Massismo sublevado
Ese es un "festival" que aún así no puede abastecer los requerimientos de gasoil, lo que complica la producción y además genera una nueva interna en un Gobierno al que le sobran, en este caso entre facciones que estaban -al menos en apariencia- en paz. Alexis Guerrera, ministro de Transporte que responde a Sergio Massa, salió al cruce del secretario de Energía, el cristinista Darío Martínez, que lo había responsabilizado por los cortes de rutas de transportistas. Martínez había dicho que hubo una mora por parte de Transporte en trasladar el precio mayorista del gasoil a la tarifa. Guerrera respondió que su cartera no fija tarifas sino que acerca a las partes hacia un precio de referencia. "Lamento los comentarios del Secretario de Energía diciendo que Transporte tiene la culpa de los cortes de rutas", dijo Guerrera, dando cuenta del malestar desatado.
Massa, por su parte, teje sus propias intrigas. Le adjudican a él mismo las versiones sobre un clamor en el Frente Renovador para que abandone la presidencia de la Cámara de Diputados. Eso sería, de producirse, lisa y llanamente una ruptura con Alberto Fernández. El llamamiento sería explicitado en Mar del Plata cuando el massimo celebre el mes que viene un plenario nacional que venía siendo pospuesto a la espera de que el Presidente tomara algunos consejos del propio Massa, como el que le hizo en el viaje a Los Ángeles, rumbo al Consejo de las Américas. En el entorno de Massa se quejan de que Alberto no lo escucha. Insisten en conformar una mesa política en la que el todismo pueda canalizar sus conflictos. Otros, en cambio, deslizan que, en realidad, el hombre de Tigre está muy inquieto con el desembarco de Daniel Scioli en el Gabinete, y que la polvareda desatada días atrás responde a una estrategia para no perder terreno, sobre todo en la agenda productiva que Massa venía impulsando en el Congreso. Detrás está, por supuesto, el proyecto presidencialista de Massa en el que Scioli es un estorbo. Por la dudas, Fernández lo subió a otro avión, en este caso el que lo lleva a la reunión del G7 en Alemania.
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Sergio Massa quedó envuelto en rumores durante la semana que pasó.
NA
Los planes
El Presidente tiene que contener a mucha gente. Defendió a los movimientos sociales, su principal base territorial, que habían sido agredidos por Cristina Kirchner en Avellaneda, donde la Vice tuvo un súbito despertar anticlientelista por el que reclamó quitarle a las organizaciones el control de determinados planes sociales para que el Estado tenga el "monopolio" de su administración y que los beneficiarios no tengan que depender del arbitrio de un "dirigente barrial". Los intendentes cantaron "pri". No se trata de una pelea por la transparencia, sino apenas de una disputa política. Cristina no lo nombró, pero apuntaba en especial al Movimiento Evita, que tiene bajo su poder unos 100 mil planes Potenciar Trabajo. Es una caja millonaria que la organización utilizaría para hacer política en la provincia de Buenos Aires. El Evita conformaría su propio partido político para competir en las PASO y desafiaría a los intendentes del Conurbano con el caso testigo de la esposa de Emilio Pérsico, líder de la organización, que le propone un duelo -nada amistoso- a Fernando Espinoza. Desfinanciar al Evita para que no se envalentone contra los alcaldes aliados sería la gran motivación detrás de la movida de CFK con los planes sociales.
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Dirigentes del Movimiento Evita junto a Alberto Fernández.
Foto archivo: NA.
El gran telón de fondo es la provincia de Buenos Aires. Cristina conserva allí su poder de fuego electoral merced a su influencia en el Conurbano. Aunque menguante, lo que la obliga a esforzarse para retener su capital político y simbólico. A sus votantes cautivos. Eso es lo que la empuja a adoptar un discurso de diferenciación de Alberto Fernández. Una opositora en la línea de sucesión. Ese es también su gran problema. CFK no sólo integra el gobierno: Fernández está allí porque antes que el voto popular estuvo el dedo que apretó "tuitear" para designarlo como candidato. Es percibida como la responsable última del malhumor social. El despegue, entonces, tiene un límite. Eso le dificulta -si es que lo desea- ofrecerse como candidata presidencial. Si en 2019 con la debacle de Mauricio Macri eso no fue una posibilidad, mucho menos lo sería ahora cuando el electorado la ve como parte del problema. ¿Por qué sería parte de la solución? Es lo que debe haber considerado Mario Secco cuando quitó a Cristina de la carrera presidencial.
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