Las siete maravillas para visitar en 2026: Matera, Banff, Djemila y más
Italia, Canadá, Inglaterra y rincones poco explorados de África y América Central integran las nuevas siete maravillas del mundo para viajar en 2026.
02 de enero de 2026 - 11:28
El asombro sigue siendo el motor del viaje, aunque ya no siempre aparece donde solía hacerlo. En un mundo hiperconectado y saturado de imágenes, las maravillas del mundo también empiezan a correrse de lugar, alejándose de lo evidente para volver a generar sorpresa.
Durante décadas, la idea de las siete maravillas del mundo estuvo ligada a listas cerradas y casi intocables. Primero llegaron las del mundo antiguo, con hitos como el Coloso de Rodas o el Faro de Alejandría, y más tarde las Nuevas Siete Maravillas, elegidas en 2007 por votación global, donde figuran la Gran Muralla China, Machu Picchu, Petra o el Taj Mahal. Con el paso del tiempo, muchos de estos sitios se transformaron en emblemas del turismo masivo, atravesados por multitudes constantes y experiencias cada vez más estandarizadas.
Y es justamente frente a esa masividad y explotación turística que Condé Nast Traveller propone una mirada distinta. Lejos de las listas oficiales y permanentes, el medio renueva cada año su propia selección editorial de siete destinos que, por su entorno, su autenticidad y su capacidad de generar asombro, pueden leerse como las nuevas siete maravillas del mundo. Para 2026, la elección recorre desde enclaves históricos europeos hasta parques naturales remotos de África y América, donde el viaje todavía conserva algo de descubrimiento.
A simple vista, Matera parece detenida en el tiempo. En realidad, es una de las ciudades habitadas más antiguas de Europa y uno de los ejemplos más claros de cómo el pasado puede resignificarse sin perder autenticidad. Ubicada en la región de Basilicata, en el sur de Italia, la ciudad está excavada directamente en la roca y organizada en un entramado casi incomprensible de escaleras, cuevas y pasajes que se despliegan sobre los Sassi, antiguos asentamientos de origen paleolítico.
El gran punto de inflexión llegará en 2026, cuando Matera sea Capital Mediterránea de la Cultura y el Diálogo, un reconocimiento que dará forma a un año completo de residencias artísticas, exposiciones, talleres, proyecciones de cine y performances reunidas bajo el concepto Terre Immerse (tierras sumergidas). Más que una ciudad para recorrer con mapa, Matera se vive: perderse entre callejones de piedra, asomarse a las gargantas de la Gravina o encontrarse con un palacio barroco en medio de un paisaje casi lunar forma parte de la experiencia.
Lo que durante décadas fue sinónimo de abandono hoy es uno de los grandes atractivos del sur italiano. Varias de esas antiguas cuevas, donde hasta los años 50 convivían familias y ganado, fueron transformadas en alojamientos de alta gama que integran confort contemporáneo sin borrar las huellas del pasado. No es casual que los Sassi de Matera estén declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1993: aquí, el asombro no reside en un monumento puntual, sino en la sensación constante de caminar dentro de una ciudad que aprendió a dialogar con su propia historia.
Fundado en 1885, Banff es el parque nacional más antiguo de Canadá y uno de los paisajes más reconocibles de las Montañas Rocosas. Durante años, su nombre estuvo casi exclusivamente asociado al esquí, una fama que terminó opacando otras formas de explorar un territorio marcado por lagos de color turquesa, valles boscosos y praderas alpinas que cambian por completo con la llegada del verano.
Lejos de la temporada invernal, Banff despliega otra cara. Cabalgatas, escalada en roca, kayak y senderismo permiten recorrer el parque a un ritmo más pausado, con panorámicas que se abren paso entre glaciares, cañones y bosques cerrados. En 2026, además, se suma una nueva forma de descubrir la región: una ruta ferroviaria panorámica que conectará Banff con el cercano Jasper National Park, operada por Rocky Mountaineer y disponible únicamente entre junio y julio.
