Milei tuitero: Las palabras e insultos que se repiten
El lenguaje no fue aleatorio. Milei repitió una y otra vez un mismo repertorio de términos que terminaron funcionando como marcas identitarias de su discurso. “Kuka” y “casta” encabezaron la lista, seguidos por palabras como “delincuente”, “corrupto”, “ensobrado”, “mentiroso” y “mandril”.
Este último caso fue especialmente relevante por la forma en que el insulto se viralizó. El uso de “mandril” y sus derivados no solo fue reiterado por el Presidente, sino que además fue amplificado por cuentas alineadas con el oficialismo, que lograron multiplicar su alcance y sostener su circulación en el tiempo.
El estudio identificó tres patrones discursivos claros detrás de los agravios:
- Animalización del adversario, con referencias a animales o plagas.
- Sexualización del lenguaje, usada como burla o humillación.
- Apelaciones a lo repulsivo, con términos que buscan degradar al otro.
Periodistas, un blanco recurrente
Uno de los focos más sensibles del análisis fue el trato del Presidente hacia la prensa. Se registraron ataques directos contra 62 periodistas y comunicadores y 14 medios, con mensajes que fueron desde la descalificación personal hasta acusaciones de corrupción, deshumanización y advertencias implícitas.
Frases como “no odiamos lo suficiente a los periodistas” o “los trolls pagos son los periodistas” sintetizan una relación marcada por la confrontación abierta. En el caso del término “ensobrado”, su uso estuvo dirigido casi exclusivamente a trabajadores de prensa.
El informe también señala que estos mensajes no quedan aislados: son replicados por un enjambre de cuentas que refuerza los insultos, los multiplica y genera una escalada de hostigamiento.
El efecto silencioso
Según el análisis, el impacto no se mide solo en cantidad de insultos. El efecto más profundo es la autocensura. El ataque sistemático, amplificado en redes, genera un clima en el que opinar tiene costos cada vez más altos.
“El silenciamiento no ocurre de golpe”, advierte el informe. Es un proceso gradual, un desgaste constante que va apagando voces y empobreciendo el debate público.
En ese marco, el trabajo concluye que la normalización del agravio desde el máximo cargo del Estado no es un dato menor: marca el clima de época, ordena la conversación pública y redefine los límites de lo tolerable en la discusión política argentina.
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