Esa falta de amplitud obligó a Cucurella a asumir prácticamente toda la profundidad por izquierda. El futbolista del Chelsea trató de llegar alto, ofrecer una salida exterior y ensanchar una estructura demasiado concentrada en el centro, aunque cada avance suyo dejaba una vigilancia pendiente a la espalda. Del otro lado, Llorente también intentó proyectarse, pero tuvo que medir mucho más sus subidas porque el retroceso le exigía un esfuerzo difícil de sostener durante todo el partido. Sin extremos abiertos desde el inicio, los laterales terminaron cargando con una responsabilidad ofensiva demasiado grande.
Ahí se entiende por qué España volvió a recordar a aquellas versiones de 2018 y 2022. Con Fernando Hierro primero y Luis Enrique después, la Roja ya había mostrado este mismo síndrome en los Mundiales: mucho pase, asociaciones interiores y dominio territorial, pero escasa profundidad, poco remate y enormes dificultades para quebrar defensas compactas. Contra Cabo Verde reapareció esa sensación, con una posesión que rara vez aceleró y un ataque que se volvió previsible a medida que el rival confirmaba que el empate le servía.
La ocasión más clara resumió la noche. Ferran apareció debajo del arco en una jugada donde parecía más sencillo convertir que fallar, pero su definición terminó en el travesaño. Ese remate pudo haber cambiado por completo el relato del partido, porque a España probablemente le alcanzaba con un gol para obligar a Cabo Verde a salir de su refugio y encontrar más espacios. Sin embargo, el error mantuvo el encuentro encerrado en el mismo guion y aumentó la ansiedad de un equipo que cada vez buscaba con menos claridad.
La ausencia de Yamal y Williams explicó buena parte de ese atasco. Ambos llevaban alrededor de una semana entrenándose otra vez con el grupo después de superar sus problemas físicos, por lo que De la Fuente decidió no acelerar sus regresos en un estreno que, sobre el papel, parecía accesible. La cautela tenía sentido, porque forzarlos desde el inicio podía resultar innecesario, pero el desarrollo terminó mostrando hasta qué punto España necesita a sus dos mejores especialistas para atacar espacios reducidos, atraer ayudas y romper una defensa con una acción individual.
Selección de España
Lamine Yamal, Nico Williams, Mikel Oyarzabal y otras figuras de la nueva España representan el talento de una generación que llegó al Mundial con cartel de candidata, pero que ahora deberá demostrarlo dentro de la cancha.
FOTO: IRINA R HIPOLITO / SPAIN DPPI / DPPI VIA AFP
Cuando ingresaron, el equipo ganó velocidad, amplitud y otra agresividad cerca del área. Dani Olmo también entró para sumar creatividad entre líneas, pero los cambios llegaron cuando Cabo Verde ya estaba completamente replegado y el reloj empezaba a jugar a su favor. La reacción mejoró el ataque, aunque no alcanzó para corregir a tiempo una elección inicial que dejó a España sin las herramientas más adecuadas para el tipo de partido que debía resolver.
Las excusas, el relato y un llamado urgente a la humildad
El empate también dejó ruido fuera de la cancha porque, después de una actuación sin profundidad, con pocas ocasiones claras y un dominio que casi nunca se transformó en peligro, varios protagonistas eligieron responder desde la confianza antes que desde la autocrítica. Lamine Yamal escribió que “el torneo acaba de empezar” y recordó que España sumó un punto, mientras Gavi aseguró que “nadie dijo que esto iba a ser fácil” y pidió mantenerse unidos ante la adversidad. Cucurella se expresó en una línea similar con un escueto “nadie dijo que sería fácil. Seguimos”, y Pedri reclamó tranquilidad porque, según afirmó, “este equipo dará todavía muchas alegrías”. Son mensajes comprensibles en un vestuario que necesita protegerse y no convertir el primer tropiezo en una crisis, aunque suenan algo desconectados de una noche en la que la Roja estuvo muy lejos de la autoridad que se le atribuía antes del torneo.
La frase que más polémica provocó fue la de Rodri. “Así juegan, no pasan del centro del campo”, señaló el capitán sobre Cabo Verde, antes de asegurar que España había generado ocasiones y que existía “poco que reprochar”. Luis de la Fuente completó esa lectura al remarcar que el rival defendió con diez futbolistas al borde del área y que, cuando la pelota no quiere entrar, simplemente no entra. El problema de esas explicaciones es que trasladan demasiado peso al planteamiento contrario, cuando la selección africana hizo exactamente lo que se esperaba de ella. Cabo Verde no tenía ninguna obligación de intercambiar ataques con un equipo superior en talento, experiencia y recursos. Se cerró, achicó espacios y apostó a que España no encontrara la forma de romper el bloque, una estrategia limitada pero perfectamente válida que terminó funcionando porque la favorita careció de velocidad, amplitud y creatividad durante buena parte del encuentro.
En ese escenario, la lectura de Dani Olmo fue bastante más cercana a lo ocurrido. “No ha sido el debut que deseábamos”, reconoció el mediocampista, quien también admitió que el plantel se marchaba consciente de todo lo que debía mejorar y recordó que en un Mundial no existe margen de error. Esa mirada parece más productiva que refugiarse en la posesión o en la falta de ambición del rival, porque España llegó a la competencia envuelta en un relato de superioridad que empezó a construirse mucho antes del primer partido. Se habló de una candidata firme, de una generación destinada a pelear por el título y de una selección capaz de imponer su fútbol ante cualquier adversario, pero el estreno mostró que el prestigio europeo no resuelve por sí solo los problemas que históricamente le plantean las defensas cerradas.
La historia reciente obliga, además, a rebajar cualquier exceso de confianza. España puede ser la vigente campeona de Europa, haber alcanzado la final de la Nations League y disponer de uno de los planteles más talentosos del Mundial, pero desde el título obtenido en Sudáfrica apenas ganó tres partidos en cuatro ediciones y nunca consiguió atravesar los octavos de final. El empate ante Cabo Verde no destruye su candidatura ni convierte una mala presentación en una sentencia definitiva, aunque sí funciona como un baño de realidad. Antes de cuestionar a los rivales por defenderse o pedir fe en un equipo que todavía no demostró nada en esta Copa del Mundo, la Roja deberá recuperar una virtud elemental que pareció perderse durante la previa. Humildad para reconocer sus límites, corregir el planteamiento y respaldar el relato con resultados.
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