La última gestión municipal del radicalismo también contribuyó a las derrotas cosechadas a posteriori. El propio Mestre entregó un Estado desordenado, desbordado de empleados públicos y una ciudad en la que apenas subsistía la infraestructura otorgada casi 20 años antes por el radical Rubén Martí.
Con todo eso, el PJ alineado con el presupuesto provincial tuvo el plano electoral y administrativo a pedir de boca para convertirse en una potencia a nivel local. Y ayer terminó de facturar las pericias propias y las impericias ajenas.
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Ya el 25 de junio pasado la UCR tuvo un presagio bien claro de lo que podía suceder. Llaryora sentó las bases de su victoria hacia la gobernación en Córdoba Capital, distrito que él mismo administró. Y durante un mes logró sostener esa tendencia de voto para transferirla a su candidato, Daniel Passerini.
En esta ocasión, el radicalismo ya no fue dividido sino unido detrás de un candidato lógico y preparado, algo que no logró encontrar cuando el capital de votos era mayor. Sin embargo eso no alcanzó.
Así, la UCR presentó su mejor versión en Córdoba y aún así perdió. Una derrota aún más dura teniendo en cuenta de que la excusa de la división ni el tractor de Juan Schiaretti no está más por delante.
Para el futuro, el radicalismo tiene solo un dato positivo. El propio De Loredo, alguien sobre quien alinearse y trabajar para volver a crecer en ese voto que de una u otra manera seguirá latente dentro del ADN cordobés.
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