DISECCIÓN DE DONALD TRUMP

La increíble historia del populismo nacionalista Made in USA

Donald Trump resucita viejos temores y antiguos rencores de la política estadounidense. Esos fantamas fueron identificados por el profesor de Historia Estadounidense en la universidad de Georgestown, Michael Kazin co-editor de la revista Dissent y quien publicó lo siguiente en la prestigiosa publicación Foreign Affairs.

por MICHAEL KAZIN

WASHINGTON DC (Foreign Affairs).  Donald Trump es un populista inverosimil. El nominado republicano para presidente de USA heredo una fortuna, presume de sus riquezas y de sus muchas propiedades, se traslada entre sus exclusivos resorts y hoteles de lujo, y ha adoptado un plan económico que, entre otras cosas, recortaría las tasas de impuestos para las personas adineradas como él. Pero un político no tiene que vivir entre gente de recursos modestos, o incluso ofrecer políticas que puedan incrementar sus ingresos para expresar sus quejas y obtener su apoyo. Gane o pierda, Trump ha tocado una profunda vena de descontento y resentimiento entre millones de trabajadores blancos de clase media estadounidense.

Trump es, difícilmente, el primer político en golpear a las élites y defender los intereses de la gente común: 2 diferentes tradiciones populistas que, a menudo, compiten, y han prosperado en USA. Los expertos generalmente hablan de populistas del “ala izquierda” y populistas del “ala derecha”. Pero esas etiquetas no capturan las distinciones más significativas.

El primer tipo de populismo estadounidense dirige su ira exclusivamente hacia arriba: élites corporativas y sus facilitadores (N. de la R.: lobbyistas) en el gobierno que supuestamente han traicionado los intereses de los hombres y mujeres que hacen el trabajo esencial de esta nación. Estos populistas abrasan una concepción de “la gente” basada en una clase (N. de la R.: socioeconómica/cultural) y evaden identificarse a sí mismas como apoyadores u oponentes de cualquier grupo étnico o religioso en particular.

Pertenecen a una corriente ampliamente liberal en la vida política estadounidense, avanzan hacia una versión de “nacionalismo cívico”, que el historiador Gary Gerstle define como “la creencia en la igualdad fundamental de todos los seres humanos, en todos los derechos inalienables de los individuos a la vida, libertad, y búsqueda de felicidad, y en un gobierno democrático que deriva su legitimidad del consentimiento del pueblo”.

Los adherentes a la 2da. tradición populista estadounidense -a la cual Trump pertenece- también culpan a las élites de grandes empresas y gobiernos por socavar los intereses económicos y libertades políticas de la gente común. Pero esta definición de tradición de “la gente” es más angosta y étnicamente más restrictiva. Para la mayor parte de la historia estadounidense, esto significaba que sólo ciudadanos con herencia europea -“estadounidenses verdaderos”- tenían una pertenencia étnica que les daba derecho a cobrar una parte de las recompensas del país.

Generalmente, esta raza de populistas alega que existe una alianza nefasta entre las fuerzas del mal en lo alto y los pobres indignos de piel negra en lo bajo; una conspiración que pone en peligro los intereses y los valores de la mayoría (blanca) patriótica, ubicada en el medio. La sospecha de un pacto no escrito entre lo más alto y lo más bajo deriva de una creencia que Gerstle llama “nacionalismo racial, una concepción de USA en términos etno-racistas, al estar la gente unida por sangre y color de piel común y por una aptitud heredada para auto-gobernarse”.

Ambos tipos de populismo estadounidense han ganado, de tiempo en tiempo, influencia política. Sus arrebatos no son al azar. Se levantan en respuesta a verdaderos agravios: un sistema económico que favorece a los ricos, el miedo a perder el trabajo ante los nuevos inmigrantes; y políticos a quienes les importa más su propio avance que el bienestar de la mayoría. Últimamente, la única forma de atenuar su apelación es tomando en serio esos problemas.

Populistas, pasado y presente

El populismo ha sido un concepto ambiguo y  disputado. Los investigadores debaten si es un credo o un estilo o una estrategia política o una estrategia de marketing o alguna combinación de las anteriores. Los populistas son elogiados como defensores de los valores y necesidades de la mayoría trabajadora, y condenados como demagogos que se alimentan de la ignorancia del inculto.

