En los meses de junio atravesados por esos torneos, la media de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas pasó de 5,1 a 6 casos, lo que representa un incremento del 17,6%. En julio, la diferencia fue mucho menor: de 6,3 a 6,4, apenas un 1,6% más. Los números no permiten establecer por sí solos que el fútbol haya provocado los crímenes, pero sí muestran un patrón que merece ser estudiado con mayor profundidad.
El propio artículo advierte sobre los límites de la información disponible. Las estadísticas solo contemplan los asesinatos dentro del ámbito de la pareja o expareja y no incluyen otras expresiones de violencia, como las agresiones físicas, psicológicas o sexuales. Tampoco el Ministerio de Igualdad informó cuántas comunicaciones recibió en términos absolutos ni publicó un desglose por comunidades o municipios que permita localizar dónde se concentraron los pedidos de ayuda tras la final.
La hipótesis no coloca al deporte como origen de la violencia machista, sino como un contexto capaz de agravar situaciones que ya existían. El consumo de alcohol y otras sustancias, la exaltación colectiva, la frustración y ciertos modelos de masculinidad asociados con la agresividad aparecen como factores de riesgo que pueden ser utilizados por los maltratadores para ejercer una violencia previa y estructural.
Como antecedente, el diario también recuperó una investigación de Kirby, Francis y O’Flaherty publicada en 2014. Ese trabajo detectó que la violencia de género aumentaba durante las celebraciones vinculadas con el fútbol tanto después de una victoria, con un crecimiento del 26%, como tras una derrota, cuando la suba alcanzaba el 38%.
La tarjeta roja que España todavía no volvió a sacar
En 2010, el Ministerio de Sanidad lanzó la campaña “Saca tarjeta roja al maltratador”, una iniciativa que reunió a futbolistas, periodistas y figuras públicas para señalar que la violencia contra las mujeres no debía quedar fuera de la conversación social. Dieciséis años después, y con España nuevamente campeona del mundo, aquel mensaje vuelve a adquirir una actualidad incómoda.
El problema no está únicamente en el resultado de un partido ni en la celebración en sí misma. Detrás de estos episodios aparece un entramado más amplio en el que se mezclan el consumo excesivo de alcohol, la exaltación colectiva, la frustración y una idea de masculinidad asociada con la fuerza, el dominio y la agresividad. Son factores que no convierten por sí solos a una persona en maltratadora, pero pueden intensificar una violencia que ya existía.
Durante las grandes celebraciones se habla de los disturbios, las peleas entre hinchas, los destrozos y los operativos policiales, pero rara vez se observa lo que puede ocurrir puertas adentro. La violencia urbana se acepta como un riesgo previsible alrededor del fútbol; la violencia machista, en cambio, continúa tratándose como un fenómeno separado de ese mismo contexto de alcohol, tensión y descontrol.
Esa diferencia también se refleja en la prevención. Las autoridades refuerzan la seguridad, despliegan agentes y clasifican algunos encuentros como de alto riesgo, pero no suelen acompañar esas medidas con campañas específicas, canales de ayuda visibles o mensajes dirigidos a las mujeres que pueden quedar expuestas durante esas jornadas.
Recuperar una iniciativa como la mencionada anteriormente permitiría cubrir parte de ese vacío. La Federación Española, los jugadores y las instituciones cuentan con una capacidad de alcance difícil de igualar y podrían utilizarla para recordar que una celebración deportiva no suspende las responsabilidades ni justifica ninguna agresión. El fútbol no origina la violencia machista, pero tampoco debería permanecer al margen cuando sus grandes noches coinciden con un aumento tan marcado de los pedidos de ayuda.
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