FÚTBOL INOLVIDABLE

De Jorge Brown a Adolfo Pedernera, Mario Kempes y Leo Messi

"Es una inclinación humana esta de glorificar lo pretérito. Pasa con todas las cosas: un viaje que hicimos de jóvenes... las vacaciones con los padres y los hermanos cuando éramos chicos... el hábito de ir al bar de la esquina a juntarnos con la barra... jugar a la pelota con los pibes del barrio... la indescriptible emoción de ir solos, en tren, a Avellaneda a ver a Independiente... Y eso que en casa vivíamos muy con lo justo –o menos–, pero es que en eso el dinero no cuenta, valen la edad, la ilusión, la falta de compromisos, el ser libres de todo, la vida entera por vivir": el periodista Jorge Barraza hace un ejercicio de 'nostalgia futbolera' en su más reciente libro "El fútbol de ayer y de hoy".

Por: JORGE BARRAZA
 
Con frecuencia exhumamos una anécdota deliciosa (es deber del periodismo no dejar morir ciertos testimonios) de Jorge Brown, el prohombre del fútbol argentino entre 1890 y 1911. Fue el Maradona de la prehistoria y estrella suprema del Alumni, el legendario equipo de los hermanos Brown que logró por primera vez vencer a los clubes ingleses que todos los años llegaban de gira al Río de la Plata.
 
Jorge Brown fue el antecesor de Pedernera, de Batistuta, de Kempes. Era zaguero y, a veces, centrodelantero. Como defensa tenía una jugada que enloquecía a las multitudes. Cuando le tiraban un pelotazo largo a un delantero rival, Jorge Brown –apareado al contrario– corría en dirección a su arco a toda prisa, ganaba en velocidad, alcanzaba la línea de la pelota, la superaba y entonces... se daba vuelta súbitamente, quedaba de frente a la bola y le daba un tremendo patadón, rechazándola bien lejos y alejando el peligro. La gente deliraba por... “eso”. Nada de pararla con el pecho, amagar y salir jugando. Pero está bien, respetemos los tiempos, era lo que había. Y gustaba.
 
Muchos años después de su retiro –en 1929– se disputó la Copa América en Argentina y Don Jorge, figura prominente de la comunidad británica de Buenos Aires, fue invitado a dar el puntapié inicial en la vieja y famosa cancha de San Lorenzo. En la revista El Gráfico aprovecharon para entrevistarlo y le preguntaron si seguía yendo a ver partidos. El inglesote respondió tajantemente, casi con desprecio: “Noooo, fútbol era el de antes”.
 
¿Cómo “el de antes”? ¡Si en su época el juego estaba dando los primeros pasos...! Era un bebé que despertaba a la vida. Aquella frase de Brown entró en la antología. Como esa otra que venimos escuchando desde que empezamos a ir a la cancha de la mano de papá o del tío: “El fútbol se muere”.
 
Pero ocurre que en el momento en que este vaticinio se torna más frecuente... aparece Messi. Y los estadios se llenan, y el Mundial es el gran espectáculo universal, y el marketing y la publicidad le acercan como nunca al fútbol sumas millonarias. Si lo revisara un médico diría todo lo contrario: “No tiene nada, está perfecto y va a vivir muchos años”.
 
Acaso más enfático que Brown fue Harry Preston, considerado un experto del juego, quien en el semanario inglés All Sports, en 1923, vertió esta opinión, reproducida por el Fifa News de octubre de 1990: “El deporte va por senderos erróneos. Sin dudar en absoluto, digo abiertamente que el grande y arrogante fútbol ya no es tan bueno como era antes. Lo malo es su monotonía. En la actualidad cuenta con muchos menos jugadores sobresalientes. Naturalmente, siempre hay grandes figuras, pero cuando se consideran los equipos en conjunto, entonces el espectador tiene la impresión de la medianía. El fútbol association no es hoy un juego que requiere habilidad, sino que ha degenerado, en lugar de recreo para fans, en un asunto sumamente peligroso. La explicación es que la demanda de buenos jugadores sobrepasa la oferta. La causa principal de esa escasez reside en que se presta poca atención al desarrollo de la ‘materia prima’. Prescindiendo de pequeñas excepciones, en ningún lado se piensa en enseñar a los jugadores cómo deben controlar el balón”. Cuando Preston lo dijo, decenas de asociaciones y miles de clubes de todo el mundo ni siquiera habían sido fundados. Pasaron 91 años de su oscuro vaticinio, pero tiene una asombrosa similitud con actuales declaraciones de exfutbolistas o personas vinculadas al fútbol.
 
