Alemania ya lo está haciendo con Ángela Merkel a la cabeza y el apoyo crucial de los gobernadores regionales a pesar de que Alemania tiene mucho más muertos e infectados que la Argentina, pero una economía fuerte.
Pero Alemania tiene otras diferencias con la Argentina: nunca hubo una cuarentena tan estricta como la de nuestro país, pero realizaron millones de tests de Covid-19 que permitieron aislar a los contagiados y su sistema de salud se encontraba preparado.
La Administración de Alberto Fernández sabe que la liberación de algunos sectores económicos puede aumentar los casos de contagios, por eso ganó tiempo con la cuarentena aumentando la disponibilidad de camas y material para afrontar un pico de infectados.
En ese contexto donde se planteó la salud por sobre la economía y la transición a un equilibrio entre ambas, el economista Martín Tetaz publicó un artículo titulado “El gobierno cayó en una trampa cognitiva”, donde recuerda que en 1981 el (a la postre) “premio Nobel de Economía, Daniel Kahneman, junto con Amos Tversky publicaron un influyente artículo titulado The framing of decisión and the psychology of choice en el que demostraron que la gente toma distintas decisiones si un mismo problema es planteado en términos de vidas salvadas o de vidas perdidas”.
Según el experimento que recuerda Tetaz, los psicólogos le presentaron a un grupo de personas el siguiente ejercicio:
“Imaginen que los Estados Unidos se están preparando para un brote de una inusual enfermedad asiática que se espera que mate a 600 personas y que hay dos programas alternativos (A y B) para combatir la enfermedad:
Bajo el programa A) se salvan 200 vidas
Bajo el programa B) hay un 1/3 de probabilidades de salvar a los 600 y 2/3 de probabilidades de no salvar a nadie
¿Qué decisión tomaría usted?”
Resulta que un 72% de los participantes elijen la opción A, que tiene un resultado sin incertidumbre, aparentemente menos arriesgado
A otro grupo de estudiantes elegidos al azar se les presentaba exactamente el mismo problema, pero se les pedía que eligieran entre dos programas (C y D)) expresados con la siguiente variante
Bajo el programa C) mueren 400 personas
Bajo el programa B) hay 1/3 de probabilidades de que no muera nadie y 2/3 de probabilidades de que mueran los 600.
El artículo de Tetaz analiza así el experimento:
Lo notable es que, aunque los programas son idénticos en sus resultados esperados, en este caso se invierten las proporciones y solo el 22% de los participantes prefiere adoptar el programa C, que produce 400 muertes.
Cuarenta años después la clase política enfrenta un dilema similar porque al haber entrado en cuarentena, ahora cualquier planteo de salida se enfoca en los muertos que traería aparejado, como si la actividad económica no produjera muertes en condiciones normales.
Cada obra que se construye, cada litro de bebidas alcohólicas que se produce, cada cigarrillo que se fabrica, cada desarrollo turístico que pone gente en las rutas, cada producto con grasas saturadas, cada gramo de azúcar en las bebidas sin alcohol, cada moto ensamblada, cada pileta que se abre, cada arma que se manufactura, cada hora que un empleo nos atornilla en una silla, cada garrafa que se llena con gas y prácticamente cada uno de los bienes y servicios que se generan en una economía aumenta el riesgo de que muera gente.
Como la alternativa es que nos vayamos a vivir a la montaña y que cada uno sobreviva de la caza y de la pesca, la sociedad acepta los riesgos porque nos enfocamos en los beneficios y no en los costos.
Por supuesto, no podemos permitirnos ni una sola muerte por no haber hecho las cosas de la manera correcta, por no haber tomado todas las precauciones, por dejar gente desamparada sin acceso al sistema de salud.
Pero no podemos evitar todas las muertes.
Como quedó en evidencia cuando el gobierno cedió la responsabilidad a los gobernadores, nadie quiere tomar una decisión que quedará enmarcada en términos de vidas perdidas, pero si no lo hacen y no planifican una salida ordenada de la cuarentena corremos el riesgo de que se relaje el aislamiento de manera espontánea y el gobierno pierda autoridad cuando se demuestre su incapacidad para hacer cumplir la norma.
O que quedemos atrapados demasiado tiempo en la trampa cognitiva de no animarnos a salir, aún cuando todos nos demos cuenta de que nos pasamos de rosca con las restricciones.
El peor de los mundos es que el virus desborde la capacidad del sistema de salud y muera gente por no tener cuidados intensivos.
Pero el segundo peor de los mundos es que sigamos perdiendo el 40% del PBI de cada día durante un largo tiempo, con capacidad ociosa en el sistema de salud.