Murió la actriz argentina Liana Lombard

Célebre figura del cine, el teatro y la TV, la artista falleció a los 77 años. Padecía diabetes y residía desde hace algunos años en la Casa del Teatro.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). La actriz Liana Lombard, célebre figura del cine, el teatro y la TV,  falleció a los 77 años según publicó este miércoles (9/12) el diario La Nación. La artista padecía diabetes y residía desde hace algunos años en la Casa del Teatro.
Actriz desde los 10 años, Lombard abandonó la profesión luego de ser atropellada por un auto. Su última participación fue en el film "Lifting del corazón" de Eliseo Subiela.
Había nacido en 1932 y a partir de un concurso convocado por Radio Belgrano actuó en diversos programas radiales y, como recitadora, actuó en Goyescas y El Tronío . Participó en numerosas obras teatrales en las compañías de Alberto Anchart, de Amelia Bence y de Francisco Martínez Allende.
En 1949 hizo su debut en el cine con el film 'El ídolo del tango' , y participó luego en los repartos de 'La vendedora de fantasías' , '¡Qué hermanita!' , 'Concierto de bastón' , 'La casa grande' y, recientemente, en 'Las manos' (2006), el último film dirigido por Alejandro Doria. En la pantalla chica participó del ciclo 'De fulanas y menganas' y recientemente en el videoclip 'Complicado y aturdido' del grupo Los Pericos.
Al no poder seguir pagando la habitación que alquilaba para vivir, Lombard se fue a vivir a la Casa del Teatro por recomendación de la madre del actro Ricardo Darín. "Le dije que era muy difícil poder entrar allí y ella me escribió una carta de recomendación, me subió a un colectivo y llegué", recordó la actriz, que tuvo que esperar un mes en lista de espera hasta que le otorgaron una pieza. "Me dieron una habitación hermosa para mi sola. Toqué el cielo con las manos. Vivir acá es lo mejor que me podía pasar", agregó según refleja el sitio Minuto Uno.

Hace apenas 2 meses, el periodista Jorge Fernández Díaz, en un artículo del diario La Nación, contaba sobre ella:
"Todos los días, Liana Lombard se despierta sola a las cinco de la mañana y enciende el televisor de su cuarto de la Casa del Teatro para verse en una novela de amor de hace 25 años.
Su imagen lejana y rejuvenecida, enfundada en el uniforme de un ama de llaves, surge como un fantasma de la pantalla del canal Volver y cruza diálogos con Alicia Bruzzo y con una diva de los años cincuenta que se llama Nélida Romero y que también anda por los pasillos de este refugio de artistas retirados, ubicado en Santa Fe y Libertad.
Recién cuando termina el capítulo y el pasado se vuelve a apagar, Liana gira en la cama y sigue durmiendo. Tiene 76 años, es diabética y no le quedó un peso partido por la mitad después de haber gozado durante décadas de lujos y fortuna.
Cuando tenía tres años, su madre soñó una noche que la abuela de Liana se acercaba a un pizarrón y escribía una cifra. Y debajo de la cifra había una dirección del centro de Buenos Aires. Al despertar, la madre se dio cuenta de que en esa esquina señalada por la madre muerta había una agencia de lotería y debía jugarle, inexorablemente, a ese número. Se sacó la grande (el premio mayor) y cambió la historia de toda la familia.
Por insólito que parezca, la suerte se repitió unos años después, cuando la abuela y su increíble pizarrón volvieron a aparecer en sueños, y cuando la anciana volvió a cantar desde el más allá una cifra y una esquina determinada del barrio de Flores: San Pedrito y Rivadavia. Después de haber ganado una vez, la madre de Liana Lombard hizo lo imperdonable: volvió a ganar. En esta ocasión, la jugada de Reyes.
Abrieron una fábrica de alimentos e hicieron inversiones inmobiliarias. Liana fue criada en cuna de oro, con una nurse para ella sola y un chofer negro que la llevaba y traía de todos lados.
A los 10 años ganó un concurso de chicos que organizaba Jaime Yankelevich, e hizo su primera radionovela con Berta Singerman, un folletín leído que emitían a las diez de la noche para todos los hogares argentinos y que la obligaba a Liana a subirse a una silla para decir la letra porque no llegaba al micrófono. Hizo a partir de ese momento mucho radioteatro, y luego pasó a la televisión, donde se lució en personajes secundarios dentro de las grandes novelas románticas de Celia Alcántara. Era uno de aquellos rostros infaltables que, desde los márgenes, ennoblecían la historia central.
Pero la fortuna familiar y los sueldos de la televisión se fueron gastando en los avatares del tiempo, en la larga enfermedad de su padre y en nuevos emprendimientos comerciales que no funcionaron. Mientras Liana trabajaba de actriz no le importaba el dinero, pero cuando los achaques la retiraron se dio cuenta de que nada quedaba del patrimonio familiar y que debía valerse, enferma y todo, con una jubilación paupérrima. "A veces no tenía ni para el colectivo", confiesa con los ojos bien abiertos.
Está sentada en un silloncito y tiene apoyados los dos brazos en un bastón con el que se ayuda para caminar. La distingue una vivacidad deslumbrante en los ojos: el cuerpo es viejo pero la mirada es adolescente, casi virginal. Me está contando todo esto con alegría, como si no pudiera tomarse en serio ni las penurias, como si fueran parte de una radionovela de antaño y su protagonista sintiera que, a pesar de las peripecias y pesadumbres que el Gran Libretista escribió para ella, al final la función terminará y podrá regresar feliz e indemne a su mundo.
"Soy muy feliz -me aclara-. Anduve pésimo de plata, me fue mal en los negocios y tengo diabetes, pero hace ocho años me encontré con la madre de Ricardo Darín y ella me sugirió que viniera a esta casa". Le dio una carta de recomendación y Liana se dio cuenta de que podía ser salvada. Le pidieron un currículum y le dijeron que debía esperar la decisión. Esperar, cuando no se tiene nada, es muy difícil.
Liana sabía lo que se jugaba: cuarto, comida, medicina, cuidados, amigos. Un nuevo lugar en el mundo. Alberto Vacarezza dijo alguna vez: "La Casa del Teatro es la hostería donde hospedan su vejez y su cansancio los peregrinos del arte". En esa casa "recobran su hogar aquellos que lo perdieron y lo alcanzan los que nunca lo han tenido, Y así, en dulce comunión, pasa la vida como pasa la fortuna".
Tardaron 30 días en evaluar su solicitud. Y aunque Liana es judía, iba a la iglesia de San Nicolás de Bari a rogar para que el milagro se produjera. "Soy judía, pero creo que Dios es uno solo", me explica, mientras me la imagino hincada en ese templo que no era el suyo, pero donde la actriz se jugaba el resto.
Los ruegos fueron escuchados, y ahora se siente en la gloria. Tiene muchos amigos entre esas paredes, y aunque sigue corta de dinero y las cintitas para medir la glucemia son caras, alguien siempre le pasa un billete de cincuenta pesos por debajo de la puerta o la ayuda para que pueda hacerse el testeo.
Ni siquiera dramatiza el accidente que tuvo hace poco en la esquina, cuando un imberbe que iba a toda velocidad se la llevó por delante con su auto y le produjo rotura de pelvis, cadera y sacro. Lo cuenta sin rencores, como si estuviera explicando los dramas inventados de un personaje de ficción. Ese automovilista no sabrá nunca que estuvo a punto de matar a esta dama legendaria que hacía números vivos entre película y película, y que atravesó cincuenta años de actuación".