Ese trato, elucubrado por la prensa, comprendería que Llaryora prestaría apoyo al Gobierno nacional en el Congreso. A cambio, Córdoba sería parte de un exclusivo círculo de provincias con acceso a beneficios exclusivos del Gobierno nacional, incluso a pesar de las advertencias de Milei sobre el corte en los giros discrecionales y su desacuerdo con la coparticipación.
El último refresco porteño sobre el acuerdo “fantasma” entre Llaryora y Milei, que es negado desde el entorno del gobernador, indicó que estaría atravesando una fase de tensión. La misma habría sido generada por puntos de desacuerdo que el Gobierno provincial expresó sobre el DNU.
Sin embargo, los desencuentros del Gobierno cordobés con el DNU registran antecedentes incluso años previos a la existencia del mismo. Sobre todo, en lo que respecta a las retenciones al campo, biocombustibles y la obra pública, banderas clásicas del cordobesismo.
Manteniendo esa postura, el gobernador Llaryora advirtió que no dará su apoyo a las partes del proyecto que afecten a su provincia. Y, entre ella, sus productores y obreros.
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Llaryora y Schiaretti, juntos.
Así, el mandatario cordobés estaría siendo consistente con su discurso de campaña y el de su antecesor. Todo ello sin tensar ninguna clase de pacto.
Para Llaryora, el hecho de practicar la oposición no cierra las puertas al diálogo con el Gobierno nacional. Menos aún después de años de exilio para Córdoba por su enfrentamiento con el kirchnerismo.
Posiblemente, el “partido cordobés” colabore con la tracción del Gobierno nacional en sus primeras etapas. Lo que no implica la fusión de Llaryora y Milei en un mismo espacio.
Por su parte, el presidente tendrá que dialogar en el Congreso, con o sin pactos. En caso de no hacerlo, se arriesgará a una impotencia muy peligrosa para la escueta base que le otorgó el balotaje.
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