Lo de Brown y Preston no es condenable, se trata de una humana debilidad: la de sentir y creer que todo tiempo pasado fue mejor. Que por supuesto no es así, va en contra de la evolución que se da en todos los órdenes de la vida. Todas las épocas tienen maravillas y mamarrachos. Pero en fútbol esa tendencia a adorar (y adornar) el pasado se acrecienta como en ninguna otra actividad: siempre, lo mejor fue lo de antes. En cambio a ningún personaje de Hollywood se le ocurriría decir que Errol Flynn era más actor que Di Caprio. Este es muy superior y no existe discusión posible.
 
Nunca se escucha a alguien decir “estamos viendo buen fútbol”. El presente jamás tiene buena prensa. (...)
 
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Le preguntaron al ‘Negro’ Rubén Rada: “¿Sos nostálgico?”. Respondió con sencilla filosofía: “Sí, es que sin nostalgia no tiene sentido la vida”. Brillantez brutal. Agregó: “No podés tirar todo a la m... y decir ya no pienso más para atrás”. Luego desarrolló: “Cuando te acordás de algo del pasado, o aparece un amigo del pasado, o escuchás una canción... Cuando te acordás de alguna música del pasado, por lo general es una balada. No son las canciones fáciles, son canciones que te colocan en una época. Ahí te acordás de la escuela, de la mina que besaste... Las baladas son siempre recordables porque son emocionantes, y con los tangos pasa lo mismo”.
 
La nostalgia está íntimamente ligada a la infancia, a la juventud. A mis 13, 14, 15 años, Independiente no tenía equipos, tenía máquinas; apisonaba. Santoro, Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo; Bernao, Savoy, Artime, Yazalde y Tarabini. Luego se fueron sumando el ‘Zurdo’ López, ‘Panchito’ Sá, Raimondo, Semenewicz, el ‘Negro’ Galván (una roca física y anímicamente), Bochini y Bertoni, Marangoni, Trossero, Villaverde (excepcional zaguero centro, entre los mejores que vi, incluyendo a Baresi, Elías Figueroa, Ruud Krol, Hugo De León, Luis Pereira, Puyol...) En nuestro ideario de hinchas, exagerado, como corresponde, Boca nos daba lástima, le ganábamos con la camiseta; con River estábamos ahí; Racing y San Lorenzo no existían para nosotros. ¿Cómo no idealizar esa época en que vivíamos esperando el domingo para ir a la cancha...? Como dice Rada, esos nombres nos colocan en un tiempo idílico de nuestra existencia, la del secundario, la del primer romance, la de los sueños aún intactos. Cuando llegue a la ancianidad es posible que no recuerde el nombre de mis hijos, tampoco el día de sus cumpleaños, o de la pastilla que tenga que tomar, pero seguiré recitando con precisión, emoción y orgullo “Santoro, Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo...”.
 
Sin embargo, nadie vive de nostalgia. Es un alimento delicado; en buena dosis resulta maravilloso, si comés mucho te vas a la tumba, morís de pena.
 
Carlovich, ¿más que Maradona...?
 
