

No es menos grave por cierto, el atropello perpetrado al trabajo de esos miles de argentinos y argentinas que vieron ponerse el sol una tarde para volver a verlo asomar en el horizonte varios meses después, que vieron deshilacharse una tras otra a centenares de banderas argentinas ante la fuerza del viento blanco y que estuvieron allí presentes para renovar el paño patrio y con él la vocación de servir al país, que tuvieron y tienen perfectamente en claro que solo la continuidad en el lugar es el cimiento en el que se basará cualquier pretensión de soberanía. Sería deseable que antes de cometer tamaño error estratégico las autoridades de la Cancillería junto a las del Ministerio de Educación se ocupen de formar e informar correctamente a una generación de argentinos que dentro de 30 años tendrá la responsabilidad de hacer realidad la soberanía argentina sobre una porción de la Antártida algo que - al menos por ahora- es solo una justa y anhelada pretensión.