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Las marcas se juegan su valor en la experiencia

Durante años, las marcas construyeron su diferencial desde el producto, el precio y la comunicación. Hoy ese eje se desplazó.

En un mercado saturado, hiperinformado y con competencia a un clic de distancia, la ventaja ya no está solo en lo que se vende, sino en cómo se acompaña al consumidor antes, durante y después de la compra. Las marcas tienen nuevos desafíos.

La escena es cotidiana: una entrega que se demora, un reclamo que no avanza, un circuito de atención que obliga a repetir una y otra vez el mismo problema. En esos minutos, la percepción de una marca puede cambiar de manera irreversible. No importa cuán buena haya sido la campaña ni cuán atractivo el producto: cuando la experiencia falla, la promesa se rompe.

Los datos lo confirman. Cerca del 50% de los consumidores abandona una marca después de una sola mala experiencia y hasta el 74% deja de comprar tras una interacción negativa con el servicio de atención al cliente. La tolerancia es cada vez menor y la exigencia, mayor.

Cuando resolver se vuelve estrategia

Pensar la experiencia como un valor central no es solo una cuestión de empatía. Es una decisión de negocio. Las marcas que entienden esto dejan de ver el servicio como un área operativa y lo incorporan al corazón de su estrategia.

Hoy, el 80% de los consumidores considera que la experiencia es tan importante como el producto, y el 86% está dispuesto a pagar más por una atención superior. En términos concretos, resolver problemas rápido y bien no solo evita pérdidas: genera ingresos, fideliza y construye reputación.

Leído desde el marketing, esto marca un cambio profundo. La experiencia ya no es un complemento del branding: es parte constitutiva del valor de marca. Cada interacción se convierte en un punto de contacto crítico, capaz de fortalecer o erosionar la relación con el consumidor.

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De Blockbuster a Mercado Libre: dos lógicas, dos destinos

Los ejemplos ayudan a entender el fenómeno. Blockbuster dominó durante años el mercado del entretenimiento hogareño, pero no supo interpretar a tiempo el cambio en los hábitos de consumo. Subestimó el valor de la inmediatez, la comodidad y la personalización que proponía Netflix. El resultado es conocido: perdió relevancia y desapareció.

En la otra punta, marcas como Mercado Libre construyeron su crecimiento sobre la eliminación sistemática de fricciones. Logística eficiente, entregas rápidas, devoluciones simples, múltiples medios de pago y trazabilidad de envíos. Más que vender productos, resolvieron un problema cotidiano: comprar sin complicaciones. En mercados complejos como los latinoamericanos, esa promesa tiene un valor diferencial enorme.

No se trata solo de tecnología, sino de enfoque. Mientras algunas marcas se concentran en el producto, otras diseñan sistemas completos orientados a facilitar la vida del usuario. Esa diferencia explica, en gran parte, quién crece y quién queda atrás.

El impacto invisible: deseo, confianza y vínculo emocional

Más allá de los indicadores comerciales, la experiencia construye algo menos visible pero decisivo: el vínculo emocional. El 80% de los consumidores afirma sentirse más conectado con una marca cuando esta logra resolver eficazmente sus problemas. Esa conexión es la base del deseo, la lealtad y la recomendación.

Cuando un cliente siente que una marca lo escucha, lo entiende y responde, se genera un lazo que excede la transacción. La experiencia deja de ser funcional para convertirse en simbólica: la marca pasa a ocupar un lugar de confianza en la vida cotidiana.

Por el contrario, una mala experiencia no solo frustra una compra. Daña la relación, erosiona la credibilidad y debilita el posicionamiento. En un entorno donde las opiniones circulan rápido y se amplifican en redes, ese impacto se multiplica.

Menos tolerancia, más riesgo reputacional

El ecosistema digital redujo los tiempos de respuesta y amplificó la visibilidad de los errores. Hoy, una mala experiencia no queda en el ámbito privado: se convierte rápidamente en contenido público, con impacto directo en la reputación de la marca.

Más del 60% de los consumidores está dispuesto a abandonar una empresa por una mala atención, mientras que el 91% recomienda activamente aquellas que brindan un buen servicio. Este diferencial transforma la experiencia en una herramienta clave no solo para la retención, sino también para el crecimiento orgánico.

En este contexto, cada interacción cuenta. Cada demora, cada respuesta automática, cada problema no resuelto se acumula como una señal negativa. Y cada solución eficaz suma capital simbólico.

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Resolver para existir

Más allá de campañas creativas, slogans aspiracionales o discursos inspiradores, la verdadera promesa de una marca hoy se juega en su capacidad concreta para resolver problemas reales. En un mercado saturado y con consumidores cada vez más exigentes, las marcas que lideran no son las que dicen más, sino las que hacen mejor.

La ecuación es simple: si una marca no facilita la vida de sus clientes, difícilmente pueda ser deseada. Reducir fricciones, ahorrar tiempo, responder con claridad y generar confianza se volvió parte central del valor. Para los líderes de empresa, esto implica un cambio de enfoque: la experiencia deja de ser un tema operativo y pasa a convertirse en una decisión estratégica que atraviesa toda la organización.

Porque cuando la experiencia funciona, la comunicación se potencia. Pero cuando falla, no hay relato que la salve.

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