Pero el término “populista” solía tener un significado más preciso. En 1890 los periodistas que sabían latín, acuñaron la palabra para describir a un gran 3er. partido, el populista, o el 'Partido de la Gente' (People's Party's) que, poderosamente, articuló la tensión progresiva, cívica y nacionalista del populismo estadounidense. El 'Partido de la Gente' buscaba liberar al sistema político de la influencia del “poder del dinero”.

Sus activistas, la mayoría de los cuales venían del Sur y el Oeste estadounidense, mantenían un interés común ya fuese en el trabajo rural como urbano, y arremetieron contra los monopolios en la industria y las altas finanzas que buscaban empobrecer a las masas.

“Buscamos reinstalar el Gobierno de la República en manos de la 'gente común' por las cuales se originó”, exclamaba Ignatius Donnelly, un novelista y ex congresista republicano, en su discurso principal en la Convención de fundación del partido, en Omaha en 1892.

El nuevo partido buscaba expandir el poder del gobierno central para servir a aquella 'gente común' y humillar a sus explotadores. Ese mismo años, James Weaver, un populista nominado para Presidente, ganó 22 votos para el colegio electoral, y el partido parecía preparado para tomar el control de varios estados en el Sur y las Grandes Planicies. Pero 4 años después, en una dividida convención nacional, una mayoría de delegados respaldaron al nominado demócrata, William Jennings Bryan, quien adoptó algunas de las principales propuestas del 'Partido de la Gente', tal como una oferta flexible de dinero basada en plata y oro (N. de la R.: eran días de patrón oro).

Cuando Bryan, “el Gran Común”, perdió la elección de 1896, el 3er. partido declinó rápidamente. Su destino, tal como el de la mayoría de los terceros partidos, era como el de una abeja, tal como el historiador Richard Hofstadter escribió en 1955. Una vez que picó al 'establishment' político, muere.

El senador Bernie Sanders ha heredado esta tradición de retórica populista. Durante la campaña 2016 para la nominación presidencial demócrata, él se sublevó en contra de la clase “millonaria” por traicionar la promesa de la democracia estadounidense y demandaba un salario mínomo de US$ 15 la hora, asistencia médica para todos, y otras reformas económicas progresistas. Sanders se llamaba a sí mismo un socialista y ha aclamado a sus seguidores como la vanguardia de “la revolución política”. Sin embargo, todo lo que en realidad el reivindicaba era una ampliación del 'Estado de Bienestar', similar al que ha prosperado mucho en Escandinavia.

La otra cepa de populismo -del tipo nacionalista racial- emergió en el mismo tiempo que el 'Partido de la Gente'. Ambos surgieron de la misma sensación de alarma durante la 'Era Dorada', acerca de la creciente desigualdad entre corporaciones no reguladas y empresas de inversiones vs. trabajadores comunes y granjeros. A fines del siglo 19 y principios del 20, los defensores de esta cepa de pensamiento usaban apelaciones xenofóbicas destinadas a presionar al Congreso para prohibir a todos los trabajadores chinos y la mayoría de los trabajadores japoneses, inmigrantes en USA.

Los estadounidenses blancos, trabajadores de clase media, algunos de los cuales pertenecían a sindicatos, dirigieron este movimiento y constituyen el grueso de sus simpatizantes. “Nuestros hombres adinerados… se han reunido bajo el estandarte de los millonarios; el banquero y el latifundista, el rey de los ferrocarriles y el falso político, para efectuar sus propuestas”, proclamó Denis Kearney, un pequeño empresario de San Francisco que tenía un especial don para la retórica incendiaria, fundador del “Partido Obrero de California” (WPC eran sus siglas en ingles, por Workingmen's Party of California), en 1877.

Kearney denunció que una “aristocracia rechoncha… rastrilla los barrios más bajos de Asia para encontrar al más humilde de los esclavos del mundo -el culi chino- y lo importa para que se encuentre con los libres de USA y su mercado laboral, y seguir ampliando la brecha entre los ricos y los pobres, degradando aún más el trabajo blanco”.