El recorrido incluye algunas de las experiencias más icónicas del parque, como el ascenso en góndola hasta la cima de Sulphur Mountain o la travesía en vehículos especiales sobre el glaciar Athabasca, uno de los campos de hielo más grandes fuera del Círculo Polar Ártico. No es casual que Banff vuelva a figurar entre las maravillas del mundo contemporáneas: incluso en uno de los parques más fotografiados del planeta, todavía hay margen para el asombro.
Djemila, Argelia
En el norte de Argelia, rodeada por montañas y cielos abiertos, Djemila conserva uno de los conjuntos de ruinas romanas mejor preservados del norte de África. Fundada a fines del siglo I d. C., durante la expansión del Imperio romano, y desarrollada más tarde bajo el emperador Septimio Severo como asentamiento para veteranos del ejército, la antigua ciudad sorprende no solo por el estado de conservación de sus foros, basílicas y arcos monumentales, sino también por el entorno en el que se inserta: un anfiteatro natural de altura que potencia la sensación de aislamiento y escala.
Argelia es el país más grande de África, pero décadas de inestabilidad mantuvieron a muchos de sus tesoros fuera del radar turístico. Djemila es, quizás, el ejemplo más elocuente. Caminar por sus antiguas calles implica atravesar mercados donde alguna vez se comerciaron aceite de oliva y lana, seguir las huellas que los carros dejaron marcadas en la piedra y entender cómo los romanos adaptaron su urbanismo a un territorio abrupto, convencidos de que la altitud los acercaba a los dioses.
Uno de los datos más reveladores es que, pese a la magnitud del sitio,menos del 40 por ciento del conjunto ha sido excavado hasta hoy, según estimaciones arqueológicas. Esa condición inacabada, sumada a la ausencia de multitudes, convierte a Djemila en una de esas maravillas del mundo contemporáneas donde el asombro no proviene de la fama, sino del silencio y de la sensación de estar frente a una historia que todavía no terminó de contarse.
Banff National Park, Canada
Banff National Park, en las Montañas Rocosas de Canadá, combina lagos glaciares, bosques alpinos y paisajes que cambian por completo según la estación.
Islas Feroe, Dinamarca
Durante años, llegar a las Islas Feroe implicaba desvíos y escalas poco prácticas. Ese aislamiento, hoy atenuado por la globalización y el avance de la tecnología, fue clave para preservar un archipiélago que parece suspendido entre el océano y el mito, con acantilados verticales, tejados cubiertos de césped y pueblos diminutos que todavía viven al ritmo del viento y la marea. Integradas al Reino de Dinamarca desde 1380 y con un amplio régimen de autonomía vigente desde 1948, las Feroe siguen manteniendo una identidad propia que se percibe apenas se pisa el territorio.
Explorar las islas no pasa por acumular atracciones, sino por moverse con calma, aceptando los tiempos del clima y del paisaje. Senderos que bordean precipicios como Trælanípa, travesías en kayak a lo largo de la costa y caminatas para observar frailecillos forman parte de una experiencia marcada por la naturaleza cruda. Localidades como Gásadalur o Saksun conservan un aire casi irreal, como si estuvieran de paso por el presente antes de volver a refugiarse en antiguas leyendas nórdicas.
Incluso Tórshavn, una de las capitales más pequeñas del mundo, se consolidó como un inesperado punto de referencia gastronómico. Restaurantes de proyección internacional reinterpretan productos locales poco conocidos fuera del archipiélago, combinando pesca, fermentación y recolección. En las Islas Feroe, el asombro no se impone: aparece de forma gradual, en el silencio, el clima cambiante y la certeza de estar viajando por un territorio que todavía se resiste a ser domesticado por el turismo masivo.
En el norte de Inglaterra, donde las ciudades empiezan a diluirse en colinas abiertas y páramos interminables, el Bradford Pennines Gateway se presenta como una de las apuestas más recientes por resignificar el paisaje cotidiano británico. Con una extensión de 1.272 hectáreas, esta región forma parte de la King’s Series of National Nature Reserves, una iniciativa impulsada bajo el reinado de Carlos III para proteger el patrimonio natural, mejorar la biodiversidad y facilitar el acceso de las comunidades locales a la naturaleza.