Yo mismo me escucho a veces “¿Fulano...? ¡Era un jugadorazo...!”. Después rebobino y pienso: ¿era un jugadorazo? No, era más o menos... Veo que sucede lo mismo cada vez que reaparece el nombre de Tomás Carlovich, un número “10” argentino de quien se ha llegado a decir (y decir en serio) que era más que Maradona. Un dislate, por supuesto. Vi jugar a Carlovich en Central Córdoba. Buen jugador (desde lo técnico bastante más que eso), en sí bastante raro, porque era grandote, corpulento, y tenía un dominio prodigioso del balón; era un típico volante zurdo de los 60 o los 70, pachorriento, casi romántico, preciso lanzador, talentoso. Pero Central Córdoba jugaba en Primera “C”, a veces en la “B”. Y Carlovich nunca salió de ahí. Yo mismo me sorprendo escuchándome decir “¿Carlovich...? Era un fenómeno”. Pero, bueno, ¿para qué ir en contra de la tradición oral...? (...)
 
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Siempre evoco a un jugador que me parecía extraordinario: Ramón Heredia, ‘Cacho’. Por él comencé a simpatizar con el Atlético de Madrid, cuando se fue a jugar a España. ‘Cacho’ era una especie de Beckenbauer criollo, un zaguero de inmensa clase. Como hacen los verdaderos cracks, no esperaba que el atacante llegara a la pelota, apenas partía el pase del adversario daba cuatro o cinco pasos adelante, anticipaba (era un gran tiempista), tocaba al medio o a la punta e iba a buscar la devolución. Y ahí nacía un ataque profundo de San Lorenzo. Todo con acusada elegancia. Era sensacional, al menos a mi gusto. Hoy tengo temor de estar exacerbando el recuerdo: ¿era tanto, ‘Cacho’...? Y como con él nos sucede con tantos...
 
El fútbol de antes era lindo, sí, en nuestra memoria al menos. Pero mejor no miremos las imágenes, se nos puede caer del pedestal...
 
Es una inclinación humana esta de glorificar lo pretérito. Pasa con todas las cosas: un viaje que hicimos de jóvenes... las vacaciones con los padres y los hermanos cuando éramos chicos... el hábito de ir al bar de la esquina a juntarnos con la barra... jugar a la pelota con los pibes del barrio... la indescriptible emoción de ir solos, en tren, a Avellaneda a ver a Independiente... Y eso que en casa vivíamos muy con lo justo –o menos–, pero es que en eso el dinero no cuenta, valen la edad, la ilusión, la falta de compromisos, el ser libres de todo, la vida entera por vivir.
 
Ramón Martínez, extraordinario amigo y hombre de fútbol, director deportivo durante décadas del Valladolid, del Barcelona y del Real Madrid, pero sobre todo apasionado del juego y estudioso del mismo, coincide con esto de la nostalgia: “Estoy haciendo un libro sobre la historia futbolística del Valladolid, incluyo a todos los que vi jugar y luego de haber escrito sobre tal o cual, casi siempre muy halagadoramente, me pregunto, ¿no estaré exagerando con el recuerdo de fulano o de mengano...?”.
 
Luego cuenta una anécdota reciente, muy ilustrativa: “Desde joven me quedé con un recuerdo imborrable de aquel equipo de Perú del ‘70; tenía jugadores excepcionales como Chale, Cubillas, Sotil, Perico Leon, Baylón, Chumpitaz... Unos fenómenos, vamos... Y me puse a buscar videos sobre sus partidos en el Mundial. Busqué por cielo y tierra y no conseguí, hablé a la Federación Peruana y no tenían, hasta que di con Juan Carlos Oblitas y me dijo ‘yo los tengo’. ¡Qué suerte...! Total, que me los mandó y me senté a verlos con una gran expectativa. A los 15 minutos apagué y no vi nada más. Eso era otro deporte, jugaban andando, una desilusión... Me pregunté cómo es que eso me había deslumbrado tanto entonces, pero bueno, era lo que había.
 
Hace unos días vi, completo, el partido Argentina 2 - España 1 del Mundial 66. Me pasó lo mismo, vi a Ermindo Onega, a Gonzalito, muy buenos desde luego, pero a una velocidad... Paraban la pelota, se acomodaban, observaban el panorama, saludaban al policía que estaba al costado y luego avanzaban...”.
 
Tal cual.