Blandiendo el eslogan “¡Los Chinos deben irse!” y demandando una jornada laboral de 8 horas y trabajos para los desempleados en las obras públicas, el partido creció rápidamente. Apenas unos pocos activistas blancos objetaron esta retórica racista. El WCP ganó el control de San Francisco y de varias ciudades más pequeñas y jugó un rol importante en reescribir la Constitución de California para excluir a los chinos y establecer una comisión que regulara el Ferrocarril Pacífico Central, una fuerza titánica en la economía del estado.

Pronto, sin embargo, el WCP fue dividido por conflictos internos: la facción de Kearney quería mantener el ataque contra “la amenaza” china, pero muchos sindicalistas de base querían concentrarse en las demandas de jornadas laborales más cortas, trabajos en el Estado para los desempleados, y mayores impuestos a los ricos.

Sin embargo los activistas populistas y políticos que tomaron el molde de Kearney lograron una gran victoria. En 1882, convencieron al Congreso de aprobar el acta de exclusión china; la 1ra. ley en la historia de USA que prohibió el ingreso al país a miembros de una específica nacionalidad.

2 décadas después, activistas del movimiento obrero de California lanzaron una nueva campaña para presionar al Congreso de prohibir la inmigración japonesa. Su motivación primaria hace eco en la amenaza que Trump anticipa acerca de las naciones musulmanas hoy en día: los inmigrantes japoneses -presumían muchos trabajadores blancos-, eran espías del emperador de su país, quien estaba planificando ataques a USA. Los japoneses “tienen la astucia de un zorro y la ferocidad de una sangrienta hiena”, escribió en 1908 Olaf Tveitmoe, un sindicalista de San Francisco, quien era un inmigrante noruego.

Durante la 2da. Guerra Mundial, tales actitudes ayudaron a legitimar el traslado forzoso, a cargo del gobierno federal, de unos 112.000 japoneses, la mayoría de los cuales eran ciudadanos estadounidenses.

En los años 1920, otro predecesor del estilo de populismo de Trump se levantó, cayó, y dejó su marca en la política de USA: el Ku Klux Klan. Medio siglo atrás, el gobierno federal había aplastado la 1ra. encarnación del KKK, que usaba el terror para impedir a hombres y mujeres negros en el Sur de la Reconstrucción el ejercer sus nuevas libertades ganadas.

En 1915, el pastor metodista William Simmons lanzó la 2da. fase del grupo. El 2do. KKK atrajo a miembros de toda la nación. Y no sólo trataron de impedir a africanos estadounidenses ejercer sus derechos constitucionales bajo las enmiendas 14ta. y 15ta. En los años '20, también alegaron que grandes intereses de la industria licorera estaban conspirando con contrabandistas católicos y judíos para socavar otra parte de la Constitución: la por entonces reciente ratificada 18va. enmienda, que prohibía la manufactura y venta de bebidas alcohólicas.

“La banda licorera, enojada, vengativa y anti-patria; está buscando destronar a la mayor autoridad en nuestra tierra”, afirmó “The Baptist Observer”, un diario pro-KKK en Indiana, en 1924. “Ellos pueden contar con los matones, los ladrones, los extranjeros que aman el whisky, y con el ciudadano indiferente para que les ayude a ganar… ¿Pueden contar con vos?".

Tal como sucedió con el partido de Kearney, el 2do. KKK también colapsó pronto. Pero con casi 5 millones de miembros en su punto más alto, a mediados de los '20, el Klan y sus aliados políticos ayudaron a presionar al Congreso para pasar de estrictas cuotas anuales de inmigrantes del este y sur de Europa a un régimen de unos pocos cientos por nación en 1924. El gobierno revocó este absurdo y discriminatorio sistema en 1965.

Tal como estos anteriores demagogos, Trump también acusa a las élites globales de promover “fronteras abiertas”, la cual supuestamente permite a los inmigrantes quitarle trabajos a los trabajadores de USA y derribar sus estándares de vida. El nominado republicano ha sido bastante específico en cuanto a cuáles grupos representan el mayor peligro. Él acusó a los mexicanos por ingresar a USA el crimen, las drogas y la violación a una nación pacífica y obediente de las leyes; y a los inmigrantes musulmanes por favorecer “los horrendos ataques a cargo de personas que creen sólo en la yihad, y no tienen respeto por la vida humana”; supuestamente una cruda verdad que ha ignorado la administración “políticamente correcta” de Obama.

