Presidencialismo vs. parlamentarismo: Otra vez el debate

Los dirigentes de los principales partidos de oposición, batallan para ser el que obtenga más votos de entre ellos mismos. Nadie duda que, quien sea el candidato oficialista (Kirchner, Scioli, etc), estará en un ballotage que parece inevitable. Ahora bien, ¿es posible un país de consensos, con proyectos compartidos, cuando el sistema nos lleva a una lógica de ganar-ganar? Un texto del director de PuntoJus, web que en el futuro será de actualización jurídica.

CIUDAD DE BUENOS AIRES ( PuntoJus). Es complejo, por la naturaleza propia del dirigente argentino, que quien se imponga en una segunda vuelta comprenda que lo sociedad no lo ha elegido con determinación, que no existe un cheque en blanco ni nada parecido, y que ha necesitado de dos elecciones para ser ungido.
Juguemos un poco con las hipótesis. Supongamos que de acuerdo a las encuestas actuales Néstor se presente para presidente y obtenga el 30 por ciento de los votos, saliendo segundo el candidato A de la oposición con el 25% y tercero un candidato B, también opositor, con el 20%. Si bien Néstor hubiese ganado, todo indica que no podrá hacerlo en segunda vuelta, y posiblemente el candidato A opositor se imponga, cuando su capital de origen es ese 25%.
En este esquema el escenario sería muy similar al de 2003, cuando aquella vez Kirchner obtuvo el 22% y con el retiro de Carlos Menem de la segunda vuelta, se quedó con la presidencia. La orfandad de apoyos del santacruceño por entonces, no significó en lo más mínimo la construcción de un gobierno de consensos, sino por el contrario, el ganador que ni siquiera ganó, salió disparado en una loca carrera de construcción de poder propio y demolición de los adversarios políticos.
¿Alguien duda de que si el caso planteado en el primer párrafo realmente ocurre, el candidato A saldría despedido en el mismo sentido, demoliendo al kirchnerismo y a los demás y buscando su propio armado de poder?
Ahora bien ¿resulta esto productivo para los ciudadanos y para el progreso del país?
Haría falta un real estadista para que decidiese construír junto a sus rivales políticos, confrontar y consensuar ideas y elaborar proyectos comunes de mediano y largo plazo.
¿Por qué necesitamos de la aparición de un ser extraordinario, generoso y elevado para encaminar el futuro? Porque el sistema es deficiente.
Ahora bien. Veamos la diferencia si tuviésemos un sistema de democracia parlamentaria. Con el resultado electoral del primer párrafo, Néstor estaría totalmente imposibilitado de "formar gobierno".
Necesitaría, al menos, del partido del candidato A, y si los números fuesen algunos puntos inferiores, necesitaría también del candidato B.
Así las cosas, los tres deberían ponerse de acuerdo en, al menos, cinco objetivos básicos del gobierno y los caminos para alcanzarlos, se distribuirían los cargos de acuerdo a la división del trabajo acordada para alcanzar tales objetivos y se arrancaría hacia adelante.
En el sistema argentino, siguiendo en la hipótesis inicial, el candidato A ya en el gobierno, enfrentaría elecciones de medio término a los dos años. Si consiguió consolidar su poder (como pasó en el primer gobierno de Néstor), obtendría buenos apoyos en el Congreso, tal vez mayoría propia, y gobernaría de acuerdo a su propio voluntad, sin tomar en cuenta a los demás partidos y los deseos de buena parte del electorado.
Si por el contrario hiciese una mala elección, deberá tratar de cooptar o tal vez "comprar" legisladores inicialmente opositores, para tratar de gobernar.
O, de lo contrario, sufrir los embates opositores que tratarán de debilitarlo para que no pueda llegar en buenas condiciones a las futuras presidenciales a efectos de quedarse con el poder, siempre cuasiabsoluto, con el riesgo institucional que implica atacar a un gobierno en funciones que acaba de hacer una mala elección, jugando un papel de equilibrio demasiado complicado entre una oposición con aspiraciones de gobierno y un grupo golpista que termina desestabilizando a un gobierno constitucional para que entregue el poder antes de tiempo.
Otra vez volvamos al caso de la democracia parlamentaria. A los dos años, aquel gobierno de consensos logrado entre Néstor, A y B, enfrentaría otra vez una elección legislativa. Si la sociedad aprueba el gobierno formado mantendrá las proporciones de los votos, sino las cambiará y sin riesgo institucional alguno, apoyará más al partido de A, al de B o al de algún C, que haya mejorado con sus propuestas y su personalidad a los ojos de la gente.
Por supuesto que si un candidato se impone con más del 50% de los votos, en ambos sistemas, arma gobierno solo, y conduce los destinos del país casi a piacere.
No obstante, en el sistema actual, si las cosas no andan bien, a los dos años la gente vota legisladores, seguramente de otro partido y el gobierno se traba dos años: el Presidente no puede ejecutar sus políticas porque el Congreso es opositor, y el Congreso no puede gobernar porque no es su función y no cuenta con herramientas legales para ello.
Al contrario, en el sistema parlamentario, aunque un partido o candidato se imponga con el 50% de los votos, a los dos años vuelve a enfrentar una elección que condiciona su continuidad, porque si cambia la composición del parlamento, o debe formar gobierno con otras fuerzas, o cambia el signo del partido en el gobierno.
Queda claro que tengo profundas preferencias por el sistema de democracia parlamentaria, que rige por ejemplo en países como Inglaterra o Israel.
Favorece la participación ciudadana, acerca a los representantes con los representados y genera estabilidad institucional porque los cambios son de acuerdo al sistema. Por otro lado fuerza gobiernos de coalición, lo que es especialmente favorable en un país como el nuestro con tendencia a la búsqueda de la hegemonía política por sobre la voluntad ciudadana.
Es tiempo de empezar a analizarlo, de buscar un esquema parlamentarista que pueda insertarse en la idiosincrasia argentina, y proponerlo, difundirlo; y luego de ello, ir por una reforma constitucional que cambie para siempre la fisonomía absolutista de la Argentina.