El área reúne algunos de los paisajes más emblemáticos de los Peninos, como Ilkley Moor, Penistone Hill Country Park, Harden Moor y Bingley North Bog. No es casual que estos territorios hayan sido profundamente asociados a las hermanas Brontë sisters, cuya obra quedó marcada por la sobriedad, el clima y la intensidad silenciosa de estos paisajes abiertos.
Más que un destino de impacto inmediato, el Bradford Pennines Gateway propone una experiencia de viaje lento. Nuevos senderos conectan pueblos históricos como Haworth, Stanbury y Thornton, invitando a recorrer antiguos puentes medievales, cascadas escondidas y pubs rurales donde el tiempo parece avanzar a otro ritmo. En una Inglaterra acostumbrada a reinventarse desde lo urbano, esta región funciona como recordatorio de que incluso los paisajes más familiares todavía pueden ofrecer asombro, si se los mira con otros ojos.
Richtersveld National Park, Sudáfrica
En el extremo noroeste de Sudáfrica, sobre la frontera con Namibia, el Richtersveld National Park despliega un paisaje tan áspero como hipnótico. Declarado parque nacional en 1991 y reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2007, este territorio de cuarzo y granito parece más cercano a un paisaje lunar que a una postal africana clásica. Árboles de carcaj con formas imposibles, líquenes milenarios y huellas de leopardos componen un escenario donde la vida se manifiesta de forma sutil pero persistente.
A diferencia de otros parques del país, aquí no hay grandes depredadores ni safaris tradicionales. El verdadero valor del Richtersveld está en su dimensión cultural. Desde hace siglos, la región es habitada por el pueblo Nama people, cuyos vínculos con la tierra siguen vivos. En muchas de las rocas dispersas por el parque se conservan dibujos rupestres con una antigüedad estimada de entre 200 y 10.000 años, asociados a rituales chamánicos y danzas de sanación.
La experiencia es deliberadamente austera. El Tatasberg Wilderness Camp, reabierto en los últimos años a orillas del Orange River, funciona en régimen de autoservicio total: no hay restaurantes, tiendas ni señal constante. Al amanecer, mientras el desierto cambia de color, es posible avistar águilas pescadoras o cebras de montaña. En un mundo de viajes cada vez más programados, el Richtersveld se impone como una maravilla del mundo contemporánea donde el lujo es, precisamente, el aislamiento.
Parque Nacional El Imposible, El Salvador
En el occidente de El Salvador, muy cerca de la frontera con Guatemala, el Parque Nacional El Imposible protege una de las áreas naturales más antiguas y menos exploradas de Centroamérica. Declarado parque nacional en 1989, este territorio montañoso concentra cañones profundos, selva húmeda, cascadas escondidas y una biodiversidad excepcional que incluye especies poco frecuentes como el puma y numerosas aves endémicas.
Durante décadas, su geografía extrema fue tan decisiva como su historia. El parque toma su nombre de un antiguo sendero utilizado por caficultores para trasladar la producción desde las montañas hasta el puerto de Acajutla. El trayecto, de unas ocho horas a lomo de mula, incluía pasos de apenas unos centímetros de ancho, con caídas de hasta 2.500 y 3.000 metros a cada lado. Para evitar el pánico, las mulas cruzaban algunos tramos con los ojos vendados, una práctica que marcó la leyenda del lugar.
En 1968, la construcción de un puente rudimentario permitió reemplazar el tramo más peligroso del recorrido. Una placa discreta, aún visible, resume el espíritu del parque con sobriedad: “Mayo de 1968 – dejó de ser imposible”. Hoy, recorrer El Imposible implica caminar entre nubes bajas, ríos escondidos y senderos que siguen activos para las comunidades locales. Lejos de la masividad, esta maravilla del mundo contemporánea conserva intacta la sensación de estar atravesando un territorio donde la naturaleza todavía impone sus propias reglas.
Más que señalar destinos, esta nueva lista de maravillas del mundo para 2026 funciona como un síntoma. El viaje ya no pasa únicamente por acumular hitos ni por tachar nombres célebres de un mapa, sino por recuperar la capacidad de asombro en lugares donde el tiempo, el paisaje y la historia todavía conservan peso propio. Desde ciudades excavadas en la roca hasta parques donde el silencio sigue mandando, estas elecciones hablan de un turismo que busca reinventarse sin renunciar a la experiencia profunda.