USA primero

Los populistas estadounidenses tienden a concentrar la mayoría de su atención en políticas domésticas. Pero las políticas extranjeras también son un objetivo.

Trump, por ejemplo, ha condenado alianzas internacionales tales como NATO (N. de la R.: u OTAN por Organización del Tratado del Atlántico Norte), pero anteriores líderes populistas de ambas tradiciones se han preocupado por mucho tiempo a causa de las 'nefastas' influencias extranjeras sobre el país. En su plataforma de 1892, por ejemplo, el 'Partido de la Gente' advirtió de la existencia de una “vasta conspiración en contra de la humanidad” a favor de los estándares dorados, que había “sido organizada en 2 continentes” y estaba “rápidamente tomando posesión del mundo”.

De las 2 corrientes, sin embargo, los populistas de la tradición nacionalista racial han sido siempre los más hostiles acerca de los enfrentamientos internacionales. A mediados de los años '30, el padre Charles Coughlin, “el cura de la radio”, incitó a su enorme audiencia a derrotar la ratificación del tratado firmado por el presidente Franklin Roosevelt, que le permitiría a USA participar en la Corte Internacional de Justicia, de La Haya (N. de la R.: Holanda). Ese tribunal, acusó Coughlin, era una herramienta de los mismos “banqueros internacionales” que habían supuestamente arrastrado a la nación a la matanza de la 1ra. Guerra Mundial. El torrente de miedo que provocó Coughlin acobardó a suficientes senadores como para negarle a Roosevelt la mayoría de dos tercios que necesitaba.

En 1940, el 1er. Comité Estadounidense (America First Committee), un grupo aislado de presión, difundió una advertencia similar en contra de la intervención de USA en la 2da. Guerra Mundial. El grupo contaba con unos 800.000 miembros y mantuvo unida a una amplia coalición: empresarios conservadores, algunos socialistas, un destacamento de estudiantes que incluía al futuro escritor Gore Vidal (para entonces en la enseñanza secundaria) y el futuro presidente estadounidense Gerald Ford (para entonces en la Escuela de Derecho de Yale). También disfrutaba del apoyo de un gran número de prominentes ciudadanos: desde Walt Disney al arquitecto Frank Lloyd Wright, entre ellos.

Pero el 11 de septiembre de 1941, su vocero más famoso, el celebrado aviador Charles Lindbergh, llevó un paso muy adelante el mensaje anti guerra y anti elitista. “Los tres grupos más importantes que han presionado a este país hacia la guerra son los británicos, los judíos, y la administración Roosevelt”, acusó en un discurso nacional. “El mayor peligro que enfrenta este país está en el gran capital, en nuestras películas, nuestra prensa, nuestra radio y nuestro gobierno”.

Para entonces, la conquista de la mayor parte de Europa por parte de Adolfo Hitler había puesta a USA a la defensiva; las difamaciones antisemitas de Lindbergh aceleraron el final del America First Committee. El grupo rápidamente se disolvió después del ataque japonés a Pearl Harbor, 3 meses después.

En las recientes décadas, sin embargo, muchas figuras prominentes de los derechos populistas han revivido la marca retórica del America First, aunque la mayoría evita abiertamente el anti-semitismo. A principios de los años '90, Pat Robertson, fundador de la Coalición Cristiana (un grupo de presión de los cristianos conservadores, N. de la R.: influyente en el Partido Republicano), advirtió una oscura conspiración global que amenazaba la soberanía de USA. “Los primermundistas del dinero”, advirtió él, “han financiado a los primermundistas del Kremlin”.

Un par de años después, el comentador político conservador Pat Buchanan propuso construir un “muro marino” para evitar que los inmigrantes "se metieran a través de nuestra frontera sur". En el año 2003, él acuso a los neoconservadores de planificar la invasión estadounidense a Iraq para construir “un Nuevo Orden Mundial”. Este año (2016), Buchanan ha defendido la reputación del America First Committee y animó la carrera presidencial de Trump. Por su parte, el republicano nominado prometió, en un gran pronunciamiento en abril: "America First será el tema principal y primordial de mi administración". Incluso ha llevado a multitudes a vociferar el eslogan, mientras fingía indiferencia sobre su origen oscuro.

