El cambio climático suele asociarse con los combustibles fósiles, el transporte y la generación de energía. Sin embargo, hay otra variable que también influye en el calentamiento global y que no siempre ocupa un lugar central en el debate: los alimentos que producimos y consumimos.
AMÉRICA LATINA
Cambio climático: Cómo influye lo que comemos
La producción de alimentos impulsa la deforestación y genera emisiones que agravan el cambio climático. Qué alternativas analizan para reducir su impacto.
En América Latina, la expansión agropecuaria presiona sobre algunos de los ecosistemas más importantes del planeta. La Amazonía y el Gran Chaco pierden bosques por el avance de actividades productivas, mientras que la ganadería contribuye a las emisiones de gases de efecto invernadero.
En vísperas del Día Internacional contra el Cambio Climático, que se conmemora cada 24 de octubre, la discusión vuelve a poner el foco en una pregunta clave: ¿puede la región producir alimentos para el mundo sin seguir aumentando la presión sobre sus bosques?
La deforestación avanza en la Amazonía y el Gran Chaco
Entre 2018 y 2022, la producción agropecuaria estuvo vinculada a la pérdida de 8,6 millones de hectáreas de bosque en la Amazonía, equivalentes al 36% de la deforestación mundial registrada en ese período, según el informe Huella en la Amazonía 2025, elaborado por WWF junto con Trase, la Universidad Chalmers y el Stockholm Environment Institute.
La ganadería y la producción de soja figuran entre los principales impulsores de esa transformación. El avance de la frontera agropecuaria modifica ecosistemas, reduce la capacidad de los bosques para almacenar carbono y amenaza la biodiversidad.
El problema también alcanza a las áreas protegidas. En Colombia, los parques nacionales Sierra de La Macarena, Chiribiquete y Tinigua perdieron en conjunto 8.896 hectáreas de bosque durante 2025, una situación que Greenpeace vincula con la expansión de la ganadería.
Más al sur, el Gran Chaco —el segundo bosque más extenso de Sudamérica, compartido por Argentina, Paraguay y Bolivia— perdió 10,8 millones de hectáreas de bosque nativo en las últimas dos décadas, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo.
El metano del ganado también pesa en las emisiones argentinas
La presión sobre los bosques es solo una parte del problema. La producción de alimentos también genera gases que contribuyen al calentamiento global.
En Argentina, el metano producido por el ganado durante la digestión representa el 19% de las emisiones nacionales de gases de efecto invernadero, de acuerdo con el Inventario Nacional correspondiente a 2022.
El metano permanece menos tiempo en la atmósfera que el dióxido de carbono, pero tiene una capacidad de calentamiento considerablemente mayor en el corto plazo. Por eso, reducir sus emisiones es una de las vías para limitar el ritmo del calentamiento global.
Aunque el debate climático suele concentrarse en la energía y el transporte, la forma en que se producen los alimentos también incide en las emisiones y en el uso del suelo. La magnitud del impacto depende de las prácticas productivas, los sistemas de producción y los cambios en la demanda.
Las proteínas vegetales, una alternativa para la región
América Latina cuenta con una extensa tradición agropecuaria y ocupa un lugar central en el abastecimiento mundial de alimentos. Esa capacidad productiva también podría orientarse a desarrollar alternativas basadas en proteínas vegetales.
Desde Animal Interseccional, organización que promueve la alimentación basada en plantas en América Latina, sostienen que este sector representa una oportunidad para reducir la presión sobre los ecosistemas y abrir nuevas posibilidades económicas.
“América Latina sabe producir alimentos para el mundo. El desafío ahora es hacerlo sin perder bosques ni sumar emisiones. Las proteínas vegetales son una oportunidad enorme para la región, y los países que se adelanten van a estar mejor posicionados”, señaló Jesica Bon Denis, fundadora de la organización.
El desarrollo de estas alternativas no elimina por sí solo los impactos ambientales de la producción agropecuaria, pero abre una discusión sobre cómo diversificar la oferta alimentaria, mejorar la eficiencia en el uso de los recursos y reducir la dependencia de actividades asociadas a la deforestación.
La presión ambiental también llega al comercio internacional
La relación entre alimentos y deforestación ya tiene consecuencias comerciales. El Reglamento Europeo de Productos Libres de Deforestación (EUDR) prevé exigir a las empresas alcanzadas que demuestren que determinados productos comercializados en la Unión Europea no proceden de tierras deforestadas después de la fecha de corte establecida por la norma.
Según el calendario previsto, la aplicación para grandes y medianas empresas está fijada para el 30 de diciembre de 2026, aunque conviene verificar posibles cambios regulatorios antes de publicar.
La normativa incluye productos como la soja y la carne bovina, entre otros, por lo que puede tener consecuencias para los países exportadores de América Latina. La trazabilidad y la capacidad de demostrar el origen de las materias primas ganan así importancia tanto para la protección de los bosques como para el acceso a mercados internacionales.
El cambio climático también se define en la mesa
El servicio europeo Copernicus informó que el promedio de temperatura global de 2023 a 2025 superó el umbral de 1,5 °C respecto de los niveles preindustriales. Esa referencia es relevante para medir la evolución del calentamiento, aunque no significa que el límite de largo plazo del Acuerdo de París se haya superado de forma definitiva: ese objetivo se evalúa sobre períodos más extensos.
En ese contexto, la producción y el consumo de alimentos forman parte de una discusión climática más amplia. Frenar la deforestación, reducir las emisiones de la ganadería y diversificar las fuentes de proteína son algunas de las opciones que se debaten para transformar los sistemas alimentarios.
Para América Latina, el desafío consiste en sostener su papel como proveedora mundial de alimentos sin profundizar la pérdida de bosques ni aumentar las emisiones. Una transición de ese tipo requerirá cambios productivos, políticas públicas y decisiones comerciales, además de una conversación más amplia sobre lo que llega a la mesa.
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