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Milei prometió bajar el tono, pero su instinto tuitero es más fuerte: Cuántos insultos disparó en X

Javier Milei había prometido bajar un cambio en redes respecto de los insultos pero su genio es más fuerte que él. FOPEA elaboró un informe que lo demuestra.

Desde que llegó a la Presidencia, Javier Milei convirtió a la red social X en uno de sus principales escenarios políticos. No solo para fijar posición, responder críticas o marcar agenda, sino también para atacar, descalificar y estigmatizar a quienes piensan distinto. Los datos son contundentes: una parte relevante de su actividad digital estuvo atravesada por el insulto.

Un relevamiento que analizó más de 113 mil tuits publicados o replicados por el mandatario entre diciembre de 2023 y septiembre de 2025 detectó que alrededor del 15% de esos mensajes incluyeron ofensas directas. En números concretos, se contabilizaron 16.806 expresiones agresivas, dirigidas a dirigentes políticos, empresarios, periodistas, medios de comunicación y distintos actores sociales.

El trabajo, elaborado por FOPEA, advierte que el estilo confrontativo no fue ocasional ni reactivo, sino una constante en la comunicación presidencial, que instaló un tono de agresión permanente hacia el disenso.

La promesa de Milei que quedó a mitad de camino

En agosto de 2025, en medio de crecientes cuestionamientos, Milei aseguró que iba a dejar de insultar. Los registros muestran que esa promesa se cumplió solo en parte. En los meses siguientes, la cantidad de agravios bajó, pero no desapareció: de más de 500 insultos mensuales se pasó a poco menos de 300, una reducción significativa, aunque lejos de un cambio de rumbo real.

El informe detalla que más de la mitad de los mensajes agresivos contenían adjetivos despectivos directos, mientras que otro segmento importante apelaba a la estigmatización, con términos que buscan deslegitimar, ridiculizar o marginar al destinatario.

Milei tuitero: Las palabras e insultos que se repiten

El lenguaje no fue aleatorio. Milei repitió una y otra vez un mismo repertorio de términos que terminaron funcionando como marcas identitarias de su discurso. “Kuka” y “casta” encabezaron la lista, seguidos por palabras como “delincuente”, “corrupto”, “ensobrado”, “mentiroso” y “mandril”.

Este último caso fue especialmente relevante por la forma en que el insulto se viralizó. El uso de “mandril” y sus derivados no solo fue reiterado por el Presidente, sino que además fue amplificado por cuentas alineadas con el oficialismo, que lograron multiplicar su alcance y sostener su circulación en el tiempo.

El estudio identificó tres patrones discursivos claros detrás de los agravios:

  1. Animalización del adversario, con referencias a animales o plagas.
  2. Sexualización del lenguaje, usada como burla o humillación.
  3. Apelaciones a lo repulsivo, con términos que buscan degradar al otro.

Periodistas, un blanco recurrente

Uno de los focos más sensibles del análisis fue el trato del Presidente hacia la prensa. Se registraron ataques directos contra 62 periodistas y comunicadores y 14 medios, con mensajes que fueron desde la descalificación personal hasta acusaciones de corrupción, deshumanización y advertencias implícitas.

Frases como “no odiamos lo suficiente a los periodistas” o “los trolls pagos son los periodistas” sintetizan una relación marcada por la confrontación abierta. En el caso del término “ensobrado”, su uso estuvo dirigido casi exclusivamente a trabajadores de prensa.

El informe también señala que estos mensajes no quedan aislados: son replicados por un enjambre de cuentas que refuerza los insultos, los multiplica y genera una escalada de hostigamiento.

El efecto silencioso

Según el análisis, el impacto no se mide solo en cantidad de insultos. El efecto más profundo es la autocensura. El ataque sistemático, amplificado en redes, genera un clima en el que opinar tiene costos cada vez más altos.

“El silenciamiento no ocurre de golpe”, advierte el informe. Es un proceso gradual, un desgaste constante que va apagando voces y empobreciendo el debate público.

En ese marco, el trabajo concluye que la normalización del agravio desde el máximo cargo del Estado no es un dato menor: marca el clima de época, ordena la conversación pública y redefine los límites de lo tolerable en la discusión política argentina.

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