¿Nosotros el pueblo?

Aunque el auge de Trump ha demostrado la prevaleciente apelación de la rama nacionalista racial al populismo estadounidense, a su campaña proselitista le falta un elemento crucial: una descripción relativamente coherente y emocionalmente conmovedora de “la gente” a quienes Trump dice representar.

Ésta es una reciente ausencia en la historia del populismo estadounidense. El 'Partido de la Gente' y sus aliados aplaudían la superioridad moral de “las clases productivas”, quienes “crearon todas las riquezas” con sus músculos y cerebros. Su virtuosa mayoría incluía a industriales asalariados, pequeños granjeros, y profesionales altruistas tales como profesores y médicos. Para los prohibicionistas que respaldaron el KKK, “la gente” eran los cristianos evangélicos blancos abstemios quienes tenían la fortaleza espiritual para proteger a sus familias y su nación del azote del “tráfico de licor”.

Conservadores como el senador Barry Goldwater y el presidente Ronald Reagan afirmaron que estaban hablando en nombre de los “pagadores de impuestos”; una versión actualizada de los “productores” de antaño.

En su campaña presidencial de 1968, el candidato del 3er. partido, George Wallace, incluso describió a la gente que él afirmaba representar, nombrando sus ocupaciones: “El conductor de ómnibus, de camión, la esteticista, el bombero, el policía y el obrero de la metalurgia, el plomero y el obrero de la comunicación, y el de petroleras y el pequeño empresario”.

Mientras prometía “hacer a USA grande otra vez”, Trump solo ofreció, sin embargo, vagos y nostálgicos clichés sobre quiénes son los estadounidenses que lo ayudarán a cumplir tan extraordinaria tarea. Sus discursos y página-web de campaña emplean, en forma reiterada, términos tales como “familias trabajadoras”, “nuestra clase media” y, por supuesto, “la gente de USA”; un crudo contraste respecto de la intensidad de sus ataques, ya sea hacia los mexicanos, los musulmanes o sus rivales políticos.

En defensa de Trump, se ha vuelto cada vez más difícil para los populistas -o cualquier otro tipo de político estadounidense- el definir en forma más precisa o evocativa una mayoría virtuosa. Desde los años '60, USA se han vuelto una nación cada vez más multicultural. Nadie que seriamente quiere volverse Presidente puede permitirse hablar de “la gente” en una forma que excluya a todos los que no son blancos y cristianos.

Incluso Trump, en los más recientes meses de su campaña, ha tratado de acercarse, en una limitada y, de alguna forma, rara manera, a los afroamericanos y latinos ciudadanos estadounidenses. Mientras tanto, el grupo que los populistas de la tradición nacionalista racial históricamente alabó como el corazón y alma estadounidense -la clase obrera blanca- se ha vuelto una minoría cada vez más pequeña.

Hasta ahora, los populistas progresistas también han fallado en resolver este desafío retórico. Sanders hizo una increíble campaña para la nominación democrática este año. Pero, al igual que Trump, él fue mucho más claro acerca de cuál era la élite que despreciaba -en su caso, “la clase multimillonaria”- a la que le dirigiría su autoproclamada revolución. Tal vez un candidato quien obtiene su más ferviente apoyo de los jóvenes estadounidenses de todas las clases y razas no podría haber definido su “gente” de forma más precisa, incluso de haberlo querido.

En el pasado, los conceptos más robustos de la base populista los ayudaba a construir una coalición duradera; una que podía gobernar, no solo hacer campaña. Al invocar identidades que los votantes aceptaran -“productores”, “obreros blancos”, “estadounidenses cristianos”, o “la mayoría silenciosa” del presidente Richard Nixon- los populistas los despertaron para votar por su partido no solamente en contra de las alternativas ofrecidas.

Ni los demócratas ni los republicanos han sido capaces de formular esa apelación hoy en día, y esta falla es tanto una causa como un efecto del disgusto público hacia ambos grandes partidos. Puede que sea imposible llegar con una definición creíble de “la gente” que movilice la vertiginosa pluralidad de clases, géneros e identidades étnicas que coexisten, generalmente infelices, en USA hoy en día. Pero los populistas ambiciosos probablemente no dejarán de tratar de inventar una.

Jugar con miedo

Trump luchará para quedarse con la Casa Blanca. A pesar de la manifiesta debilidad de Hillary Clinton, la nominada demócrata -que padece una falta de credibilidad pública y un raro estilo de diálogo- su oponente se ha ganado la reputación de lanzar arengas viciosas contra las minorías e individuos, en lugar de una conducta propia de un hombre de Estado o de un formulador de políticas creativas.

En la mayor parte de su campaña, su eslogan bien pudo haber prometido “hagan a USA odiosa otra vez”. Tal negatividad rara vez ha sido una sólida estrategia para ganar la Presidencia en una nación donde la mayoría de las personas se enorgullecen de sí mismas, tal vez ingenuamente, por su optimismo y su aptitud receptiva. Y un abierto nacionalismo racial ya no es aceptable en una campaña nacional.

Hasta ahora hubiese sido tonto ignorar las ansiedades y enojos de aquellos que han acudido a Trump con una pasión que no han mostrado por ningún otro candidato presidencial en décadas.

De acuerdo a un reciente estudio del científico político Justin Gest, el 65% de los estadounidenses blancos -2/5 de la población- estaría dispuesto a votar por un partido que “detenga la inmigración en masa, provea trabajos estadounidenses a sus ciudadanos, preserve la herencia cristiana de USA y detenga la amenaza del Islam”.

Estos hombres y mujeres creen que la mayoría de los políticos ignoran esto, y se sienten abandonados por una masiva cultura que valora al adinerado, lo cosmopolita y lo racialmente diverso. Ellos representan casi el mismo porcentaje de electores que se asegura el Frente Nacional en Francia; y apenas 10% menos que los británicos que votaron por el Brexit.

Pero, mientras que ninguno de los 2 partidos principales dirijan sus preocupaciones de una forma seria y empática al previsible límite de la inmigración indocumentada y provean un empleo seguro con un salario decente -seguramente quedarán expuestos a políticos qué hacen tal esfuerzo, sin importar cuán mal informado puede ser él o ella.

Si él pierde, Trump puede que nunca más valga para un puesto político otra vez. La tradición del populismo que él ha explotado, sin embargo, perdurará.

Un mal necesario

En su mejor momento, el populismo ofrece un lenguaje que puede fortalecer la democracia, no ponerla en peligro.

El ‘Partido de la Gente’ ayuda a marcar el comienzo de muchas de las reformas progresistas, tal como el impuesto sobre los ingresos y las regulaciones corporativas, que hicieron a USA una sociedad más humana en el siglo XX.

Los demócratas, cómodos en el uso de apelaciones populistas, desde Bryan a FDR, hicieron mucho para crear el orden capitalista bilateral que, a pesar de sus fallas, pocos estadounidenses contemporáneos quieren desmantelar. Incluso algunos oradores populistas que se sublevan en contra de los inmigrantes, generaron el apoyo para las leyes, tales como la jornada laboral de 8 horas, que, al fin y al cabo, ayudó a todos los que ganaban un sueldo en el país, sin importar su lugar de nacimiento.

El populismo ha tenido un pasado rebelde. Racistas y posibles autoritarios han explotado este recurso, tal como lo han hecho otros enemigos más tolerantes de la plutocracia. Pero los estadounidenses no han encontrado una forma más eficaz de demandar a sus élites políticas que cumplan con los ideales de igualdad de oportunidades y regla democrática que prometen cumplir durante sus campañas democráticas.

El populismo puede ser peligroso, pero también puede ser necesario. Tal como el historiador C. Van Woodward escribió en 1959 en respuesta a los intelectuales que desprestigiaban al populismo, “Uno debe esperar que ocurran futuras agitaciones para destacar en qué consiste el poder y privilegio; y garantice la terapia periódica de la ex liga estadounidense.”

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